Un poema

Si tienes un sueño,
sueña,
Si tienes un amor,
ama,
Si tienes una vida,
lucha.
Sueña, ama, rie,
y no tengas miedo
a la muerte
que ella siempre
sonrie. 
Miguel Navarro

Soneto de Góngora

El Conde mi señor se fue a Napóles;
el Duque mi señor se fue a Francia:
príncipes, buen viaje, que este día
pesadumbre daré a unos caracoles.

Como sobran tan doctos españoles,
a ninguno ofrecí la Musa mía;
a un pobre albergue sí, de Andalucía,
que ha resistido a grandes, digo Soles.

Con pocos libros libres (libres digo
de expurgaciones) paso y me paseo,
ya que el tiempo me pasa como higo.

No espero, en mi verdad, lo que no creo;
espero en mi conciencia lo que sigo:
mi salvación, que es lo que más deseo.”

Luis de Góngora y Argote
Nota: los acentos según el original.



Salto al vacío

Salto al vacío
y la nada me devora
entre tanto hastío
que sale cada mañana.

Voy tranquilo
si tu mano me acompaña,
si tus palabras
se posan
en mi boca,
si tus versos
rompen
las telas del eco
que enmarañan.

Ellos
en sus trajes grises,
de negras arañas,
dicen
que no pasa nada.
Y mientras tanto
aquí sigo solo,
saltando cada mañana.
Miguel Navarro

Cambio sueños fugaces

Cambio sueños fugaces,
miradas cristalinas,
por el azul de mares
ignotos y lejanos
donde todos los hombres
ganaran su libertad
con la palabra lealtad.

Un nuevo mundo clama
por salir adelante
entre tanta miseria
mezquina y rimbombante.

Lejos de este lodazal
lejos de estos lugares
nacerán renovados
tu más puros ideales,
aquellos olvidados,
algunos perseguidos,
varios abandonados
en curvas de caminos.

Acógete con fuerza
a tu Dios verdadero,
rellena la mochila
con un amor sincero,
recorre los caminos
sin caer una lagrima
o bien salta sin miedo
atravesando el azul
del cielo.

Recuerdos de lluvia y cierzo. - Pequeña reseña literaria.

  El pasado sábado 14 de mayo, Valencia recibió a uno de los mejores escritores independientes del panorama literario contemporáneo. Escribo los conceptos que en justicia le corresponden al turolense, afincado en Madrid, Ángel Utrillas.
   Tuve el honor de poder asistir a la presentación de su recién publicado libro Recuerdos de lluvia y cierzo. La intervención, estupenda y emotiva, de la poetisa Ana María Arroyo, nos situó en el contexto de este contador de historias, cómo a él mismo le gusta llamarse, desde sus primeros pasos hasta la actualidad. Hizo un repaso desde “Silbando en la oscuridad" (Alfasur 2007), pasando por "Tiempo de cerezas"" (Alfasur 2008), "La profecía del silencio" (Alfasur 2010) y "Recuerdos de lluvia y cierzo" (Bohodón Ediciones 2011)
   A continuación nos dirigió unas palabras el padre de la criatura. “Recuerdos de lluvia y cierzo” es un conjunto de relatos donde se entremezclan historias procedentes tanto de sus recuerdos personales como laborales. Historias plagadas de un lirismo vital innegable, compaginando situaciones que se producen en la vida cotidiana, en la mayoría de las ocasiones casi desapercibidas,  y que no quedan al margen para un espectador tan avezado como él.
   Valoremos de forma también positiva la actitud de Ángel respecto al público asistente. Desde el inicio de su intervención su cercanía a los oyentes se manifestó de forma clara, sin tapujos y, sobre todo, muy cálida. Gracias Ángel porque tu profesionalidad no se sube a la cabeza. Entre los asistentes también había otros escritores como Sebastián Roa, autor de “El caballero del alba” o “Venganza de sangre”
   Debo confesar que de todas sus obras me gustaría poder empezar por “Tiempo de cerezas”. Esta novela despierta en mí una curiosidad instintiva. Es la historia de un voluntario de la División Azul, que después de ser dado por muerto y tras treinta y ocho años de desaparición en los cuales pasa por diversas vicisitudes, regresa a su patria, a su hogar, junto a su mujer. Poéticas palabras de amor en ancianos quemados y gastados por el destino.
   A Utrillas se le acusa en algunas ocasiones de manipular la historia a su antojo, cuando en realidad una de las prebendas que, con la lógica advertencia, puede disfrutar un escritor es la de poder jugar con los hechos históricos a su antojo,. ¿Por qué la División Azul no podía haber llegado hasta Moscú en una novela? ¿Por qué la Armada Invencible no pude salir victoriosa para rescatar a una mujer en apuros? Son chismes que no tienen mayor trascendencia, por norma general esos malandrines del tres al cuarto son incapaces de reconocer la manipulación histórica que realizan a menudo los políticos.
   Desde un punto de vista personal para un autor novel, fueron también interesantes los comentarios sobre el panorama editorial español. Resulta en ocasiones decepcionante el mundo de los libros y los entresijos que lo sostienen. Por un lado hay autores publicables, protegidos por determinados sectores empresariales, y autores que no pueden alcanzar el monte del Olimpo y se deben contentar con las migajas de los dioses. Es muy clara la situación y a su vez algo más compleja. Buenos autores los hay tanto entre los publicables, pongamos por caso mi admirado Pérez Reverte, o los no publicables, como este genial Ángel que no vende su alma por un puñado de lentejas. También los hay pésimos entre los protegidos, que suelen ser la mayoría, como entre los de nuevas hornadas, algunos de los cuales nos hacen dudar seriamente de la profesión de escritor.
   Como proyectos futuros, Ana nos sugirió algún poemario, colaboraciones con el grupo Mala Uva, y un par de libros que empiezan a hervir en el tintero.
   Para finalizar, debido a lo apretado de mi agenda, tuve que desaparecer del lugar sin poder cambiar alguna que otra impresión. Ruego al autor no me lo tenga en cuenta pero en ocasiones la agenda es la peor enemiga del ser humano.













Un soneto a la sonrisa

La vida necesita una sonrisa
que rompa la cara de la tristeza
y devuelva al mundo la belleza
con el dulce respirar de su brisa.

Puede ser pequeña, coqueta, lisa,
franca, espontánea, llena de viveza
más siempre rebosante de franqueza,
cuando surge natural y sin prisa.

Empieza poco a poco y es contagiosa
embriagando a todos de un sentimiento
repleto de paz y calma dichosa.

Deja volar libres tus pensamientos 
para que así surja la flor hermosa
del amor puro sin resentimientos.



El escritor y las palabras

Cualquier escritor ama dos cosas fundamentales con un destino común: las palabras, peligrosas por sí mismas, y los libros, explosivos aún sin premeditación.  Palabras como amor, paz, libertad, orden, justicia, Dios, hipocresía, suelen ser molestas para los gobernantes y los libros, el sabor de un alma, el conjunto de obras de un autor, la evolución personal, la historia de la literatura, son material demasiado peligroso para esas mismas personas.
El destino común es que nadie escribe para las rocas, las plantas o los animales. El objetivo de las palabras en su conjunto es el ser humano en toda su grandeza y miseria, las cosas pequeñas de la vida, los ideales más sublimes. Puedo escribir para los demás o bien para mi mismo, pero siempre habrá un destino para mi mensaje.
Un sistema, por esencia, pretende encauzar la vida de sus súbditos bajo la doble perspectiva de mantener las estructuras de poder y evitar un enfrentamiento entre sus grupos que pueda desestabilizar el orden establecido.
Un escritor puede ser, de forma potencial, un individuo peligroso que debe ser vigilado y controlado. En la antigüedad, con sistemas sociales más simples, las injusticias podían generar rápidas revueltas. Sin embargo el mundo evoluciona y el que nos ha tocado vivir es conocedor que, a lo largo de la historia, la táctica de divide y vencerás suele ser más efectiva que cualquier represión violenta.
Escasos son los autores que puedan promulgar acciones de fuerza. Buscan ante todo la sinceridad de las palabras, la esencia del ser humano, o de una forma más simple y llana, el amor a un mundo mejor donde el ser humano juega un papel primordial.
El sistema, que no tiene que coincidir con el poder político, controla por tanto cualquier forma de difusión de ideas. Controla las principales editoriales y distribuye lo que considera correcto. De esta manera la marejada difusa de un ente abstracto ahoga la expresión individual del autor. ¿Cuántos autores geniales son ignorados para la gran masa? Lo que no cuentan ellos es que un autor no necesita llegar a la mayoría. Ser coherente consigo mismo y con la paz interior que llega, aunque sea a unas pocas personas, es suficiente para alimentar a un hombre libre.
Otra de las tácticas más peligrosas es dotar de diferentes significados a una misma palabra. No solo trata de dividir la acción humana sino que además difumina el significado original de las palabras dotándolas de conceptos ajenos al original. Por ejemplo, algo que todos conocemos, bajo la palabra libertad se arropan otras ideas como pueden ser libertad de comercio (que en realidad podría ser la antípoda de la libertad humana cuando lo manejan grandes multinacionales), libertad política (manipulada en muchas ocasiones para crear partidos que fragmenten una posible oposición) y un sin fin de ejemplos similares.
Para finalizar este texto, que intenta ser lo más breve posible, se produce el “olvido” de los escritores que nos precedieron. Sus anhelos, sus ideas, sus creencias, se disuelven con nuevas tendencias, creadas algunas de forma artificial, para que no recordemos los momentos importantes de la humanidad. No te engañes, el escritor debe crear pero sin perder de vista el horizonte de nuestro pasado común.
Termino con el deseo de que mis palabras no caigan en saco roto y que me contestes, repliques o confirmes. Pues sin ti, querido lector, el autor no es nada.


El puente de la Aparición

      Todo comenzó una fría noche de mediados de noviembre. Regresaba a casa cuando sin saber cómo ni por qué mis pies me guiaron por la alameda hacia el puente de la Aparición. Antaño debió ser una de las arterias principales de la ciudad. Construido sobre tres arcadas, en uno de sus extremos se alza la imagen soberana de la Inmaculada Concepción. Según cuentan fue en ese lugar donde la Virgen apareció a unos campesinos para librarles de la peste. Recuerdo cómo la luna se reflejaba caprichosamente en la corriente. En uno de esos reflejos me pareció distinguir la silueta de una mujer reclinada en el centro del puente. Por unos instantes pensé que estaba a punto de cometer cualquier locura. Conforme me acercaba a ella pude divisar con mayor claridad la blancura de su piel, su nariz respingona y coqueta, la barbilla alargada, cabello castaño con un flequillo que ocultaba parte de la frente y sus cejas arqueadas y separadas en una simetría casi virginal. En cierta medida me recordaba a la protagonista de Memorias de África. Un profundo olor a jazmín impregnaba el ambiente.
      - No te inclines o caerás - dije temiendo asustarla.
      Lentamente giró la cabeza examinándome de arriba abajo. Sus ojos, profundos y oscuros, atravesaban mi soledad devolviendo el brillo de la luna de una manera especial.
      - Gracias - respondió.
      - No me gustaría tener que lanzarme para salvarte. El agua debe estar muy fría.
      - Más de lo que imaginas.
      - ¿Cómo te llamas?
      - María - contestó fríamente.
      - Soy Daniel Larra - me presenté -, aprendiz de escritor y creador de mundos varios.
      Las comisuras de sus labios esbozaron una tenue sonrisa mientras yo proseguía.
      - No deberías andar sola a estas horas.
      - El mundo pasa a nuestro lado y nos ignora. Nadie tiene tiempo para los demás.
      - Uno debe estar ciego para pasar al lado de una chica tan bonita y no fijarse en ella.
      - Eres muy galante pero no sabes con quién estas hablando.
      - Tu tampoco sabes con quién estas hablando; podría ser un sádico o un asesino.
      - Los ojos te delatan. Tu alma esconde algo que no has encontrado, pero no te preocupes que pronto llegará.
      - ¿Quién sabe? ¿Tienes novio?
      - Tuve tres pretendientes.
      - ¿Y en la actualidad? - pregunté temeroso.
      -  No queda nadie.
      - Siento decirlo, pero me alegro - suspiré-.
      - Eran unos sinvergüenzas. Ramón un pedante que solo buscaba mi dinero y Esteban un cerdo que me engañaba con la primera que pasaba.
      - ¿Y el tercero?
      - El peor.
      - ¿Boxeador?
      - No, Joan era un mecánico celoso y posesivo que solo cuidaba su tupé. Me costó romper. No sé pero es como si me considerara de su propiedad.
      - Mala gente.
      - ¿De verdad eres escritor?
      - En sueños sí, mas cuando despierto trabajo en un vulgar despacho de abogados.
      - ¿No tienes novia?
      - No, novia no, pero he encontrado a la protagonista de mi próxima novela.
      - Me siento halagada. ¿Quieres acompañarme?
      Estuvimos paseando hasta altas horas de la madrugada. Estaba tan absorto que no aprecie la ausencia de tráfico rodado. Éramos los únicos que deambulábamos por las calles; nada se cruzaba en nuestro camino. La acompañé hasta su casa, un antiguo caserón modernista de principios del veinte. En el timbre figuraban los apellidos Fernández Falcón.
      Al día siguiente permanecí ajeno a todo lo que me rodeaba. El tesorero me recriminó sobre ciertos errores en los balances de una empresa filial, así como en un informe de reconversión laboral. Después de cenar volví al puente de la Aparición con la idea de fumar un par de cigarros y pensar en ella. Mi corazón dio un vuelco de alegría cuando vi que estaba esperándome. Levanté la mano y ella me devolvió el saludo desde el pie de la Virgen.
      - Un poco tarde para pasear - inicié -. ¿Siempre sales a estas horas?
      - Sabía que vendrías.
      - No tenía nada que hacer.
      - ¿No eres de aquí?
      - Vine hace un par de años. El despacho de abogados donde trabajo me envió para supervisar unas auditorias. ¿Siempre paseas sola?
      - No tengo miedo. Un tío mío es policía.
      A partir de aquella noche nos veíamos todos los días a la misma hora y en el mismo lugar. Nunca tomábamos nada, simplemente paseábamos durante un par de horas. Le contaba mi vida, mis sueños de escritor y ella escuchaba atentamente. Siempre me hablaba de su familia, de sus amistades y de su pasado.
      Un día, en la puerta de su casa, le tome la mano y acercándome a ella la besé. La fragancia de jazmín era intensa, elegante, seductora. Mi corazón palpitaba con la fuerza y la pasión que genera un primer beso de amor.
      - Debes irte, falta poco para que todo se cumpla - susurró ella.
      La siguiente noche destrozó mi vida para siempre. Ella estaba en el lugar de costumbre pero esta vez estaba como ausente. Desde lejos alce la mano y la saludé, pero no me devolvió el saludo. No me esperaba a mí, esperaba a otra persona. Un extraño sentimiento embargó mi corazón. Un tipo, vestido con una cazadora de cuero y con un brillante tupé se acercaba a ella. De repente discutieron con energía. Mientras estaba acercándome algo brillante, alargado, surgió de entre las manos y se hundió repetidamente en el cuerpo de María. Grité. Corrí mientras se desplomaba inerte en el suelo. Cuando llegué estaba envuelta en un charco inmenso de sangre que caía al río.
      - No te entretengas. Síguele - ordenó.
      Sin saber el motivo ni la razón, corrí tras Joan. Este actuaba como si no le persiguiera y por mucho que lo intentaba no lograba alcanzarle. Cruzó varias calles, dobló un par de esquinas y finalmente se detuvo ante un solar en obras. Saltando la tapia pude ver como introducía la navaja en el hueco de un pilar que estaba preparado para rellenar de cemento.
      Pensando en la pobre María retomé mis pasos buscando ayuda. No tardé en encontrar un coche policía. Cuando llegamos al lugar de los hechos descubrí horrorizado que no había nadie; ni siquiera los restos de sangre que minutos antes inundaban la acera. Conseguí convencerles para ir al lugar donde Joan escondió la navaja mas en su lugar se levantaba un enorme edificio de oficinas. Para mayor estupidez me enzarcé en una acalorada discusión con los agentes que ocasionó la correspondiente denuncia en comisaría. Unos amigos me recogieron y me llevaron a casa obligándome  que tomase unos tranquilizantes. Cuando se fueron me quede dormido en el sofá.
      Era mediodía cuando me despertó la insoportable tozudez del timbre. Al abrir la puerta encontré a un hombre entrado en edad, algo grueso y casi calvo. Sus ojos destellaban mientras que el sombrero bailaba entre sus dedos. Su voz quebrada preguntó:
      - ¿Daniel Larra?
      - Dígame.
      - Soy el comisario Cesar Falcón y quisiera hacerle unas preguntas.
      - Pase. No sé si estoy en condiciones de poder contestarle. Debe comprender que me encuentro algo confuso.
      - Seré lo más breve posible.
      - Siento el ridículo que hice pero me ha sucedido algo que no consigo asimilar.
      - Comprendo.
      - Le puedo garantizar que vi algo real, o por lo menos lo fue para mí.
      - ¿Era la primera vez que veía a esa chica?
      - En realidad la conocí hace quince días. Nos veíamos todas las noches y paseábamos por la ciudad.
      - ¿La vio alguien más?
      - No.
      - ¿Sabe cómo se llamaba?
      - María Fernández, ya lo dije en mi declaración.
      - ¿Le habló alguna vez de su familia?
      - Sí, los quería mucho.
      Sacando una fotografía del bolsillo preguntó con voz trémula:
      - ¿Es esta la chica?
      - ¡Sí! - exclamé sorprendido al ver la foto de María en sus manos - ¿Qué sabe de ella? ¿Está bien?
      - Le ruego me disculpe pero soy yo quien hace las preguntas. ¿Cuándo la vio por última vez?
      - Ayer, alrededor de las once de la noche. Todo sucedió muy rápido.
      - ¿Vio al asesino?
      - Fue Joan.
      - ¿Me puede decir si este tal Joan es alguna de estas personas? - preguntó mientras sacaba tres fotos más de la chaqueta. Las miré detenidamente, el tupé inconfundible de Joan le delataba.
      - Este es - contesté mientras le daba la foto del asesino.
      - Según he leído en el informe, el arma homicida lo depositó en un solar en obras. Los agentes le acompañaron al lugar y allí se levanta un edificio bancario. Si le acompañase, ¿sabría indicarme el sitio exacto donde se encuentra la navaja?
      - Por supuesto, pero sigo sin entender nada. ¿Qué esta pasando? ¿Por qué tiene tanto interés?
      - Le ruego me acompañe y confíe en mí. Cuando llegue el momento estaré en condiciones de explicarle lo sucedido.
      Cesar no dudó en saltarse unos cuantos semáforos. Al cabo de pocos minutos nos encontrábamos en el Banco de la Exportación. El director de la sucursal opuso algo de resistencia pero al final cedió gustoso cuando el comisario le mostró la credencial. Tras dar unos cuantos rodeos logré encontrar el lugar donde se encontraba la navaja. Mi compañero permaneció en silencio durante unos segundos, su mano, áspera y rugosa, se posó sobre el pilar como si practicase alguna oración, y por su mejilla se deslizó algo húmedo y brillante. Cuando reaccionó era un hombre distinto: ordenó que nadie se acercase, realizó unas cuantas llamadas y a mí me pidió que desapareciese.
      - Pronto tendrá noticias mías. No diga nada a nadie y vuelva a la normalidad.
      Me reincorporé al trabajo tratando de aparentar algo que mi ser más profundo rechazaba. Mi propio organismo se rebelaba a los dictados de la razón. La lógica carecía de todo sentido. Nauseas, mareos, cefaleas se amotinaron como si unos seres infernales me atacaran desde lo más profundo.
      Una semana más tarde, el comisario me pidió que me reuniese con él en el cementerio. Cuando llegué estaba esperándome en la puerta. Lo primero que hizo fue mostrarme el titular del periódico: "Detenido el asesino del puente. Cinco años después es hallada el arma que inculpa al criminal".
      - Usted me ayudó a detenerlo.
      - Sigo sin comprender. El crimen ocurrió el otro día.
      - Dentro de un mes se cumplen los cinco años de su asesinato. Durante todo este tiempo he perseguido a los sospechosos sin poder acusar a nadie directamente.
      - ¿Estamos hablando de la misma persona?
      - María Fernández era mi sobrina. Iba a cometer una locura cuando usted entró en escena. No podía soportar la idea de que Joan quedase libre.
      - Mi declaración le ayudó a resolver el crimen.
      - La providencia puso delante de mí su denuncia. Todas las piezas encajaban solo que cinco años después.
      - ¿Sospechó de mí?
      - Investigarle fue fácil. En aquellas fechas se encontraba demasiado lejos del lugar del crimen.
      - Entonces, ¿creyó en mí desde el principio?
      - Antes que pegarle un tiro a ese desgraciado y arruinar treinta años de carrera, pensé que debía darle una oportunidad.
      - Entiendo, la navaja era lo que necesitaba para detener a Joan.
      - Cierto. Igual que los restos de los animales prehistóricos quedan impresos en la roca, las huellas del criminal y la sangre de María permanecieron protegidas en el cemento.
            En ese momento nos detuvimos ante una tumba peculiar. Al pie, junto a la cruz, se hallaban unos jazmines y en la lápida se encontraba la inscripción: María Fernández Falcón. Su fotografía me miraba fijamente y era como si sus labios esbozaran aquella tierna sonrisa que me sedujo. Desde entonces estoy seguro que ella permanece siempre a mi lado e incluso, en los días aciagos y tristes, todavía me parece oír su voz que me susurra palabras de amor.





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– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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