Greguerias, Ramón Gómez de la Serna


“Unid todas las estrellas con líneas de lápiz luminoso y resultará la silueta de Dios.” Greguerías – Ramón Gómez de la Serna.

Cojuelo corre, capítulo 5



Trazo V

“Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.” Pablo Neruda


Mientras tanto, en algún lugar perdido de las profundidades madrileñas, entre callejones secretos y vías desconocidas, un hombre de mediana edad tocaba insistente en el portal número trece. Este hombre, se aferraba a sus gafas, y las sujetaba con fuerza sobrehumana intentando rezar ante la proximidad de la noche. Una voz chillona replicó al otro lado del audífono: 
– ¿Quién anda ahí? ¿Emi? ¿Eres Emérito?
– Abre la puerta Lucrecia, es urgente –respondió el profesor Jiménez desesperado.
El chasquido de la puerta tartamudeó varias veces como si tuviese tembleque parlanchín, o como si de su esquelético armazón férreo surgiera un temblor profano, oculto en la sustancia de las cosas desde tiempos inmemoriales.
Salió a recibirle, con su traslucido camisón que apenas llegaba a media rodilla, una rubia trenzada que sonreía con labios carmesí y sujetaba en su mano derecha una copa. Al verla exclamó el profesor Emi, que era como le llamaba en la intimidad: 
– ¡No estoy para esas cosas, Lucrecia!
La mujer, frunciendo el ceño, replicó:  
– Pensé que te gustaban mis recibimientos. Siempre estoy agradándote y tú jamás me dejas entrar como compañera en tu programa.
– No es eso. Tú eres la única persona que puede ayudarme.
Pasaron al despacho florido donde atendía a sus clientes, practicaba sanaciones y llevaba a cabo las meditaciones de plenilunio. Lucrecia Bori, aunque su verdadero nombre era Lucrecia Teresa Borgia de las Palmeras, que adoptó tan augusto nombre en honor a cierta antepasada suya por rama materna que triunfó en la Opera de Nueva York, así como al tono esotérico que sugería para amantes y discípulos.
Emérito, o Emi, como ella insistía en un alarde de afectuosa confidencialidad que le resultaba imposible detener a un profesor algo dotado de cierta mansedumbre bíblica, narró lo sucedido en los últimos meses con especial ralentización en el presente. La pérdida de audiencia, los números rojos, las torpezas radiofónicas que manifestaban la decadencia tecnológica del programa, la ausencia de invitados, eran claras muestras de una mano negra que maldecía el programa una y mil veces al día. El realizador sugería la posibilidad de pasar a la reserva un tiempo para documentarse sobre nuevos acontecimientos.
El colmo de los colmos fue la noticia de la desaparición de la pulsera de Morenita al día siguiente de un programa especial dedicado a los fenómenos paranormales que la rodeaban. La casualidad, el destino, o el universo según Lucrecia, le hicieron coincidir con cierto personaje enigmático que resultaba tan conocido como si fuese un viejo amigo.
Le siguió por oscuros callejones, conoció lugares recónditos que pasan inadvertidos para el resto de los mortales, pero la mayor tragedia fue presenciar los sucesos en el restaurante chino. Con sus propios ojos pudo comprobar la destreza del individuo, la portentosa habilidad para transformar las cosas y después…; después, el mayor de los horrores.
– Después, ¿qué? –preguntó la muchacha mientras abría un cajón del despacho y sacaba un cigarro.
– ¿Fumas?, –preguntó Emi– ¿desde cuándo? Recuerdo que en una charla comentabas la necesidad de tener liberado el espíritu de las dependencias psíquicas del tabaco.
– Lo sé –musitó ella– pero el humo también nos acerca con mayor intensidad al Ente Supremo. Ahora, deja esas chorradas y sigue.
Continuó nuestro locutor con la parte de la historia que mayor horror ocasionaba y que devoraba sus entrañas ante una insoportable impotencia extrasensorial. Ni el mayor de los entes diabólicos que se narran en las viejas tradiciones esotéricas, ni el criminal más sangriento dispusieron jamás de una situación similar a la suya.
– Abrevia –atajó Lucrecia– que se nos hace de día.
– Al finalizar la pelea en el restaurante chino, quise detener al individuo. Al tocarle sentí una tremenda descarga de energía que recorría mi cuerpo. De tal intensidad fue el aporte de energía maléfica que recibí, que de un golpe salí disparado hacia una freidora eléctrica.
– Supongo que estaría apagada –sugirió Lucrecia.
– Encendida, estaba encendida y, tras el primer impacto, era como si hubiese caído en un charco de agua fría. El calor no había ocasionado ninguna mella en mi piel. Uno de los camareros, que cerca andaba, fue salpicado con unas gotas de aceite hirviendo y todavía permanece en urgencias.
– ¿Esnifas algo –preguntó Lucrecia–  de forma habitual?
La cosa no terminaba ahí. El profesor Jiménez continuó relatando los espantosos sucesos que, uno tras otro, habían ido manifestándose hasta tal punto que tenía miedo acaeciesen más fenómenos anormales.
Del restaurante le llevaron al hospital en prevención de posibles daños por los golpes recibidos. El sistema eléctrico hospitalario se vino abajo en el momento que intentaron hacerle una radiografía y, siendo curado por una hermosa enfermera, algo despertó en su interior, un sentimiento tan primitivo como lascivo y animal, que devoró a la muchacha en una pasión tan desorbitada como atroz.
Escapó del hospital antes que la situación adquiriese tintes desproporcionados. Al huir tropezó con un indigente en la puerta de Urgencias. El hombre había robado cinco minutos antes una cartera a uno de los celadores. La mente de Emi revivió un suceso que no había sido presenciado más que por aquel tipejo.
Lucrecia iba a decir unas cuantas cosas sobre tipos pirados, sinvergüenzas y golfas cuando la detuvo con un gesto su paciente improvisado. Según su adorado locutor, cientos de pensamientos pecaminosos cruzaban su mente cual cruzaba con los paseantes. Bastaba echar un vistazo a mujer, madura o joven, hombre, adolescente o senil, e infinitos arrebatos traspasaban su alma cada vez más atormentada y azotada. Contempló seres extraordinarios que por humanos pasan en los noticiarios, que rodeaban, engatusaban y maldecían en los corazones humanos sembrando las siete derrotas de la humanidad que son los siete pecados capitales.
Los labios de la doctora Lucrecia se encontraban a punto de estallar en una combinación entre jocosa hilaridad y burla cuando Emérito pidió continuase escuchando su fuga.
Al llegar a casa, rendido, exhausto, cayó en tal letargo que los demonios viajaban en sus adentros levantando todavía inicuos miembros adorando a dioses falsos y desconocidos. Su mente recorrió algunos titulares de la prensa del día, en los que aparecen el allanamiento de la vivienda de Lucecita, el escándalo de un restaurante chino, el piloto del Air Bus de Milán que afirma ver sombras volando.
Entre esas sombras, lo más terrible de lo terrible, fue la aparición de la mano de Morenita que reclamaba su pulsera. En sueños gritaba que pasaría por Valencia rumbo a Sicilia. El autor del robo ha sido el nieto del difunto Don Vito Papione que también ha oído hablar de sus poderes paranormales.
A punto estaba de mandar a paseo a su interesado amigo, cuando los ojos de su contrario enrojecieron de rabia por su reacción. La voz ya no era su voz, era algo grave, bajo, profundo, que temblaba en cada célula de la piel comenzando a relatar el último desliz de Lucrecia con cierta administrativa de Alcobendas. Jamás había revelado aquellos discretos deslices a ser humano que no estuviese implicado en el asunto. Terminada de contar esta historia, el profesor Jiménez del Osezno, continuó con otras similares de la anfitriona, algo menguada ante tantos datos, exactos y concisos, sobre posturas, látigos, y otros juguetitos.
Al remitir el éxtasis del enfermo, comenzó un fructífero diálogo en el que concluyeron que sería necesario rescatar la pulsera de la cantante y atrapar al ente que había ocasionado tales desmanes, grabándolo con psicofonías, cámaras kirlian y otros artilugios informatizados, para dejar constancia en una sociedad estúpida que ha perdido sus valores.
– Necesito tu ayuda –suplicó Emi– pues me enfrento a algo nuevo, desconocido y diabólico hasta los tuétanos.
El temor de su amigo, la implicación de su rival Lucecita, la curiosidad por ese extraño ser, o un combinado multirracial de todo lo anterior, hicieron que Lucrecia respondiese: 
– Permaneceré a tu lado para evitar cualquier posible recaída o que esos seres te devoren.
Acordaron salir el día siguiente rumbo a Valencia en el  cochecito de su madre que empleaba para trasladarse por la ciudad.





IV CERTAMEN DE CUENTOS «VALENCIA ESCRIBE»




Transcribo las bases del Certamen de Cuentos convocado por el colectivo literario Valencia Escribe, una incansable asociación que realiza una gran labor y en cuyas filas se encuadran muy buenos autores.

El colectivo literario Valencia Escribe, con el patrocinio de la Galería Paz y Comedias de Valencia, convoca el IV Certamen de Cuentos de acuerdo con las siguientes               
                                      
BASES:

1) Podrá participar en el Certamen cualquier persona mayor de edad y con residencia en la Comunidad Valenciana, independientemente de su nacionalidad.
2) El tema del concurso es libre, si bien en algún lugar del texto deberá figurar la expresión «galería de arte» (sin nombrar expresamente ninguna ya existente). Cada autor/a solo podrá participar con un único cuento, escrito en lengua castellana o valenciana, con una extensión mínima de 1.000 palabras y máxima de 1.500 (sin contar el título). Las obras se presentarán en fichero Word (.doc), con letra Times New Roman, tamaño 12, interlineado 1'5 y texto justificado. Deberán ser originales e inéditas, no premiadas con anterioridad ni publicadas en parte o en su totalidad en ningún medio o soporte (papel, blogs, prensa digital, etc.), respondiendo ante la organización de la autoría y originalidad de las mismas, asumiendo los autores la total responsabilidad ante terceros. Toda obra que incumpla alguno de los anteriores requisitos quedará descalificada.
3) Se establecen los siguientes premios:

* Primer premio:
500 euros ofrecidos por la Galería Paz y Comedias de Valencia (sobre dicho importe se practicará la retención fiscal legalmente establecida).
Una pieza de cerámica valenciana (socarrat)
Cena para dos personas durante la noche de entrega de los premios, en un restaurante de Valencia ciudad.
Dos libros con la selección de los 20 mejores cuentos presentados.

* Segundo premio:
Una pieza de cerámica valenciana (socarrat)
Cena para dos personas durante la noche de entrega de los premios, en un restaurante de Valencia ciudad.
Dos libros con la selección de los 20 mejores cuentos presentados.

4) Los cuentos se remitirán a la dirección de correo electrónico vecertamen@gmail.com entre el 20 de diciembre de 2016 y el 1 de marzo de 2017, fecha a partir de la cual no se admitirán nuevas participaciones. El nombre del fichero Word (.doc) que contenga el texto deberá coincidir con el título del cuento. En fichero Word (.doc) aparte, nombrado con el título de la obra, seguido de un guion y la palabra «DATOS», contendrá la plica, en la que cada autor/a hará constar la siguiente información personal:

         Nombre y apellidos, dirección, Código Postal y población de residencia, Teléfono/s de contacto, correo electrónico, fotocopia DNI o pasaporte.

5) El colectivo Valencia Escribe escogerá a las personas que, pertenecientes al ámbito de las letras, compondrán el jurado, cuyas decisiones serán inapelables. El jurado, que en ningún momento tendrá acceso a la identidad de los autores, valorará entre otros méritos la originalidad, la riqueza lingüística y el cumplimiento de las normas ortográficas y gramaticales. Ni los organizadores ni los componentes del jurado, así como tampoco sus familiares directos, podrán participar como concursantes.

6) Durante la última semana de mayo de 2017 se anunciarán en el blog de Valencia Escribe (http://valenciaescribe.blogspot.com.es/) los títulos de los 20 cuentos seleccionados por el jurado, que pasarán a formar parte del volumen conmemorativo del Certamen. Entre esos seleccionados, el jurado nombrará 10 obras finalistas (cuya lista se publicará la primera semana de junio en dicho blog), de entre las cuales elegirá finalmente los dos cuentos premiados.

7) Los premios se harán públicos y entregarán durante el acto de libre asistencia a celebrar el viernes 17 de junio de 2017 a las 19:30 horas en la Galería Paz y Comedias (Plaza del Colegio del Patriarca, 5 - Valencia). En el caso de que alguno o ambos autores premiados no estuvieran presentes en dicho acto, los galardones correspondientes se concederán a los siguientes finalistas, por orden de méritos.

8) La presentación de cuentos a este certamen presupone la cesión, por parte de los autores que resulten seleccionados, de los derechos de sus textos, única y exclusivamente a efectos de la publicación y distribución, por parte de Editorial Contrabando y Valencia Escribe, de un libro conmemorativo del Certamen. Cada uno de los 20 autores seleccionados será obsequiado por la organización con un ejemplar del libro (primer y segundo premio, dos ejemplares), que le será entregado durante el acto de libramiento de premios indicado en el punto 7)

            9) El hecho de participar en el certamen supone la aceptación completa e irrenunciable de las presentes bases, cuyos imprevistos no especificados serán resueltos por el jurado. Cualquier incumplimiento de las bases conllevaría la descalificación.

Más información en el blog del colectivo:

http://valenciaescribe.blogspot.com.es/2016/12/iv-certamen-de-cuentos-valencia-escribe.html 

Cojuelo Corre, capítulo 4

Esquivando algún directo, recibiendo algún indirecto, diablo y discípulo alzaron el vuelo.


Trazo IV
 "El sexo es la broma más grande que Dios ha hecho a los seres humanos." Bette Davis

 Críspulo, embobado ante la nueva ciudad que se abría a sus ojos, y Cojuelo, apasionado en sus enseñanzas, no advirtieron la sombra que seguía sus pasos cual Simeón, el mago, seguía a Nuestro Señor en la oscuridad del anonimato. Tras su aparición fugaz y guiado por un sexto sentido, se lanzó tras nuestros amigos por las calles de Madrid.
Nuestros camaradas quedaron almorzando y descansando en el restaurante de Paco, regentado por una familia china tan numerosa como las arenas del desierto y cuyo grado de parentesco puede que fuese similar al de los descendientes de Adán, por rama oriental.
Aprovecharon la ocasión para rellenar los agujeros negros de sus estómagos hambrientos, el primero, por costumbre confiando que la comida saldría de balde, el segundo, Cojuelo, ansioso devorador de carne, pues no es apropiado que un diablo ayune ni quede sin probar placeres carnales.
En estas lides, nuestro eterno opositor reparó en la belleza exótica de la camarera, desconociendo que era la novia del dueño que en esos momentos se encontraba con un cuchillo jamonero utilizado con la habilidad de una navaja de afeitar.
Mientras tanto nuestra tarotista Lucecita, vidente con miopías astronómicas, se había vestido con cuidado sospechando que algo no andaba en su sitio y, acercándose al despacho, halló los destrozos que Críspulo había ocasionado rompiendo el cuenco de cristal y desapareciendo el espíritu deseado.
A la vista del desastre comenzó a tirarse de los pelos, gritar, sollozar, rasgando sus vestiduras, o lo que quedaba sin rasgar desde la última lujuria desbocada. Estando haciendo semejantes aspavientos entró un diablillo menor, un ente incompleto, todavía con su visión infernal de cola, cuernos y patas cabrias, afirmando que todo el averno besaba sus pies y excrementos.
Advertido de la fuga de Cojuelo, de la estratagema empleada y de la ingratitud del preso, daría la voz de alarma para que se le castigase y que, mientras tanto, le serviría él en su lugar. Agradecida la tarotista, y tras verificar los tamaños del nuevo ente, permitió que se refugiase en un collar que llevaba sobre su pecho y que había pertenecido a cierta dama de la alta sociedad, marquesa de los mil y un amoríos, estrangulando con él a sus pretendientes.
En el infierno cundió la alarma, se reunieron los más altos dignatarios de la capital y haciendo notorio lo peligroso de la nueva situación, el descrédito que supondría para la clase infernal, era necesario despachar orden de búsqueda y captura al endiablado fugado para que le prendiesen en cualquier parte que lo hallasen.
Encargaron la tarea a quienes mejor conocían a tan singular diablo, Cienllamas, Chispa y Redina, que recibieron con albricias la noticia pues aburridos se encontraban asando unos cuantos policías corruptos en las calderas de Pedro Botero. El olor de las calderas era tan pestilente que no podían aguantar tanto tiempo con el olfato desquiciado pues no sabían si olían a azufre o a restos del retrete de Satanás. De inmediato se pusieron con las manos en la obra y salieron de las profundidades buscando de nuevo al fugado.
En el restaurante de Paco, moda asiática que mantiene los nombres de los locales adquiridos, el profesor Jiménez del Osezno ocupó una mesa discreta desde donde contemplaba los movimientos de nuestros camaradas de infortunios. Releía el periódico con avidez buscando alguna pista que la interpol no pudiera hallar. Era necesario encontrar algo que le devolviese la credibilidad, si no para los demás por lo menos a sí mismo, que la moral estaba baja y ya no levantaba ni una pluma. Tal vez la ascendencia siciliana del mafioso, quizás la pulsera exigiera la mano de su dueña recuperar, pudiera ser que la secta satánica pidiese algún diablo regresar. Lo hacía de forma voraz, levantando y bajando la vista cual lobo que bebe del río sin perder de vista el objetivo. Aquellos individuos resultaban sospechosos, eso le advertía su intuición radiofónica.
Llegados a la sobremesa, Críspulo, que no había dejado de lanzar tejos a la chinita, sin saber que las orientales cuando afirman niegan, y si dicen no es sí, había ido in crescendo pasando de tejos a misiles aire tierra para profundizar en territorio desconocido a la vista de su pretendiente. Al chino, sin soltar su cuchillo, no le agradaban nuestras tradiciones taurinas y calentaba los motores con mayor rapidez que los del AVE Madrid Sevilla.
La tensión cortaba el aire, pues en el momento pagano apareció, por articulaciones y desarticulaciones de Cojuelo, el óbito de una mosca en los restos de la sopa. Semejante desvergüenza antihigiénica no podía tolerarse y, a grito en el cielo, se negaron a pagar ración tan infecta de saber qué manjares. La chinita, cortés, cedió el pleito a sus compañeros y, saliendo de debajo de los manteles, una veintena de asiáticos inundó el salón comedor.
Cris, a pesar del pleito, no dejaba de solicitar el reclamo de la señorita hasta tal punto que, tropezando con los vaivenes de la conversación y del amable trato de los camareros, su mano se deslizó fortuita por algún lugar poco apropiado de la dama a la vista del vigilante jurado. La situación estalló y el chino navajero hizo acto de presencia, agitando al aire la bandera de la venganza, cuando el sonido de unas sirenas advertía la llegada de la policía; siempre hay almas generosas dispuestas a llamar, al menor estornudo, a los agentes del orden. Gritos, empujones y exabruptos internacionales, inundaron las paredes del restaurante de sonoros bofetones.
La tragedia se presentía en aquel cuchillo cuando la nariz de Cojuelo, y un chasquido de sus dedos, transformaron al chinito en un lechón gordito y sonrosado, ante el estupor de sus compatriotas. Algunos, al principio sorprendidos, entornaron los ojos ante las posibilidades gastronómicas que ofrecía un jefe rácano y, desviando la atención que tenían puesta sobre nuestros protagonistas, olvidaron posible parentesco y comenzó una persecución por el local desmantelando manteles y derramando generosos vinos.
Cris atizaba a los restantes y Cojuelo, que si bien cojo no manco, lanzaba golpes a diestro y siniestro. El profesor Jiménez, a la vista de lo visto, se acercó hasta Cojuelo, esquivando algún directo, recibiendo algún indirecto, para sujetarle del hombro. Hecho fatal pues el chispazo fue tan brutal, que salió despedido del lugar aterrizando sobre una freidora vulgar. Cojuelo, al contemplar quien había recibido la descarga, sonrió malévolo sin lanzarle maldición alguna.
– Corre Cojuelo, corre y salgamos en un vuelo – le dijo el joven aprendiz.
Ante tanta asistencia de público, nuestro revoltoso diablillo tomó la mano a Críspulo para salir volando y esquivar, por la derecha, a un Air Bus con destino a la terminal cuatro y, por la siniestra, a un caza militar, cuyo piloto fue arrestado bajo control psiquiátrico por las cosas que contaba. Nuestro eterno opositor volviéndose hacia su camarada, le dijo:
 – Buenas y espectaculares salidas tienes. Ya quisieran tu ayuda algunos gobernantes que andan más perdidos que un pez en los Alpes.
– Los diablos sabemos entrar y salir de los sitios con tal clase que algunos eurodiputados no cesan de pedir nuestro socorro –respondió Cojuelo.
Y estaban en estos quites de la conversación cuando llegaron a Villa Tuerta del Rey, un pequeño pueblo cercano a Aranjuez, donde pensaron que era mejor parar a descansar pues, si Cojuelo era inagotable, y ansioso estaba de ejercer sus habilidades, Críspulo hallábase algo mareado entre tanto quiebro y requiebro.
Después de besar el suelo, agradeció nuestro protagonista sentir bajo las suelas de sus zapatos algo solido que no cediese pues tenía temor por una metamorfosis ya fuese en águila real o mosca cojonera.
A continuación analizaron la conveniencia de cambiar de aires, tal vez la princesa encantada hablase más de la cuenta y el domicilio de Cris no fuese el más recomendado para pernoctar, o quizás a la policía le diera por investigar después de lo ocurrido en el bar. Consideraron, pese al criterio de Cojuelo que prefería su amada Sevilla, eterna flor del Guadalquivir, dichosa feria de abril, alterar el rumbo para visitar unas tías en Valencia por las que Cris tenía en gran aprecio.
– Aquí podrás pasar la noche y descansar –concluyó Cojuelo señalando un motel próximo a la autovía–, los diablos no necesitamos dormir; si el bien nunca duerme, el mal jamás descansa. Me acercaré a la morería para caldear algo los ánimos, mientras recapacitas tu cabezonería para ir a Levante y no Andalucía. Con un poco de suerte tal vez enfurezca al jeque Alifanfarrón para que apoye la subida del petróleo, o pudiera entrar en algún harén particular. Duerme tranquilo que, al amanecer, estaré contigo.
Terminadas sus palabras, y antes que Crís pudiera manifestar su preocupación por si al día siguiente regresaría con el dinero necesario para pagar la cena y la noche, el diablo se lanzó volando entre un campo de girasoles que resecó a su paso.
Como no quedaba más remedio que aceptar el giro insospechado que estaba adoptando su vida, pensó que lo mejor era confiar en el retorno endemoniado rezando a todos los santos que no le fallase el diablo. Sin más dilación y lanzando un último vistazo al cielo, donde, por cierto, caía un gorrión chamuscado, entró en el motel para pedir habitación.
En su interior había muchos clientes, pues por aquellas fechas se realizaba en el lugar la primera convención de comerciales multiusos pagadas por varias empresas del sector. Le invitaron a cenar unos viajantes procedentes de Alicante que antes vendían juguetes para una determinada empresa, pero, ésta, obligada por la competencia asiática, había migrado al sector del sex shop comercializando una amplia gama de objetos para mayores de dieciocho años. 
Don Cándido Paletillo, dueño del motel, desbordaba tanta alegría como el salón comedor rebosaba comensales. Las perspectivas de repetir el evento en años sucesivos suponía un alivio para su mermada economía, insatisfecha esta por bodorrios locales, comuniones y algún que otro bautizo, que apenas dejaban el pan nuestro de cada día.
Había movilizado camareros, cocineros, personal de limpieza, hijos y esposa. A ella no le hacía mucha gracia, a sus cuarenta y pocos años bien llevados, prefería el motel tranquilo donde de vez en cuando acuden viajantes o turistas, que se les ha hecho demasiado tarde para llegar a Madrid. Su marido le había exigido, o más bien chantajeado con ese cochecito que le hacía falta, para que estuviese a pie de cañón, defendiendo la fortaleza y, como buena anfitriona, acompañar a los congresistas atendiéndoles en cuantas peticiones pudieran surgir.
Estaba en estos menesteres saliendo y entrando de cocina, ejerciendo de maître improvisada, sonriendo a bromas descaradas, coordinando a los camareros, revisando recepción, cuando aterrizó en la mesa donde nuestro convidado confraternizaba con los comerciales. Cris entrecerró los ojos, afiló las garras, y los colmillos se disponían a desgarrar la presa cuando alguien levantó la liebre.
Mientras tomaba nota de los cafés, otra mano, desdibujada, disimulada, difuminada, deslizó la zarpa por debajo de mesa y falda. Apreciando el movimiento, un buen jugador sabe cuándo retirarse a tiempo reiniciando la tertulia con sus nuevos amigos. A Iluminada no le provocó tanta gracia la broma y, con ese saber hacer que tienen algunas personas, se apartó con discreción negándose a servir la mesa.
La dama de su señor avisaba que estaba harta de tanta gente y que se quería ir con su madre que había quedado sola en casa pues algunas personas no se comportaban como está mandado comportarse. Cris adivinó en los labios de Cándido como este la convencía de la importancia del negocio y que había que hacer lo necesario para que estos eventos se repitiesen incluso, si fuese necesario, inventar algunos nuevos para atraer clientes. Era una mujer madura que sabía mantener las distancias, solo debía ofrecer lo mejor del local para que los clientes estuviesen a gusto y después despacharlos, una vez bebidos, a sus habitaciones. Si no hacía esto peligraba no solo el utilitario sino tal vez el abrigo de Navidad.
Resignada, quizás con algún juramento bajo la piel y alguna herida sin cicatrizar, retornó a la jungla de manteles confraternizando con los asambleístas, ofreciendo los cafés y sonriendo las bromas de algunos clientes y, también de paso, clientas. La noche continuó su tránsito hasta bien traspasada la hora de las hechiceras en que los camareros, con amenazas de sublevación, empezaron a exigir el recorte de comensales del salón comedor.
Cris lamentó no haber podido despedirse de la regenta del local que se había perdido en los entresijos de la cocina, camareros, recepción o vete a saber dónde estaba. Al dirigirse al ascensor pasó junto a Don Cándido, el cual se quejaba de la desaparición de su esposa.
– Mi mujer –se lamentaba al camarero–, enfadada, se ha debido ir a dormir sin decir nada.  Luego exigirá que compre el cochecito.
Haciendo caso omiso de penas que no son propias, subió al ascensor acompañado de tres congresistas, de ojos enrojecidos, corbata desajustada y frases soeces sobre las perspectivas nocturnas, que portaban en procesión una botella de cava de la cocina evaporada. El desembarco en el tercero fue masivo pues todos se dirigieron por el mismo pasillo donde, frente a la habitación de Críspulo, llamaban otros tres individuos de similar aspecto.
– Fiesta nocturna –pensó al entrar en su estancia– esperemos que no provoquen demasiado escándalo.
Extrañando la ausencia de su compañero y meditando sobre cuántos acontecimientos habían ocurrido durante los últimos días, se quedó en los brazos de Morfeo dialogando con la almohada.
Ya creía que todo pasaba, pero nada pasa sin dejar huella, cuando de repente el alboroto sacudió el pasillo despertando a cuantos dormían en sus habitaciones. Oída la jarana, salió para ver lo que sucedía, mas no fue el único, y un jubilado de la Guardia Civil, elevando el grito a montera lanzó increpaciones, las cuales fueron desoídas por la cantidad de gente que en el sarao entraba y salía.
El jubilado sin consentir semejante escarnio y burlas, llamó de inmediato al gerente para que interviniera poniendo orden en las habitaciones. La curiosidad ante tanta algarabía pudo más que el sueño obligándole a permanecer en la puerta esperando el transcurrir de los acontecimientos.
No habían pasado cinco minutos cuando el propio Cándido, acompañado del camarero, acudió a la puerta de la habitación. Quedando pequeño el camarote de los Hermanos Marx, el tropel de gente que salía de la alcoba fue tan numeroso como un regimiento de caballería. Hombres, cosa curiosa para Cris, la mayoría de ellos a medio vestir, en ropa interior o casi como Dios los trajo al mundo, salían disparados quejándose unos, escaqueándose los otros, ante las exigencias de Don Cándido.
Entre tanta pierna peluda emergieron dos bellos muslos bajo la camisa de quién sabe qué dueño, que entre el tumulto se dirigieron discretos a la puerta de Cris. Descubriendo sobre ellos el rostro despeinado de doña Iluminada, gentil cual caballero medieval, cedió el paso franco al refugio seguro de su morada. Con discreción, la dama puso el dedo índice en sus labios que fue de inmediato entendido por nuestro sorprendido huésped.
Cuando el temporal remitió, disolviendo la manifestación sin necesidad que acudiesen las fuerzas antidisturbios, Cris recuperó la ropa de la señora y esta se esfumó por el laberinto de pasillos. Hermosa silueta entre cortinajes bermejos, con floraciones ocres y sueños libertinos.

Ya tenemos portada definitiva.

Ya tenemos portada para este libro andariego que recorre media España, por tierra, mar y cielo.

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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