El nieto de Don Quijote y los molinos.

            En un lugar de la Mancha donde el sol agosta los trigales, una moto, con ronquidos de fumador, levanta polvareda por caminos intransitables. La conduce Alonso Quijano, de nariz torcida y dentadura similar a la de un pastor de Villacascajos.
            A la moto adelanta, y en ocasiones acompaña, un sidecar. Sobre él sobrevive Sancho Panza, que se queja y refunfuña sin cesar.  
– ¿A quién se le ocurre fumar aquello?
– Amigo Sancho, jamás desprecies lo que te ofrecen.
– Aquella hierba estaba adulterada y por eso se lió con la fulana.
Un frenazo provocó un derrape que poco faltó para que el sidecar se divorciarse del conductor.
            – Esa mujer es una agente secreto escondida en el motel. ¿No descubriste su acento?
            – ¿Motel? Eso era un burdel.
            Alonso aprendió a leer con las novelas semanales de espías y detectives. Conforme crecía, estudios dejaba y los campos abandonaba. Hasta tal punto su mente se embebía que la lucidez desaparecía.
            – Dulcinea se llamaba.
            – La llaman la Curva por lo que significa en su país. Mejor hubiese sido iniciar la campaña en Madrid.
            – Partido no puede haber si el pueblo no te ha conocido. Conocer España es conocer sus corruptos y sus mafias. El pueblo te reconocerá como el adalid de la honradez y a ministro llegarás antes que los demás.
– Mi abuelo buen republicano fue y mi padre concejal del movimiento llegó a ser.  Sólo quiero seguir la tradición familiar.
– No divagues que si saben lo que piensas hacer pronto te encerrarán. Mas el pueblo debe conocer la verdad y su bandera izar para que esta brisa manchega nos devuelva la dignidad.
            – ¿Brisa?, –preguntó Sancho– más parece ventorrillo que va a vendaval.
– Espectra lo envía para que se borren los caminos y nos perdamos. Pronto vendrán para aniquilarnos. Seremos polvo en el camino mas polvo ennegrecido.
Sancho respondió:
            – Esto lo envía la madre naturaleza y suele ser habitual en estos parajes.
            – ¿Y qué es aquello? Un centenar de tipos se acercan con sus sables, tal vez moros, o más bien mercenarios invasores.
            Sancho no pudo menos que temblar ante lo que podía llegar. Siluetas alargadas agitaban sus brazos.
            Alonso golpeó con el tacón arrancando la moto que tras varios estornudos rugió como león acatarrado. Giró sobre sí mismo lanzándose en dirección a las figuras.
            Ellos conocerían en aquella fecha que Alonso Quijano sería para siempre la horma de su zapato. La moto aceleraba mientras Sancho se agarraba como podía a las orillas del vehículo.
            Frenó cuando la polvareda paró.
– Mira Sancho –dijo Alonso– que un ejército han enviado para acabar con nosotros. Fíjate en sus espadas como giran afiladas. Observa la altura de los sicarios. Son más de cien robots gigantes que envían para matarme.
            Sancho al ver lo que ante él se hallaba, dijo con voz entrecortada:
            – Me permito recordar que los efectos de lo que hemos fumado suelen tardar en pasar. Son transformadores eólicos. Nos hallamos en un descampado cuyo posicionamiento geográfico permite unos vientos continuados durante todo el año.
            – No desvaríes, ¿no ves las espadas?
            – Eso que espadas llama, son las hélices del generador. El aire es quien las mueve y ese movimiento genera la electricidad que se suministra a la ciudad.
            – Han nublado tu mente y lavado tu cerebro. Pronto atacarán. Más si guerra quieren, guerra tendrán –dicho esto, Alonso bajó de la moto y empezó a tirar piedras contra los molinos.
            Sancho intentó detenerlo mas no pudo.  
            Del suelo agarró Alonso una rama y se lanzó contra el torreón que más cerca tenía. Golpeó una vez, y otra. Tantas veces golpeó que la rama se rompió.
            De los palos pasó a las manos. Sus puños golpeaban y cuanto más golpeaban, más sangraban. Dando vueltas, una puerta halló.
            De las herramientas sacó una llave inglesa pese a la oposición de Sancho, que la oposición no sirve cuando se carece de ideas. Regresó a la puerta y golpeó. No sabemos si con buena o mala fortuna, pero al final la puerta cedió.
            – ¡Deténgase!, –gritaba Sancho– ¡es propiedad privada!
            Los ojos de Quijano andaban desorbitados. Descubrió una escalera que subía hacía las hélices. Recordando a Pinito del Oro, trepó con la llave inglesa colgada en bandolera.
            Sancho rezaba, que aunque la iglesia no pisaba, devoción tenía a su santo patrón.
            – Hoy se mata Alonso, al pueblo queda sin luz y a mí me meten en el paredón. Santísima Virgen del Pecado, Santos Tiburcio y Melón, no me dejéis abandonado, en los momentos de turbación.
            Mientras esto pedía Sancho, arriba llegaba Alonso. Muchas escaleras había para llegar a tan alta altura. Sólo halló un habitáculo pequeño lleno de luces y aparatos de extraña invención.
            Golpeó a diestro y siniestro, que ambos merecen cachetes por igual, hasta que logró acabar con tanto aparato infernal. Aquello empezó a saltar, chispas por aquí y por allá, que nadie quiere el status quo abandonar.
El fuego se hizo presente. El humo enrareció el aire. Al dar un giro y aunque imposible pareciese, salió junto a las hélices saltando a la parte superior.
Todo daba vueltas, vueltas tras vueltas en más de una ocasión. Una pasó a su lado, un cachete recibió, otra intentó golpearle una mamporro devolvió. Golpeó por aquí, golpeó por allá. Golpe tras golpe, un traspié fue a dar. Al caer su cinturón quedó preso en una de las aspas.
            – Suéltame malnacido –gritaba sin parar.
            Vueltas daba la vida, vueltas daba sin parar. Alonso golpeaba sin saber dónde acertar. En uno de esos giros, el cinturón no pudo aguantar tantas vueltas, tanto rodar. Roto el delgado hilo que nos une a la existencia, nada nos retiene ya. Quijano salió despedido aterrizando en el sidecar junto a Sancho que no dejaba de rezar.
– Sólo eran aerogeneradores –recriminó Sancho.
     – Magia ha sido. Con algún controlador han convertido los robots en molinos. Marchemos que los muy cobardes han huido. 
     Así nuestros dolientes amigos, uno más doliente que el otro, montaron en la cabalgadura para continuar el camino.

Sabiduria.

Los labios de la sabiduría permanecen cerrados, excepto para el oído capaz de comprender

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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