domingo, 4 de diciembre de 2016

"Cojuelo corre" Capítulo 2




Trazo II

“Los hombres, las sociedades, no podrán superar sus miserias si no las tienen muy presentes.” Antonio Buero Vallejo.

El diablo se había acurrucado en el borde del edificio, desafiando las leyes de la gravedad y cuantas pudieran establecerse para el caso, o para el no caso, pues una antigua doctrina esotérica dice que el diablo es la negación de la realidad. Estaba contemplando la luciérnaga multicolor de la ciudad, con sus reptiles viarios y sus enlatados transeúntes. Sus ojos gatunos despedían un fulgor rojizo que rompía la noche como si fuese un zorro acechando en la oscuridad. Su perfil resultaba similar al de un depredador dispuesto a saltar sobre carnaza fácil y deseada.

– Ha estado bien la fuga –dijo Cris intentado agradecer lo que había hecho el diablo que parecía ignorarle y dudando que hubiese sido una buena idea sacarlo de su prisión.
Colocando primero el dedo índice de su mano derecha en los labios y aumentando con la izquierda el oído siniestro, invitó a Cris para que escuchase el silencio. De repente, cual emisora movida de dial por garra invisible, una voz resonó en la noche.
– ¿Quién es? –preguntó Cris.
–El profesor Jiménez, uno de mis preferidos, un hombre que me ha acompañado durante mis noches de soledad. Sin saberlo me ponía al día de las obras de mis hermanos, analizaba entuertos y misterios, algunos de los cuales escondían manos de viejos conocidos. Ahora empieza un programa dedicado a Morenita Hamster.
– ¿Morenita?
Alargando el cuello al compás de un giro craneal que afilaba la silueta de su perilla, Cojuelo se volvió al estudiante y dijo: 
– Fue una de las cantantes más famosas de su época. Era la ascensorista de un rascacielos de oficinas hasta que la descubrió su primer marido, un mujeriego adicto al esoterismo sexual. Varios pasaron por su cama y acabó convirtiéndose en un ser digno de incluirse en el Libro de las Diablesas Desbocadas. Sus deliciosas maldades avergonzaron a algunos de mis hermanos.
– Pues el sonido es deficiente –dijo Críspulo–. Deberían avisar a los técnicos, se entrecorta. Parece un gato acatarrado. Ahora están intentando conectar la llamada y no entra nadie en antena.
Sonriendo, el diablo respondió:
– Solucionado –un chasquido de sus dedos vibró en el aire y la emisora volvió a su radiofonía natural–. Un productor enamorado le boicotea para sustituir el programa por uno de salsa rosa presentado por un travesti conocido, y reconocido en su cama, de Móstoles. Ahora esos payasos se estarán preguntando cómo entran las llamadas sin pasar por la cabina de emisión.
Vestía Cojuelo cierto sayón marrón, con una cuerda por cinturón, corroído y parcheado como el mayor de los pordioseros. Al verlo con semejante vestimenta Cris dijo: 
– Parece que salgas de un baile de disfraces. Pensaba que los demonios vestían de otra manera.
El ser volvió su rostro hacía nuestro amigo y suspirando contestó: 
– La vestimenta es lo de menos. Los diablos vestimos adaptándonos a la época y al entorno que nos toca vivir. Grandes hombres se ocultan bajo harapos y otros, de vestidos hermosos, disfrazan malvados propósitos.  
Terminaba la frase cuando otro chasquido transformó sus harapos sin inmutar la brisa nocturna, o el vuelo de un mosquito que transitaba despistado por la zona. 
– Joder –dijo Cris– con esos pantalones vaqueros y esa camisa pareces un tío normal.
– Ven –contestó Cojuelo sin darle importancia al comentario de su nuevo amo– y verás el mundo a nuestros pies. Inspira el aire contaminado que inunda los pulmones, aprecia los sonidos de una ciudad que está esperando mi intervención. Necesitan que regrese para que ponga en desorden las cosas, que los esclavos se rebelen, que la realidad se vuelva del revés situando lo de abajo arriba y lo de arriba baje. Mira –dijo apoyando sus dedos índice y medio sobre los ojos de Cris que de repente cambiaron las distancias visuales y las cosas lejanas parecían tan cercanas como si estuviesen en ese momento frente a él– allí, en los jardines del Retiro, se encuentra la glorieta del Ángel Caído, homenaje de un pueblo que anhela mi retorno.
Críspulo intentaba adaptarse al juego de luces que en sus ojos se había creado así como su gran variabilidad, hasta el extremo que bastaba cambiar de enfoque para que, con independencia del trayecto recorrido, cualquier objeto fuese tan cercano como su mano. De repente Cojuelo interrumpió exclamando:
– ¡Oh, millares de espíritus inmortales! ¡Oh, potestades a quienes sólo puede igualarse el Todopoderoso! A pesar de lo desastroso de esta mansión y esa terrible prisión que me es odioso expresar, he regresado para desafiar un nuevo combate. Emplearé todas las astucias y artimañas a mi alcance para demostrar mi señorío infernal allí donde nadie pueda llegar. Abatiré ídolos, corromperé sueños, degradaré ideales, con tal intensidad que hasta en el averno me temerán.
Fue inevitable que Cris exclamara: 
– ¡Coño, qué raro hablas!; no entiendo nada.
Tan rápido como una centella en noche tormentosa o tan veloz como un pensamiento pecaminoso en mente lasciva, el diablo se incorporó sujetando a Cris por el cuello hasta el extremo que apenas podía respirar.
– Tienes suerte que tu antepasado fuese amigo y que necesito tu carta de libertad, pero deja de ser tan paleto o te arrepentirás. Cuando tus deseos se hayan cumplido te dejaré partir, tú por un lado, yo por otro iré. Si hablo como hablo es porque lo que apetezco hago y no me dejo llevar por lengua tan soez y vulgar como la que usáis cuando de televisión os embotáis.
– De acuerdo tío –apenas susurró Cris que no podía abrir los dedos de Cojuelo– haré lo que digas.
De un manotazo nuestro opositor rodó por el suelo temeroso y consciente que se encontraba ante un verdadero ente y que aquello no era sueño o, quizás, pesadilla.
– Debes ser tú quien pidas y yo lo concederé, cuando me plazca o cuando brote lo que sembraré. Pero si cumpliendo tus designios no firmas mi libertad, ponte a temblar mortal que la ira de tu Dios mucho tiene que envidiar a la furia de Cojuelo.
El joven se levantó tosiendo y hubiese salido corriendo pero pronto cambió de idea al comprobar que no tenía alas y que de allí no había forma de salir.
– Ven –dijo conciliador el demonio– que los techos de la ciudad se encuentran abiertos y mientras piensas tus deseos, te mostraré todo aquello que el mundo no sabe.
Críspulo quedó sorprendido ante aquella ensalada humana donde predominaban el sándwich, la zanahoria y los huevos, entremezclados con melones, mucho atún y bastante enjundia. Tan admirado estaba que dijo: 
– Jamás pude imaginar que pudieran llevarse a cabo tantas mezcolanzas, variedades y abundancias entre sábanas y callejones. ¡Esto se pone interesante!
– Te advierto –respondió Cojuelo– que esto sorprendió a tu antepasado y que si los tiempos han cambiado, los hombres siguen conservando su naturaleza, cual hijos de Eva, en virtudes y defectos.  
– Permíteme dudarlo, en aquella época erais ingenuos, hoy en día hemos evolucionado. Entonces éramos como niños y se realizaban maldades por desconocimiento, ahora hemos madurado en cosas que no podrías imaginar.
Cojuelo miró a los ojos de su contertulio y con voz pausada, melosa, continuó: 
– Transmutaron las formas bajo los mismos fondos que antaño poblaran la tierra, por tanto prepárate a descubrir en el teatro del mundo la farsa de la vida. Empezaremos en aquel restaurante de cinco estrellas y seis botellas, donde varios hombres de postín cenan educados. Antes de medianoche desfogaran su sexualidad en hermosos cuerpos multirraciales practicando cosas que tú pequeña mente es incapaz de alcanzar.  
– A esos tipos los conozco, he coincidido con ellos en ciertos locales de alto standing, compartiendo tertulias y alguna que otra cosa. Son directores de multinacionales, que se aprovechan de las pequeñas empresas, exprimiéndolas y chantajeándolas con la desaparición de festivos, los precios de sus productos por los suelos, o la competencia desleal. Después culpan a las empresas para las que trabajan cuando son ellos quienes promueven las rebajas. En realidad disfrutan viendo como las canoas naufragan en los enormes charcos de sus lágrimas. La asesoría de mi padre lleva sus cuentas privadas que, cual aves migratorias, migran de forma periódica a lejanas islas llenas de paraísos fiscales. Ahora llevan a cabo su venganza con la sutil mano de un cirujano que opera sin anestesia, o la finura de un elefante sobre una alfombra de huevos.
– El patriotismo debería analizar el bolsillo –dijo Cojuelo– y coser sus agujeros antes de alzar el vuelo. Las empresas españolas no les contrataban por lo que marcharon al exterior donde descubrieron que su mala leche es tan agria como la de los demás. Ahora regresan como señores donde antes fueron servidores.
– ¿Cuándo concederás mis deseos –preguntó Cris– que los tengo pensados y repensados?
– Otros son tus intereses –respondió el diablo algo irritado por la interrupción de su discípulo–, pero antes de elegir deberías conocer el mundo que te rodea; privilegio que no han tenido otros memos que pidieron sin pensar las consecuencias que podían acarrear.
– Carecerían de mi experiencia vital –aseveró con autosuficiencia nuestro amigo–, de mi saber vivir y de los tiempos que corremos donde gira todo alrededor de tres cosas irrenunciables: poder, dinero y sexo. No hay político, sindicalista, banquero o empresario que se precie que no colme sus deseos en estos tres principios. Deberías aprender de mí que en esas cosas tengo mucho que enseñar.
– Según tus criterios, ¿cuál sería tu voluntad?
– Joder tío –exclamó Cris– para ser diablo eres corto. Has pasado mucho tiempo dentro de una botella. Quiero vivir feliz el resto de mi vida, pasando de una fiesta a otra, que la riqueza me colme con sus bienes, trabajando poco, gozando mucho, y encontrar una mujer, dulce y amable, que siempre permanezca a mi lado atendiendo mis necesidades.
– Antes de pedir, continua con la visión del mundo, que la noche es joven y queda mucho por recorrer. Mira hacia Pozuelo de Alarcón, en el Hospital Quirón está pariendo Doña Margarita del Agua Perdida y con ella, acompañándola en el parto, se encuentra D. Federico de la Puerta, Director de la Seguridad Sanitaria de Provincias, que recibe a quien piensa como hijo, cuando el verdadero padre celebra la victoria de la Selección Española con una italiana. ¡Hay que hacer Patria! –exclamó con cierto retintín nuestro diablo cantarín.
– Mas de un caso de ese tipo he conocido –bromeó Cris–, que no  hace falta ser Director General para que se la peguen a uno.
–Descubro –respondió Cojuelo– estáis instruido en picardías, pero continuemos nuestro viaje. Por allí anda Doña Fecunda Amargura, que se dirige a una reunión de Cáritas para exigir que los mendigos sean desahuciados de las puertas de la Iglesia. No es decoroso que la casa de oración sea mancillada con viejos pedigüeños y mujeres andrajosas, que solo piden para beber y beben para pedir.
– Esas gentes tal vez no sean legales, pero solo buscan algo para comer. Poca coherencia hay entre sus peticiones y la fe que dice profesar.
– Veo –respondió Cojuelo con una mueca similar a sonrisa, o quizás burla– que estás graduado en la escuela de la vida, mas para doctorarte necesitarás la preparación de un magisterio como el mío. Por poco que pueda parecer, la vida todavía oculta cartas que pueden sorprender. En aquel pisito hallaremos a un niño modosito, tierno y encantador. Sus padres orgullosos se muestran ante semejante descendiente que ni fuma ni bebe, ni de casa sale. Cuando termina el colegio presuroso regresa al hogar, no al parque, ni con amigos se va de jarana. En reclusión voluntaria de su habitación, cumple con los deberes y enciende el ordenador. Pero, ¡qué veo!, el modosito juega a descabezar zombis, volar afganos o triturar guerreros en su jueguecito. Me sorprende la saña que emplea el chaval para descuartizar al enemigo, por lo que considero que alguno de mis hermanos debería aprender de sus habilidades o invitarle a formar parte de nuestra gigantesca cohorte endiablada. Entre los cables también triunfa el mal, allí donde un humano puede hallar y más confiado pueda estar.
Críspulo no escuchaba, seguía sin salir de su asombro ante aquella amalgama de carnes y gentes dispares que en la noche se encontraban con mil y un disparates.
– Vuelve la vista hacia allí, entre San Sebastián y Alcobendas, dentro de ese piso un grupo de mujerzuelas, imitando a dignas hechiceras, invocan a un demonio menor para que las monte durante la hora de las brujas. Y a buen gusto hubiésemos ido de no ser por el riesgo que supone la intromisión de cierto hermano que responde a estas hechicerías, con el que he tenido varios altercados en las antesalas del infierno. Aunque en este caso también es probable que aparezca el vecino del cuarto, conocedor de sus aficiones, compinche de una de las anfitrionas, para satisfacer sus inclinaciones, disfrazado de un ser poco maléfico y bastante simple.
Crís meditó antes de hablar.
– Pensaba que estabais coordinados para hacer el mal. Que os poníais de acuerdo para actuar sobre la gente sin que existan fisuras en vuestra causa. Y mientras nos distraemos con otras cosas, ¿cuándo concederás mis deseos?
– Cómo, cuándo, dónde, quién, demasiadas cuestiones pretendes saber. Tan sólo déjate llevar y tus deseos podrás alcanzar. Tengo una misión que cumplir que otros no dejaron hacer, juntos del mundo nos vamos a reír. Ese mundo cruel, de fracasados que te hicieron fracasar, de condenados que te condenaron, de estúpidos que no merecen el sitio que ocupan, se vendrá abajo cuando aparezcamos. Nuestras hazañas serán tan numerosas que por los siglos de los siglos se recordarán.
– Ambición no te falta –respondió Cris– pero mis deseos alargas.
– Sin prisas –dijo el diablillo–, mira por allí. En una promoción de viviendas inacabadas ha entrado un grupo de rumanos que piensa vaciar todo lo que dejaron por acabar. El dueño, cansado de avisar a la policía, ha llenado el interior con dispositivos eléctricos de cierta intensidad, que al menor descuido realizan descargas dignas de consideración. El grupo anda desorbitado, suben hacia abajo y bajan hacia arriba, no pueden salir por donde entraron, ni encuentran ruta que les permita la fuga, debiendo arriesgarse a soportar las embestidas de Voltaje si no desean a la policía acompañar. Están tan furiosos que denunciaran al causante de sus males obligándole que les indemnice por daños físicos y morales.
– Mejor hubiese sido –intervino Crís notando que su cabello rizado se disparaba, quizás por simpatía a momentos pasados, quizás por solidaridad con gentes de aquella calaña– que el promotor hubiese instalado un cartel advirtiendo de los peligros. De esta manera quien entrase podría desconectar el sistema eléctrico sin sufrir más daño. Pero ¿qué es aquel globo, que ocupando la cama ronca con más ruido que las obras de Gallardón y, al parecer, bebe más cerveza que la Merkel y come como un cerdo en la pocilga más asquerosa?
– Es D. Hambriento Lobezno, dueño de Chorizos Ibéricos, un gran hombre de negocios que rellena los embutidos con carnes traídas de Marruecos, perros del matadero Protectora de Animales y gatos desaparecidos junto a restaurantes chinos. Es hombre generoso, contrata trabajadores que no tienen papeles para que puedan mantenerse con un sueldo digno en Uganda. Tal es su bondad, y sus donativos son tan lucrativos para ciertas entidades, que le han nombrado Hermano de Honor en Orden de San Mefistófeles. Confía que a su óbito se interprete la marcha fúnebre de Mozart y, cual Conde de Orgaz, sea elevado a los cielos por querubines rubios con sus intimidades al aire, que, aunque pongan tres grúas y cien andamios, dudo puedan elevarlo un metro del suelo.
– Lo imagino –dijo Cris– pero qué sucede con aquel otro que duerme tan plácido. Un hombre con dormir tan sereno, no puede albergar maldad de ningún tipo.
– Se trata –respondió Cojuelo– del antiguo director de cierta entidad bancaria, que tras realizar fusiones múltiples de gran calado, se evaporaron los caudales como agua de julio. Aseguró su jubilación antes que pudiesen atraparle, cosa que tranquiliza su alma y alegra a mis hermanos, pues no hay mejor recibimiento que aquel que no espera rendir cuentas. Pronto esperamos verle en nuestro hogar pidiendo limosna a aquellos que logró engañar. Será perseguido, contabilizado y auditado por mil y un demonio, tantos como millones se apropió de almas incautas y menospreciadas.
– ¿Y aquel? Parece un hombre cabal que duerme junto a su esposa –preguntó Críspulo– y en el armario observo batas de médico o enfermero.
–Es cierto lo que ves. Se trata del muy honorable doctor Don Áureo Mata Sanos, conocido por sus habilidades quirúrgicas tan elevadas como sus salarios. Por las mañanas ejerce en la Seguridad Social, donde también le conocen como el Gruñón de las Nueve, y por las tardes pasa consulta en cierto hospital privado de reconocido renombre. Los infiernos se encuentran llenos de recetas suyas que le esperan con las manos abiertas para hacerle probar sus propias medicinas.
– ¿Y en el quinto?, –continuó interrogando Críspulo algo mosqueado– parece un hombre de negocios, con sus maletas de piel y sus armarios con ropa de lo más variada.
– La ropa es variada por cuestión de empleo. Se trata del sindicalista liberado Don Cándido Ocioso, que gana el pan con el sudor del trabajo ajeno. Cuando acude a reunión de trabajadores lo hace con pantalones vaqueros o de pana, gritando consignas revolucionarias y elevando propuestas laborales dignas de ser consideradas en los mejores tratados jurídicos. Sin embargo esa indumentaria es bastante diferente de los trajes empleados en los actos del partido senatorial, cuando se reúne con la banca y los empresarios compartiendo ciertos negocios ocultos. Abajo le tienen preparadas unas cadenas que ríase usted de las que llevaba Jacob Marley. Sus antiguos compañeros han fabricado unos látigos similares a los usados por los egipcios cuando trataban a los hebreos para construir las pirámides.
– En aquel piso veo un alzacuello propio de un sacerdote –observó Cris– y al ordenador, imitando a un piano de cola, se ha sentado un hombre. Contra este no podrás elevar opinión contraria.
– Un diablo jamás emite valores, tan solo propone situaciones para sacar alguna tajada en el infierno. A ese que ves, como bien deduces, es un hermoso mancebo dedicado a las oraciones de laudes y vísperas, durante el día, mientras que las completas se las dedica a hermosas doncellas que contacta por las redes sociales. Se muestra tan exuberante como la carne que condena a la abstinencia más amarga. Su cuerpo predicado ha recorrido Castilla La Mancha, León y parte de Andalucía, probando los más exquisitos pecados para conocer cuál es la penitencia que debe imponer a sus fieles arrepentidos. A sus feligreses les invitaba que pidieran por él mientras se retiraba a ejercicios tan espirituales como carnales.
– Nadie se libra de pecado –argumentó Críspulo con cierto tono de voz, mezcla de dulce amargura con polo de limón.
– Es cierto –respondió Cojuelo al tiempo que esbozaba una peculiar sonrisa aramea– pues se dice en el mundo esotérico que de una forma directa o indirecta, todo ser humano ha sido engendrado por alguno de los millares de diablos que pueblan el universo. No creas que los demonios, por ser demonios, no pueden entrar en las iglesias. Debajo de cada pila bautismal hay un diablo dispuesto a recoger quien caiga. Mas no te preocupe eso y diviértete con lo que sucede a tu alrededor.
Siguiendo el consejo de su mentor, Críspulo lanzó la mirada hacia donde indicaba acostumbrado ya a tener, en lugar de ojos, prismáticos de infinita perfección.
– Observa aquel matrimonio –continuó el diablillo– dentro del coche que para todo usan sin poner reproche. Es la joya más preciada de la familia, se encuentra incluido en la hipoteca y de uso necesario ha pasado a multiusos. La compra del pan, la visita al vecino que vive un par de manzanas más abajo, son motivos harto suficientes para lanzar el vehículo por las calles dando mil y un rodeos si fuese necesario. Brilla la carrocería, reluce el interior, pues lo que necesitan gastar para comer y vivir lo emplean en reparar y realzar tan codiciado bien.
– Están –alegó Críspulo– como una cabra; deberían meterlos en el manicomio.
– Cierto –respondió Cojuelo– además en el infierno les tenemos reservado un paseo en vehículos especiales.
– Escucha ese griterío, se diría que buscan algún fugado, alguien que se ha perdido, tal vez se trate de un demonio desparecido –sugirió Críspulo con cierta sonrisa malévola pues donde las dan las toman y como tratas recibes.
– Es algo pronto –respondió Cojuelo– para que me busquen. La vieja bruja todavía se encuentra en los brazos del cámara y no sé si es él quien la atrapa o ella quien no le deja salir; pero ese que ves ahí es un empresario de productos químicos que ha perdido más de veinte mil euros por seguir los consejos de su socio. El hombre tenía que invertir el dinero en la compra de ciertos secretos químicos y acabaron los secretos en la ruleta del casino Monte Perdido. Ahora le esperan con otros trabajadores, todos afectados por Don Ere, en un callejón para darle de beber unos cuantos disolventes que, después de hacerlos tal cual los pidió quedaron como un fracaso de ventas. Tal vez los acompañe con bicarbonato, quizás adobados con lejía, o sazonados con sulfuro.
–Si yo fuera el sujeto buscaría otro restaurante para cenar, pues algo indigesto parece el aperitivo.
– En esa casa –continuó Cojuelo– acaece una terrible pesadilla cuando el concejal duerme, pues en sueños no puede más que decir la verdad y el pueblo le escucha conociendo su vergonzosa maldad. Más arriba duerme un contable, que disfruta en sueños amables cuando hunde al empresario revelando datos que Hacienda no sabe. Vuelve los ojos a la tarotista que me tenía preso, pues a casa ha regresado y todavía no ha recaído en que falta la vasija. En estos momentos duerme, quizás con cierto recelo, pues quien tantos años estuvo aprovechando mis artimañas al final algo le queda. Se divierte pensando que la mujer del cliente, que ha concertado visita para mañana, se la pega al marido con un mecánico que lubrica los bajos del motor con aceites especiales.
– Eso no es para tanto –dijo Críspulo– que sé del marido que, mientras dormía, su mujer corría tras el cuerpo de bomberos.
– Mira, por allí –prosiguió Cojuelo– camina Teodomiro Cifuentes, más conocido en la red como Casanova Infiel, ha madrugado como nadie argumentando que mucho trabajo tiene, se dirige a su primera cita con Mesalina La Viciosa, que le espera ansiosa en un café discreto. Lo que no sabe él que la viciosa es su esposa, lo que no sabe ella que el infiel es él. Pero la noche llega a su fin y las estrellas en cuyos luceros se despierta el sueño, ceden galantes su paso a la alborada. La claridad aleja los pensamientos turbios, las mentes oscuras, las ideas pecaminosas. El nuevo día nos obliga a retomar en nuestro mundo el lugar que ocupamos.
La tapa volvió a cubrir el cubo de basura, las sábanas regresaron a su lugar, la ciudad volvía a respirar contaminación, el sonido retornaba y los atascos iniciaban su concierto en claxon de do mayor.

lunes, 28 de noviembre de 2016

"Redondillas a unos ojos" de Gaspar de Villalón.



Ser mandamiento me excusa
lo que emprende mi rudeza,
 pues quedará cualquier musa
para cantar tal belleza,
 arrinconada y confusa.

Y así, con mi corto aliento,
puse no puedo lo que siento,
diré de esos ojos bellos,
que ha cifrado el cielo en ellos
lo que alcanza un pensamiento.

Son fénix en este suelo
de la hermosura mayor,
y para pechos de hielo,
fuego que envía el amor
 y claridad para el cielo.

Son la beldad abreviada
de naturaleza dada,
por dejar de sí memoria,
porque levantó su gloria
en cosa tan sublimada.

Son dulces en el mirar,
 graciosos en el reír,
temidos por el matar,
afables para seguir
y fuertes para esperar.

Por ser de tal compostura,
son norte que me asegura
en el mar de mis cuidados,
y por ser tan extremados
son polos de la hermosura.

Gaspar de Villalón (¿? – Valencia, 1622) Caballero de la Orden de Montesa y de San Jordi d’Alfama.
Fue uno de los fundadores de la Academia de los Nocturnos, grupo de escritores, intelectuales y poetas que se reunían una vez por semana, por la noche, en el palacio de los Catalá de Valeriola (Valencia) para leer críticas, poesías, etc. A las sesiones asistían bajo seudónimos (el de Gaspar de Villalón era Tinieblas).

jueves, 24 de noviembre de 2016

Cojuelo Corre, capítulo I, Miguel Navarro



Trazo I

“El que habita en el cielo sonríe, el Señor se burla de ellos” (Sal 2, 4)


Incluso el galán más ingenuo en la fabricación de bellas cornamentas es capaz de comprender los riesgos y desventuras que puede ocasionar un trabajo sin cuidar detalles. Sed virtuosos en vuestros menesteres cuidando hasta el más pequeño elemento pues, aún siendo el más pequeño, crecerá y crecerá convirtiéndose en puro éxtasis.
Así se vio sorprendido Críspulo Pérez Zambullo, más conocido como Cris por amigos y amantes, aquel atardecer de junio, a pocos días de la festividad de las brujas, cuando la dama en cuestión, convencida que su marido era abducido por veintidós señoritos corriendo tras una pelotita, le invitó a su morada para una tarde memorable.
Hora misteriosa y mágica en la cual calles de ciudades y villas dispares, se despueblan alentando aficiones a barra y algarabía, cuando Cris, señorito de tertulias, opositor de profesión y ginecólogo por devoción, imitaba a Pinito del Oro en el patio de luces de un bloque de diez alturas, huyendo de un marido furioso y dos amigos de Camorra y Pendencia. La dama previsora, intuyendo lo que podía acaecer, había cerrado la puerta con llave y diez cerrojos, dando tiempo suficiente para saltar desde la galería a tendederos cercanos.
Con la velocidad de un gamusino patizambo y la destreza de un Tarzán parapléjico, descendió varios pisos siendo premiado con algunos cardenales, tres contusiones y un diente que se dio a la fuga tras el primer envite.
Saludó aquella ventana abierta como si fuese el amigo más entrañable, al que tanto admiró y el tiempo robó, y le dio el abrazo que se merece tras la visita inesperada, dejando burlados de este modo a los tres mosqueteros y a la honesta doña Desamparados, amparadora de juerguistas, nido de pájaros multicolores y respetados deslices, que pasaba los días con citas tan clandestinas como el maquis del franquismo.
Desde lejos se apreciaban los suaves y delicados rumores que ambos  amantes se regalaban, susurros de palomas, mientras sus acompañantes oteaban las profundidades urbanísticas intentando dilucidar la ruta de fuga, la vía de escape, las islas paradisíacas, las tierras de remotos mares.
A estas horas, nuestro opositor, maldiciendo no tanto la caída como la penetración interrumpida por lugares inexplorados, adaptaba los ojos a la región donde había arribado por extrañas venturas del destino. Sobre la mesa hallaba una pirámide de cerámica, velones todavía humeantes, con olor a incienso de China, y una baraja de cartas que dormitaba descansando de tanto uso y abuso.
La radio permanecía encendida con el monólogo de un desangelado locutor que anunciaba un programa entero dedicado a la cantante Morenita Hamster, que tras publicar su éxito “Singing in the hell”, dinamitó el edificio donde se encontraban los ciudadanos más importantes de Madison, capital de Wisconsin.
– ¿Secta satánica? ¿Locura esquizofrénica de una mujer dada a la bebida y los vicios más bajos? ¿Actúo sola en sus intenciones homicidas? Esta noche en el programa hablaremos con Peregrin de Balzac, profesor en parapsicología aplicada en artes escénicas, afamado autor de “Confesiones perversas desde el más allá” que nos hablará de sus motivaciones esotéricas.
Las paredes del lugar al que había llegado Cris se encontraban adornadas de espejos irregulares, con adornos de cinco puntas, y la imagen de una Virgen de la Incomprensión presidía las estanterías adjuntas donde descansaban libros de docta ciencia como “El libro de los Muertos Muy Vivos”, “Las Profecías de San Pepequias” o la “Metáfora del Engaño Prematuro”. Una foto permitió deducir que había allanado la vivienda habitual de Lucecita, la tarotista más reconocida de Madrid, Santurce y Mediavilla del Entrecejo.
Buscando la salida más próxima, antes que sus adversarios tuviesen la fugaz idea de desembarazarse de la defensora de su honra y darle caza por los pasillos del edificio, un ensordecedor silencio atrapó la habitación y oyó un suspiro que retumbó en la sala cual procedente de ultratumba provocando, en su afectada imaginación, el erizo del vello que recorría piernas y brazos intentando escapar de su señor.
Ya abierta la puerta de emergencia para su alma contrita, escuchó por segunda vez el suspiro amedrentador por lo cual no era fantasía de su mente enfermiza, sino realidad presente en la misma estancia, preguntando con voz temerosa: 
– ¿Quién anda ahí?
 – Yo soy, el que está dentro de la vasija de vidrio junto a la mesita, donde me tiene preso la vieja bruja engañabobos, la meiga de los cuernos alegres, la hechicera de remiendos y torpezas.
– Deja de coñas –replicó el eterno opositor–, nadie puede vivir dentro de una vasija. ¿Dónde estás?
– He sido claro al expresarme, en la vasija me atraparon y de aquí no puedo escapar –contestó la voz–. Llevo dentro del cristal cuatro siglos, y en poder de esa vil mujer poco menos de un lustro.
– ¡Caray! Si no has salido en tanto tiempo es que le has pillado cariño al pisito –respondió Cris mientras analizaba si el incienso todavía humeante estaba ocasionándole alucinaciones. 
– Harto estoy –replicó el jarrón– de ver el mundo con el punto de vista convexo, de obedecer órdenes de esa vieja desdentada que sale en televisión desde que hechicé a la presentadora con un ecuatoriano madrileño y mi destino es permanecer aquí hasta que alguien sea capaz de liberarme. Tú has sido elegido para tal menester.
– ¿Estabas esperándome? No me lo creo tío –sentenció el joven buscando a su alrededor–. Nadie vive dentro de un jarrón y, mucho menos, puede estar esperándome. Sal de tu escondite. ¿Eres amigo o enemigo? Seguro que se trata de una broma de televisión.  
– En los momentos buenos tenemos tantos colegas como amapolas hay en los campos, pero cuando alguien te la juega, desaparecen como los bikinis en playas, o los banqueros cuando te ven sin blanca. Tu padre es Agapito Pérez, miembro de la Asesoría Fiscal Agapito y Asociados y tu madre es Doña Espina Zambullo Charco, interventora del ayuntamiento de Villabajo del Cornejo. Desciendes del muy ilustre amigo don Cleofás Pérez Zambullo, que por casualidades del destino, unos cuantos hechizos amorosos y la conjunción de Urano con Marte, estando la luna en medio, han permitido que seas digno descendiente de tan virtuoso antepasado.  
– ¡Deja de chorradas!, –exclamó algo alterado nuestro opositor ante el griterío creciente en el rellano de la escalera– desconozco quien es ese tal “Clefofas” y ahora no estoy para coñas.
– Solo tienes que sacarme de aquí y concederé cuanto pidas, sobre todo por la amistad que me unía a tu antepasado.
– No sé cómo ayudarte tronco –contestó Cris sin prestar demasiada atención–, tengo prisa; si no salgo me atraparán y pensarán que además de torero soy ladrón.
– Rompe la redoma de cristal –ordenó la voz.
– ¿Qué es una redoma? –preguntó el chaval.
– La vasija de cristal que está junto al cenicero –contestó algo chirriante la voz–, rómpela y saldré para ponerme a tu servicio. Sólo pido que, una vez satisfechos tus deseos, me concedas carta de libertad, de esa manera nadie podrá conjurarme dentro de otro objeto. Debo volver a ser quien era, temor de frailes, delicia de doncellas, tentador de tentadores.
– Con decir eso hubiésemos ahorrado palabras, pero, antes de seguir, ¿qué eres? ¿Un genio? ¿Un gnomo? ¿Duende o demonio?
– Ni duende ni demonio, por diablo me tienen que mayor rango es diablo que demonio.  
– ¿No serás Satanás? –preguntó sin quitar el oído de la puerta. 
– Ni Satanás, mi señor, ni Belcebú, ni Barrabás. Cojuelo es mi nombre y aunque no me recuerdes, servidor de tu antepasado fui hasta que en manos de Cienllamas caí. Me entregó a la república demoniaca encerrándome en una redoma hechizada para que no pudiera huir. Solo cuando un descendiente de don Cleofás me libere, otorgándome carta de libertad, podré escapar de sus garras y volver a mis andanzas.
– Abrevia, ¿puedes sacarme de aquí? –preguntó Cris cuando los gritos conminaban a la puerta de la hechicera como si Alí Baba recitara a la cueva de los cuarenta ladrones las palabras mágicas, si bien algo malsonantes y de dudosa honorabilidad.
Aprovechando la ocasión, el diablo informó del noticiario vecinal: 
–Si prisa no te das, pronto entrarán; han llamado a la policía. Sácame de este vidrio que pagaré el rescate en muchos gustos.
Con la educación de un ministro anunciando recortes salariales, o de un político en el respetado Congreso de Diputados, no fue ni escrupuloso ni perezoso Críspulo al lanzar la vasija de cristal contra una pared.  
Envuelto en el nauseabundo aroma de huevos podridos, apareció un ser menos alto que Pablo Motos, apoyado en una muleta sobre su derecha, nariz similar a la del mítico Urtain; los bigotes erizados a lo Dalí; orejas puntiagudas deformes, mientras que sobre su mentón se deslizaba una perilla con unos pocos pelos alargados más que el salario de los funcionarios; sus maxilares era invisibles y los colmillos nada tenían que envidiar a los de Drácula.
Casi vomita ante visión tan espeluznante como la de militares metidos a toreros, médicos a sindicalistas o jueces en política. Sin embargo, más sensato y rápido, Cojuelo tomó su mano diciendo:
– Vamos, es el momento de salir y agradecerte lo que haces por mí.  Tiene que conocer Madrid, que mi corazón vuelve a latir.
Salieron volando por el patio de luces tan veloces, como un empresario huyendo ante un inspector de Hacienda, o un futbolista buscando una prima millonaria, hasta que llegaron a lo alto de las torres Kio, puerta de Europa, orgullo de Madrid, bacín de algunos negocios dudosos, al tiempo que los aficionados salían victoriosos de bares, estadios y lupanares, donde estaban instaladas pantallas gigantes ofreciendo los triunfos de la Roja. El bullicio desbordó calles y plazas, jardines y avenidas, fuentes y parques. Hombres y mujeres se mostraron iguales que nuestros antepasados primates, cantando, bebiendo y disfrutando de carnes.
Cojuelo, desde lo alto del helipuerto azul, donde habían parado a descansar, le dijo:
– Este es el lugar más alto de Madrid, mala suerte para Menipo, el filósofo  usurero, Shylock el avaro mercader, o doña Lupe, la de Galdós, que se quedaron en principiantes, más bien aprendices, ante tantos entuertos fecundados a la oscuridad de sus callejones. Desde aquí podrás descubrir lo que transita por esta Babel de cemento.
            Y, como ofreció a su antepasado, Cojuelo destapó los techos de la capital con la facilidad diabólica de quien destapa el cubo de la basura o de quien levanta las sábanas de la cama, mostrando sus interioridades, algunas de ellas tan íntimas que Calígula hubiera sonrojado.