Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (6) 2. Un malentendido acerca del método.



Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (6)
II
ALGUNOS ASPECTOS DE LA GRAN EMPRESA
            2. Un malentendido acerca del método.
Antes de proseguir con este esquema, encuentro que debo detenerme en un paréntesis tocante a la naturaleza de mi tarea, sin el cual el resto de ella puede comprenderse mal. 

En realidad, sin pretender que poseo alguna experiencia oficial ni comercial, estoy haciendo aquí mucho más de lo que nunca se ha pedido a la mayoría de los simples hombres de letras (si puedo, por el momento, llamarme hombre de letras) cuando, confiadamente, dirigen movimientos sociales o defendían ideales sociales.
Prometeré que, hacia el final de estas notas, el lector sabrá mucho más acerca de cómo podrían los hombres emprender la formación de un Estado distributivo de lo que supieron alguna vez los lectores de Carlyle acerca de cómo podrían encontrar un rey héroe o un líder regio. Creo que podemos explicar cómo se hace para que la pequeña tienda o la pequeña granja sean un rasgo común de nuestra sociedad, mejor de lo que Matthew Arnold explicó cómo se hacía del Estado nuestra mejor obra. Creo que la explotación agrícola se señalará en alguna especie de mapa tosco más claramente de lo que se señala el Paraíso Terrenal en la carta de navegación de William Morris; y creo que frente a sus noticias de ninguna parte esto podría llamarse con justicia noticias de alguna parte. Rousseau y Ruskin fueron a menudo más vagos y visionarios de lo que lo soy yo; aunque Rousseau fue aun más rígido en las abstracciones y Ruskin se agitaba mucho a veces por detalles particulares.
No necesito decir que no me estoy comparando con estos grandes hombres; estoy señalando que aun a éstos, cuyas inteligencias dominaban un terreno tanto más amplio, y cuya situación como editores era mucho más respetada y autorizada, en realidad no se les pedía nada fuera de los principios generales que se nos acusa de dar. Sólo estoy señalando que la tarea ha recaído en un poeta muy inferior cuando ni a esos profetas mucho mayores se les exigía llevar a cabo y completar el cumplimiento de sus propias profecías. Parecería que nuestros padres fueran ciertamente capaces de tener una visión clara de la meta con o sin un mapa detallado del camino, y capaces de referir una ignominia sin la obligación de entrar a describir un sustituto. No obstante, cualquiera que sea la razón, es muy cierto que si yo fuera suficientemente grande como para merecer los reproches de los utilitaristas, si yo fuera en realidad tan meramente idealista o imaginativo como me pintan, si realmente me limitara a dar una dirección sin medir exactamente el camino, a señalar la casa o el cielo y decir a los hombres que echaran mano de su buen sentido para llegar a ellos, si eso fuera en realidad lo único que pudiera hacer, estaría haciendo lo único que se esperó que hicieran hombres inconmensurablemente más grandes que yo, desde Platón e Isaías hasta Emerson y Tolstoi.
Desde luego, no es eso todo lo que puedo hacer; aunque aquellos que no lo hicieron, hicieron mucho más. También puedo hacer alguna otra cosa, pero sólo puedo hacerla si se comprende lo que hago. Al mismo tiempo sé muy bien que, al explicar el adelanto de sociedad tan perfecta, un hombre puede hallar con frecuencia muy difícil explicar exactamente lo que está haciendo hasta que esté hecho. He examinado y rechazado media docena de modos de abordar el problema por diferentes caminos, que llevan todos a la misma verdad. Había pensado empezar con el ejemplo simple del labrador, pero sabía que cien corresponsales se me echarían encima, acusándome de intentar convertirlos a todos en labradores. Pensé, pues, en empezar con la descripción de un razonable Estado distributivo en esencia, con todo su equilibrio de cosas diferentes; exactamente como los socialistas describen su utopía en esencia, con su concentración en una cosa. Pero sabía que cien corresponsales me llamarían utópico y dirían que evidentemente mi proyecto no podía ponerse en práctica porque sólo podía describirlo puesto en práctica.
Aunque lo que realmente habrían querido decir al llamarme utópico es esto: que hasta que ese proyecto fuera puesto en práctica no habría nada que hacer. Finalmente decidí acercarme a la solución en esta forma: primeramente, señalando que el impulso monopolista no es irresistible; que aquí y ahora aún podía hacerse mucho para modificarlo, cualquiera podía hacer mucho, y todos casi todo. Luego sostendría que con la eliminación de esa particular presión plutocrática revivirían el deseo y el aprecio de la propiedad natural, como de cualquier otra cosa natural.
Entonces, digo, valdrá la pena proponer a gentes así vueltas a la cordura, aunque sea esporádicamente, una sociedad sana que equilibre la propiedad y controle la maquinaria. Y terminaría con la descripción de esta última sociedad, con sus leyes y limitaciones.
Puede ser o no ser una buena distribución y un buen ordenamiento de las ideas, pero es inteligible; y opino con toda humildad que tengo derecho a colocar mis explicaciones en ese orden, y ningún crítico tiene derecho a quejarse de que no las desordene a fin de responder a preguntas fuera de su orden. Estoy dispuesto a escribir para él toda una enciclopedia del distributismo, siempre que él tenga la paciencia de leerla. No es razonable que se queje de que no haya tratado adecuadamente sobre zoología, medidas del Estado en defensa de algo, en la letra «b»; o que no me haya referido a la honorable posición social del gremio de los xilógrafos cuando todavía estoy tratando, por aquello del orden alfabético, el gremio de los arquitectos. Estoy dispuesto a ser tan aburrido como Euclides; pero el crítico no deberá quejarse de que la proposición cuarenta y ocho del segundo libro no sea parte del Pons asinorum. El antiguo gremio de los constructores de puentes tendrá que construir muchos de esos puentes.
Por comentarios que me han llegado colijo que las sugerencias que ya he hecho pueden no explicar del todo su lugar y propósito dentro de este proyecto. Estoy señalando simplemente que el monopolio no es omnipotente, ni siquiera ahora y aquí, y que cualquiera podría pensar, en la excitación del momento, en los muchos modos en que puede ser demorado y hasta anulado ese triunfo final. Supongamos que un monopolizador que sea mi mortal enemigo se esfuerce por arruinarme impidiéndome vender huevos a mis vecinos; le puedo decir que viviré de los nabos de mi propia huerta. No tengo el propósito de limitarme a los nabos, ni de jurar que nunca tocaré mis propias patatas o mis habas. Pongo los nabos como ejemplo de algo que puedo tirarle a la cara. Supongamos que el malvado millonario en cuestión llegara a mí, y sonriendo burlonamente sobre la tapia del jardín, dijera: «Noto por su aspecto de muerto de hambre y por su flacura que tiene usted  necesidad inmediata de unos pocos chelines, pero no tiene posibilidad de conseguirlos». Posiblemente esto me llevara a replicar: «Sí, puedo conseguirlos. Podría vender mi primera edición de Martín Chuzzlewit». No quiere decir necesariamente que ya me vea en una pobre tumba a menos que pueda vender el Martín Chuzzlewit; no quiere decir que no se me ocurra nada más que vender el Martín Chuzzlewit; no me propongo jactarme, como cualquier político corriente, de haber unido mi bandera a la política de Martín Chuzzlewit. Con eso, solamente habría querido decir al ofensivo pesimista que no estoy carente de recursos; que puedo vender un libro, y hasta escribirlo si el caso se hace desesperado. Podría hacer gran cantidad de cosas antes de llegar a una acción resueltamente antisocial, como sería la de asaltar un banco o (todavía peor) la de trabajar en  un banco.
Podría hacer muchísimas cosas de muchísimas clases, y doy un ejemplo al comienzo para indicar que hay muchísimas más y no que no hay más. En mi casa hay muchísimas cosas de muchísimas clases además de un ejemplar de Martín Chuzzlewit. No hay muchas cosas de gran valor, excepto para mí, pero algunas son de algún valor para cualquiera. Porque lo característico de una casa es que sea una mezcla de cosas. Y la mía, por lo menos, llega a ese austero ideal doméstico. Lo que pasa con la casa de uno es que no sólo es un conjunto de cosas diferentes, que son no obstante una sola cosa, sino que es una cosa en la cual valoramos hasta las cosas que olvidamos. Si un hombre incendia mi casa reduciéndola a un montón de cenizas, no estoy menos justamente indignado con él por haberlo quemado todo que por no poder recordar en un principio todas las cosas que ha quemado. Y así, como con los lares, ocurre con toda esa religión doméstica, o lo que queda de ella, para resistirse a la disciplina destructiva del capitalismo industrial. En una sociedad más simple saldría corriendo de las ruinas pidiendo socorro a la comuna o al rey, y gritando: ¡Justicia! Un ladrón ha quemado mi puerta de roble con los acostumbrados accesorios, catorce marcos de ventanas, nueve cortinas, cinco alfombras y media, setecientos cincuenta y tres libros, de los cuales cuatro eran éditions de luxe, un retrato de mi bisabuela...», y así sucesivamente, agregando todos los artículos; pero se perdería algo del impetuoso y simple grito feudal, la simple exclamación «¡justicia!». De la misma manera podría haber empezado este esbozo con un inventario de todas las alteraciones que querría ver en la ley con el objeto de establecer alguna justicia económica en Inglaterra. Pero dudo que el lector hubiera tenido mejor idea de lo que finalmente me proponía, y no hubiera sido el camino por el cual me propongo marchar ahora. Más tarde tendré ocasión de entrar en detalles sobre estas cosas; pero los casos que expongo son meros ejemplos de mi primera tesis general: que ni siquiera en este momento estamos haciendo todo lo que podría hacerse para resistir a la acometida del monopolio; y que cuando la gente habla como si ahora no pudiera hacerse nada, esa declaración es falsa desde el comienzo; y que inmediatamente se le presentarán a la inteligencia toda clase de respuestas.
El capitalismo se está desintegrando, y en cierto sentido no fingiremos estar tristes porque se desintegra. Claro que podríamos favorecernos muy correctamente diciendo que ayudaríamos a desintegrarlo, pero no queremos que simplemente se destruya. El primer hecho que hay que comprender es precisamente ése: que se trata de elegir entre su desintegración o su destrucción. Hay que elegir entre la posibilidad de que voluntariamente se descomponga en sus verdaderos componentes, volviendo cada uno a lo que era, y la posibilidad de que sencillamente se desplome sobre nuestras cabezas en un estampido o confusión de todos sus componentes, que algunos llaman comunismo y algunos otros llaman caos. Lo que toda la gente sensata debería tratar de conseguir es lo primero. Lo último es lo que toda la gente sensata debería tratar de impedir. Por eso con frecuencia son agrupados.
Me he limitado principalmente a contestar lo que siempre consideré como primer interrogante: « ¿Qué tenemos que hacer ahora?». Respondo a eso: «Lo que tenemos que hacer es refrenar a los demás para que no continúen haciendo lo que hacen ahora». El enemigo tiene la iniciativa. Él es quien ya está haciendo cosas, y las habrá hecho mucho antes de que nosotros podamos empezar a hacer algo, puesto que él tiene el dinero, la maquinaria, la mayoría y otras cosas que nosotros tenemos que conquistar antes de poder utilizarlas. Ha completado casi el triunfo capitalista, pero no del todo; y todavía es posible estorbarle y echarle la soga al cuello. El mundo se ha despertado muy tarde, lo cual no es culpa nuestra. Es culpa de los locos que durante veinte años nos dijeron que nunca podría haber trust, y que ahora nos dicen, con igual cordura, que nunca podrá haber nada más. Pido al lector que tenga presentes otras cosas. La primera es que este esbozo es sólo un esbozo, aunque uno apenas pueda evitar algunas curvas y revueltas. No pretendo salvar todos los obstáculos que pueden surgir en esta cuestión, porque muchos de ellos parecerían a muchos cuestiones del todo diferentes. Pondré un ejemplo de lo que quiero decir. ¿Qué hubiera pensado el lector criticón si nada más empezar este bosquejo hubiera entrado en una larga discusión sobre la ley de difamación?
Sin embargo, si yo fuera estrictamente práctico, hallaría que ése es uno de los obstáculos más positivos. La ridícula posición actual es que el monopolio no es rechazado como fuerza social, pero que todavía puede agraviar como imputación legal. Si usted intenta impedir que un hombre acapare leche, lo primero que ocurrirá será que sufrirá un ruinoso proceso por calumnias por haber llamado a tal cosa acaparamiento. Es claro que el simple sentido común dice que si la cosa no es pecado, no hay calumnia. Tal y como  están las cosas, no hay castigo para el que lo hace, pero hay castigo para el que lo descubre. No trato aquí (aunque estoy absolutamente dispuesto a hacerlo en cualquier otra parte) sobre todas esas dificultades detalladas que una sociedad como la ahora constituida suscitaría en una sociedad como la que deseamos construir. Si se constituyera sobre los principios que sugiero, se tratarían esos detalles, a medida que surgieran, sobre esos principios. Por ejemplo, pondría fin al destino por el cual hombres más poderosos que emperadores fingen ser comerciantes particulares que sufren la malignidad privada. Sostendría que aquellos que en la práctica son hombres públicos deben ser criticados como males públicos en potencia. Eso acabaría con la absurda situación por la cual un «caso importante» es visto por un «jurado especial»; o dicho con otras palabras, impediría que cualquier punto de disputa entre ricos y pobres fuera juzgado por los ricos. Pero verá el lector que aquí no puedo rechazar las diez mil cosas que podrían salirnos al paso; tengo que suponer que un pueblo dispuesto a correr los mayores riesgos correría también los menores. Ahora bien, este boceto es un boceto; dicho de otro modo, es un proyecto, y cualquiera que piense que podemos obtener cosas prácticas sin proyectos teóricos puede ir y pelearse con el ingeniero o arquitecto que tenga más cerca porque dibuja líneas delgadas sobre un papel delgado. Pero también en otro sentido más especial mis indicaciones son un boceto: en el sentido de que está deliberadamente trazado como una gran limitación dentro de la cual hay muchas diversidades. Hace mucho que conozco, y me divierte no poco, a ese tipo de hombre práctico que seguramente dirá que generalizo porque no hay plan práctico. La verdad es que generalizo porque hay muchos planes prácticos. Yo mismo sé de cuatro o cinco proyectos que se han redactado, más o menos drásticamente, para la difusión del capital. El más prudente, desde el punto de vista capitalista, es el aumento gradual de la participación en las ganancias. Una forma más rigurosamente democrática de la misma cosa es la dirección de la empresa (si no puede ser una empresa pequeña) por un gremio o grupo que una sus contribuciones y divida sus resultados. A algunos distributistas les disgusta la idea del trabajador que tiene acciones sólo donde tiene trabajo; creen que el trabajador sería más independiente si invirtiera su pequeño capital en cualquier otra parte; pero todos están de acuerdo en que debería tener un capital para invertir. Otros siguen llamándose distributistas porque darían a todos los ciudadanos un dividendo mediante sistemas nacionales de producción mucho mayores. Yo, deliberadamente, saco mis principios generales de modo que pueda abarcar tantos de estos proyectos comerciales alternativos como sea posible. Pero me opongo a que se me diga que abarco tantos porque sé que no hay ninguno. Si le digo a un hombre que vive con demasiado lujo y extravagancia y que debería economizar en algo, no estoy obligado a darle una lista de sus lujos. Y lo que sostengo es que la sociedad moderna estaría mucho mejor si dividiera la propiedad mediante cualquiera de estos procesos. Eso no quiere decir que no tenga mi forma favorita: personalmente prefiero el segundo tipo de división dado en la lista de ejemplos de más arriba. Pero mi tarea principal es señalar que cualquier reversión en la tendencia precipitada a concentrar la propiedad será un adelanto sobre el estado actual de cosas. Si le digo a un hombre que se está quemando su casa allá en Putney, puede que me lo agradezca aunque no le proporcione una lista de todos los vehículos que van hasta Putney, con los números de todos los taxis y el horario de todos los tranvías. Basta que yo sepa que hay gran cantidad de vehículos para que él elija, antes de que se vea reducido a la proverbial aventura de ir a Putney montado en un puerco. Basta que cualquiera de esos vehículos sea en conjunto menos incómodo que una casa en llamas o un montón de cenizas. Admitiría que se me llamara poco práctico si entre este lugar y Putney hubiera selvas impenetrables y destructoras inundaciones; en ese caso podría ser tan idealista elogiar Putney como elogiar el Paraíso. No admito que sea poco práctico porque sepa que hay media docena de modos prácticos que son más prácticos que el estado de cosas presente. Pero, de hecho, no se deduce que no sepa llegar a Putney. Aquí, por ejemplo, hay media docena de cosas que ayudarían al proceso del distributismo, aparte de aquellas que tendré ocasión de tratar como cuestiones de principio. No todos los distributistas estarán de acuerdo con todas ellas; pero todos concordarán en que siguen la orientación del distributismo:
1) La aplicación de impuestos a los contratos, de modo que no alienten la venta de la pequeña propiedad a grandes propietarios y estimulen la división de la gran propiedad entre pequeños propietarios.
2) Algo así como el derecho sucesorio napoleónico y la abolición de la primogenitura.
3) El establecimiento de leyes liberales para los pobres, de tal modo que la pequeña propiedad siempre pudiera ser defendida contra la grande.
4) La protección deliberada de ciertos experimentos en la pequeña propiedad, si fuera necesario mediante tasas y aun tasas locales.
5) Los subsidios para fomentar la iniciación de tales experimentos.
6) Una liga de consagración voluntaria, y un número cualquiera de otras cosas de la misma clase.
Pero he insertado aquí este capítulo con el objeto de explicar que esto es un bosquejo de los principios primeros del distributismo y no de los detalles últimos, sobre los cuales pueden discutir hasta los distributistas. En tal exposición, los ejemplos se dan como ejemplos, y no como lista exacta y total de todos los casos que abarca la regla.
Si no se comprendiera este principio elemental de exposición, tendría que conformarme con ser llamado poco práctico por esa clase de hombre práctico. Por cierto, desde su punto de vista, hay algo de verdad en su acusación. Sea o no sea yo un hombre práctico, no soy lo que se llama un político práctico, es decir un político profesional. No puedo pretender tomar parte alguna en la gloria de haber llevado a mi patria a su promisoria y esperanzada situación actual.
Cabezas más recias que la mía han fundado la prosperidad actual del carbón. Hombres de acción, de energía más vigorosa, nos han llevado a la consoladora situación de vivir de nuestro capital. No he tenido parte alguna en la revolución industrial que ha aumentado las bellezas de la naturaleza y ha reconciliado las clases de la sociedad; tampoco debe el lector demasiado entusiasta agradecerme a mí esta Inglaterra más culta, en la cual el empleado vive de limosnas del Estado y el empleador da vueltas y más vueltas en descubierto.

Pareados. Teoría poética.



Pareado, pareja o dístico.
               

                El pareado es la estrofa compuesta por dos versos que riman entre sí. A partir de este momento los demás factores son variables pues estos versos pueden ser de arte mayor o arte menor, con rima consonante o asonante. Lo más habitual es que sean versos de la misma medida (isosilábicos) aunque también pueden tener diferente número de sílabas (anisosilábicos). Lo esencial es que los dos versos tengan la misma rima.
                Se utilizan en composiciones muy breves como en el Refranero, en máximas filosóficas, inscripciones, en algunas épocas como divisas de los escudos. Por imitación con los pareados alejandrinos

Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (5)



II
ALGUNOS ASPECTOS DE LA GRAN EMPRESA
1. El engaño de las grandes tiendas.

Dos veces en mi vida me ha dicho un director literalmente que no se atrevía a imprimir lo que yo había escrito porque ofendería a los que publicaban anuncios en su periódico. La presencia de semejante presión existe en todas partes bajo una forma más silenciosa y sutil. Pero tengo gran respeto por la franqueza de este particular director, porque evidentemente era casi la máxima franqueza posible para el director de una importante revista semanal. Dijo la verdad acerca de la falsedad que tenía que decir.
En ambas ocasiones me negó libertad de expresión porque decía yo que las tiendas que ponían más anuncios y las grandes tiendas eran en realidad peores que las pequeñas tiendas. Puede resultar interesante señalar que ésta es una de las cosas que ahora le está prohibido decir a un hombre; quizás la única cosa que le está prohibido decir. Si se hubiera tratado de un ataque al Gobierno se hubiera tolerado. Si hubiese sido un ataque a Dios hubiera sido respetuosa y atinadamente aplaudido. Si se hubiera tratado de injuriar el matrimonio, o el patriotismo, o la honestidad pública, me hubieran anunciado en los titulares y se me hubiera permitido extenderme en los suplementos del domingo. Pero no es probable que un gran periódico ataque a la gran tienda, puesto que él mismo es (a su modo) una gran tienda y cada vez más un monumento al monopolio.
Pero estaría bien que repitiera aquí, en un libro, lo que no pude repetir en un artículo. Creo que una gran tienda es una mala tienda. Creo que no sólo es mala en un sentido moral, sino también en el sentido comercial; esto es, creo que comprar en ella no sólo es una mala acción, sino también un mal negocio. Creo que el emporio-monstruo no sólo es vulgar e insolente, sino también incompetente e incómodo, y niego que su gran organización sea eficaz. Una organización grande es una organización floja. Más aún, sería casi

Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (4)




I
ALGUNAS IDEAS GENERALES

4. Sobre un sentido de la proporción.

Los que estudiamos los periódicos y los discursos parlamentarios con la debida atención ya debemos tener una idea bastante precisa de la naturaleza del mal del socialismo.
Es un sueño utópico imposible de realizar y también un peligro positivo y abrumador que nos amenaza a cada momento. Es una cosa que está tan distante como el extremo del mundo y tan próxima como el extremo de la calle. Todo esto está bastante claro, pero el aspecto de él que en este momento me interesa es el utópico. Una persona que acostumbraba escribir en el Daily Mail le dedicó cierta atención; y representaba este ideal social, o en realidad casi cualquier ideal social, como una especie de paraíso de haraganes. Insinuaba que los «débiles» deseaban que se los protegiera contra la violencia y tensión de nuestro fuerte individualismo, y que por eso clamaban por ese Gobierno paternal o legislación de abuelos. Y fue mientras leía sus observaciones cuando, con un placer profundo y duradero, se me presentó la imagen del individualista, del tipo de hombre que probablemente escribe esas observaciones y ciertamente las lee.
El lector, después de doblar el Daily Mail, se levanta de su mesa de desayuno intensamente

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Viernes, 19 de enero, a las 19 horas.
Castellón.



Un diablo y su pícaro aprendiz que quieren vivir a cuerpo, no de rey, sino de político o banquero, que por algo ganan más dinero.

Sátira, picaresca, humor negro.

De la mano de un diablo peculiar nuestro protagonista recorrerá la España de los privilegios, las prebendas, la prostitución enmascarada, la mafia insertada en las entretelas del despotismo poco o nada ilustrado.         

GARABANDAL, solo Dios lo sabe - TRAILER OFICIAL

Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (3)



Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (3)

I
ALGUNAS IDEAS GENERALES

3. La posibilidad de recuperación.

Hubo una vez, o quizá más de una vez, un hombre que entró en una cantina y pidió un vaso de cerveza. No mencionaré su nombre por razones diversas y obvias: hoy en día tal vez sea difamatorio decir esto de un hombre, y quizá podría exponerlo a la persecución policial bajo esas leyes cada vez más humanas de nuestros tiempos. En lo que concierne a esta primera acción referida, podría haber tenido cualquier nombre: William Shakespeare, o Geoffrey Chaucer, o Charles Dickens, o Henry Fielding, o cualquiera de esos nombres comunes que surgen en todas partes entre el pueblo.
Lo importante del hombre es que pidió un vaso de cerveza. Y todavía más importante es que se lo bebió. Y lo más importante de todo es que (lamento decirlo) lo escupió y arrojó el jarro al tabernero. Porque la cerveza era abominablemente mala.
Es cierto que todavía no la había sometido a ningún análisis químico, pero después de haber bebido un poco se sintió íntima, muy íntimamente persuadido de que a la cerveza le pasaba algo. Cuando ya llevaba una semana enfermo, empeorando constantemente, llevó parte de la cerveza al analista, y ese sabio, luego de hervirla, congelarla, volverla azul, verde, amarilla, le dijo que realmente contenía considerable cantidad de veneno mortífero. «Continuar bebiéndola -dijo el hombre de ciencia pensativamente- será sin duda un proceder arriesgado, pero la vida es inseparable del riesgo. Y antes de decidirse a abandonarla, debe resolver qué sustituto se propone echar dentro de sí, en lugar del brebaje que actualmente reposa allí. Si me trae una lista de lo seleccionado en materia tan difícil, con gusto le señalaré las diferentes objeciones científicas que pueden reunirse contra todos los posibles sustitutos».
El hombre se marchó. Y continuó sintiéndose cada vez peor; y notó que en realidad nadie estaba verdaderamente bien. Al pasar frente a la taberna sucedió que sus ojos tropezaron con varios amigos que, agonizantes, se retorcían en el suelo; y no pocos estaban muertos y rígidos, amontonados en el camino. Para su espíritu simple esto pareció un asunto de cierta importancia para la comunidad; de modo que se dirigió apresuradamente al tribunal y presentó una queja contra la fonda. «Parecería en verdad - dijo el juez de paz- que la casa que usted menciona es una de esas en las cuales se asesina sistemáticamente a la gente por medio de veneno. Pero antes de exigir un procedimiento tan drástico como el de echarla abajo o clausurarla tiene que considerar un problema de no muy fácil solución. ¿Ha pensado con precisión qué edificio pondría en su lugar...?».
Al llegar a este punto, siento decir que el hombre dio un fuerte grito, y que se le sacó del tribunal por la fuerza, anunciándose que se estaba volviendo loco. Por cierto que esta creencia en su enfermedad mental aumentó su mal físico; tanto, que consultó a un distinguido doctor en psicología y psicoanálisis, el cual le dijo confidencialmente: «En cuanto al diagnóstico, no cabe duda de que sufre usted una enfermedad mental; pero en cuanto al tratamiento, puedo decirle con franqueza que es muy difícil encontrar algo que ocupe el lugar de ese mal. ¿Ha pensado cuál es la alternativa de la locura...?». Entonces el hombre dio un brinco, agitando los brazos y gritó: «No hay. La locura no tiene alternativa. Es inevitable. Es universal. Debemos sacar de ella el mayor partido posible». Así, sacándole el mayor partido, mató al magistrado y al analista; y ahora está en un manicomio, tan feliz como puede serlo.
En la precedente historia se defiende la tesis de que es necesario atender primordialmente al comienzo de un esbozo de renovación social. Se refería a un caballero a quien se le preguntó con qué sustituiría el veneno que le habían metido dentro, o qué plan constructivo tenía para remplazar la cueva de asesinos donde lo habían envenenado. Algo similar se nos exige a los que consideramos la plutocracia como un veneno o el actual Estado plutocrático como algo semejante a una cueva de ladrones. Es posible que en la parábola del veneno el lector comparta algo de la impaciencia del protagonista. Dirá que nadie es tan necio como para no librarse del cianuro o de los criminales profesionales simplemente porque había diferencia de opiniones en cuanto a las consecuencias que seguirían al hecho de librarse de ellos. Yo le pediría al lector que fuera un poco más paciente, no sólo conmigo, sino también consigo mismo; y que se preguntara por qué obramos con tal prontitud en el caso del veneno y el crimen. No es, en realidad, ni siquiera en este terreno, porque seamos indiferentes al sustituto. No deberíamos considerar un veneno como antídoto de otro veneno si empeorara la enfermedad. No dispondríamos que un ladrón atrapara a otro ladrón si en realidad esto aumentara la cifra de robos. El principio por el cual estamos obrando, aunque estuviéramos obrando demasiado rápidamente para pensar, o pensando demasiado rápidamente para definir, es, sin embargo, un principio que podríamos definir. Si damos simplemente un emético a un hombre que ha ingerido veneno, no es porque creamos que puede vivir de eméticos más de lo que puede vivir de venenos. Es porque creemos que después de que se haya repuesto del veneno en primer lugar y del emético después, llegará un momento en que él mismo pensará que le gustaría tomar un poco de comida ordinaria. Ése es el punto de partida de toda la teoría, en lo que toca a nosotros.
Si se quitan ciertos impedimentos, no es tanto cuestión de qué haríamos nosotros como de qué haría él. De modo que si salvamos la vida a cierto número de personas sacándolas de la cueva de envenenadores, en ese momento no preguntamos qué harán con esas vidas. Supongamos que harán algo más sensato que tomar veneno. Dicho con otras palabras, el simplísimo supuesto inicial sobre el cual se basan todas esas reformas es el siguiente: si suprimimos la presión de un peligro o de un dolor inmediato habrá alguna tendencia a reponerse. Al comienzo de este plan esquemático de reforma social que me propongo trazar aquí, deseo aclarar este principio general de recuperación sin el cual aquél sería ininteligible. Creemos que si las cosas se liberaran se recuperarían, y también creemos (y esto es muy importante en el aspecto práctico) que si las cosas empiezan a liberarse, empezarán a recobrarse. Si el hombre deja simplemente de beber mala cerveza, su cuerpo hará un esfuerzo para recobrar sus condiciones normales. Sólo con que el hombre escape de los que lo están envenenando lentamente, el mismo aire que respire será en cierta medida un antídoto del veneno.
En los ensayos que siguen espero explicar por qué creo que el problema de la verdadera reforma social se divide en dos etapas y hasta en dos ideas distintas. Una es la detención de una carrera que ya se está encaminando hacia un monopolio enloquecido, invirtiendo esa revolución y volviendo a algo más o menos normal, aunque en modo alguno ideal; la otra consiste en tratar de inspirar a esa sociedad más normal algo ideal en el verdadero sentido, aunque no necesariamente utópico. Pero lo primero que hay que comprender es que cualquier alivio de la presión actual probablemente tenga más efecto moral del que imagina la mayoría de nuestros críticos. Hasta ahora, todos los triunfos han sido triunfos del monopolio plutocrático, y todas las derrotas han sido derrotas de la propiedad privada. Me atrevo a conjeturar que una verdadera derrota de un monopolio tendría un efecto inmediato e incalculable, muy superior a su significado intrínseco, como las primeras derrotas en el campo de batalla de un imperio militar como Prusia, que hacía alarde de invencible. A medida que cada grupo o familia vuelva al verdadero ejercicio de la propiedad privada se convertirá en centro de influencia, en misión. No estamos tratando el problema de una elección general cuyo cómputo se hará mediante una máquina calculadora. Se trata de un movimiento popular, que nunca depende de simples números.
Por eso hemos empleado tan a menudo, sencillamente como modelo fundamental, la cuestión de la comunidad labriega. Lo característico de la comunidad labriega es que no es una máquina, cuando prácticamente todo Estado social ideal es una máquina, esto es, una cosa que trabaja como está establecido en un modelo. Para una utopía se hacen leyes y sólo observándolas puede mantenerse la utopía. No se hacen leyes para una comunidad labriega. Se hace la comunidad labriega, y los labriegos hacen las leyes. No quiero decir -como aclararé suficientemente cuando llegue a asuntos más particulares- que no deban dictarse leyes para el establecimiento de una comunidad labriega o incluso para su protección. Quiero decir que la índole de la comunidad labriega no depende de las leyes. Depende de los labriegos. Los hombres han permanecido lado a lado durante siglos en sus heredades separadas y aproximadamente iguales, sin que ninguno de ellos haya comprado la mayor parte de la tierra. Sin embargo, pocas veces ha existido alguna ley contra la compra de la mayor parte de la tierra. Los labriegos no podían comprar porque los labriegos no querían vender. Porque cuando existe esta forma de igualdad moderada, no es una mera fórmula legal; es también una realidad moral y psicológica. La gente, cuando se encuentra en esa situación, se comporta como cuando está cómoda. Esto es, se queda donde está; o por lo menos se comporta normalmente. No hay nada en la lógica abstracta que pruebe que la gente no puede sentirse igualmente cómoda en una utopía socialista. Pero los socialistas que describen utopías sienten en general, de un modo vago, que la gente no estaría cómoda y por eso tienen que hacer sus simples leyes de control económico tan detalladas y claras. Usan su ejército de funcionarios para trasladar a los hombres como a multitudes de cautivos de cuarteles viejos a nuevos cuarteles, sin duda mejores cuarteles. Pues bien, creemos que los esclavos a quienes liberemos lucharán por nosotros como soldados.
Dicho con otras palabras, todo lo que pido en esta nota preliminar es que el lector comprenda que estamos tratando de hacer algo que ande por sí mismo. Una máquina no anda por sí misma. Un hombre sí anda por sí mismo, aun cuando se dirija a cantidad de metas que hubiera sido más prudente evitar. Cuando se libra de determinadas desventajas, en cierta medida puede asumir la responsabilidad. Todos los sistemas de concentración colectiva llevan consigo la cualidad de controlar al hombre hasta cuando es libre; si queréis, de controlarlo para mantenerlo libre. Tienen idea de que el hombre no será envenenado si hay un médico de pie detrás de su silla a la hora de la comida para controlar lo que se come y se bebe.
Nosotros creemos que el hombre puede necesitar un médico cuando ha sido envenenado, pero que no lo necesita cuando no lo ha sido. No decimos, como posiblemente digan ellos, que será siempre perfectamente feliz o perfectamente bueno; porque en la vida hay otros factores además del económico, y hasta el económico está alcanzado por el pecado original.
No decimos que porque no necesite un médico no necesita un sacerdote, o una esposa, o un amigo, o un dios; ni que sus relaciones con todos ellos puedan asegurarse mediante sistema social alguno. Pero sí decimos que hay algo mucho más real y mucho más digno de confianza que ningún sistema social; y es una sociedad. Existen algo así como gentes que encuentran la vida social que les conviene y que les permite llevarse relativamente bien unos con otros. No hay que esperar hasta haber establecido ese tipo de sociedad en todas partes. Importa que se haya establecido en alguna parte. De modo que si al principio se me dice «usted no cree que el socialismo o que un capitalismo reformado vayan a salvar a Inglaterra; pero, ¿cree realmente que el distributismo salvará a Inglaterra?», contesto: «No; creo que los ingleses salvarán a Inglaterra si empiezan a tener media oportunidad».
Por eso tengo esperanzas en ese sentido; creo que el fracaso ha sido un fracaso de la máquina y no de los hombres. Y, como acabo de explicar, estoy del todo de acuerdo en que es muy diferente dejar el trabajo para un hombre que dejar un plan para una máquina. Pido al lector que se haga cargo de tal distinción a estas alturas de la descripción, antes de continuar describiendo más precisamente algunas de las posibles tendencias de reforma.
No me avergüenzo lo más mínimo de estar dispuesto a escuchar razones, no tengo el menor temor de dejar las cosas expuestas a ajustes; no me molesta el punto de vista de los que plasman estos principios en sus programas desviándolos en muchos aspectos. Tengo demasiada buena fe para tratar mi propio programa como un programa interesado y para pretender que mi proyecto privado se convierta sin enmiendas en decreto parlamentario. En este caso concreto, no obstante, tengo un motivo particular para insistir, en este capítulo, en que hay bastante probabilidad de salvación; y para pedir que esta regular probabilidad sea considerada con relativa alegría. No me interesa mucho esa especie de virtud americana que ahora llaman a veces optimismo. Huele demasiado a Ciencia Cristiana para ser consuelo de cristianos. Pero sí siento, en los hechos de este caso particular, que hay una razón para prevenir a la gente contra una exhibición demasiado apresurada de pesimismo y contra el orgullo de la impotencia. Pido a todos que piensen, libre y abiertamente, si no puede llevarse a cabo algo en el estilo de lo aquí indicado, aunque se haga, en cuanto al detalle, de manera diferente; porque es una cuestión del modo de ver de los hombres. La situación es demasiado seria como para que los hombres estén en otro estado de ánimo que no sea el buen humor. Y a propósito de esto me aventuraría a hacer una advertencia.
Un hombre ha sido conducido por un guía atolondrado o por un compañero de viaje hasta el borde de un precipicio, al cual podría muy bien haber caído en la oscuridad. Puede decirse con razón que no hay nada más que hacer que sentarse y esperar el día. Con todo, estaría bien pasar las horas de oscuridad discutiendo si sería mejor volver atrás, a terreno más seguro; y el repaso de cualesquiera hechos y la formulación de cualquier plan de viaje coherente no serán una pérdida de tiempo, especialmente si no hay nada más que hacer. Pero nos inclinaríamos a dar un consejo al guía que guió mal al viajero ingenuo, especialmente si se trata en realidad de un extranjero ingenuo, de un hombre tal vez de poca educación y de emociones elementales. Le aconsejaríamos que no perdiera el tiempo demostrando concluyentemente la imposibilidad de volver atrás, la inexistencia de terreno verdaderamente seguro detrás, la improbabilidad de volver a hallar el camino hacia la casa y la necesidad de proseguir la marcha y no volver nunca atrás. Si es un hombre de tacto, a pesar de su error inicial, evitará ese tono en la conversación. Si no es un hombre de tacto, no es del todo imposible que antes de finalizada la conversación alguien caiga al precipicio, y ese alguien no sería el extranjero ingenuo.
Un ejército ha marchado a través del desierto, con su columna, según la frase militar, en el aire; bajo el mando de un jefe confiado, tiene la seguridad de lograr comunicaciones mucho mejores que las antiguas. Cuando los soldados están casi agotados por la marcha, y cuando la tropa ha sufrido horribles privaciones a causa del hambre y la intemperie, se dan cuenta de que han avanzado sin apoyo en dirección al territorio enemigo, y de que los signos de actividad militar que pueden verse en todas partes son sólo los del cerco enemigo que se va cerrando. Súbitamente se detiene la marcha y el jefe arenga a sus hombres. Hay muchísimas cosas que podría decir. Algunos pensarán que sería mejor que no dijera absolutamente nada. Muchos sostendrán que cuanto menos diga, tanto mejor. Otros opinarán, y con muchísima razón, que se necesita aún más coraje para una retirada que para un avance. Tal vez se le aconseje animar a sus hombres desilusionados, amenazando al enemigo con una desilusión más dramática, declarando que todavía lo vencerán, que escaparán de la red aunque ya esté echada, y que su fuga será todavía más victoriosa que la victoria común.
De todos modos hay un tipo de arenga que el jefe no dirigirá nunca a sus hombres, a menos que sea mucho más tonto de lo que parece por su error primero. No dirá: «Ahora estamos ocupando una posición que tal vez les parezca humillante; pero les aseguro que no es nada al lado de la humillación que sin duda sufrirán cuando hagan una serie de tentativas inevitablemente fútiles para mejorarla o para replegarse hacia lo que quizá consideren tontamente como una posición más fuerte. Me divierten mucho sus absurdas insinuaciones de que debemos volver a nuestras antiguas comunicaciones; porque de todos modos nunca me parecieron gran cosa sus antiguas comunicaciones sarnosas». Ha habido motines en el desierto otras veces, y es posible que el general no muera en combate con el enemigo.
Una gran nación y civilización ha seguido durante cien años o más una forma de progreso que se mantuvo independiente de determinadas comunicaciones antiguas, bajo la forma de antiguas tradiciones acerca de la tierra, el hogar o el altar. Ha avanzado bajo el mando de dirigentes confiados, por no decir absolutamente seguros de sí mismos.
Tenían la plena seguridad de que sus leyes económicas eran rígidas, su teoría política acertada, su comercio beneficioso, sus parlamentos populares, su prensa ilustrada y su ciencia humana. Con esta confianza sometieron a su pueblo a ciertos experimentos nuevos y atroces: lo llevaron a hacer de su propia nación independiente una eterna deudora de unos pocos hombres ricos; y a apilar la propiedad privada en montones que fueron confiados a los financieros; a cubrir su tierra de hierro y piedra y a despojarla de hierbas y granos; a llevar alimento fuera de su propio país con la esperanza de volver a comprarlo en los confines de la tierra; a llenar su pequeña isla de hierro y oro, hasta recargarla como barco que se hunde; a dejar que los ricos se hicieran cada vez más ricos y menos numerosos, y los pobres más pobres y más numerosos; a dejar que el mundo entero se partiera en dos con una guerra de meros señores, y meros sirvientes; a malograr toda especie de prosperidad moderada y patriotismo sincero, hasta que no hubo independencia sin lujo ni trabajo sin perversidad; a dejar a millones de hombres sujetos a una disciplina distante e indirecta y dependientes de un sustento indirecto y distante, matándose de trabajo sin saber por quién y tomando los medios de vida sin saber de dónde; y todo pendiente de un hilo de comercio exterior que se iba haciendo más y más delgado.
Todavía pueden decirse muchas cosas a las gentes que han sido llevadas a esa situación. Convendrá recordarles que una simple rebelión desordenada empeoraría las cosas en vez de mejorarlas. Ciertas complejidades deben tolerarse por un tiempo, porque corresponden a otras complejidades, y las dos deben simplificarse juntas cuidadosamente. Pero si pudiera decir una palabra a los príncipes y gobernantes de semejante pueblo, a los que lo han llevado a esa situación, les diría tan seriamente como puede un hombre decir algo a otros hombres: «Por Dios, por nosotros y, sobre todo, por vosotros mismos, no os precipitéis ciegamente a decirles que no hay salida en la trampa a la cual los condujo vuestra necedad; que no hay otro camino más que aquel por el cual vosotros los habéis llevado a la ruina; que no hay progreso fuera del progreso que ha terminado aquí. No estéis tan impacientes por demostrar a vuestras desventuradas víctimas que lo que carece de ventura carece también de esperanza. No estéis tan deseosos de convencerlos de que también habéis agotado vuestros recursos, ahora que ha llegado el final del experimento. No seáis tan elocuente, tan esmerada, tan racional y radiantemente convincentes para probar que vuestro propio error es aún más irrevocable e irremediable de lo que es. No tratéis de reducir el mal industrial mostrando que es un mal incurable. No aclaréis el oscuro problema del pozo carbonífero demostrando que es un pozo sin fondo. No digáis a la gente que no hay más camino que éste; porque muchos, aun ahora, no lo soportarán. No digáis a los hombres que es el único sistema posible, porque muchos ya considerarán imposible resistirlo. Y un tiempo después, ya demasiado tarde, cuando los destinos se hayan vuelto más oscuros y los fines más claros, la masa de los hombres tal vez conozca de pronto el callejón sin salida donde los ha conducido vuestro progreso. Entonces tal vez se vuelvan contra vosotros en la trampa. Y si bien han aguantado todo lo demás, quizás no aguanten la ofensa final de que no podáis hacer nada; de que ni siquiera intentéis hacer algo. "¿Qué eres, hombre, y por qué desesperas?", escribió el poeta. Dios te perdonará todo menos tu desesperación. El hombre también os puede perdonar vuestros errores y quizás no os perdone vuestra desesperación».

Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (6) 2. Un malentendido acerca del método.

Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (6) II ALGUNOS ASPECTOS DE LA GRAN EMPRESA             2. Un malentendido...

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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