Para
los que consideran a España un producto de finales del Medievo, para los que
dudan de su unidad y de su origen, a continuación transcribo “De Laude Spaniae”,
una alabanza a España escrita por San Isidoro de Sevilla en el siglo VI después
de Cristo. Este autor forma parte del
proceso de unificación tanto territorial como litúrgico de la España visigoda.
Incluso sus expresiones ya no corresponden al Latín Clásico, su obra está
escrita en un latín afectado por las tradiciones locales visigodas y contiene
cientos de palabras identificables como localismos hispanos (el editor de su
obra en el siglo XVII encontró 1640 de tales localismos, reconocibles en el
español de la época).
La
traducción dice:
Eres,
oh España, la más hermosa de todas las tierras que se extienden del Occidente a
la India; tierra bendita y siempre feliz en tus príncipes, madre de muchos
pueblos. Eres con pleno derecho la reina de todas las provincias, pues de ti
reciben luz el Oriente y el Occidente. Tú, honra y prez de todo el Orbe; tú, la
porción más ilustre del globo. En tu suelo campea alegre y florece con
exuberancia la fecundidad gloriosa del pueblo godo.

La
pródiga naturaleza te ha dotado de toda clase de frutos. Eres rica en vacas,
llena de fuerza, alegre en mieses. Te vistes con espigas, recibes sombra de
olivos, te ciñes con vides. Eres florida en tus campos, frondosa en tus montes,
llena de pesca en tus playas. No hay en el mundo región mejor situada que tú;
ni te tuesta de ardor el sol estivo, ni llega a aterirte el rigor del invierno,
sino que, circundada por ambiente templado, eres con blandos céfiros regalada.
Cuanto hay, pues, de fecundo en los campos, de precioso en los metales, de
hermoso y útil en los animales, lo produces tú. Tus ríos no van en zaga a los
más famosos del orbe habitado.
Ni
Alfeo iguala tus caballos, ni Clitumno tus boyadas; aunque el sagrado Alfeo,
coronado de olímpicas palmas, dirija por los espacios sus veloces cuadrigas, y
aunque Clitumno inmolara antiguamente en víctima capitolina, ingentes becerros.
No ambicionas los espesos bosques de Etruria, ni admiras los plantíos de palmas
de Holorco, ni envidias los carros alados, confiada en tus corceles. Eres fecunda
por tus ríos; y graciosamente amarilla por tus torrentes auríferos, fuente de
hermosa raza caballar. Tus vellones purpúreos dejan ruborizados a los de Tiro.
En el interior de tus montes fulgura la piedra brillante, de jaspe y mármol,
émula de los vivos colores del sol vecino.
Eres,
pues, Oh, España, rica de hombres y de piedras preciosas y púrpura, abundante
en gobernadores y hombres de Estado; tan opulenta en la educación de los
príncipes, como bienhadada en producirlos. Con razón puso en ti los ojos Roma,
la cabeza del orbe; y aunque el valor romano vencedor, se desposó contigo, al
fin el floreciente pueblo de los godos, después de haberte alcanzado, te
arrebató y te armó, y goza de ti lleno de felicidad entre las regias ínfulas y
en medio de abundantes riquezas.
El texto original es el siguiente:
1
Omnium terrarum, quaeque sunt ab occiduo usque ad Indos,
pulcherrima es, o sacra, semperque felix principum, gentiumque mater Hispania.
Jure tu nunc omnium regina provinciarum, a qua non Occasus tantum, sed etiam
Oriens lumina mutuat. Tu decus, atque ornamentum orbis, illustrior portio
terrae: in qua gaudet multum ac largiter floret Geticae gentis gloriosa
fecunditas.
2
Merito te omnium ubertate gignentium indulgentior natura
ditavit. Tu baccis opima, vis proflua, messibus laeta, segete vestiris, oleis
inumbraris, vite praetexeris. Tu florulenta campis, montibus frondua, piscosa
littoribus. Tu sub mundi plaga gratissima sita, nec aestivo solis ardore
torreris, nec glaciali rigore tabescis, sed temperata coeli zona praecincta,
zephyris felicibus enutriris. Quidquid enim arva fecundum, quidquid metalla
pretiosum, quidquid animantia pulchrum et utile ferunt parturis. Nec illis
amnibus posthabenda, quos clara speciosorum gregum fama nobilitat.
3
Tibi cedet Alphaeus equis, Clitumnus armentis, quanquam
volucres per spatia quadrigas olympicis sacer palmis Alpheus exerceat, et
ingentes Clitumnus juvencos capitolinis olim immolaverit victimis. Tu nec
Etruriae saltus uberior pabulorum requiris, nec lucos Molorchi palmarum plena
miraris, nec equorum cursu tuorum eleis curribus invidebis. Tu superfusis
fecunda fluminibus, tu aurifluis fulva torrentibus. Tibi fons equi genitor.
Tibi vellera indigenis fucata conchyliis ad rubores tyrios inardescunt. Tibi
fulgurans inter obscura penitorum montium lapis jubare contiguo vicini solis
accenditur.
4
Alumnis igitur, et gemmis dives et purpuris, rectoribus
pariter et dotibus imperiorum fertilis, sic opulenta es principibus ornandis,
ut beata pariendis. Jure itaque te jam pridem aurea Roma caput gentium
concupivit, et licet te sibimet eadem Romulea virtus primum victrix
spoponderit, denuo tamen Gothorum florentissima gens post multiplices in orbe
victorias certatim rapuit et amavit, fruiturque hactenus inter regias infulas
et oves largas, imperii felicitate secura.
Seamos conscientes que el acta de defunción del Imperio
Romano en Occidente es del año 476, cuando Odoacro depuso al emperador Rómulo,
y pese a los intentos bizantinos de recuperar el territorio, éste jamás volvió
a integrarse bajo el poder de Roma.
En la península ibérica encontramos que hacia el año 438
el rey suevo Requila emprende una decidida actividad de conquista del resto de
Hispania, adueñándose de la Lusitania, la Carthaginense y la Bética. Lo que quedaba del Imperio romano pidió a los
visigodos, a través de su rey Teodorico II, la ayuda precisa para controlar
Hispania.
Las
tropas visigodas cruzan los Pirineos y en el 456 capturan al rey Requiario,
quedando el resto de los suevos en el territorio comprendido en las actuales
Galicia, parte de Asturias y León y mitad norte de Portugal. El reino suevo se
mantuvo independiente hasta finales del siglo VI. El resto de la península
queda en manos visigodas.
Los
visigodos no controlaban toda la península ibérica. Tras una época convulsa, en
el 624 podemos considerar que ya no queda influencia política romana en
territorio hispano y la capital de este reino visigodo, es Toledo,
estableciéndose un fortalecimiento de la monarquía, con logros en diversos
campos. Consiguió cierto nivel de estabilidad de la monarquía con reformas
monetarias, restableciendo el control soberano sobre territorios que se habían
declarado independientes, la conquista del reino suevo, así como contra las
instalaciones bizantinas, muchas de las cuales pasaron de nuevo a manos
visigodas. Toda Spania es visigoda.
En este contexto histórico, donde el catolicismo juega un
papel importante para la unificación, aparece San Isidoro, un santo venerado en
la actualidad tanto por católicos, ortodoxos y anglicanos.
Sobre San Isidoro, nacido probablemente en Cartagena, 556
– Sevilla, 4 de abril de 636, indicar que fue un eclesiástico católico erudito
polímata (*) hispano–godo, confesor, doctor y Arzobispo de Sevilla, durante más
de tres décadas (599–636). Se distinguió por su contribución a la conversión de
los reyes visigodos (arrianos) al catolicismo.
Era
hijo de Severiano o Severino, el cual pertenecía a una familia hispanorromana
de elevado rango social y al cual se le adjudica el título de dux (si bien su
hermano Leandro menciona que era simplemente un ciudadano); su madre Teodora,
en cambio, de acuerdo con algunos, era de origen visigodo y, según parece,
estaba lejanamente emparentada con la realeza, pero los matrimonios mixtos
estaban prohibidos. Era el pequeño de los cuatro hermanos santos cartageneros;
el mayor, San Leandro, así como San Fulgencio, el siguiente, parece que
nacieron en Cartagena, como sostiene Fray Justo Pérez de Urbel.
En
el "año de 554, Severiano y su mujer, abandonan Cartagena, que había
pasado al poder bizantino, y en un exilio forzoso o voluntario, se establecen
en Sevilla acompañados de sus tres hijos, Leandro, Fulgencio y Florentina. Así
lo cuenta San Leandro, al asegurar que la familia de Severiano y Teodora tiene
que iniciar su exilio en el año 554 “con sus tres hijos”, con lo que nos viene
a indicar que San Isidoro no había nacido todavía".
"En
Sevilla se señala hasta el sitio de la casa de su nacimiento, que es el lugar
donde se levanta la parroquia de San Isidoro. Así lo hizo constar el padre
Antonio de Quintana Dueñas, en su libro “Santos de la ciudad de Sevilla y su
Arzobispado”, al decir: “Su insigne Parroquial, erigida en el sitio que presumen
fue del Palacio de sus padres y de su nacimiento, es fundación del Santo Rey
Don Fernando”
Al
parecer, la familia de Isidoro huyó a Sevilla tras la conquista bizantina al
ser éstos defensores del rey Agila I frente a Atanagildo, aliado de los
bizantinos.
Miembros
de esta familia son su hermano Leandro, su inmediato predecesor en el
arzobispado de Sevilla y oponente del rey Leovigildo (llegó al arzobispado al
inicio del reinado del nuevo rey, el ya católico Recaredo); su hermano
Fulgencio, que llegó a ser obispo de Cartagena y de Astigi (hoy Écija), y
también su hermana Florentina, de la que la tradición dice que fue abadesa a
cargo de cuarenta conventos.
Los
cuatro fueron canonizados y se les conoce colectivamente como los Cuatro Santos
de Cartagena, siendo los patrones de la diócesis cartagenera.
Isidoro
también es mencionado como hermano de Teodora o Teodosia, reina de la Hispania
visigoda por su matrimonio con el rey Leovigildo. Isidoro y sus hermanos
Leandro, Fulgencio y Florentina serían tíos maternos, por tanto, de los hijos
de Leovigildo y Teodora: Hermenegildo (posteriormente también canonizado) y
Recaredo, el rey visigodo que se convirtió al catolicismo. Todavía, la primera
mujer de Leovigildo fue ciertamente una visigoda, de nombre desconocido, puesto
que, al tiempo, los matrimonios mixtos eran prohibidos.
La
maestría de San Isidoro en griego y hebreo le dio reputación de ser un
estudiante capaz y entusiasta.
En
una época de desintegración de la cultura clásica, de violencia e ignorancia
entre las clases dominantes, Isidoro impulsó la asimilación de los visigodos,
que ya llevaban dos siglos en Hispania, a fin de conseguir un mayor bienestar,
tanto político como espiritual, del reino. Para ello, ayudó a su hermano en la
conversión de la casa real visigoda (arrianos) al catolicismo e impulsó el
proceso de conversión de los visigodos tras la muerte de su hermano (599).
Presidió
el segundo sínodo provincial de la Bética en Sevilla (noviembre de 618 o 619,
durante el reinado de Sisebuto), al que asistieron no sólo prelados
peninsulares sino también de la Narbonense (que formaba parte del reino
visigodo de Toledo) y Galia.
En
las actas del concilio se establece totalmente la naturaleza de Cristo, de
acuerdo con los concilios ecuménicos de Nicea del año 325 y de Constantinopla
del año 381 y posteriores, rebatiendo las concepciones arrianas.
A
edad avanzada, también presidió el IV Concilio de Toledo (633), que requirió
que todos los obispos estableciesen seminarios y escuelas catedralicias.
Siguiendo las directrices establecidas por Isidoro en Sevilla fue prescrito el
estudio del griego y el hebreo, y se alentó el interés por el estudio del
Derecho y la Medicina.
Como
he mencionado anteriormente, también marcó la unificación litúrgica de la
España visigoda (rito hispano, mozárabe o isidoriano, utilizado en toda la
España cristiana hasta la progresiva imposición del rito romano en el siglo XI
e impulsó la formación cultural del clero.
El
concilio fue probablemente un reflejo de las ideas de Isidoro. Pero el concilio
no sólo produjo conclusiones de carácter religioso o eclesiástico, sino también
político.
El
lugar ocupado por el rey y la deferencia a él debida en el concilio es también
destacable: la Iglesia es libre e independiente, pero ligada mediante una
solemne lealtad al rey. Para muchos autores fue uno de los primeros pensadores
en formular la teoría del origen divino del poder regio: “Dios concedió la
preeminencia a los príncipes para el gobierno de los pueblos”.
Su
cuerpo fue sepultado, según la tradición, en una ermita a las afueras de
Sevilla, cuyo uso perduró incluso después del traslado de los restos a León, y
sobre la cual se fundó en el siglo XIV el monasterio de San Isidoro del Campo,
habitado primero por monjes cistercienses y luego por monjes jerónimos, que
fueron precursores de la Reforma en España, y dos de ellos, Casiodoro de Reina
y Cipriano de Valera, fueron los autores de la primera versión de la Biblia en
castellano traducida de los idiomas originales.
Desde
dicha ciudad, sus restos fueron, en 1063, trasladados a la basílica de San
Isidoro de León, donde permanecen desde entonces; ese año el monarca leonés
Fernando I comisionó a los obispos, Alvito de León y Ordoño de Astorga, para
obtener las reliquias del rey de la taifa de Sevilla, Al-Mutadid, tributario
suyo.
Fue
un escritor prolífico y un infatigable compilador y recopilador, está
considerado como el primero de los grandes compiladores medievales. Compuso
numerosos trabajos históricos y litúrgicos, tratados de astronomía y geografía,
diálogos, enciclopedias, biografías de personas ilustres, textos teológicos y
eclesiásticos, ensayos valorativos sobre el Antiguo y Nuevo Testamento, y un
diccionario de sinónimos, así como “LAUS SPANIAE” (Alabanza de España).
Su
obra más conocida son las Etimologías (hacia 634), monumental enciclopedia que
refleja la evolución del conocimiento desde la antigüedad pagana y cristiana
hasta el siglo VII. Este texto, también llamado Orígenes y dividido en veinte
libros, con 448 capítulos, constituye una enorme obra enciclopédica en la que
se recogen y sistematizan todos los ámbitos del saber de la época (teología,
historia, literatura, arte, derecho, gramática, cosmología, ciencias
naturales...).
Isidoro
tenía acceso a las importantísimas obras eruditas, hoy perdidas, del romano
Marco Terencio Varrón, la principal de sus fuentes, por lo cual salvó de la
destrucción una parte sustancial de la obra enciclopédica de aquel y gracias a
su esfuerzo se hizo posible la perduración de la cultura clásica grecolatina y
su transmisión no solo a la España visigoda, sino al resto de Europa durante
los siglos oscuros.
Asimismo
cabe destacar su Hispana, una colección de cánones conciliares y epístolas
episcopales. Los cánones recogidos corresponden a concilios griegos, africanos,
galicanos y españoles, mientras las epístolas episcopales, más de un centenar,
quedan agrupadas por orden cronológico.
La
riqueza de contenido y universalidad de sus planteamientos confieren a la
Hispana un papel de capital importancia, sin parangón posible con cualquier
otra colección canónica de la misma época, perdurando su influencia durante
siglos y llegándose a traducir al árabe.
La
Hispana fue precedida desde mediados del siglo VI por un índice formado por el
extracto de los cánones, y constó de tres recensiones: la Isidoriana,
correspondiente a la redacción primitiva, la Juliana (de la época de San Julián
de Toledo) y la Vulgata, o edición más difundida y utilizada, que habría de ser
bien conocida en las Galias y que influyó además en otras colecciones canónicas
posteriores.
Producción
historiográfica:
Isidoro de Sevilla escribió diversas obras históricas,
siendo la más importante “Etimologías”, una extensa compilación que intenta
abordar el estudio de todo lo conocido por el origen de las palabras en la que
almacena, sistematiza y condensa todo el conocimiento de la época y que sirvió
de base para organizar todos los estudios alto y bajo medievales posteriores.
Otra obra, pero de menor importancia es su “Historia de
los godos, vándalos y suevos”.
“Etimologías”.
Una de las cuestiones que se abordan en este libro es
definir el concepto de Historia y diferenciar los tipos de historia que pueda
haber.
Isidoro coloca a la historia dentro del género de la
Gramática, ya que, al igual que en la Antigüedad, la trata como un género
literario. Dice que la Historia es la narración de hechos acontecidos y que
etimológicamente significa “ver” o “conocer”. Esto difiere de la concepción que
tenía Heródoto, para el que significaba “investigar”.
Para Isidoro, los escritores antiguos sólo escribían lo
que habían visto. Él hace una genealogía de la Historia y cita como primer
historiador a Moisés, que es el que hace la historia sobre el principio del
mundo.
Entre los griegos, el primer historiador sería Dares
Frigio, que realmente fue un personaje de la Ilíada, un sacerdote de Troya.
Isidoro lo considera así porque en el siglo VI aparece una historia apócrifa de
la Guerra de Troya, aparentemente escrita por este hombre, y será la fuente más
valorada sobre este hecho durante la Edad Media (incluso más que Homero). El
siguiente historiador griego en importancia considera que fue Heródoto.
En las “Etimologías”, Isidoro de Sevilla explica que los
antiguos dividieron la Filosofía en tres partes, que según el formato de la
tabla de triadas se puede presentar así: Física, Lógica y Ética. Cada una de
ellas se puede subdividir a su vez:
División de la Física: Geometría / Aritmética / Música.
División de la Lógica: Gramática / Dialéctica / Retórica.
División de la Ética: Justicia / Prudencia/ Fortaleza/
Templanza.
Luego, Isidoro de Sevilla habla de la utilidad de la
Historia, que es para la enseñanza del momento presente. Este autor y esta obra
serán muy influyentes durante toda la Edad Media.
“Historia de los godos, vándalos y suevos”
Es la historia de los pueblos que se asientan en la
Península durante el siglo V d. C. Ahora se da un paralelismo con lo ocurrido
con Eusebio de Cesárea, porque escribe desde el lado de los visigodos, que son
los pueblos que se enfrentan a los romanos. Su tarea debe ser que no se muestre
a los visigodos como los malos y a los romanos como los buenos. Por eso dice
que durante la conquista, todos los romanos que estuviesen en un lugar sagrado,
como dentro de una iglesia, o que simplemente gritasen el nombre de Cristo, no
fueron muertos ni hechos cautivos.
“De la fe católica contra los judíos”.
En medio de un proceso de luchas internas y de
reformulaciones ideológicas, la comunidad judía hispana del los siglos VI y VII
fue objeto expiatorio de un deseo de consolidación de la monarquía alrededor
del catolicismo.
En su obra “DE FIDE CATHOLICA CONTRA IUDAEOS” amplía las
ideas de San Agustín sobre la presencia judía en la sociedad cristiana. Se
trata de un opúsculo escrito contra el judaísmo, aunque Isidoro estaba en
contra del rey Sisebuto en su idea de que era necesario promover la conversión
al cristianismo por la fuerza. Isidoro prefirió convencer a obligar, pero
tampoco fue enérgico en rechazar la violencia que sobre los judíos se ejercía
en este periodo. Como Agustín, acepta la necesidad de no eliminar la población
judía por su papel supuesto en la venida segunda de Jesús.
Como teórico de la música.
A lo largo de sus escritos encontramos una serie de
menciones a diversas cuestiones musicales que resultan trascendentales para
conocer tanto el pensamiento como las prácticas musicales de aquella época.
En las “Etimologías”, la música se aborda en el libro
III, dentro del Quadrivium, junto con las matemáticas, geometría y astronomía.
Allí Isidoro de Sevilla habla sobre el valor de la memoria en música ante la
falta de notación musical, al no poderse escribir los sonidos. En esta misma
obra encontramos afirmaciones sobre la música como:
“Sin la música, ninguna disciplina puede ser perfecta,
puesto que nada existe sin ella” (libro III. C. 15), que nos da una idea del
valor que se confería a la música entonces.
Junto con las “Instituciones” de Casiodoro constituyen
una fuente de información esencial sobre las siete artes liberales, entre las
que se incluye la música. Asimismo, Isidoro hace referencias excepcionales
sobre el repertorio litúrgico hispano, más acordes con una visión práctica de
la música. Esta perspectiva supone un primer paso hacia una nueva concepción de
una teoría de la música más ligada a la realidad que a la especulación.
Al igual que otros teóricos como Boecio, San Agustín o
Casiodoro, Isidoro recoge en sus escritos términos como sinfonía o diafonía,
que podrían identificarse como el sonar de varias voces, pero siempre son casos
muy oscuros. Parece que este tipo de denominaciones podría hacer alusión a la
aparición de dos sonidos sucesivos, en vez de simultáneos.
El minucioso estudio de estas fuentes es fundamental para
determinar con exactitud el origen de la polifonía en la música clásica
occidental.
Otras obras
Estos son algunos otros de sus trabajos, todos escritos
en latín:
“CHRONICA MAJORA”: Una historia universal.
“DE DIFFERENTIIS VERBORUM”. Un breve tratado teológico
sobre la doctrina de la Trinidad, la naturaleza de Cristo, del Paraíso, los
ángeles y los hombres.
“DE NATURA RERUM” (Sobre la naturaleza de las cosas):
Libro de astronomía e historia natural dedicado al rey visigodo Sisebuto.
Preguntas en el Antiguo Testamento.
“DE ORDINE CREATURARUM”.
“REGULA MONACHORUM”.
“SENTENTIAE LIBRI TRES” (CODEX SANG. 228; siglo IX).
“DE VIRIS ILLUSTRIBUS”
“DE ECCLESIASTICIS OFFICIIS”.
Tratado místico sobre los significados alegóricos de los
números.
Cartas breves.
Fue
canonizado en 1598, y el 25 de abril de 1722 el papa Inocencio XIII lo declaró
Doctor de la Iglesia.
Es
venerado por la Iglesia católica, Iglesia ortodoxa, Comunión anglicana,
Iglesias viejo católicas de la Unión de Utrecht.
Su
festividad depende del rito que lo celebre:
4 de abril “VETUS” ordo y
bizantino.
16 de diciembre (en León)
traslación de San Isidoro.
22 de diciembre Mozárabe.
26 de abril “NOVUS” ordo
Se le representa con los siguientes atributos: Obispo
latino, con un libro y a veces montado sobre un caballo blanco y sosteniendo
una espada.
Es patrono de las Humanidades, topógrafos, informática,
estudiantes.
(*) Polímata: un polímata
quiere decir “que conoce, comprende o sabe de muchos campos”, es decir, sería
un individuo que destaca en diversas ramas del saber. El término se refiere a
personas cuyos conocimientos no están restringidos a un área concreta, sino que
dominan diferentes disciplinas, generalmente las artes y las ciencias.