El otro Franco (con perdón).




Prefacio.

La prensa daba noticias como éstas:
“Nueve agentes del Grupo de Acción Rápida (GAR) de la Guardia Civil, que estaban fuera de servicio, resultaron este sábado heridos en Algeciras (Cádiz) al ser agredidos por un grupo de unas 40 personas.”
“Pedro Altamirano y los líderes de la Asamblea Nacional Andaluza (ANA) deben viajar por España en un mismo coche y compartir gastos de gasolina, pero cuando vuelan a Crimea les reciben ministros, son entrevistados por Rusia Today y participan en ceremonias fastuosas.”
“Dos años y medio de cárcel para el anciano que mató a un ladrón que asaltó su casa”
“El caso Cifuentes destapa curriculums engordados de los políticos”
“Alarma entre los enterradores de Palma: les podrían echar por no saber catalán”
“Pablo Iglesias e Irene Montero se compran un chalet de lujo no apto para casi ningún bolsillo”
“Se estudia elevar la edad de jubilación a los setenta”.

        El lector de la prensa estaba a punto de alcanzar los sesenta, cuando dobló el periódico y pensó:
        – Cuando era niño estas cosas no pasaban, pero claro, entonces eran los años de la dictadura, de la OJE, de crecer libres y despreocupados en las calles.

       Era una fría mañana de noviembre cuando en la respetable Sierra de Guadarrama el frío acampaba a sus anchas sin respetar el criterio de los informativos sobre el calentamiento global.
        La inmensa Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos ofrecía una impresionante sensación de soledad. La falta de subvenciones estatales daba una imagen dañada de lo que antaño fue una gran obra.  Dentro de unos días, unos cuantos nostálgicos, muchos de los cuales jamás conocieron al general, se reunirían para celebrar una oración por el alma de Francisco Franco, en el 50 aniversario de su muerte; ya que estábamos, justamente, en las vísperas del 20 de noviembre de 2025.
        Tres personas atravesaban la Basílica, sus pasos resonaban con fuerza sobre las losas y el eco los repetía ampliados. Cerca del altar mayor les esperaba el abad con un gesto de preocupación.
           – ¿Sabe alguien que están ustedes aquí?
          El más joven, con dulce acento canario, respondió:
          – Puede estar tranquilo, nadie ha sido conocedor de nuestro destino. El grupo parapsicológico Z siempre actúa con la máxima discreción.
            – Es una situación –tartamudeó el religioso– un tanto embarazosa… Si el gobierno sabe que están aquí nos multaran por infringir la nueva ley de memoria histriónica y si en el arzobispado se enteran, me mandan al último rincón del mundo.
           – Seremos como tumbas –contestó amablemente la única mujer que les acompañaba– pero deberá contarnos por qué tanto secreto y qué es lo que sucede. Un fantasma ya no asusta a nadie, han pasado demasiados por el Congreso de los Diputados.
             – Verán –dijo el anciano– desde que empezaron las obras…
            – No sabía nada –dijo la mujer – hace poco que he venido del extranjero y no me sabía que iban a reformar el Valle.
            – No –respondió con cierto aire de pesar el religioso–, no es eso. Están cumpliendo con la ley. Este lugar lo consideran inseguro y peligroso para la salud pública. Ya ve, toda la vida hemos estado aquí y jamás ha pasado nada, pero ahora…
             – ¿Qué sucede ahora?
            El sonido de un móvil evitó que contestase a su pregunta.
           El más joven respondió que ahora no podía hablar, que estaba trabajando y que no era el momento oportuno. La llamada procedía de una cadena de televisión para concertar un programa en una mansión fantasma. Tenía que acudir con sus compañeros para descubrir lo que estaba ocurriendo en aquellas ruinas. Al fin consiguió el joven cortar la conversación, que estaba en una investigación secreta muy interesante. Al otro lado querían saber más cosas. ¿Qué lugar? ¿Por qué? ¿Quién les había llamado?
            Cortó, o al menos creyó cortar, colgando el teléfono.
           – Disculpe, los de la Tele estaban preparando el programa del próximo fin de semana y necesitaban nuestra presencia. Pero no se preocupe, le he dado largas. Por favor, siga contando.
            Con cierta mirada de desaprobación, el fraile continuó su historia.
           Desde que empezaron las obras estaban sucediendo cosas extrañas. Maquinas que no consiguen hacerlas funcionar, algún desprendimiento, ruidos extraños, accidentes en cadena.
             – Eso no es extraño –respondió el que había permanecido callado – Todo lo que menciona tiene una explicación lógica y no necesita ninguna intervención del equipo Z.
              – Es que…, hay más…
               – Pues siga contando.
                Al fraile le costaba hablar, un sudor frío descendía por su cráneo.
              – Les ruego la máxima discreción. Si se enteran en el arzobispado o en el gobierno…, Por las noches, contaba el religioso, se escuchan unos pasos que resuenan en todas las galerías. Proceden del altar mayor y deambulan por la basílica –en este momento el abad bajó el tono de voz pasando de modo sigiloso a confidencial, al hacer esto tomó del brazo al joven y sin querer apretó el móvil que permanecía en el bolsillo del gabán. El aparato se encendió sin que nadie se diera cuenta – Hay quien dice que alguien ha regresado del más allá.
– ¿Quién? – preguntó la mujer– ¿Algún fraile? ¿Algún represaliado de la Guerra Civil? Aquí ya no debe quedar ninguno.
             – Peor, mucho peor. Dicen que –guardando un minuto de silencio – le han visto pasear por aquí. De noche, el sacristán ha visto una sombra por aquí e incluso afirma que una vez vio la tumba abierta, dice que el general ha vuelto.
              – ¿El general? –preguntaron todos.
              – Por favor, insisto, sean discretos que además me van a llamar franquista.
             – ¿Y usted que cree?  –preguntó la mujer – Desde luego, aquí se siente una presencia fuerte, militar. Podría ser que tuviera razón, pero en el fondo del corazón, ¿qué piensa?
            – Soy español, religioso –confesó el fraile– y creo en los milagros. Puede ser una tontería pero hay quienes afirman que Franco ha resucitado…
            En ese momento el teléfono móvil se quedó sin batería, no sin antes escuchar una exclamación al otro lado del auricular:
                – ¡Coño!

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Un poema de D. Miguel de Unamuno.

                   Si no has de volverme a España,                                            Dios de la única bondad,             ...

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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