En las horas dulces
de la luz callada,
he visto tus ojos
que en mí no pensaban.
He asido tus manos,
tan blancas, tan cálidas,
he sentido un amargo
desdén en mi alma,
porque tus pupilas,
que a nadie miraban,
estaban ausentes,
no tenían alas.
En las horas dulces
de la luz callada,
he visto tus ojos
que en mí no pensaban.
He asido tus manos,
tan blancas, tan cálidas,
he sentido un amargo
desdén en mi alma,
porque tus pupilas,
que a nadie miraban,
estaban ausentes,
no tenían alas.
Poco conozco de tí.
Tal vez tu voz armoniosa
y tu simpática risa
que hace las horas más cortas.
Hablas de tus ojos feos,
dicen que van a la contra
y que tu cuerpo de mimbre
es de una talla muy corta.
¡Qué más quisiera una diva
tener tu gracia y soltura.
No me llores, reina mía,
vive como las alondras
que solo por ser mujer
lo de más está de sobra.
Quiero velar mientras sueño, Señor de la luz callada; en tu desierto pequeño mi alma quiere ser nada. Que el ayuno sea claridad que limpi...
– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)