Cuaresma del corazón.

 


Quiero velar mientras sueño,
Señor de la luz callada;
en tu desierto pequeño
mi alma quiere ser nada.

Que el ayuno sea claridad
que limpie la noche oscura,
y suba mi pobre verdad
como incienso en tu altura.

Que la limosna escondida
caiga como suave río,
y sane la vieja herida
del corazón siempre frío.

Quiero el pecho abierto al cielo,
como tierra tras la helada,
donde desciende en consuelo
tu brisa recién llegada.

Cuaresma abre su sendero
de silencio y de despojo;
dejo el polvo del sendero
y la niebla de mi enojo.

Mi alma me dice: detente,
mira la fuente escondida;
deja el peso de la mente
y vuelve al agua de vida.

Si alguna sombra me ata
y me niega lo prometido,
tu gracia rompe la plata
de todo nudo perdido.

Y al final del largo ayuno
cuando amanezca tu amor,
seré grano, seré humo,
seré llama en tu fulgor.


Ojos de misterio


 


Ojos de misterio

De dulce mirar bajo el sol callado,
ojos que penetran como luz serena;
no sé qué silencio guardáis en el alma
que al verlos mi espíritu queda templado.

Tus ojos son pardos de luz otoñal,
acuarelas suaves pintadas de cielo;
y en ellos las gaviotas del anhelo
aprenden la forma secreta de amar.

Cuando los contemplo se aquieta la vida,
como si una fuente brotara en mi pecho;
mi sombra se vuelve silencio y desierto
donde una presencia divina se anida.

¡Ojos! Si al miraros mi fe se levanta,
quizá en vuestra hondura, callada y profunda,
Dios deja un destello de su luz fecunda
para que el alma recuerde que canta.


Soneto de los ojos ausentes


 

En la hora dulce de la luz callada
vi tus ojos, que en mí no se posaban;
tomé tus manos, blancas, que temblaban,
y hallé en mi pecho pena inesperada.

Tan tibia era tu mano entrelazada,
tan suave como lirios que soñaban;
mas tus pupilas frías no miraban
y el alma se sintió desamparada.

Estaban lejos, sin amor ni vuelo,
como estrellas perdidas en la nada
que no conocen fuego ni desvelo.

Y dije al fin, con voz desesperada:
no quiero ya mirarte si en tu cielo
no soy la luz que buscas, entregada.



Meditación Sobre la gloria del mundo


 

¿Por qué el mundo levanta su estandarte
bajo la vana gloria de su alarde,
si su dicha, tan frágil y ligera,
pasa cual sombra breve y pasajera?

¿Dónde están los poderosos que vivieron?
¿Dónde están los tesoros que reunieron?
La muerte, silenciosa y verdadera,
todo lo borra cuando al fin llega la hora.

¿Dónde quedaron triunfos y victorias,
los amores, los sueños, las memorias?
Todo cae como polvo en el camino,
todo vuelve al silencio del destino.

¡Qué efímera es la fiesta de la gloria!
Hoy resplandece altiva en la memoria,
mañana el tiempo apaga su fulgor
como se extingue al alba una ilusión.

Porque la gloria que en lo alto habita
ni el tiempo ni la muerte la marchitan;
quien pone el corazón en esa altura
halla en Dios su eterna ventura.





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– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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