Soneto de los ojos ausentes


 

En la hora dulce de la luz callada
vi tus ojos, que en mí no se posaban;
tomé tus manos, blancas, que temblaban,
y hallé en mi pecho pena inesperada.

Tan tibia era tu mano entrelazada,
tan suave como lirios que soñaban;
mas tus pupilas frías no miraban
y el alma se sintió desamparada.

Estaban lejos, sin amor ni vuelo,
como estrellas perdidas en la nada
que no conocen fuego ni desvelo.

Y dije al fin, con voz desesperada:
no quiero ya mirarte si en tu cielo
no soy la luz que buscas, entregada.



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