En la
hora dulce de la luz callada
vi tus ojos, que en mí no se
posaban;
tomé tus manos, blancas, que temblaban,
y hallé
en mi pecho pena inesperada.
Tan tibia era tu mano entrelazada,
tan suave como lirios que
soñaban;
mas tus pupilas frías no miraban
y el alma se
sintió desamparada.
Estaban lejos, sin amor ni vuelo,
como estrellas perdidas en
la nada
que no conocen fuego ni desvelo.
Y dije al fin, con voz desesperada:
no quiero ya mirarte si
en tu cielo
no soy la luz que buscas, entregada.

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