"Los caciques" obra teatral de Carlos Arniches.

Los caciques
de Carlos Arniches.

Para ver mi comentario sobre la obra, hay otro artículo al respecto.

Farsa cómica de costumbres de política rural en tres actos. Estrenada en el Teatro de la Comedia, de Madrid en la noche del 13 de febrero de 1920
ACTO PRIMERO
Sala de despacho en la planta baja de un caserón de pueblo, habitado por gente de buen acomodo. A la derecha, en segundo término, puerta de entrada en comunicación con el zaguán; en primero, puerta de otra habitación. Al fondo, una ventana con reja y una puertecilla que dan al huerto, inundado de sol, y del que se ven arriates llenos de flores. A la izquierda, puerta de una hoja, que comunica con habitaciones interiores. Ante esta puerta, una mesa de despacho antigua y un sillón de vaqueta. El resto del mobiliario, adecuado: antiguo, cómodo y fuerte. Un reloj de caja en lugar visible.

ESCENA PRIMERA

EDUARDA y DON ACISCLO. Al levantarse el telón aparece la escena sola. A poco se ve por la ventana del huerto a EDUARDA, que viene acongojada, huyendo. La sigue, jadeante y ansioso de amor, DON ACISCLO; ella le rechaza de un empujón y entra indignada en escena por la puertecilla del foro.
EDUARDA.— ¡No, no!... ¡Por Dios, quieto!... (Huye de él, que entra siguiéndola.) ¡Déjeme usted o demando auxilio! (Toda la escena en voz baja y emocionada.)
DON ACISCLO.—¡Es que me tié usté loco!
EDUARDA.—Respete usté que soy casada.
DON ACISCLO.—¡Y a mí qué me importa!
EDUARDA.—¡Qué cínico!... Pero ¿y mi marido? ¿Y su mujer?...
DON ACISCLO.—He dicho que no me importa. (Intenta ir hacia ella.) ¡Esos ojos me tien trastornao y...!
EDUARDA.—(Con cómica energía.) ¡Atrás!
DON ACISCLO.—Pero, Eduarda, si es que...
EDUARDA.—(Heroicamente.) ¡Si da usted un solo paso, me secciono la carótida con el raspador!
DON ACISCLO.—(Asustado.) ¡Eduarda!
EDUARDA.—¡Atrás!... ¡O me ve usted tinta en sangre! (En uno de sus ademanes, mete los dedos en el tintero.)
DON ACISCLO.—¿Tinta?
EDUARDA.—¡Tinta! (En un ademán trágico, vuelca el tintero.)
DON ACISCLO.— ¡Por Dios, el tintero!
EDUARDA.—¡Nada me importa! ¡Mi honor ante todo!
DON ACISCLO.—Pero si yo...
EDUARDA.—¡Es usted un miserable!... ¡Estar yo tranquilamente en la huerta cogiendo manzanas subida a la escalera, y de pronto sentir...! ¡Oh, qué vergüenza! (Llora.)
DON ACISCLO.—Es que creí que se caía usté.
EDUARDA.—¿Y me iba usted a sujetar con dos dedos? (Acción de dar un pellizco.)
DON ACISCLO.—Cuando una persona se cae...
EDUARDA.—Cuando una persona se cae, se la sostiene; pero no se la retuerce... ¡Y de dónde se me ha retorcido a mi! Que... ¡Ah, si lo supiera mi Régulo! ¡Oh Régulo, Régulo!
DON ACISCLO.—Y usté, Eduarda, ¿por qué no quie ser una miaja complaciente y...?
EDUARDA.—(Con altivez.) ¡Basta de indignidades!... Déjeme usted salir.
DON ACISCLO.—(Con pasión.) Salga usté; pero no será sin que antes... (Intenta sujetarla para darle un beso.)
EDUARDA.—(Rechazándole.) ¡No, nunca!... ¡Socorro! (Le muerde la mano.)
DON ACISCLO.—(Retorciéndose de dolor.) ¡Rediez, qué bocao en el dedo! ¡Si me ha comido la yema!
EDUARDA.—¡Canalla, seductor! ¡Satírico! (Vase puerta izquierda.)
DON ACISCLO.—(Intenta sujetarla, antes que se marche.) Eduarda... Eduarda... (Luchan brevemente. Ella le rechaza y le coge con la puerta la americana, dejándole sujeto. Aterrado.) ¡Atiza! ¡La americana con la puerta!... ¡Cogido por el vuelo! (Suplicante.) Por Dios, Eduarda, abra usté; que estoy cogido! ¡Eduarda!... ¡El vuelo!... ¡Eduarda!...

ESCENA II

DON ACISCLO y DOÑA CESÁREA, por la primera derecha.
DOÑA CESÁREA.—¡Hola, hombre!
DON ACISCLO.—¡Mi mujer! "Tableteau!"
DOÑA CESÁREA.—¿D'ande sales?
DON ACISCLO.—Pues de ahí, de la...; que venía de...
DOÑA CESÁREA.—¿No ibas con doña Eduarda por el huerto?
DON ACISCLO.—Sí, con ella iba; que quería unas manzanas.
DOÑA CESÁREA.—¿Y qué la dio, que sentí un grito?
DON ACISCLO.—Como darla, na la dio na; pero arrimó la escalera, se subió al árbol y de poco se cae.
DOÑA CESÁREA.—Pos ya no tie edad pa andarse por las ramas.
DON ACISCLO.—¡Toma! Éso la he dicho yo; pero...
DOÑA CESÁREA.—(Cambiando el tono irónico por otro más acre y resuelto.) Ni tú tampoco la tienes de andarla a los alcances.
DON ACISCLO.—¡Cesárea!... (Se sopla el dedo dolorido.)
DOÑA CESÁREA.—¡Que te creerás que no lo estoy notando too!... ¡Así que una es tonta! ¡Te figurarás que me chupo el dedo como tú!
DON ACISCLO.—¡Mujer, yo!...
DOÑA CESÁREA.—¡Y ten cuidao, no te corte yo los vuelos!
DON ACISCLO.—(Aparte.) ¡Ojalá!
DOÑA CESÁREA.—¡Que no me dejas una en paz!... ¡Que me ties más reconsumía!... ¡Ahí, agarrao como una rata!... ¿Te paece bonito? (Le zarandea.)
DON ACISCLO.—(Avergonzado.) ¡Cesárea!...
DOÑA CESÁREA.—(Amenazadora.) ¿Qué debía yo hacer ahora?
DON ACISCLO.—¡Pues traerme otra americana u abrir por detrás!
DOÑA CESÁREA.—¡Maldita sea!... Y que te coste, que el día que me harte se lo digo a don Régulo, que ya le ties conocío; que ése, por cuestión de celos, le pega un tiro a su familia.
DON ACISCLO.—Mujer, después de too, por una broma...
DOÑA CESÁREA.—¡Por una broma!... ¡Acisclo, parece mentira que tú, ¡tú!, el dueño, el amo, el rey del pueblo, una persona de tu mando y de tu valer, un hombre al que too el mundo le tie miedo, que haces que se le mude la color a los más templaos...; un hombre que causa un respeto que eriza, ahora, por esa tía cursi..., ahí prendío como un murciélago!... ¡Si alguien se enterara!... ¡Si yo no tuviera prudencia!... (Levanta el pestillo, abre la puerta y deja en libertad a DON ACISCLO.)
DON ACISCLO.—Mujer, los hombres semos hombres, Cesárea, y con esto ya está dicho que semos mu poca cosa... Salomón era Salomón, y en cuestión de faldas, u de lo que se llevase en aquel entonces, pues... ya te acordarás que sumó dos mil y pico... Y Napoleón, con ser lo que era..., pues... también se sumaba lo suyo.. Conque uno, que es una meaja menos..., pues algún sumandillo...
DOÑA CESÁREA.—¡Sumandillo, y llevas veintidós en lo que va de mes, y estamos a cinco!...

ESCENA III

DICHOS y MORRONES.
MORRONES.—(Segunda derecha. Desde fuera.) Ave María Purísima.
DOÑA CESÁREA.—¿Quién se extraña?
MORRONES.—¿Se puede pasar?
DON ACISCLO.—¡El alguacil! Pasa, Morrones.
MORRONES.—(Con gran respeto.) ¡Güenos días nos dé Dios; con permiso de ustés!
DOÑA CESÁREA.—Regulares que sean.
DON ACISCLO.—¿Qué te trae por acá tan de mañana?
MORRONES.—Pos naa, que tengo un desgusto, con permiso de usté, que no sé cómo no le da a uno itiricia.
DON ACISCLO.—¿Pues qué pasa?
MORRONES.—Pues pasa que don Sabino, el médico; el Perniles y el Garibaldi, pus m'han hecho de venir a molestarle a usté, con permiso de usté, porque quien hablale de no sé qué cosas nómalas y urgüentes; que me lo he tenío que apuntar. (Mira un papel.)
DON ACISCLO.—¿Quejas tenemos?
MORRONES.—¡Qué sé yo!... Cuatro garambainas... Que si los sueldos, que si el riego, que si la contrebución... Naa, lo e siempre: potrestas.
DOÑA CESÁREA.—¡Madre, qué tropa!... Pero si ésos protestan de too.
MORRONES.—Toma, como que el año pasao les cayó la Lotería y elevaron una protesta por haberles caído en la de tres pesetas.
DON ACISCLO.—Güeno, pues les dices que aguarden, si quieren, que yo voy a tomar el chocolate. Eso si no encuentras alguna razón de las tuyas pa que se vayan.
MORRONES.—Yo, si usté lo manda, razones siempre tengo. Les abro la puerta y les abro la ventana y ellos escogen: u se marchan u los marcho. (Acción de echarlos.)
DON ACISCLO.—Déjales, que todavía no es el caso. Pero como me hurguen mucho, les va a doler, ¡por éstas! Que esos tres me andan buscando las cosquillas...
DOÑA CESÁREA.—¿Y viene con ellos Garibaldi, el republicanote ese?...
MORRONES.—El mismo. Ahora ice que s'ha sindicao con un garrote que tiene así de gordo.
DOÑA CESÁREA.—¡Mala troná en ellos! ¡Valiente gentuza! (Vanse DON ACISCLO y DOÑA CESÁREA primera derecha.)

ESCENA IV

MORRONES, DON SABINO, PERNILES y GARIBALDI, por la segunda derecha.
MORRONES.—(Desde la puerta.) Que les da a ustés su premiso...; pero pa pasar aquí hay que limpiarse los pies.
DON SABINO.—(Entra. Se descubre.) Buenos días.
PERNILES.—(Pasa sin quitarse el sombrero.) Libertá, fraternidá...
MORRONES.—Quítate el sombrero.
GARIBALDI. —Igualdá.
MORRONES.—Igual da; pero quítatelo. (Se lo quita y lo tira sobra una silla.)
DON SABINO.—¿Has tenido la bondad de decirle al señor alcalde...?
MORRONES.—Le he dicho lo que le tenía que icir, y dice que si quien ustés esperale, que le esperen; que ahora saldrá...
DON SABINO.—Entonces... (Mira como buscando una silla.)
MORRONES.—Que ahora saldrá con su señora a dar un paseo y que golverá a la una; pero que ustés hagan lo que sea de su conveniencia, que él no se va a privar de sus cosas por naidie.
DON SABINO.—Pues esperaremos; ¿no os parece?
PERNILES.—¡Qué remedio! Yo no me voy sin que me oiga. (Van a coger sillas para sentarse.)
GARIBALDI.—Ni yo... Le quio presentar al noy del fresno. (Por el garrote.)
MORRONES.—(Muy extrañado.) ¿Pero es que se van ustés a sentar?
DON SABINO.—Hombre, si es posible...
MORRONES.—(Como resignándose.) Güeno; pero cojan ustés taburetes, que las sillas son para los amigos políticos.
PERNILES.—Ta bien. (Se sientan en taburetes.)
MORRONES.—(A GARIBALDI.) Y tú, tira ese cigarro; que aquí no se pue fumar.
GARIBALDI.—¿Y por qué fumas tú?
MORRONES.—No se pue fumar viniendo de vesita. (A PERNILES, que se vuelve a mirar el reloj.) ¿Y tú qué miras?
PERNILES.—Hombre, iba a mirar la hora...
MORRONES.—¡La hora!... En seguida si fua yo el alcalde iba a tené un reló destapao pa que se aprovechasen d'él los del partido contrario... Mañana lo forro.
GARIBALDI.—Lo que debías tú de hacer, aunque seas aguacil y estés amparao por ciertos mandones, es mirarte una miaja más en la atención de las personas que necesitan del monecipio y no avasallar a too Cristo por menos de naa.
MORRONES.—Tú lo que vas a hacer es callarte la boca ahora mismo.
GARIBALDI.—Y prencipalmente por don Sabino lo he dicho, que es una persona médica y respetable, llena de canas; que uno al remate no es letrao ni muchísimo menos, y anda con Dios, y que le falten a uno, que tan hecho está uno a trancas como a barrancas.
MORRONES.—Tú eres un parlero que hablas más de la cuenta, y si no te callas, te agarro de los cabezones y sales... (Le amenaza.)
GARIBALDI.—(Enfurecido.) ¡Prueba y te doy con el noy!...
MORRONES.—¿A mí?... (Se dispone a acometerle.) ¡ Por vida e...!

ESCENA V

DICHOS y DON ACISCLO, por la primera derecha.
DON ACISCLO.—(Autoritario y despótico.) ¿Qué es eso?
MORRONES.—Señó alcalde... Era que...
DON ACISCLO.—¡Silencio! Anda pa un rincón, que es lo tuyo.
MORRONES.—No dejarme... ¡Maldita sia! (Va a sentarse junto a la puerta, refunfuñando.)
DON ACISCLO.—(Se va a su mesa y se sienta.) Sentarse.
MORRONES.—Y encima les dice que se asienten. ¡Se cae usté de güeno! Así le tratan.
DON ACISCLO.—A callar. Sentarse he dicho.
LOS TRES.—Con permiso. (Se sientan con cómica rapidez.)
DON ACISCLO.—Pues ustés dirán... (Se levantan los tres como para hablar.) ¡Sentarse he dicho! (Vuelven a sentarse con mayor rapidez que antes.) Sé que me quien ustés hablar. Acedo; pero uno a uno y cuidaíto con lo que se dice. Escomenzaremos por usté, don Sabino.
DON SABINO.—(Poniéndose en pie.) Como usté mande.
DON ACISCLO.—Conque usté dirá qué istentino se le ha deteriorao.
DON SABINO.—Pues... nada, señor alcalde, que un servidor de usted...
DON ACISCLO.—Por muchos años.
DON SABINO.—Por muchos años, sí, señor... Me veo, bien a mi pesar, en la precisión de molestarle respetuosamente, acuciado por las dolorosas necesidades de la vida. Porque, claro, aunque uno es un humilde médico rural, pues tiene uno que comer de vez en cuando; tiene uno que vestir, llamémoslo así; tiene uno que...
DON ACISCLO.—Exigencias no faltan, no.
DON SABINO.—Las igualas son cortas; las visitas, escasas..., y como el digno Ayuntamiento de su acertadísima presidencia tiene la bondad de adeudarme...
DON ACISCLO.—(Agriando mucho más el gesto y dando un golpe en la mesa con una regla; carraspea.) ¡Ejem!...
DON SABINO.—(Sobrecogido, trata de dulcificar el concepto.) ...nada, siete efímeras y cortas anualidades, que importan la insignificante suma de catorce mil quinientas pesetas; pues yo, agotados todos mis recursos para la vida, me permito elevar a usted una humilde súplica...
DON ACISCLO.—(Dando otro reglazo sobre la mesa.) ¡Dita sia!... ¿Y tie usté la frescura de venir aquí con esas quejas?
DON SABINO.—¿Cómo la frescura, señor alcalde?
DON ACISCLO.—¡La frescura! No quito una letra.
MORRONES.—(Enardecido.) No quite usté una.
DON SABINO.—Yo creía que elevar una humilde queja...
DON ACISCLO.—¡Una humilde queja!... Pero cuidiao que hace falta descaro, don Sabino.
DON SABINO.—¡Señor alcalde!
DON ACISCLO.—Vamos a ver: ¿Qué le debían a usté en el último pueblo?
DON SABINO.—Once anualidades.
DON ACISCLO.—¿Y en el anterior?
DON SABINO.—Nueve.
DON ACISCLO.—¡Y viene usté a estrellarse conmigo, que no le debo más que siete!
DON SABINO.—Señor alcalde...
DON ACISCLO.—¿Le ha pagao a usté alguno?
DON SABINO.—No, señor.
DON ACISCLO.—¡No le han pagao los otros y quie que le pague yo!... Pórtese usté bien, debiendo menos que los demás, pa que encima se lo agradezcan con estas exigencias.
DON SABINO.—¡Peor me lo agradecen a mí, que no me pagan y encima me maltratan, don Acisclo!
DON ACISCLO.—Usté se lo ha buscao.
DON SABINO.—¿Yo?
DON ACISCLO.—¡Sí, señor, ea! Que si no lo digo, reviento. Usté se lo ha buscao por ser enemigo político mío.
DON SABINO.—¿Yo enemigo de usted?
DON ACISCLO.—Y encubierto y solapao, que son los malos.
DON SABINO.—¡Don Acisclo!
DON ACISCLO.—Y le voy a usté a probar su malquerencia, que la tengo conocía en toos los detalles. Aquí, en este pueblo de mi mando, no hay más que dos partidos políticos, ¡dos!..., porque no quiero confusiones; el miista, que es el mío, y el otrista, que son toos los demás; güeno, pues en los dos últimos años se han muerto cinco personas en el pueblo...; pues toos de mi partido. Y eso no se lo aguanto yo ni a usté ni a nadie. Conque, u se mueren cinco personas del partido contrario en el término de dos meses u no cobra usté un real.
DON SABINO.—Señor alcalde, es que los otristas no son más que tres.
DON ACISCLO.—Pues que se mueran dos veces caa uno.
DON SABINO.—Y, además, se cuidan mucho.
DON ACISCLO.—Pues se pone usté d'acuerdo con el boticario. Pa too hay recursos. Y como remate, ¿usté cree que estoy yo aquí p'aguantar menosprecios de nadie?...
DON SABINO.—¿Menosprecios?
DON ACISCLO.—¡Sí, señor, menosprecios!... Va usté a visitar a la mujer del sargento de la Guardia Civil u a la del registrador, y a ellas sellos, jarabes, píldoras, emplastos, sanguijuelas... i Viene usté a ver a mi mujer, y manesia fervescente naa más!
DON SABINO.—Es que eran distintas las dolencias.
DON ACISCLO.—Pamplinas. A mi mujer hay que darla dobles recetas que a too el mundo, tenga lo que tenga; que pa eso es mi mujer.
DON SABINO.—Pero si usted permitiera que yo le explicase...
DON ACISCLO.—Ni una palabra. De forma que me presenta usté una istancia en papel sellao de tres reales y se la da usté a ése (Por MORRONES.), que ya sabe lo que tiene que hacer con ella.
MORRONES.—Sí, señor.
DON SABINO.—Pero...
DON ACISCLO.—Otro.
DON SABINO.—Señor alcalde, perdone usté que le diga que esto es conculcar la ley.
DON ACISCLO.—Está usté errao.
DON SABINO.—¿Yo errao?...
DON ACISCLO.—Errao completamente. A ver, el veterinario.
PERNILES.—(Se levanta.) Servidor.
DON ACISCLO.—(Aparte.) Lo de la manesia lo tenía yo clavao en el alma... (Alto.) Expón, Perniles.
PERNILES.—Pues yo, señor alcalde, vengo como concejal d'oposición...
DON ACISCLO.—Ya sé que eres otrista; no me lo recalques.
PERNILES.—A decirle a usté que me se haga justicia; porque lo que están haciendo conmigo los sabuesos de usté es una gorrinada.
DON ACISCLO.—Oye, tú... ¡A ver las palabritas que usas, que no estamos en sesión!
PERNILES.—Es que hay que hablar claro.
DON ACISCLO.—En el Ayuntamiento, las porquerías que quieras; aquí, con urbanidaz.
PERNILES.—Es que ya no hay cristiano que aguante esto; que no me dejan vivir; que el tío Marcos, amparao en usté, ha cogío el agua del acequión de las Jarillas pa su molino y nos quita de regar a los que tenemos derecho pa ello.
DON ACISCLO.—¡Pero es que él es primo mío, mia tú éste!
PERNILES.—Más primos somos nosotros, que pagamos y no regamos.
DON ACISCLO.—¿Y qué quies decir con eso?
PERNILES.—Pues con eso quio decir que antes toos cogíamos buenas calabazas, que es la prencipal cosecha del pueblo; pero hogaño, como no consienten de regar más que a sus amigos de usté, pues resulta que las mejores calabazas son las del partido miista.
DON ACISCLO.—Ca partío tie las calabazas que se merece. Si vosotros hubieseis votao lo que yo sus decía, no las habría como las vuestras; pero ya que me hicisteis de perder la elección, calabacines y gracias.
PERNILES.—¿Es decir, que voy a mirar yo con sosiego que me se pierdan toas las cosechas?
DON ACISCLO.—Tú verás lo que te conviene, Perniles; porque aquí no hay más que dos caminos: u te haces miista u vas a regar cuando estornudes.
PERNILES.—¿De moo que la conciencia política...?
DON ACISCLO.—Riega con ella.
PERNILES.—Güeno, y últimamente, si no me dejan regar, que no me manden el recibo del agua, ¡eso es!
DON ACISCLO.—¡Alto allá! Eso es otra cosa. El recibo te lo mandan, porque en la cuenta e regantes resulta un líquido en contra tuya.
PERNILES.—¡Pero qué líquido va a resultar si no me dan agua!
DON ACISCLO.—No es líquido de humedaz, es de aritmética, y ties que enjugarlo.
PERNILES.—Pues si no me dan agua, el otro líquido que lo enjuague el secretario. (Se sienta.)
DON ACISCLO.—Eso lo veremos, que tú eres muy altanero, y u pagas u te se embarga, que ya me ties conocío. Otro. A ver, tú, Garibaldi, ¿vienes también sobre alguna protesta?
GARIBALDI.—Servidor vengo sobre su cuñao de usté, que me ha tirao dos coces el macho, porque lo tien enseñao a cocear a los republicanos de una manera, que en cuanto se habla de Lerroux, no hay quien pare a su lao.
DON ACISCLO.—Yo, en las opiniones políticas del macho, no me puedo meter.
GARIBALDI.—Bueno, está bien; eso ya me lo arreglaré yo, porque estoy educando a mi burra de una forma, que de que oiga mentar a La Cierva, de una coz le va a quitar la cabeza a un santo. Pero de camino vengo a hacerle a usté una denuncia.
DON ACISCLO.—¿Contra quién?
GARIBALDI.—Contra su consabido cuñao, Anastasio Mangola, alias Jaro.
DON ACISCLO.—Tú dirás.
GARIBALDI.—Pues naa; paso por lo del macho, paso por que sea cartero, paso por que sea cojo siendo cartero y paso por que siendo cojo y cartero no sepa leer ni escribir; pero por lo que no puedo pasar de nenguna de las maneras es por la forma que tiene de repartir la correspondencia.
DON ACISCLO.—¿Qué forma tiene, vamos a ver?
GARIBALDI.—Pues naa, que coge las cartas y las deja encima una mesa a la puerta e su casa. Usté va y mira; que hay una carta y que es pa  usté, pues deja usté cinco céntimos y se la lleva; que no es pa usté, pues deja usté diez y la coge si quiere. Y cuando se presenta el interesao a reclamar pues le ice: "¡Haber venío antes!"
DON ACISCLO.—¿Y qué pero ties que ponerle a eso?... ¡Yo no os entiendo! Estáis clamando día y noche por la libertá y en cuanto un funcionario público sus deja en libertá...
GARIBALDI.—Es que queremos liberta con orden y con justicia, que es lo que no hay en este pueblo.
DON ACISCLO.—(Airado y dando golpes en la mesa.) ¿Qué estás diciendo?
GARIBALDI.—El Evangelio; que hay que icir las cosas como sean.
PERNILES.—(Animado por el ejemplo de GARIBALDI.) Sí, señor; que esto es peor que la Inquisición, pa que usté lo sepa.
GARIBALDI.—Porque aquí, para que le dejen respirar a uno y no le quemen la cosecha u le maten el ganao, tie que votar lo que usté quiera y ser esclavo de usté.
PERNILES.—U de su señora de usté.
GARIBALDI.—U de su otra señora...
DON ACISCLO.—(Indignado.) ¡Garibaldi!
PERNILES.—U de sus amigos, u de las criás de sus amigos, u de los amigos de sus criás.
GARIBALDI.—Pa pagar las contrebuciones, nosotros; pa cobrar, los compinches...; pues no, señor. ¡Esto no pue ser!
PERNILES.—Y no será. Que antes que vivir en este atropello, es mejor echarse por los caminos a pedir una caridá e Dios.
DON ACISCLO.—¡Que estáis faltando a la ley!
DON SABINO.—(Airado.) Pero ¿qué entiende usté por ley?
DON ACISCLO.—Una cosa que me permite poner multas; conque cincuenta duros caa uno. Morrones, avisa a la Guardia Civil.
DON SABINO.—¡Que avise a quien le dé la gana; pero hay que acabar con esta ignominia; hay que vivir como seres civilizados, como hombres siquiera; porque cuando se vive hundido en la infamia de una tiranía bestial e ignorante, es preferible la muerte..., cien veces la muerte!... Y hay que luchar...
LOS DOS.—Sí, señor.
DON SABINO.—Hay que luchar; pero no por unas míseras pesetas perdidas, no; hay que luchar porque el oprobio y la esclavitud en que vivimos es vergüenza para la civilización y ludibrio y escándalo para la patria. ¡Muera el caciquismo!... ¡ Muera cien veces!...
LOS DOS.— ¡Muera!... (Vanse gritando: "¡Muera!".)
DON ACISCLO.—¡Canallas! ¡Granujas!... ¡A la calle!... ¡ Me han atropellao! ¡ Me han desacatao!... ¡Dan gritos revolucionarios!
MORRONES.—(Que ha sacado una escopeta de la primera derecha y quiere ir tras ellos.) ¡Déjeme usté a mí, que les voy a dar cevelización!...
DON ACISCLO.—(Conteniéndole.) No; quieto, Morrones...; ahora, no, que es de día y salen de mi casa. (Le quita la escopeta y la esconde.)
MORRONES.—¡Eso les vale!... ¡Maldita sia!...
DON ACISCLO.—Pero ven acá, vamos a hacer una denuncia por desacato. Los tengo medio año en la cárcel. ¡Por éstas!
MORRONES.—¡Medio año!... ¡Seis años de cadena perpetua caa uno y no pagan, no sea usté primo!
DON ACISCLO.—Es verdá. ¡Seis años! Veinte años..., cuarenta años... (Vase primera derecha.)

ESCENA VI

CRISTINA y EDUARDA, del huerto. Se levanta la cortina de la ventana y asoma la cara dulce y graciosa de CRISTINA. Por el otro extremo asoma EDUARDA.
CRISTINA.—¿No hay nadie?
EDUARDA.—Nadie. Pasa, Cristina, pasa. (Entran de puntillas. Cristina trae unas flores en la mano.)
CRISTINA.—Tengo miedo que nos puedan oír.
EDUARDA.—Pues pasa sin temor; siéntate aquí y cuéntamelo todo. ¡Oh, pero quién iba a figurarse que tú...! ¡Habla, hija, habla! (Se sientan.)
CRISTINA.—Sí; sí, señora doña Eduarda; es preciso que hablemos, porque yo necesito una persona buena como usté a quien abrirle mi corazón, contándole todo lo que me sucede.
EDUARDA.—Claro, así te encontraba yo de triste y de pensativa. ¡Pero cómo iba a imaginar! ¡Oh, tu aventura es una aventura llena de interés, de poesía, de pasión!...
CRISTINA.—¡Me ha costado ya más lágrimas!... ¡Si supiera usté...!
EDUARDA.—Sigue, sigue..., ¿y dices que se trata de un joven esbelto, de ojos oscuros, fuerte como un pugilista, ágil como un berebere?...
CRISTINA.—Sí, señora; es alto, elegante, de ojos grandes, pelo negro, labios finos..., dientes blancos...
EDUARDA.—¡Una tontería de moreno, vaya!
CRISTINA.—¡Usté no puede imaginarse un hombre más guapo, doña Eduarda!
EDUARDA.—Ya lo creo que puedo. Tú no conoces mi fuerza imaginativa. Además, tú te expresas con un calor, que no es que describes, es que fotograbas... Y sigue, sigue...; ¿dices que cuando estabas ahogándote, él, heroicamente, se lanzó al agua?
CRISTINA.—Sí, señora; cuando yo estaba ahogándome, de pronto él se tira al agua, coge la botella, llena el vaso, me lo da, bebo un sorbo y me pasa la espina.
EDUARDA.—(Con cierto desencanto.) ¡Ah! ¿Pero no fue un naufragio?
CRISTINA.—No, señora, fue una raspa. Si ya se lo he dicho a usté, sino que usté se ha empeñao que me pasó en el océano, y fue en una fonda.
EDUARDA.—Confiesa que en el mar hubiese sido más romántico; pero, en fin, todo es ahogarse. Sigue, sigue.
CRISTINA.—Pues, como digo, fue en la fonda del balneario de La Robla, donde yo había ido acompañando a mi tía Constanza. Allí encontré a Alfredo.
EDUARDA.—¡Ay! ¡Alfredo! ¡Hasta el nombre escalofría!
CRISTINA.—Antes de aquello de la espina había notao yo que aquel joven me miraba con interés y que decía al pasar alguna palabra cariñosa; pero ya desde aquella tarde nos acompañó sin falta en todos nuestros paseos, y al cabo, una noche de luna muy clara, muy clara, después de cenar, fuimos a dar una vuelta por la carretera y se me declaró.
EDUARDA.—¡Oh!... Sigue.
CRISTINA.—Se me declaró pintándome un amor..., ¡ay, doña Eduarda!...
EDUARDA.—¿Rosáceo?
CRISTINA.—No me acuerdo, porque yo no estaba para colores... Pero ¡qué frases me dijo tan discretas y tan amables!... Y claro, como una, metida en estos poblachos, no ha oído jamás a un joven educado tres palabras cariñosas y bien dichas, pues yo, a medida que me pintaba su cariño, iba sintiendo interiormente una alegría y un temblor que yo no sabía cómo disimularlo.
EDUARDA.—¿Y tú qué le dijiste, qué?
CRISTINA.—Pues le dije que aquello no podía ser formal, que era que quería burlarse de mí; que yo no podía gustarle...; en fin, todas esas tonterías que dice una mujer cuando quiere decir que sí y no sabe cómo.
EDUARDA.—¡Oh, qué cándida ingenuidad!
CRISTINA.—Él entonces me contó toda su vida. Y yo no sé, vamos, porque a los hombres no los puede una creer...; pero qué sé yo, se me figuró que aquél me hablaba con un sentir honrado y verdadero. Me dijo que era pobre, muy pobre.
EDUARDA.—¡Pobre!... ¡Qué poemático!
CRISTINA.—Que no tenía padres.
EDUARDA.—¡Huérfano!... ¡Qué elegíaco!
CRISTINA.—Que vivía con un tío.
EDUARDA.—¡Vivir con un tío!... ¡Mi ideal!
CRISTINA.—Y yo..., pues también le conté mi vida. Le dije que era huérfana como él, que vivía enterrada en esta tristeza de pueblo con un hermano de mi padre que me administraba la fortuna, y que se me figuraba que esto me tenía amarrada a mis tíos, que querían casarme a su gusto pa que no pudiese escapar de su lao, y que yo tenía ansia de un cariño leal y verdadero que me sacara de esta esclavitud y de estos egoísmos. Él me escuchaba así como emocionao, y luego, con voz temblorosa, me prometió quererme siempre, venir por mí, casarse conmigo, sacarme del pueblo... Yo entonces lloré al oírlo, nos cogimos las manos y..., ¡me da un sofoco recordarlo!...
EDUARDA.—¡Dime! ¡Dime!...
CRISTINA.—¡Y luego nos dimos un beso!
EDUARDA.—¡Oh, un beso!... ¡Ah Cristina, qué recuerdos se despiertan en mí!
CRISTINA.—¡Pues ya ve usté si es infamia, al día siguiente de aquella noche tan feliz desapareció del balneario sin despedirse siquiera!
EDUARDA.—¡Qué perfidia! ¡Qué ingratitud!...
CRISTINA.—Yo lloré sin consuelo. Aquello me pareció una burla. En el hotel se murmuraba que se había ido sin pagar. Yo no hice caso; pero luego caí en la cuenta...
EDUARDA.—El que se conoce que cayó en la cuenta fue él.
CRISTINA.—Caí en la cuenta de que quizá, arrepentido de haberme engañao, no quiso ni despedirse.
EDUARDA.—¡Pobrecilla!
CRISTINA.—A los pocos días volvimos al pueblo, aquí me paso estas horas largas llorando y pensando en él. ¿Volverá? ¿No volverá? ¡Las margaritas que yo he deshojado!...
EDUARDA.—¡Volverá!; ¡ten esperanza!
CRISTINA.—¡No; no volverá, doña Eduarda! Aquello fue una broma con una pobre señorita de pueblo. Como una no sabe expresarse, no tiene modales, ni elegancia, ni nada... ¡Claro, cuesta tan poco engañarnos!... ¡Si viera usté, tengo una rabia y un coraje! ¡Ser una señorita de pueblo!... ¡Me da una pena!... (Llora.)
EDUARDA.—Por Dios, Cristina, no llores, no llores; que me estás atormentando cruelmente. (Se levanta.)
CRISTINA.—¿Yo?...
EDUARDA.—¡Sí, ea!... Quiero también hacerte mi confesión. Me estás atormentando, porque, sábelo de una vez, tu aventura renueva en mi alma el dolor de un episodio parecido.
CRISTINA.—Doña Eduarda, ¿qué dice usted?
EDUARDA.—Lo que oyes. ¡Qué mujer no tiene su dardo en el corazón!... ¡Ah, esos amores fugitivos, esas poéticas aventuras de unos días, dejando en el alma una huella tan perdurable!... Yo también conocí otro como tu Alfredo. El mío se llamaba Rigoberto. Rigoberto Piñones de Vargas. Como guapo, el Apolo del Belvedere era un Charlot a su lado. Pertenecía a una gran familia valladolisoletana. Tú ya habrás oído hablar de los piñones de Valladolid.
CRISTINA.—Muchísimo; sí, señora.
EDUARDA.—Era tierno, blanco, suave, apasionado, donjuanesco, arrogante..., y, para colmo, me dijo que era militar.
CRISTINA.—¿Pero todo eso sería antes de casarse con el señor Blanco?
EDUARDA.—¡Ah, claro, hija!; eso fue mucho antes de que yo pusiera los ojos en Blanco. ¡Tú no puedes imaginarte cómo idolatré a Rigoberto! ¡Aquello era la enajenación, el arrebato, el traumatismo! ¡Yo también tengo mi noche de luna, mis promesas ardientes murmuradas en un jardín solitario!... Yo también gusté de la miel de un beso furtivo... ¡Ah, Cristina!
CRISTINA.—¡También!
EDUARDA.—También. Me lo dio en la rotonda, en la rotonda de mi casa. ¡Mamá dormitaba, yo confiéme, él incitóme... y, al fin, imprimiómelo! ¡Cuánto adoréle! Pero ¡oh funesta coincidencia!, también el mío, como el tuyo, desapareció un día súbitamente.
CRISTINA.—¿Es posible?
EDUARDA.—Lo que oyes. Y a poco averigüé, aterrada..., que no se llamaba Rigoberto, sino Exuperio; que lo de los Piñones era una superchería y que lo único que tenía de militar era la licencia absoluta y un gorro de cuartel.
CRISTINA.—¡Qué horror!
EDUARDA.—¡Qué horror y qué sacrilegio!
CRISTINA.—¿Sacrilegio?
EDUARDA.—Sacrilegio, sí; porque ¡hay más!...; ¡ pásmate, aquel hombre estudiaba para sacerdote!
CRISTINA.—¡Jesús!
EDUARDA.—Era un ordenado de Epístola, es decir, era un desordenado, porque todo se lo gastaba en juergas. Tuvieron que echarlo del seminario. No te digo más.
CRISTINA.—¡Qué desengaños hay en la vida!
EDUARDA.—Pues ya lo ves; pasó el tiempo, me casé, soy fiel a mi esposo, y, sin embargo, recuerdo tanto a aquel hombre que cuando mi marido dice por ahí que estamos a partir un piñón, me pongo como la grana...
CRISTINA.—¡Lo creo!
EDUARDA.—Vamos, Cristina, vamos hacia el jardín. Necesito aire... Tu relato y mi recuerdo me retraen a rememoraciones que... ¡Ah!...
CRISTINA.—(Cogiendo una margarita que lleva en el pecho.) ¿Volverá? ¿No volverá?... Sí, no...; sí, no... (La va deshojando. Hacen mutis por el jardín.)

ESCENA VII

CARLANCA y CAZORLA, por la segunda derecha; luego, MORRONES, por la primera derecha. CAZORLA, fino, redicho, vestido con humildad, pero pulcramente. Vienen jadeantes, pálidos, consternados. Hablan con agitación, con ira.
CAZORLA.—¡Ay, párate, Carlanca, párate; que no puedo más!
CARLANCA.—Y yo vengo con la lengua fuera; pero déjalo, no le hace que reventemos. ¡Hay que ponerlos sobre aviso, tien que saber la gravedad de la cosa!
CAZORLA.—¿Quién habrá sido el ladrón?
CARLANCA.—¡No sé; pero el que haiga sido, mialas, si no me las paga con su sangre!... Llamemos.
CAZORLA.—¡Ay, qué disgusto más horrible! ¡Ay, en cuanto se entere don Acisclo!...
CARLANCA.—Cae en una aplopejía. ¡Pero ni pa unto va a servir el que tenga la culpa! ¡Lo asesino!... (Llamando.) ¡Ave María Purísima!...
CAZORLA.—¡Ay Carlanca, no llames; que yo no tengo valor pa darles el trago!
CARLANCA.—No hay que perder tiempo. Sería peor. ¡Pero déjate, que al causante, mal rayo si no le clavo la faca en las entrañas!... (Volviendo a llamar.) ¡Alabao sea Dios!
MORRONES. — (Saliendo primera derecha.) ¿Quién?
LOS DOS.—Morrones... (Le coge cada uno de un brazo.)
MORRONES.—¡Señor Cazorla! ¡Carlanca!...
CAZORLA.—¿Y el señor alcalde?
MORRONES.—Pero ¿qué pasa que vienen ustedes más blancos que un papel?...
CAZORLA.—¡Pues pasa que el mundo se nos viene encima!
MORRONES.—¡Mi madre!
CARLANCA.—Que ya puedes ir escogiendo el presidio que te guste más.
MORRONES.—Recontra; ¿pero va en serio?
CAZORLA.—El Evangelio es una chirigota comparao con lo que acabas de oír.
MORRONES.—Pero...
CARLANCA.—Arrea, avisa a don Acisclo y a la seña Cesaria que salgan a escape.
MORRONES.—(Inicia el mutis.) Voy, voy...
CARLANCA.—(Deteniéndole.) ¡Ah, escucha!...; para que no se asuste así, de pronto, dile que no es nada; pero que se traiga el revólver, por si acaso.
CAZORLA.—Eso. Y añádeles que la cosa no tiene importancia; pero que si no está el médico, que lo avisen.
MORRONES.—Bueno. (Va a marcharse.)
CAZORLA.—(Vuelve a detenerlo.) Oye..., y manda, como cosa tuya, que hagan una meaja de tila.
MORRONES.—¿Pa cuántos?
CAZORLA.—Kilo y medio. Arrea. (Vase primera derecha.)
CARLANCA.—¡Pobre don Acisclo!
CAZORLA.—Bueno, y si al decírselo se nos muere, ¿qué hago?
CARLANCA.—Pues en cuanto le veas con síntomas así como pa entierro, te callas.
CAZORLA.—¡Pero, Dios mío! ¿Quién habrá sido el delator?
CARLANCA.—Yo lo sabré y ¡ay de él! ¡Iremos a presidio; pero le rajo! ¡Por de contao!
CAZORLA.—Calla, que salen.

ESCENA VIII

DICHOS, DOÑA CESÁREA y DON ACISCLO, por la primera derecha.
DOÑA CESÁREA.—¿Qué pasa?
DON ACISCLO.—¿Qué ocurre, qué dice Morrones, que dicen ustés...?
DOÑA CESÁREA.—¡Madre, qué caras!
DON ACISCLO.—¿Se nos ha quemao la parva?
DOÑA CESÁREA.—¿S'ha muerto el ganao?
CARLANCA.—¡Peor!
DOÑA CESÁREA.—¡Peor!
DON ACISCLO.—Hablen ustés, que m'ahogo de angustia. ¿Qué es lo que pasa?
CAZORLA.—¡Ay don Acisclo, en diez años que llevo al frente de la secretaría de este Ayuntamiento, nunca le he dado a usted un mal disgusto!
DON ACISCLO.—Sí, bueno, ya lo sé; pero...
CAZORLA.—Cuando se le murió a usted su suegra, pa evitar que usted se afligiese, le dije que era la mía; así yo me hacía la ilusión y usted no se disgustaba.
DOÑA CESÁREA.—(Impaciente.) Bueno; pero ahora, ahora...: ¿qué es lo que pasa ahora?
CARLANCA.—Pues ahora pasa que les tenemos que dar a ustés el desgusto más grande de su vida.
DON ACISCLO.—¡Canastos! ¿Y si es un desgusto, por qué no se lo dan ustés a otro?
CAZORLA.—Es intransferible, don Acisclo; si no a estas horas ya se lo había yo dao al señor cura u a otro amigo de confianza.
DON ACISCLO.—¡Pues venga, venga, por Dios, lo que sea!
DOÑA CESÁREA.—¿De qué se trata?
CAZORLA.—Pues verán ustedes. Estaba yo en el Ayuntamiento, con aquel expediente que me dijo usté que lo estudiase para ver cómo podíamos dejar de resolverlo, cuando en esto llega una carta pa usté, y como usté me tiene autorizao pa abrirlas, la abro, la leo y me caigo redondo.
DON ACISCLO.—¿De quién era?
CARLANCA.—De don Demetrio.
DON ACISCLO.—¿De nuestro antiguo diputao?
CAZORLA.—El mismo. Aquí está.
DON ACISCLO.—¿Y qué dice?
CAZORLA.—Óiganla ustedes, si tienen valor, y juzguen de mi espanto.
Los DOS.—A ver, a ver...
CAZORLA.—(Leyendo.) "Señor don Acisclo Arrambla Pael. Mi querido Acisclo: Si no tienes agua de azahar en casa, no empieces la lectura de esta carta."
DON ACISCLO.—¿Tenemos?
DOÑA CESÁREA.—Creo que sí. Sigue, Cazorla.
CAZORLA.—(Lee.) "Porque tu corazón municipal y patriota va a sufrir el más terrible de los golpes."
DON ACISCLO.—¡Golpes a mí!...
CAZORLA.—(Leyendo.) "Cuando yo tenía vuestra representación en Cortes, tu gestión al frente del Municipio estaba garantizada, pero desde que los otristas me arrebataron el acta, dándosela a ese imbécil de García Moyuelo, que una terrible amenaza se cernía sobre vosotros..."
DOÑA CESÁREA.—¡Amenaza!...
DON ACISCLO.—¡Rediez!
CAZORLA.—(Lee.) "Y esta amenaza va a realizarse al fin."
DON ACISCLO.—¡Pero qué es! ¿Qué amenaza es ésa?
CARLANCA.—¡Tenga usted valor, don Acisclo!
CAZORLA.—(Leyendo.) "A petición de algunos elementos de ese pueblo, García Moyuelo ha solicitado del presidente del Consejo de ministros, enemigo acérrimo del caciquismo, que se envíe un delegado con órdenes severísimas..."
DON ACISCLO.—¡Santo Dios!
CAZORLA.—(Leyendo.) "Para que inspeccione tu gestión administrativa durante los dieciocho años que llevas al frente de ese Municipio."
DON ACISCLO.—(En el colmo del furor.) ¿Investigarme a mí?... ¿Pero quién manda eso?... ¿Pero qué ladrón se va a atrever a eso?...
DOÑA CESÁREA.—Calma, Acisclo, calma, deja que siga. ¡Adelante!...
CAZORLA.—(Lee.) "Aseguran que ese Ayuntamiento es una cueva de ladrones."
DON ACISCLO.—¡Cómo ladrones!... ¿Pero dice ladrones?
CAZORLA.—Con todas sus letras. Mire usté. (Le muestra la carta.)
DON ACISCLO.—(Leyéndolo.) ¡Ladrones nada más!... ¡Digo, nada menos!
CAZORLA.—(Lee.) "El delegado que os envía, hombre enérgico y resuelto, ha prometido al ministro que, o le rendís cuentas hasta el último céntimo, u os trae a Madrid atados codo con codo."
TODOS.—¡Codo con codo!
CAZORLA.—(Leyendo.) "Uno de estos días enviarán al pueblo una sección de la Guardia Civil, para apoyar la gestión del delegado."
DOÑA CESÁREA.—¡Santo Dios!
CARLANCA.—¡La Guardia Civil!
DON ACISCLO.—¡Qué infamia!... (Con sonrisa sarcástica.) ¡No dejarle venir solo!
CAZORLA.—(Leyendo.) "Yo, enterado de la cosa por una confidencia secreta, me he creído en el deber de avisarte para que os preparéis, y como yo sé que tú llevas los libros de una forma especial, como persona que sabe muy bien lo que se lleva, te aconsejo un procedimiento expeditivo: quema los libros o quema el Ayuntamiento."
DON ACISCLO.—¿Y si quemáramos las dos cosas?
CARLANCA.—¡Es una idea!
CAZORLA.—(Leyendo.) "Y por último, vigilad sin descanso. El delegado y su secretario llegarán a ésa de incógnito. Quieren sorprendernos. Quizá estén ya entre vosotros."
MORRONES.—¿Entre nosotros?... (Mira por todos los rincones.)
CAZORLA.—(Acabando de leer.) "Calma y astucia. ¡Maura, no!... Tuyo siempre, Demetrio Sánchez Cunero."
DON ACISCLO.—(En el colmo de la ira.) ¡Ay Cesaria, que me ahogo, que me siento morir!
DOÑA CESÁREA.—¡Ladrones, canallas, granujas!
DON ACISCLO.—¡Quieren mi perdición!... ¡Infames! ¡Asesinos! ¡Treinta y dos años haciendo en este pueblo lo que me ha dao la gana, y no tenerse en cuenta esta antigüedad! ¡Ay, darme agua!... ¡ Me rechinan los dientes! ¡Me retuerzo de coraje! (Le dan convulsiones de ira.)
DOÑA CESÁREA.—¡Por Dios, Acisclo, no te pongas de esa forma!
CARLANCA.—¡Por Dios, señor Alcalde! Calma. Fúmese usted un cigarro. (Se lo da.)
CAZORLA.—Desabrocharlo... hacerle aire.
DON ACISCLO.—¡Investigarme a mí!... ¿Yo codo con codo?... Antes asesino, machaco, trituro, incendio...
DOÑA CESÁREA.—Sujetarlo, que voy a hacerle tila. (Vase por la izquierda.)

ESCENA IX

DICHOS, menos DOÑA CESÁREA.
MORRONES.—¡La Guardia Civil!
DON ACISCLO.—(Aterrado.) ¿Dónde?
MORRONES.—Digo que la Guardia Civil es lo que más me ha ofendío a mí.
CARLANCA.—(Iracundo.) ¡No asustes sin motivo, so animal!
DON ACISCLO.—¡Hay que quemar los libros!
CARLANCA.—Pero si los quemamos, es posible que vayamos a la cárcel.
CAZORLA.—¡Pero si no los quemamos, es seguro!
DON ACISCLO.—¡Sí, hay que incendiarlo, arrasarlo, quemarlo too!... Darme fuego... ¡Yo lo quemo too!... ¡Darme fuego!...
MORRONES.—¡No, por Dios!...
DON ACISCLO.—Darme fuego, hombre, que estoy muy nervioso y quiero fumar.
CAZORLA.—¡Ah, bueno!... (Le dan una cerilla cada uno.)
DON ACISCLO.—¿Hacerme esto a mí?... Yo, que ha llegao una Nochebuena, y capones al ministro, tortas al subsecretario, leña al director general...
CARLANCA.—¡Ya les daría yo capones, pero no de pluma!
CAZORLA.—Bien, dejemos fruslerías; no hay que perder tiempo. Vamos a pensar rápidamente lo que nos conviene hacer.
DON ACISCLO.—Bueno, total: ¿en qué renuncio pueden cogernos?
CARLANCA.—En casi naa.
CAZORLA.—Lo más dudoso es lo de la cárcel. Ya sabe usté que había catorce presos con una consignación de dos pesetas, que en total eran veintiocho diarias. Un día los cogió usté a todos, los dejó en libertad...
DON ACISCLO.—Sí, y me se olvidó suprimir la consignación el primer año... y los demás años, pues pa que no creyesen que había sío de mala fe..., lo fui cobrando y...
CARLANCA.—¡Una distracción cualquiera la tiene, señor!
CAZORLA.—También es grave lo del monte de las Jarillas, que es del procomún, y éste pidió el aprovechamiento que era del pueblo, pa fundar, con el producto, un asilo de ancianos.. Y el aprovechamiento, pues se ha aprovechao; ahora, que el asilo...
DON ACISCLO.—Sí, hombre, sí; que no pue estar uno en too y me distraje...
CARLANCA.—¡Ancianos, ancianos!... ¡Pa lo que van a vivir!...
CAZORLA.—Porque lo de que estén cerradas las escuelas hace ocho años, no creo yo que...
CARLANCA.—¡Eso qué le importa a nenguno!...
DON ACISCLO.—¡Pa qué quie nadie saber leer en este pueblo, si lo único que hay que leer son los rótulos de las calles y cuatro o cinco números atrasados de "La Lidia", que tie el sacristán!...
CAZORLA.—Pues claro, porque yo creo que tengamos sin pagar al médico siete años y doce sin abonar naa a la Diputación, y que los fondos pa enseñanza... y el aprovechamiento de riegos... cuatro tonterías...
CARLANCA.—Too eso, naa... ¡Espuma de virutas, que dijo Maura!
CAZORLA.—¡Y que se vean toos los Ayuntamientos de España, a ver si están mejor!...
DON ACISCLO.—(Con resolución.) Bueno, de toos modos hay que prevenirse. Pa las ocasiones son los hombres. Verán ustés cómo lo arreglo yo too en dos boleos. Morrones.
MORRONES.—Mande usté.
DON ACISCLO.—En ti confío.
MORRONES.—Un perro.
DON ACISCLO.—Márchate inmediatamente y búscame catorce hombres que quieran ir a la cárcel por tres pesetas diarias, con oción a escoger los delitos que más les gusten. Cuasi toos con caras de criminales...
MORRONES.—Está bien.
DON ACISCLO.—En seguía me sacas de donde los haiga nueve ancianos. De ambos sexos los nueve. Y sobre la marcha, sea como sea, te haces con veinticuatro chicos, de los cuales doce u catorce sean chicas.
MORRONES.—Catorce presos, nueve ancianos, veinticuatro chicos; que varias sean chicas... Descuide usté. Dentro e media hora estoy aquí con too el ganao. (Vase por la segunda derecha.)
DON ACISCLO.—Hala..., vuela...
CAZORLA.—Lo malo es que no tenemos ningún chico que sepa leer.
DON ACISCLO.—No importa.
CAZORLA.—¿Y si quieren examinarlos?
DON ACISCLO.—Pues se le dice a la seña Társila la mujer del sacristán, que les enseñe a uno u dos cuatro torías de Historia, cuentas y pamplinas de ésas; les pregunta usté que ande están las montañas de Navarra, y muy brutos tien que ser pa no decirle a usté que en Aragón. Y despachaos.
CARLANCA.—¡Si se pudieran arreglar los libros tan fácilmente!...
DON ACISCLO.—Too se andará; deje usté descansar al macho.

ESCENA X

DON ACISCLO, CARLANCA, CAZORLA y DON RÉGULO, por la segunda derecha.
DON RÉGULO.—(Entrando.) Señor Alcalde... Señores.
DON ACISCLO.—¡Don Régulo!
DON RÉGULO.—Vengo explosivo, la indignación me corroe, me crispa la ira...
DON ACISCLO.—¿Se ha enterao usté?
DON RÉGULO.—De todo. Es una indignidad lo que ese Gobierno centralista y canallesco quiere cometer con nosotros.
CARLANCA.—¡Quieren investigarnos!
CAZORLA.—¡Ajustarnos las cuentas!
DON RÉGULO.—¡Las cuentas!... ¡Jamás mientras yo viva en este pueblo! Un caballero español y cristiano no tolera semejante bochorno.
CAZORLA.—Muy bien.
DON ACISCLO.—Y luego, que aparte de lo de caballero y de lo de cristiano, si se enteran que cobra usté como matrona de consumos, era otro bochorno.
CARLANCA.—¡Desconfiar de nosotros!
DON RÉGULO.—No debemos tolerarlo. Somos los nietos de los Comuneros, y el que tiene en su escudo el león rampante de Castilla y seis rodelas en campo de azur, no se deja investigar.
DON ACISCLO.—¿Y qué haríamos? ¿Usté qué opina?
DON RÉGULO.—Déjenme ustedes a mí. Que venga ese delegado. Ya saben ustedes que yo le pego un tiro a una mosca a veinte metros. Viene, examina los libros y en cuanto haga una multiplicación que no nos convenga le mando los padrinos. Cuestión de honor.
CARLANCA.—¡Eso es ser un caballero!
DON RÉGULO.—A un hidalgo español no hay quien le ajuste nada. Al menor recelo, a la más leve sospecha le cruzo la cara.
CAZORLA.—La verdad es que usté con la pistola en la mano...
DON RÉGULO.—Acuérdense ustedes de mi duelo con Menéndez, el teniente de la Guardia Civil. Se permitió mirar malévolamente a mi Eduarda y le tuvo cojo medio año de un balazo en el peroné.
DON ACISCLO.—Sí, vamos; pero por cosa de mujeres, no...
DON RÉGULO.—(Saca una pistola.) ¿Quieren ustedes que machaque aquella avispa que acaba de pararse en el marco del reloj?
CARLANCA.—No, hombre, por Dios; no hace falta.
DON RÉGULO.—(Se guarda la pistola.) Está bien. Pues ya lo saben ustedes: no hay que intimidarse. Unámonos ante el enemigo común. Unámonos y seremos fuertes. "La force premier que le droit".
CAZORLA.—Eso lo he leído yo en alguna parte.
DON RÉGULO.—En los hongos. Unámonos y podremos hacer lo que nos dé la gana, que es para lo que se une todo el mundo. Aprendamos de las sencillas lecciones de las cosas más nimias. ¿Qué es un grano de arroz por sí solo?... Nada; pero junta usté muchos granos, adiciona un pollo y paella... Pues imitemos el ejemplo del arroz, y uniéndonos como sabrosos granos, no seremos pa ella, pero seremos pa nosotros. La unión "fait la force". De otro hongo.
Los TRES.—Muy bien.
DON RÉGULO.—Y últimamente, para cuando se me acabe la razón, me queda la puntería. Yo soy un caballero, no una cocinera. ¡Yo no me dejo ajustar cuentas!

ESCENA XI

DICHOS y DOÑA CESÁREA, por la izquierda.
DOÑA CESÁREA.—¡Ya están ahí!... ¡Ya han venío, ya han venío!
DON ACISCLO.—¿Quién?
DOÑA CESÁREA.—El delegao y su secretario.
DON ACISCLO.—¿Qué dices?
DOÑA CESÁREA.—¡Lo que oyes!
DON ACISCLO.—¡Mi madre!
DON RÉGULO.—¡Ánimo!
CAZORLA.—¡Lo ve usté!
DOÑA CESÁREA.—Están en el Hotel Anastasia.
DON ACISCLO.—¿Cómo lo sabes?
DOÑA CESÁREA.—Pues por la Jesusa, que mandéla a la fonda ande tiene sirviendo a su sobrina pa que se enterara, y l'han dicho que acaban de llegar dos forasteros. El uno mu bien vestío y más joven, y el otro, ya entrao en años, pero elegante también.
DON RÉGULO.—¡Ellos son!
DOÑA CESÁREA.—A más, ha dao la coincidencia que no haría una hora que estaban en el pueblo esos dos señores cuando han llegao ocho parejas de la Guardia Civil.
CAZORLA.—Pues ya no hay duda.
CARLANCA.—¡La Guardia Civil!
DOÑA CESÁREA.—Y creo que el teniente ha ido en seguida a saludar a los forasteros.
CARLANCA.—No diga usté más. ¡Ellos son!... ¡Codo con codo!...
DON ACISCLO.—¿Y qué señas tienen?
DOÑA CESÁREA.—Pues el delegao creo que es un señor muy delgao, y el que no es delegao también es delgao, pero no tanto. Parece que s'han metío en el cuarto y que tratan de esquivar que la gente los vea.
DON ACISCLO.—¡Ah, traicioneros!
CAZORLA.—¡Quieren cogernos desprevenidos!
DOÑA CESÁREA.—Creo que de que han llegao, han pedío dos jarros de agua. Se supone que pa lavarse.
CARLANCA.—¡Qué raro, lavarse por la tarde!
DOÑA CESÁREA.—La Jesusa ha avertío a la Anastasia, de mi parte, que los vigilen, y allí está de guardia.
DON RÉGULO.—Bien hecho. Y yo, si a ustedes les parece, voy a organizar hábilmente el espionaje, y en cuanto sepa tanto así de interés, vengo a enterarles en un vuelo.
DON ACISCLO.—Bien pensao. Vaya usté a ver qué averigua.
DON RÉGULO.—Hasta ahora.
DOÑA CESÁREA.—Salga usté por la puerta del callejón. (Vanse los dos por la izquierda.)

ESCENA XII

DICHOS y MORRONES, por la segunda derecha.
MORRONES.—Señor Alcalde... (Forman todos un grupo y discuten en voz baja. DON ACISCLO se acerca a MORRONES.)
DON ACISCLO.—¿Has hecho mi encargo?
MORRONES.—Sí, señor.
DON ACISCLO.—¿Traes presos, viejos y niños?
MORRONES,—Traigo una muestra de caa cosa.
DON ACISCLO.—¿Pues?
MORRONES.—Presos no encuentro. Ni por seis pesetas quie ir nadie a la cárcel.
DON ACISCLO.—iQué canallas!... ¡Con las veces que han estao de balde!
MORRONES.—Por fin, he convencío a dos, por nueve pesetas uno con otro, que no sé si servirán pa creminales...
DON ACISCLO.—¡A nueve pesetas la pareja! ¡Cómo se ha puesto too!... ¡Abusones!
MORRONES.—De ancianos tampoco hay abundancia con esto de la gripe; pero verá usté luego lo mejor que he encontrado. Y los chicos me los está recogiendo mi mujer. Le he dicho que los pague a seis pesetas la media docena... Ya tenía nueve cuando me he venío; pero los nueve de ambos sexos, como usté quería.
DON ACISCLO.—Bueno, aguarda ahora, y vosotros venir p'acá. (Los lleva aparte.) Vosotros sois mis pies y mis manos. Tú eres la estucia, tú el valor. Ya estamos solos. Semos hombres. Hay que echar el corazón por la boca. Con esos delegados hay que hacer algo..., pero algo radical, ¿me expreso?
CARLANCA.—Tengo lo mío.
DON ACISCLO.—¿Qué?
CARLANCA.—Cojo la manta y el retaco, me aposto esta noche detrás de una esquina, y... (Acción de disparar.)
DON ACISCLO.—¡Chis! Esos procedimientos son mu antiguaos.
CARLANCA.—Mu antiguaos, pero de "requiescat in pace".
DON ACISCLO.—Otra cosa, otra más... (Pensando.) ¡Más de ahora!
CARLANCA.—¿Y meterles un perro rabioso en el cuarto de la fonda?
DON ACISCLO.—Hombre, eso no me acaba a mí de disgustar; tie cierta novedá y no cae en el Código.
CAZORLA.—No cae, pero tropieza. Abandonemos lo delictivo, señor alcalde. ¡Yo, yo tengo el único procedimiento!
DON ACISCLO.—Venga.
CAZORLA.—No nos engañemos; si esos hombres investigan de veras, vamos a la cárcel. De forma que yo que usted, lo que hacía era sobornarlos. Esto es vulgar, pero seguro. Dinero..., agasajos..., obsequios..., discursos..., músicas, cohetes, comidas...
DON ACISCLO.—Ties razón... es lo más prudente. CAZORLA.—Que les conviene el unto y se van..., ¡vayan con Dios! A enemigo que huye... usted lo pase bien. ¡Que no se van..., ahí de mi ingenio!
DON ACISCLO.—¿Qué piensas?
CAZORLA.—Es mi secreto. Pero si no se van, yo les juro a ustedes que buscaré quien les haga marcharse a uña de caballo, dejándose aquí el dinero que les haya usted dado, los obsequios y quizá la piel; y todo sin responsabilidad nuestra.
DON ACISCLO.—¿De veras?
CAZORLA.—¡Palabra! ¡Me juego la vida! ¡Por éstas! ¡Ya lo tengo medio maquinao!
DON ACISCLO.—¡Eres mu grande, Cazorla! ¡Digno de mí!
CARLANCA.—¡Qué hombre! ¡Y no tener una mala condecoración!
DON ACISCLO.—Deja, que too se andará.

ESCENA XIII

DICHOS y DON RÉGULO, por la segunda derecha.
DON RÉGULO.—Señores..., señores...
DON ACISCLO.—¿Qué pasa?
DON RÉGULO.—¡El delegao que viene!
Los TRES.—¡Que viene!
DON RÉGULO.—Que viene hacia aquí. Preguntó en la fonda las señas de usted, y él y su secretario se dirigen a esta casa.
DON ACISCLO.—Pos hay que prepararse. Voy a arreglarme un poco. (Llamando.) ¡Morrones!
MORRONES.—(Del huerto.) Mande usté.
DON ACISCLO.—Ahí tenemos a esos tíos... aguárdalos aquí y me pasas el recao... (Suena una campanilla.)
DON RÉGULO.—Ya están ahí, ya están ahí.
DON ACISCLO.—Toos dentro. Que esperen.
CAZORLA.—Dinero, amabilidad, agasajos..., ¡y luego!... (Gesto malicioso.)
DON ACISCLO.—Sé lo que hay que hacer, descuida... Adentro. (Vanse los cuatro por la primera derecha.)

ESCENA XIV

MORRONES, PEPE OJEDA y ALFREDO.
PEPE.—(Asomando por la segunda derecha.) ¿Da vuecencia su permiso?
MORRONES.—Pasen ustés alante.
ALFREDO.—Felices y municipales.
PEPE.—¿Tengo el honor de estrechar la diestra (Le da la mano.) del señor alcalde de este excelentísimo...?
MORRONES.—No, señor; soy el alguacil, Ustaquio Morrones, pa servir a usté y la compaña...
PEPE.—¡Hombre, Morrones!...
MORRONES.—Sí, señor.
PEPE.—¡Ya decía yo que usted me parecía algo municipal! ¿En qué Ayuntamiento no hay morrones?
MORRONES.—(Muy sonriente.) Sí, señor, sí...
PEPE.—Pues nosotros deseábamos entrevistarnos con el señor alcalde de esta muy noble, muy invicta, muy leal y muy calurosa villa. ¡Porque cuidado que hace aquí calor, mi estimable y discreto alguacil!
ALFREDO.—¡Y cuánta mosca tienen ustedes, caramba!
MORRONES.—¿Usted ve que hay tantas?... ¡Pues cuasi toas son nacías en el pueblo!
PEPE.—¡Claro, las forasteras no tienen sitio!
MORRONES.—Poco.
PEPE.—Pues si usted nos hiciera el obsequio de avisar al señor alcalde... y decir que deseamos...
MORRONES.—Con muchísimo gusto. Aguarden ustés unas miajas. (Se va por la primera derecha, después de hacer una gran reverencia.)

ESCENA XV

PEPE OJEDA y ALFREDO.
ALFREDO.—¡Ay, tío! Estoy que no respiro.
PEPE.— ¡Por Dios, Alfredo, cálmate, que tienes una cara de asustado que va a comprometernos!
ALFREDO.—Es que si esto nos sale mal...
PEPE.— ¡Qué va a salirnos!
ALFREDO.—Estoy temblando.
PEPE.—Confía en mí. Ya no es hora de retroceder. ¡Adelante! "Audaces fortuna juvat."
ALFREDO.—Sí, pero ahora que me veo aquí, tengo un pánico...
PEPE.—Además, ¿tú no me has asegurao que la chica te quiere?
ALFREDO.—Hombre, yo creo que sí...
PEPE.—¿Entonces...?
ALFREDO.—Pero es que tengo entendido que ese don Acisclo es una mala bestia, y en cuanto averigüe que soy un pelafustán, sin dos reales, que vengo con la pretensión de casarme con su sobrina, que es muy rica, según mis referencias... ¡Yo creo que nos mete en la cárcel!...
PEPE.—¡En la cárcel! ¡No cabemos!... Ya te he dicho que confíes en mí. Para algo te acompaño. Con que la chica te quiera, que ella te quiere, tuya ha de ser, haga el tío cuanto se le antoje.
ALFREDO.—Es que a mí, se lo juro a usted, me molesta sobre todas las cosas la idea de que nadie pudiera imaginar que es una codicia vergonzosa la que me impulsa a esta aventura. Yo quiero a esa muchacha porque es bonita, porque es sencilla, porque es buena. Su recuerdo es una alegría en mi corazón. Nada me importa lo que tenga, ni para nada pensé en su dinero, hasta el punto que lo único que me aflige y me asusta ahora es que alguien, y aun quizá ella misma, pudiera creer que soy un señorito tramposo que viene a explotar la candidez y el amor de una muchacha de pueblo para salvarse con su fortuna. No, eso no, tío, ¡eso no lo quiero!
PEPE.—¡Poco a poco, Alfredito!... Es que esa indignidad tampoco la apadrinaría yo. Tu limpio linaje no cede al mío en limpieza; que si la Cerda fue tu familia, la Cerda fue la mía. ¡Quieres nada más limpio! Ahora que yo he venido aquí acompañándote porque considero necesario subrayar tu romántico amor con una línea sutil de practicismo; porque yo entiendo que tú eres tan rico como la muchacha.
ALFREDO.—¿Yo?
PEPE.—Sí, señor, tú. Porque en los tiempos que corremos todo hay que capitalizarlo. Y a la fortuna de la chica yo opongo la tuya, no menos grande.
ALFREDO.—¿Pero que está usted diciendo?
PEPE.—Una realidad como un rascacielos; porque si don Acisclo administra a esa bella joven fincas urbanas, predios rústicos y sumas en metálico, es decir, una fortuna sustantiva, yo en cambio administro lo que pudiera llamarse tu fortuna estética, es decir, tu figura arrogante, tu belleza masculina...
ALFREDO.—¡Tío!
PEPE.—Tu belleza masculina, que estamos solos; aunque esto te lo digo yo a ti en la plaza de toros, si se tercia. Tus atractivos personales, tu juventud, tu simpatía, tu elegancia.
ALFREDO.—¡Pero, tío!...
PEPE.—Elegancia. Porque no tiene nada que ver que no hayas pagado el traje. Y todas estas prendas que se manifiestan en ti, constituyendo un tesoro interno, externo y aun medio pensionista..., ¿no son nada?
ALFREDO.—Por Dios, tío, ¡eso son fantasías!
PEPE.—¡Cómo fantasías! Tu fortuna es tan positiva como la de ella y más privilegiada. ¡La belleza es la gloria de los dioses! Veinticinco mil pesetas las tiene cualquiera. Una mirada dulce, horadante y revoloteadora es privilegio de los elegidos... El bello Narciso, Paris, Ulises, tú, La Cierva y dos o tres más... ¡De modo que estamos a ellas!
ALFREDO.—Bueno; pero si tú le dices al tío todo eso...
PEPE.—¡Ah, no; eso, no! No soy tan indiscreto. Al tío le diré lo que nos dijo Menéndez: que venimos a adquirir una gran finca rústica para la implantación de un enorme negocio de avicultura, ideado por mí, y que consiste en la cruza de loros con palomas mensajeras, con el fin de que éstas puedan dar los recados de palabra.
ALFREDO.—Eso es.
PEPE.—Y que queremos establecer aquí grandes criaderos lorocolombófilos. Mientras, tú te pones al habla con la chica..., y veremos lo que se presenta.
ALFREDO.—Bueno, es que yo pienso que, como no tenemos un real, si no podemos pagar la fonda, pues dentro de dos días...
PEPE.—Chis. No te importe. Todo se resolverá. El acaso no desatiende a los bienintencionados.
ALFREDO.—Y diga usted, tío: ¿no hubiese sido mejor lo que yo me proponía? Haber solicitado una ocupación, tener trabajo y luego haber venido...
PEPE.—¡Por Dios, Alfredo!... ¡Trabajar!... ¡No insistas, caramba! No me hables a mí de trabajo. Nada de propósitos antiprogresivos. Fíjate en las aspiraciones del proletariado universal. Ahí tienes las "trade unions" de Inglaterra, los "sein feiner", los "forein besteblat". "L'internationel" y todas las grandes actividades societarias; todas las grandes masas obreras uniéndose para no hacer nada o para hacer lo menos posible... ¿Y vamos ahora nosotros (hombres cultos) a volver la cara a las corrientes modernas?... ¡De ningún modo!... ¡Trabajo, no!
ALFREDO.—Sí, bueno, tío; pero es que si no trabajamos...
PEPE.—Tú observa cómo a medida que la gente es más progresiva y más culta, ¡quiere trabajar menos y ganar más!... Pues bien, yo, absolutamente identificado con este noble propósito societario, pretendo ir de un salto a su absoluta consecución. Yo no trabajaré ni
tanto así hasta que se logre la triplicación de los sueldos y la supresión total del trabajo. ¡Porque si te dan mucho dinero y no te dan tiempo para gastártelo, qué haces! ¡Viene el desequilibrio anunciado por los marxianistas..., y eso, no! Yo no quiero la grave responsabilidad de volver la cara a los grandes ideales humanos. ¡Nada de trabajo!... De modo que... (Se escucha rumor de voces femeninas en el huerto.)
ALFREDO.—¡Calle usted, por Dios! 
PEPE.—¿Pues?...
ALFREDO.—¡Ella..., parece su voz! (Va a mirar.) ¡Sí, es ella!... Viene, se acerca...
CRISTINA.—(Dentro.) ¡Por aquí, venga usted por aquí!... (Entra y queda muda de estupor al ver a ALFREDO.) ¡Ah! ¡Alfredo!
ALFREDO.—¡Cristina! (La abraza apasionadamente.)
EDUARDA.—(Entrando.) ¿Pero con quién hablas?
CRISTINA.—¡Él!
EDUARDA.—¡Oh!
PEPE.—(A EDUARDA.) ¡Señora!...
EDUARDA.—(Mirándole con fijeza y estupor, que se resuelve en una tremenda exclamación de sorpresa.) ¡Ah!... ¡Tú!
PEPE.—¡Eduarda!
EDUARDA.—¡El ordenado!... (Quedan juntas. Ellos se separan.)

ESCENA XVI

DICHOS, DON ACISCLO, DOÑA CESÁREA, DON RÉGULO, CAZORLA, CARLANCA y MORRONES, por la primera derecha.
DON ACISCLO.—(Con traje de fiesta. Muy grave.) Señores...
PEPE.—Señor alcalde... Perdone usted que respetuosamente me presente yo solo... José María de Ojeda... (Señalando a ALFREDO.) Mi...
DON ACISCLO.—Mucho gusto; pero no hace falta. Sabemos quiénes son ustedes y a lo que vienen.
PEPE.—(Con gran sorpresa.) ¿A lo que venimos?
ALFREDO.—(Ídem.) ¿Saben ustedes a lo que venimos?
DON ACISCLO.—Ce por be.
PEPE.—¡Por be! (Aparte, a ALFREDO.) ¡Ay Alfredo, que dice por be!
ALFREDO.—(Aparte, a PEPE.) Nos meten en la cárcel.
PEPE.—(Ídem.) Y nos reciben en comisión. (Alto.) Entonces, si nos permitiera usted explicarnos...
DON ACISCLO.—Ni una palabra. Sé cómo hay que tratar ciertas cosas, y en esta casa no tendríamos libertad para expresarnos...
PEPE.—Sin embargo, yo...
DON ACISCLO.—(Categórico.) De forma, que ustedes se vuelven a la fonda, descansan y esperan mi visita.
PEPE.—Señor alcalde, yo, a pesar de lo que usted ordena, quisiera merecer...
DON ACISCLO.—Morrones..., acompáñalos a la fonda; que los pongan en el salón prencipal, el mobiliario de lujo...
ALFREDO.—(Aparte.) ¡Atiza!
DON ACISCLO.—Un retrato del rey.
PEPE.—¡Hasta su majestad!... ¡Caramba, señor alcalde; pero tanto honor...!
DON ACISCLO.—¡Café, puro y copa después de las comidas!...
PEPE.—¡Pero, señor alcalde..., puro y copa!
DON ACISCLO.—¡Y mondadientes; pero sin estrenar!... Todo por mi cuenta.
PEPE.—(Aparte, a ALFREDO.) ¡Por su cuenta!... ¿Has oído?, ¡por su cuenta!
ALFREDO.—Bueno; por todas estas distinciones...
DON ACISCLO.—Las que ustés se merecen. ¡Conque a la fonda!
ALFREDO.—Pero... DON ACISCLO.—¡A la fonda!
PEPE.—(Aparte, a ALFREDO.) En fin, déjalo. Él sabrá por qué lo hace... (Alto.) ¡A la fonda! ¡Respetuosos servidores!... (Saludando.) Señora, señores, señorita; señores...
ALFREDO.—(Ídem.) Señorita, señora, señores; señora...
PEPE.—Alguacil... (Reverencias a todos.)
MORRONES.—No; yo voy con ustés...
PEPE.—¡Ah, sí; es verdad!... ¡Mis cordiales saludos a todos!...
DON ACISCLO.—(A MORRONES.) ¡Ah, y que les pongan plato de dulce jueves y domingos!...
PEPE.—¡Por Dios, es demasiado!... Basta con los domingos.
DON ACISCLO.—¡Jueves y domingos!
PEPE.—Nada, nada; ¡jueves y domingos! ¡Señor alcalde, esa amable exageración repostera es que me diluye en gratitud!... ¡Mis más rendidas cortesías!... ¡Señora..., señores..., señorita...; Señora!...
ALFREDO.—(Aparte, a OJEDA.) ¡Pero este tío!...
PEPE.—(Aparte.) Bueno, este alcalde lo rifas a cinco duros la papeleta y te las quitan de las manos... ¡Esto es una joya municipal! (Alto.) Señores...
ALFREDO.—Señoras... (Vanse.)
DON ACISCLO.—(A CRISTINA.) Cristina..., ¡ven aquí!
CRISTINA.—¡Tío!
DON ACISCLO.—(La coge de la mano.) ¡Si quieres salvar a tu tío, si quieres salvar al pueblo que te ha visto nacer..., enamora a ese joven!
CRISTINA.—(En el colmo del estupor.) ¡Tío!...
DON ACISCLO.—¡Enamora a ese joven!

T E L Ó N

ACTO SEGUNDO

Sala en el Hotel Anastasia. Puerta de entrada a la izquierda. Dos a la derecha. Al fondo, dos balcones que dan a la calle, con puertas vidrieras. Por ellos se ven un balcón y una ventana de la casa de enfrente. El balcón tiene un letrero que dice: CÍRCULO DE LA AMISTAD. Es practicable, así como la ventana.

ESCENA PRIMERA

ANASTASIA, MELITONA, EUSTAQUIO y MORRONES. Dirigidos por ANASTASIA, MELITONA y EUSTAQUIO cambian la sillería vieja de cretona, que adornaba la sala, por otra no menos antigua y deteriorada, pero de damasco o de algo semejante que suponga un mayor lujo; así como las cortinas que hay ante las puertas las sustituyen por otras más lujosas. Añaden, además, los muebles, adornos y utensilios que en el diálogo se indican. Al empezar el acto EUSTAQUIO está subido en una escalerilla, acabando de colocar una cortina en sustitución de otra.
MELITONA pone unas sillas y quita otras. ANASTASIA pasa el plumero a unos cuadros que deben ser colocados.
MORRONES.—¿De moo y manera que s'ha enterao usté de too?
ANASTASIA.—Que sí, hombre, que sí. Y le ices a don Acisclo que too s'hará y como lo que él tie mandao. [Y que se tratará a esos señores mismamente como si fuan dos príncipes.]
MORRONES.—Sí, señora; porque lo que él me tie dicho fue que me dijo, dice: "Pos ándate corriendo y le dices a la seña Anastasia que a esos dos señores forasteros pues y que les ponga a su disposición la sala prencipal con toos los muebles de lujo."
ANASTASIA.—Pos ya lo estás viendo: el espejo dorao, la cómoda e mármol y la sillería buena: que no siendo al obispo, no dejo sentar a naide.
MORRONES.—Y me añadió que les pusiese usté un retrato del rey en la sala, la mecedora menos derregá, endredones, alfombra pal suelo y escupidera.
EUSTAQUIO.—¡Atiza!
MORRONES.—Y dos toallas ca uno... ¡Cosa que no comprendo pa qué!
MELITONA.—Una pa ca mano será.
ANASTASIA.—Pero oye tú, Morrones...: ¿pero quién serán esos dos presonajes pa tanto ringorrango?
MORRONES.—¡Yo no lo sé; [pero va usté a sabe quién serán!
MELITONA.—Tú lo sabes.
MORRONES.—Que no, palabra.
ANASTASIA.—Y bien que lo sabes, sino que eres más secreto que un candao.
MORRONES.—Que no, señora, y que no lo sé; que si lo supiera, lo i cía.]
EUSTAQUIO.—¿Ni te lo feguras?
MORRONES.—Ni por ensoñación.
MELITONA.—Pos tie que ser gente mu gorda, porque pa puneles escupiera, carcúlate...
ANASTASIA.—Como que aquí no se l'ha puesto a naidie, no siendo a un deputao que vino, que le gustaba echar toas las colillas en el mesmo sitio. ¡Mía que es tontería!
[MELITONA.—(Riendo.) ¡Se ven unas cosas!...]
MORRONES.—Yo lo único que pueo deciles a ustés, de tes pa intrenós, es que pa mí esas presonas son dos presonas que pican muy alto, ¡pero muy alto!
MELITONA.—Pos si pican muy alto, yo les quitaba el retrato e Joselito.
ANASTASIA.—Eso voy a hacer, porque toreros pa presonajes no me hace.
MELITONA.—Y digo yo que éste tendrá que serví a la mesa con el "mokin" y guantes.
ANASTASIA.—Natural.
EUSTAQUIO.—"Mokin" tengo; es corto; pero es "mokin". Ahora, que los guantes son de cuando hice el servicio, y a más de ser verdes, pues les faltan dos deos, que se los corté este invierno cuando tuve sabañones. De moo que pa mí, que los guantes no están a la altura de esos señores.
ANASTASIA.—Hombre, claro, si les faltan dos deos...
MORRONES.—¡Ah! Y una avertencia que me ha hecho el señó alcalde pa ti, Melitona.
MELITONA.—¿Pa mí?
MORRONES.—Que si entras a servirles a esos señores pa cualisquier cosa que te llamen y te dieran un abrazo, pos que te aguantes.
MELITONA.—¿Y por qué me tengo que aguantar que me abracen?
MORRONES.—¡Pues porque es como un servicio del Estao!
ANASTASIA.—Naturalmente; una cosa que te manda el municipio, no vayas a hacer lo que haces con toos; que largas más guantás, que los primeros ocho días paece y que tien erisipela.
MELITONA.—Pos a ver si una se va a dejar que la abracen.
MORRONES.—Güeno; pero tú reflexiona que en esta ocasión te dejas dar un abrazo y es un mérito que haces p'al Ayuntamiento.
ANASTASIA.—Hay cosas mu serias y ésta no se hace cargo. Cómo será de arisca, que ca vez que vienen señores formales, como jueces u canónigos, u cosa así, la tengo que bajar al entresuelo; porque, claro, en esas presonas cualisquier hinchazón es más notao.
MORRONES.—¡La juventú y que no mira na!... ¿De moo y manera que estamos entendíos?
ANASTASIA.—Dile al señó alcalde que s'hará too a su satifación.
MORRONES.—Pos tanto gusto y d'aquí a otro ratejo.
ANASTASIA.—Adiós, Morrones, y que te vaya bien.
MORRONES.—(A MELITONA.) Y ya lo sabes, si t'hacen así... (La abraza.) u así... (Le da un pechugón.)
MELITONA.—(Dándole una bofetada.) ¿Que no haga así?
MORRONES.—(Tanteándose las muelas a ver si se le mueven.) Justo.
MELITONA.—Descuida. (Vase MORRONES por la izquierda.)

ESCENA II

ANASTASIA, MELITONA y EUSTAQUIO.
EUSTAQUIO.—(Extendiendo una alfombra.) Pero, ¡madre mía!..., ¿quién serán esos dos presonajes?... ¡Yo estoy loco!...
[ANASTASIA.—¡Pa mandá el señó alcalde lo que ha mandao, y por su cuenta, carcúlate! Ahora, que yo no me queo con las ganas de sabelo.
MELITONA.—Ni yo. Tenemos que hacer lo que haiga que hacer para averigualo.
EUSTAQUIO.—Y malo será que entrambas...]
ANASTASIA.—Yo tengo un estinto que de que allega uno, a la media hora ya sé si es melitar u comisionista y empleao.
MELITONA.—¿Y en qué lo conoce usté?
ANASTASIA.—Pos unas veces en que me lo icen ellos y otras en que se lo pregunto yo.
EUSTAQUIO.—Perespicacia que hay.
ANASTASIA.—Pero con éstos m'ha fallao. Callarse, que me paece que ya los oigo.
MELITONA.—(Va a la puerta y mira.) Sí, ellos son.
ANASTASIA.—Mucho cumplimiento, ¿eh?

ESCENA III

DICHOS, PEPE OJEDA y ALFREDO, por la izquierda.
ALFREDO Y PEPE.—(Pequeño saludo.) ¡Señora!
ANASTASIA.—¡Excelentísimos señoresl (Exagerada reverencia, en la que le acompañan EUSTAQUIO y MELITONA.)
PEPE.—Ya nos han dicho abajo que hemos sido trasladados de cuarto, ¿es cierto?
ANASTASIA.—Por orden del señó alcalde; sí, señor; excelentísimo señor. (Reverencia de los tres.)
ALFREDO.—(Aparte.) Sigue mi perplejidad.
ANASTASIA.—El señó Ayuntamiento ha ordenado que se les pusiá a los excelentísimos señores en la sala prencipal, como corresponde al rango de presonas tan prencipales. (Reverencia de los tres.)
EUSTAQUIO.—¡Excelentísimos señores!
PEPE.—(Aparte, por EUSTAQUIO.) Ese animal se va a dejar las narices en el suelo.
ANASTASIA.—Sí, señor; aquí tenemos dos alcobas mu aparentes pa los señores. (Reverencia.)
EUSTAQUIO.—Una pa caa uno... (Reverencia.)
PEPE.—Admirable.
ANASTASIA.—Y la sala, como ven los excelentísimos señores, tiene dos balcones, que son esos que dan a la calle, pa cuando se quian asomar.
MELITONA.—La calle está abajo. (Reverencia.)
ANASTASIA.—Y enfrentito tien los señores el Casino.
PEPE.—Verdaderamente panorámico.
ALFREDO.—Círculo de la Amistad... Muy bien.
MELITONA.—Sí, señor. Pero aquí, en el pueblo, le llaman La Escorpionera.
PEPE.—Un delicado humorismo.
ALFREDO.—¿Y nuestro equipaje?
MELITONA.—Ya lo tiene el excelentísimo señorito en su cuarto. (Se lo indica.)
ALFREDO.—¡Ah, pues con permiso!... (Entra en el primero.)
EUSTAQUIO.—Y vosotros ya sus podéis retirar si no sus manda naa el excelentísimo señor.
PEPE.—Nada, nada... Muchas gracias.
EUSTAQUIO.—Servidor. (Reverencia.)
MELITONA.—Servidora. (Otra reverencia.)
PEPE.—Por Dios, criatura; que te vas a caer.
MELITONA.—No le hace.
[PEPE.—(Aparte.) ¡Vaya una postal! ¡Qué colores! (Alto.) Eres una tricomía.
MELITONA.—¿Qué dice el señor?
PEPE.—¡Que tricomía!
MELITONA.—¡Ay, qué señor; que micomía! (Vase por la izquierda.)]

ESCENA IV

ANASTASIA y PEPE OJEDA.
ANASTASIA.—(Que queda recogiendo plumeros y paños de limpieza.) Y qué, ¿le gusta al excelentísimo señor cómo ha quedao la sala?
PEPE.—Señora, el salón de Gasparini es la garita de un centinela comparado con esto. ¡Verdaderamente suntuosos! (Aparte.) Si yo pudiera sacarle a esta señora por qué nos agasajan de esta forma.
ANASTASIA.—(Aparte.) ¡Cómo le sacaría yo quién es!
PEPE.—Ahora, que lo que yo deploro vivísimamente es haber venido a producir a ustedes esta molesta suntuaria, ese trasiego ornamental...
ANASTASIA.—No, señor; no faltaría otra cosa. Muchísimo gusto. Lo que ustés se merecen y naa más.
PEPE.—¡Oh! No diga usted eso; tanto agasajo nosotros, dos personas tan...
ANASTASIA.—Y una lo que siente es no haber sabío antes lo que eran ustés.
PEPE.—¡Oh, eso, no; por Dios! ¿Pero qué es lo que somos nosotros, diga usted?... ¡Haga usted el favor de decírmelo! ¿Qué somos nosotros?...
ANASTASIA.—¡Toma, pues menúo!... Digo... ¡Nada! ¡Una friolera!... ¿Y por qué no han querío ustés decirlo al llegar?
PEPE.—Pues no lo hemos querido decir, porque francamente..., porque no lo sabíamos que aquí se nos estimase de manera tan halagüeña.
ANASTASIA.—Aquí crea el señor que, aunque esto es un humilde pueblo, se sabe tratar a las presonas de categoría, como son los excelentísimos señores. (Aparte.) Voy a ver si son melitares. (Alto.) ¿Y ustés de qué son?
PEPE.—(Palpándose con asombro.) ¿Cómo que de qué somos?...
(Aparte.) ¿Nos habrán tomado por dos Sajonias?
ANASTASIA.—Sí; ¿qué de qué son?
PEPE.—Pues somos de arcilla mortal perecedera, señora.
ANASTASIA.—¡Sí, sí; arcilla!... [¡Que me lo va usté a hacer de creer! ¡Usté es una presona mu gorda!
PEPE.—¿Yo?
ANASTASIA.—¡Pero mu gorda!
PEPE.—Cincuenta y ocho kilos cuatrocientos gramos, señora. Ya ve usted que la cosa no...
ANASTASIA.—Sí, sí; ya, ya...] (Aparte.) No se lo saco, es muy ladino. (Alto.) Pos naa, cualquier cosa que les ocurra a los señores no tie el señor más que poner el deo ahí (Indicando el botón de un timbre.) y apretar pa dentro y aluego dar dos palmás por si no suena, que casi nunca suena, y en seguía venimos, cuando lo oímos.
PEPE.—Sí, señora; muchas gracias.
ANASTASIA.—Y del reló tampoco hagan caso los señores, y de que sienta el señor que dan las once, me lo viene usté a icir, que yo le diré la hora que es. Que este reló no lo entiende más que servidora.
PEPE.—Descuide usté, que por nosotros puede apuntar lo que quiera.
ANASTASIA.—Ah, y en la meceora siéntese usté con cuidao, que renguea del lao derecho; que vino un ministro una vez, y esos ministros se columpian de una forma que too lo esgualdramillan.
PEPE.—Sí, señora; que se dan mucho aire.
ANASTASIA.—Conque a la excelentísima disposición de usté, y ustés desimulen, porque si sé yo lo que son ustés, a cualisquier hora les pongo esta mañana como les he puesto en el almuerzo atún en escabeche; ¡m'ha dao una rabia !... (Vase, por la izquierda, haciendo reverencias.)
[PEPE.—Bueno; yo confieso que desde que he llegado a casa del alcalde, la perplejidad está a punto de sumirme en la idiotez. Yo no me explico lo que nos sucede. Yo no entiendo por quién nos toman o con quién nos confunden...; porque yo tengo cierto parecido con Lloyd George; pero, caramba, a la legua se conoce que no hablo en inglés.]

ESCENA V

PEPE OJEDA y ALFREDO, por la primera derecha.
ALFREDO.—¡Bueno, tío, tenemos unas alcobas... [que estupefaccionan... ¡Qué camas!...! ¡Cinco mantas en cada una!
PEPE.—¡Caracoles!... ¡Cinco mantas!... Oye: ¿no será una ironía alusiva a la frescura de que nos consideran poseídos?
ALFREDO.—Hombre, no lo creo.] ¿Y usted ha sacado algo en limpio de esa señora?...
PEPE.—Absolutamente nada. [Sigo agitándome en el caos, Alfredo. He tratado de sonsacarla con cierta habilidad, y lo único que me ha dicho de un modo concreto es que si ella sabe quiénes somos, esta mañana no nos da escabeche. De lo que he deducido que nos suponen dos personas a las que no se las puede escabechar, y esto ya es un buen síntoma.]
ALFREDO.—Pues yo le declaro a usted, tío, que me encuentro sumido en la confusión más absoluta. [Cada hora que pasa es mayor mi sorpresa. Cuando creíamos que nos iban a recibir de un modo hostil y agresivo, nos colman de atenciones, nos anegan en lujo.]
PEPE.—Nos recomiendan para una mesa luculesca y nos lo sufragan todo, que es lo verdaderamente inaudito.
ALFREDO.—Bueno, ¿y usted a qué atribuye esto?
PEPE.—Pues yo atribuyo esto a dos cosas: o a enajenación mental complicada con delirio despilfarrante por parte de don Acisclo o a que ese tío se ha enterao de tus pretensiones y se trae la táctica de colmarnos de agasajos e ir de obsequio en obsequio hasta favorecernos con dos billetes de vuelta para la corte, con el fin de que nos restituyamos con una celeridad cicloniana a la calle de Argumosa, cuarenta y cinco, abandonando tus pretensiones a la mano de su opulenta sobrina.
ALFREDO.—Tiene usted razón; es muy posible que sea eso.
PEPE.—Es casi seguro. ¡Como esta gente es tan pérfida!...
ALFREDO.—¡Ah, pues sería vano su propósito!... ¡Renunciar yo a Cristina!... ¡Jamás! ¿Ha visto usted qué encanto de criatura, tío?
PEPE.—Eso no es criatura; eso es meter la mano en el saco de una tómbola y que te toque la Venus de Milo. ¡Qué suerte tienes!
ALFREDO.—Bueno, y esa señora que estaba con ella y que ha dado un grito gutural al verle a usted... ¿Quién es?... Porque también eso me ha sorprendido.
PEPE.—¿Que quién es?... ¡Calla, hombre, que no he caído al suelo al verla porque no había alfombra; que si no, pierdo el conocimiento!
ALFREDO.—¿Pero la conoce usted?
PEPE.—¡Una ex víctima! De esto haría ya cinco lustros... Yo habitaba en la calle de los Tres Peces; ella era mi vecina. Un día se asomó a la ventana, hice así (Un revuelo de ojos.), la incendié y aún le queda rescoldo; estoy seguro.
ALFREDO.—¿Y esa señora es casada?
PEPE.—Lo ignoro; pero de todas formas puede sernos de gran utilidad en el desenvolvimiento de los sucesos que nos aguardan.
ALFREDO.—Sobre todo, por ser amiga de Cristina.
PEPE.—En fin, pronto saldremos de dudas. El alcalde nos ha anunciado su inmediata visita. Esperemos.
ALFREDO.—Sí, esperemos. (Pasea. Dan las tres en el reloj.) Las tres.
PEPE.—No... No hagas caso del reloj hasta que se lo consultemos a la dueña del hotel. (Deteniéndole.) Ni te sientes en la mecedora hasta que ella te diga cómo tienes que columpiarte.
ALFREDO.—¡Es curioso!
PEPE.—Ya me ha dicho que me dará un cuaderno con instrucciones para usar el mobiliario sin peligro.
ALFREDO.— Verdaderamente en estos tristes pueblos españoles todo es extraño, temeroso, desconcertante...
PEPE.—Porque todo es viejo, solapado, sin sentido renovador... Muebles y personas... ¡Todo tiene un misterio, un secreto, una mácula!...
ALFREDO.—Cierto; sí, señor; certísimo; tan cierto, que yo, que deseo ardientemente la visita de don Acisclo, al mismo tiempo temo, no sé por qué, que el enigma se aclare. (Dan golpes como llamando en la puerta izquierda.)
PEPE.—Calla. (Alto.) ¿Quién?

ESCENA VI

DICHOS, EUSTAQUIO y MELITONA.
EUSTAQUIO.—¿Dan los excelentísimos señores su permiso?
PEPE.—Adelante quien sea. (Entran EUSTAQUIO con cuatro pollos, unas largas ristras de chorizos y dos jamones, y MELITONA con otros dos jamones, dos barriles de aceitunas, una orza de arrope y tres o cuatro quesos.)
EUSTAQUIO.—Pasa, Melitona. (Entran los dos.) Pos los señores dirán aónde y cómo quieren que dejemos too esto.
ALFREDO.—¿Cómo todo eso?
PEPE.—¿Pero qué es eso?
MELITONA.—Pos cuatro pollos, seis ristras de unas longanizas que aquí llamamos fritangueras, cuatro jamones, aceitunas, arrope y, además...
ALFREDO.—Bueno: ¿pero todo eso...?
MELITONA.—Too eso es un regalo pa los excelentísimos señores.
PEPE.—¿Un regalo para nosotros?...
EUSTAQUIO.—Sí, señor; too esto lo ha traído el tío Mangola y el señó Aniceto con una carta, aquí presente... (La saca de la faja y se la da.)
PEPE.—¡Qué raro!... Veamos... (Lee.) "Excelentísimo señor don José María de Ojeda: Al saber por Nemesio Ullares, alias Carlanca, la llegada de vuecencia, dos humildes y fieles servidores le quien significar con este pobre obsequio su gran respeto y simpatía. Somos contratistas del mercao. Servidores de usté pa too lo que sea menester en cuerpo y alma. Que se lo coman con salú y a mandar a estos sus humildes servidores, Calixto Mangola, Aniceto Barranco. Las longanizas son de confianza." Bueno; pero este señor Mangola...
ALFREDO.—¿Pero este Mangola por qué se ha molestado?
MELITONA.—No podemos decirle al excelentísimo señorito.
EUSTAQUIO.—¿Lo dejamos aquí?
PEPE.—No; la volatería dejarla en el corral, que ya dispondremos. Lo demás amontonarlo en esta mesa.
EUSTAQUIO.—(Enseñándole los pollos.) ¡Son mu majos!
PEPE.—Sí; son unos pollos que harían buen papel hasta en el Ritz: [regordetes y tomateros.] (Lo deja todo amontonado y se lleva los pollos.)
MELITONA.—Con permiso. (Se van por la izquierda.)

ESCENA VII

ALFREDO y PEPE; luego, ANASTASIA.
[ALFREDO.—(En el colmo de la estupefacción.) Bueno, tío; pero ¿qué es esto?
PEPE.—¡Pues esto es Mangola, ya lo ves!]
ALFREDO.—¡Yo estoy atónito, absorto!... ¿Pero usted comprende...?
PEPE.—¡Yo qué voy a comprender, hombre!... [Este kilómetro de longaniza acaba de enrarecer las tinieblas de mi espíritu. Porque yo, últimamente, me explico lo de instalarnos con comodidad, me explico el tratamiento, el postre de cocina; pero que venga Mangola y nos ponga una tienda de ultramarinos, eso no me lo explico yo... ¡Ni se lo explica Aristóteles!]
PEPE.—¡Porque, vamos, aquí en este pueblo, es que crees que te van a pegar un tiro y te ponen un estanco!
PEPE.— ¡Ni más, ni menos!... Y que no cabe duda que esto no es confusión; aquí lo tienes bien claro. (Lee el sobre de la carta.) "Señor don José María de Ojeda." ¡Esto es un cuento de hadas!
ALFREDO.—Esto es una paliza que nos esnuca en cuanto caigan de su burro.
PEPE.—De sus burros. Si te refieres a nosotros, no singularices; que no me gusta quedarme solo.
ANASTASIA.—(Por la izquierda.) ¿Dan ustés su permiso?
PEPE.—Adelante, señora Anastasia.
ANASTASIA.—Acaba de llegá el señor secretario, que viene a hacerles a ustés una vesita; que si le puen ustés recibir... aquí m'ha dao la tarjeta.
PEPE.—(La coge y lee.) "Justino Cazorla, secretario del Ayuntamiento. Ánimas Benditas, dieciocho, bajo."
ALFREDO.—¿Pero viene solo?
ANASTASIA.—Sí, señor; solo.
PEPE.—¿No viene el señor alcalde?
ANASTASIA.—No, señor; viene don Justino naa más. Eso sí, de too lujo. Ya verán ustés elegancia.
PEPE.—Pues que pase. (Vase ANASTASIA.)
ALFREDO.—¿Lo ve usted, tío?... Lo que sospechábamos. El alcalde no se atreve a afrontar cara a cara la cuestión y nos envía a éste para que nos eche.
PEPE.—Es muy posible. Estemos sobre aviso. Prudencia y precaución. Llévate las longanizas. Me hace poco serio.
ALFREDO.—Las meteré aquí. (Entra por la primera derecha.)

ESCENA VIII

PEPE OJEDA y CAZORLA; luego, ALFREDO.
CAZORLA.—(Desde la puerta.) Felices y augurales. ¿Da usted su aquiescencia penetrativa?
PEPE.—(Aparte.) ¡Caray, qué léxico! (Alto.) Sí, señor; pase usted adelante.
CAZORLA.—Discúlpeme, señor mío, si en una forma poco rectilínea y cediendo a presiones jerárquicas, me permito intercalar en sus familiares sosiegos la inoportunidad de una intromisión esporádica.
PEPE.—(Alto.) Alfredo, sal; que ha venido un pariente de Sánchez de Toca. (ALFREDO sale y le hace una reverencia.)
CAZORLA.—No; perdone usted, señor Ojeda; no me une ningún lazo consanguíneo con el susodicho primate, aunque por honra preclara yo tendríalo.
PEPE.—No; yo lo decía porque verdaderamente, señor Cazorla, se expresa usted con una corrección tan académica como desusada en estos pequeños pueblos, donde precisa un lenguaje vulgar para la recíproca comprensión.
CAZORLA.—Exacto de toda evidencia; pero es que servidor dispone en su riqueza idiomática de lo que pudiéramos llamar dos léxicos o lenguajes. Lengua de diario o trapillo para conversar con el elemento trashumante y analfabeto de la localidad y lenguaje de lujo para ocasiones como la presente, en que he de dirigir mi verbo sonoro y preciosista a personalidades relevantes que pueden gustar las exquisiteces filológicas de las más selectas locuciones.
PEPE.—Vamos, un lenguaje de blusa y otro de chaqueta; digámoslo así.
CAZORLA.—Exacto.
ALFREDO.—Es originalísimo.
CAZORLA.—En el primero uso las frases más corrientes, como mecachis, caramba, ¡un cuerno! ¡Que te crees tú eso!..., y similares, y en el segundo, intercalo los bonitos vocablos, estulticia, exégesis, arcaico, cariátide y miasmas, jugándolo todo ello con un sentido de agilidad y aristocratismo que me envidia acerbamente el señor Azorín.
ALFREDO.—Muy bien. Bueno; pero a nosotros háblenos usted con toda sencillez, Cazorla.
PEPE.—A nosotros nos habla usted en mangas de camisa...
CAZORLA.—¡Señor!...
PEPE.—Literariamente, claro está.
ALFREDO.—(Ofreciéndole un cigarrillo.) ¿Usted fuma?
CAZORLA.—Estoy incurso en el consuntivo y depauperante vicio; sí señor. (Toma el cigarrillo.)
PEPE.—Pues avance sin temor y obligérese romboideamente en ese adminículo arrellanatorio. (Señalándole una silla. Aparte.) A mí no me achicas tú.
ALFREDO.—(Quitándole el sombrero, al ver que se hace un lío entre los guantes, el sombrero, el bastón y el cigarro.) Y si no se opone, dejaremos aquí su exornación craneana y borsalinesca. (Lo deja en una silla.)
CAZORLA.—Gratitudes mil. (Se sientan.)
PEPE.—(Al ver que CAZORLA trata en vano de encender un encendedor.) Parece que la torcida está influminable.
CAZORLA.—(Algo contrariado.) No; sabe usted que en casa, cuando se acaba la bencina le echan anís del Mono y casi nunca prende. Pero con paciencia... (Sigue disparando.)
PEPE.—Bueno, ¿y que trae el señor Cazorla por este su cuarto hotelero?
CAZORLA.—Pues servidor viene, ante todo, en nombre del Consistorio que indignamente secretarieo, a ofrendarles los más férvidos testimonios admirativos y las más respetuosas sumisiones. (Sigue disparando.)
PEPE.—Pues trasfusióneles usted nuestros más rendidos, ¡qué digo rendidos!..., nuestros más derrengados testimonios de inenarrable gratitud, aunque no nos expliquemos la cortesía concejalesca.
ALFREDO.—Tome una cerilla. (Se la ofrece.)
CAZORLA.—No; si es cuestión de amor propio. En cuanto vienen personas de Madrid me pone en ridículo; pero a mí delante de forasteros, no... (Sigue disparando.)
PEPE.—Pero no se moleste, si con una cerilla...
CAZORLA.—No es molestia, es perseverancia. Ítem más, vengo también a adquirir, "de visu", la seguridad de que su aposentamiento corresponde a cuanto se debe a su jerarquía y el Municipio tiene decretado.
ALFREDO.—Ah, en eso esté usted absolutamente tranquilíneo.
PEPE.—Las satisfacciones hospederiles y los aditamentos alimenticios sobrepasan a lo que pudo fantasear nuestra más exaltada apetencia.
CAZORLA.—(Que sigue disparando.) Celébrolo, e "ipso facto..."
ALFREDO.—¿Pero por qué no quiere usted aceptar? (Ofreciéndole su cigarrillo para que encienda.)
CAZORLA.—No; perdone usted; es cuestión personal. Veremos quién puede más. (Sigue disparando.)
PEPE.—Convénzase usted que lo de hoy es mono.
CAZORLA.—¡Qué sé yo!... Pues como les iba diciendo, satisfechas mis dos encomendadas averiguaciones, deseo..., y voy con esto a internarme en un campo absolutamente confidencial... (Acercan los tres las sillas sin levantarse para estar más juntos.), deseo decirles, en nombre del señor alcalde, que le disculpen esta primera visita, que me encomienda a mí, compenetrado de la dificultad de los primeros "pour parlers", dada la enojosa cuestión que les trae a esta villa.
ALFREDO.—¡Hombre, eso de enojosa!... (Todos otro avance con las sillas.)
PEPE.—Bueno; pero dígame usted, señor Cazorla; vamos a ver. ¿Ustedes saben a lo que venimos nosotros aquí?...
CAZORLA.—(Mira a todos lados. Otro avance con las sillas.) Lo sabemos exactamente, sí, señor. ..; lo sabemos todo, pero todo.
ALFREDO.—Entonces, ¿el señor alcalde?
CAZORLA.—Pues el señor alcalde, encantado de su presencia en el pueblo, vendrá dentro de breves instantes al frente de una Comisión del Casino, que está organizando el homenaje con que pretendemos festejar a ustedes.
PEPE.—¿Festejarnos a nosotros?... Pero...
CAZORLA.—(Otro avance.) Pero antes, señor Ojeda, me ha encomendado don Acisclo una delicada misión.
PEPE.—¿Delicada?... ¿A ver si ahora...?
CAZORLA.—(Un poco azorado.) Facilítenmela ustedes, ahorrándome para cumplirla, sutiles disculpas y enojosos alegatos. (Se levanta y saca un sobre del bolsillo del pecho.) Internado en este envelope encontrarán algo que es súplica y ofrenda. Cuando yo me ausente rasguen, extraigan y mediten. (Se lo da.) Nada más.
PEPE.—¿Pero de qué sé trata?
ALFREDO.—¿Qué es?
CAZORLA.—Me reitero en cordial servidumbre. (Coge todos sus chismes apresuradamente e inicia el mutis.)
PEPE.—Pero...
CAZORLA.—Suyísimo. (Vase por la izquierda.)
PEPE.—¡Pero esta carta!...
ALFREDO.—¡Qué hombre más estrafalario!
CAZORLA.—(Entra de nuevo, radiante de satisfacción, con el encendedor encendido.) ¡Por fin!
Los DOS.—¡Enhorabuena!
CAZORLA.—¡No era mono!... (Vase.)
ALFREDO.—Bueno; ¿y qué contendrá este sobre?
PEPE.—Esto es una carta diciendo que nos larguemos.
ALFREDO.—Abra usted a ver.
PEPE.—(Rasga el sobre y mira.) ¡Alfredo!
ALFREDO.—¡Tío!
PEPE.— ¡Cógeme, que me derrumbo!
ALFREDO.—¿Pero qué es?
PEPE.—(Sacando dos billetes.) ¡Dos mil pesetas!
ALFREDO.—¡Dos mil pesetas!
PEPE.—Bueno; la vorágine espantosa de la duda acaba de sorberme.
ALFREDO.—¡Yo ya no sé qué es esto!
PEPE.—Pues dos mil pesetas, ¿no te lo digo?
ALFREDO.—¿Pero a qué vienen esas dos mil pesetas?
PEPE.—Hombre, dos mil pesetas vienen siempre a una cosa agradabilísima.
ALFREDO.—Supongo que no tendrá usted la pretensión de quedarse con ellas.
PEPE.—Te diré.
ALFREDO.—¿Cómo te diré?... Hay que arrojárselas a la cara inmediatamente.
PEPE.—No; groserías, no.
ALFREDO.—¿Por qué, por qué nos las dan?
PEPE.—Hombre, yo lo ignoro, pero recuerdo lo que decía Tales de Mileto: "Si te piden una peseta, pregunta por qué te la piden. Si te la dan, no preguntes por qué." El que te la da, es el encargado de saberlo.
ALFREDO.—Argucias.
PEPE.—Filosofías. A mí me puedes quitar la razón; a Tales de Mileto, no. (Se las guarda.)
ALFREDO.—Pero no comprende usted...
PEPE.—(Sorprendido.) Calla, que todavía hay algo dentro del sobre... (Rebusca.) Sí, una tarjeta (La lee.) "Desistan de lo que les trae y no serán las últimas. Acisclo Arrambla Pael."
ALFREDO.—¿Lo ve usted?... ¿Lo está usted viendo?... "Desistan de lo que les trae." Es decir, que ese inmundo sujeto nos adula, nos agasaja, nos colma de honores y nos da ¡hasta dinero!..., ¡para que yo, cobardemente, me vaya del pueblo renunciando a su sobrina! [¡Cree, sin duda, ese miserable, que es un repugnante egoísmo lo que nos trae aquí!...] ¡Pues no, no me voy; no me iré ni con dádivas, ni con halagos, ni con millones!"... ¡No, no y no!
PEPE.—Hombre, Alfredito, no te exaltes.
ALFREDO.—En cambio, estoy seguro que Cristina, [la pobre Cristina,] está a estas horas encerrada en su habitación [como en una mazmorra] para que yo no la hable, para que yo no la vea. [Para que yo...]

ESCENA IX

DICHOS, CRISTINA y EDUARDA, por la izquierda.
CRISTINA.—(Asomándose por la puerta izquierda.) ¡Alfredo!
ALFREDO.—¡Cristina!... ¡Tú!
CRISTINA.—(Corriendo a él.) ¡Por fin a tu lado! ¡Me parecía imposible!
ALFREDO.—¡Pero tú! ¡Tú aquí, Cristina mía! (Se cogen las manos efusivamente y hablan aparte con apasionada vehemencia.)
EDUARDA.—(Aparece en la puerta con digna severidad y saluda a OJEDA con una inclinación ceremoniosa.) Caballero...
PEPE.—(Yendo a ella con impulso cordial.) ¡Eduarda!
EDUARDA.—(Deteniéndose con un gesto altivo.) Yo le llamo a usted caballero, porque no sé cómo llamarle.
PEPE.—(Resignado ante la ironía.) Eduarda...
EDUARDA.—Todavía ignoro su verdadero patronímico... Exuperio... Rigoberto...
PEPE.—José María.
EDUARDA.—(Dudando.) ¡Bah!
PEPE.—¡José María, por éstas! (Jurando.) Eduarda, no me guarde usted rencor. Han pasado cinco lustros. El tiempo todo lo purifica. Yo comprendo que para usted fui un calavera.
EDUARDA.—¿Cómo un calavera? ¡Un osario!
ALFREDO.—(Trayendo de la mano a CRISTINA.) Pero, a todo esto, ven que te presente. Mi tío.
PEPE.—¡Señorita, encantadísimo de usted! (Presentando ALFREDO a EDUARDA.) Mi sobrino.
EDUARDA.—(Le da las puntas de los dedos.) ¡Amable joven!
CRISTINA.—¿De modo que viniste sólo por mí?
ALFREDO.—A cumplirte mi palabra, ¿no es verdad, tío?
PEPE.—Exactamente; y garantiza la seriedad de semejante propósito, el que nuestro primer paso en este pueblo, ha sido ir a visitar a su pariente y tutor.
ALFREDO.—Y de ti estábamos hablando precisamente cuando llegasteis, y con cierta inquietud, te lo aseguro.
CRISTINA.—Con inquietud, ¿por qué?
ALFREDO.—Pues porque, francamente, tu tío nos ha recibido con tan exagerada amabilidad y con tales muestras de esplendidez..., que sospechamos, no sin cierto fundamento, que lo que pretende es que yo desista, por las buenas, de tu cariño y me vaya de aquí.
CRISTINA.—¿Pero qué estás diciendo? ¡Todo lo contrario!
ALFREDO.—¡Cómo todo lo contrario!
CRISTINA.—¡Que mi tío está encantadísimo con que nos queramos!
PEPE.—¡Pero es posible!
EDUARDA.—Como que vinimos aquí porque él nos mandó, con la excusa de que vigiláramos los detalles del alojamiento.
ALFREDO.—(Asombrado, a OJEDA.) ¿Pero es posible?... ¿Pero ha oído usted cosa igual?
CRISTINA.—Verás. Cuando llegasteis a casa, nosotras oíamos absortas los encargos que hacía a Morrones para que fueseis espléndidamente tratados. Os despidió sin escucharos siquiera, y de pronto, cuando os alejabais, me coge de la mano, me atrae hacia sí, y señalándote me dice conmovido: "¡Cristina, si me quieres, enamora a ese joven!"
ALFREDO.—¿Eh?
PEPE.—¡Señorita!
ALFREDO.—¿Pero dijo eso?
EDUARDA.—Como si lo hubieran ustedes oído. La suplicó que le amase a usted; yo fui testiga.
ALFREDO.—¡Ay, tío!; pero suplicarle él mismo que...!
PEPE.—Bueno; el cuentecito ese de Pinocho en el Japón, es un precepto evangélico comparado con lo que nos está pasando en esta localidad. Honores, dádivas, regalos en especie, donativos en metálico y encima ¡mandarle a uno la novia!... Bueno, o este pueblo pertenece al partido judicial de Jauja, o yo no lo entiendo.
ALFREDO.—(A CRISTINA.) ¿Pero tú no sospechas a qué puede obedecer todo esto?
CRISTINA.—No lo sé, Alfredo, no lo sé. Yo sólo pienso en este instante, que te quiero con locura, que estoy a tu lado y que soy la más feliz de las mujeres.
ALFREDO.—¡Cristina mía! (Quedan hablando aparte en voz baja.)
PEPE.—(Se acerca melancólicamente a EDUARDA, que se ha sentado lejos en una silla.) ¡Eduarda!... La mano inexcusable del Destino nos acerca de nuevo. (Señala a los muchachos.) He aquí el pasado que reverdece. ¿No los envidias?
EDUARDA.—¡No me tutees, que soy casada!
PEPE.—¡Casada tú!... ¡Oh!... ¿Tú casada?
EDUARDA.—¿Lo sientes?
PEPE.—Lo siento por tu marido..., porque...
EDUARDA.—¡Pepe!... Bueno, ¿te llamas Pepe, definitivamente?
PEPE.—¡Pepísimo!
EDUARDA.—¡No hago el ridículo!
PEPE.—¡Lo de Pepe, machacao!
EDUARDA.—Pues bien, Pepe: tú tienes la culpa si me encuentras vinculada a otro hombre. Me abandonaste.
PEPE.—Ya te he dicho que aquello fue una calaverada.
EDUARDA.—Pero, ¡ah!, una calaverada que me produjo trastornos mentales horribles... Como me hiciste creer que te llamabas Piñones, que eras seminarista y capitán, todo a un tiempo, pues yo, en mi desvarío, aborrecí el cascajo y no hacía más que decir "Dominus vobiscum" y saludar militarmente. ¡Con lo que yo te amaba!... ¡Abandonarme!
PEPE.—¡Si vieras cuánto te he recordado!
EDUARDA.—¿Es de verdad, Pepe?
PEPE.—Como me llamo Rigober... Caramba, perdona, que..., que me sentía transportado a aquellas locuras de cinco lustros ha.
EDUARDA.—¡Ah!... ¡Cinco lustros transcurridos! Y dime, Pepe, ¿cómo me encuentras?
PEPE.—Mejor que antes, Eduarda.
EDUARDA.—(Alegre.) ¿De veras?
PEPE.—Tú eres como el oro: el tiempo te avalora y te embellece.
EDUARDA.—¡Oh, qué galantería tan metalúrgica! Pero... ¡ah!... Estoy olvidando... Bueno, caballero...
PEPE.—¡Por Dios, Eduarda, no vuelvas a la seriedad! ¡Quiero ver en tus labios aquel rictus de alegría que tanto me gustaba!
EDUARDA.—¡Ah, mi ritus, mi ritus!... Esfumóse en el dolor y en el tiempo. (Va a caer sentada en una silla.)
PEPE.—(Deteniéndola.) ¡No, ahí no te sientes que hay manteca! (Se sientan en otro lado y siguen hablando.)
ALFREDO.—(Alto, a CRISTINA.) ¿Pero es de veras que dudabas que yo volviese?
CRISTINA.—Sí, Alfredo, sí; no quiero engañarte, lo dudaba. Cuando se ama mucho, mucho, mucho, todo es duda... El tiesto de mis margaritas siempre ha estado sin flores. ¡A quién iba yo a preguntar si volverías!
ALFREDO.—¿Y qué te contestaban, vamos a ver?
CRISTINA.—Pues, como las flores son buenas, cuando una me decía que no, otra, al verme llorar, me consolaba diciéndome que sí, que vendrías..., que te esperase.
ALFREDO.—Pues ya ves cómo las que negaron mintieron.
CRISTINA.—Pero mira; yo, en cambio, a mi corazón a todas horas le decía lo mismo. Si vuelve será mi amor de siempre; si no vuelve, mi recuerdo de toda la vida.
ALFREDO.—¿Pero por qué dudabas?
CRISTINA.—¡Qué sé yo!... Creí que nunca podría interesarte una pobre señorita de pueblo.
ALFREDO.—¿Y por qué no?... ¡Una señorita de pueblo!... Precisamente por eso me interesaste más.
CRISTINA.—¡Amabilidad!
ALFREDO.—No lo creas. La señorita de pueblo siempre me ha inspirado a mí una profunda, una viva simpatía.
CRISTINA.—¿De veras?
ALFREDO.—Cuando en mis viajes he visto, paseando por los andenes de las pequeñas estaciones, esos grupos de muchachas cogidas del brazo, me ha parecido siempre adivinar en la mirada de sus ojos dulces el cansancio de la vida monótona, y en su triste sonrisa, el anhelo de una existencia mejor. ¡Con qué resignada melancolía miraban alejarse el tren!... A mí, te digo que me daban ganas de cogerlas a todas en un puñado y llevarlas a otro mundo, y a otra vida que valiera la pena de vivirse, fuera de aquel estrecho ambiente pueblerino, egoísta y brutal, que sólo ellas encantaban con el hechizo da su juventud.
CRISTINA.—¿Pero llevártelas a todas?... ¡Con que te llevases una!...
ALFREDO.—¡Sí, pero una que vale por todas!... Una, que quizá no esté ducha en las artes de una vida refinada, en los encantos de una gentil desenvoltura, como las señoritas de grandes ciudades, pero cuyo aspecto de simpática cortedad, me dice a mí, no sé por qué, que posee un alma blanda, de matiz suave... ¡Alma propicia a un amor largo, leal y profundo!... ¿Me engañé?...
CRISTINA.—¿Qué has de engañarte?... Ahora, que yo, así muchas cosas bonitas, como tú, no sabré decir, pero sentirlas, sí; sentirlas las sentiré todas..., ¡todas las que hagan falta para quererte una vida entera!
ALFREDO.—¡Cristina!
CRISTINA.—¡Alfredo!
PEPE.—¡Eduarda!
EDUARDA.—¡Pepe! (Hablan y ríen.)

ESCENA X

DICHOS, DON RÉGULO y CAZORLA, en el balcón del Casino.
CAZORLA.—(Asomándose recatadamente por las persianas entreabiertas.) ¡Mire usted, don Régulo, mire usted los hombres que nos manda el Gobierno para moralizarnos!
DON RÉGULO.—(Asomándose.) ¡Porra! ¡Mi mujer bromeando con él!
CAZORLA.—¡Silencio! Seguiremos observando. (Retira a DON RÉGULO.) La víbora ha picado. El veneno hará lo suyo. ¡Sois míos! (Cierra, después de lanzar una mirada mefistofélica. Se escuchan en la calle los sones de una charanga lejana que va acercándose poco a poco y el alegre griterío de la multitud.)

ESCENA XI

DICHOS, ANASTASIA, MELITONA, EUSTAQUIO y MORRONES, por la izquierda.
CRISTINA.—¡Música!... ¿Oyen ustedes?
ALFREDO.—¿Pero qué música es ésa?
PEPE.—¿Qué ocurrirá?
EDUARDA.—(Que se asoma al balcón.) Es la charanga del tío Maillo.
PEPE.—¿Pero es que hay fiestas en el pueblo?
CRISTINA.—¡No, qué ha de haber! Por eso me choca.
EDUARDA.—Y vienen hacia aquí, y les sigue la gente.
CRISTINA.—¡Anda, y ponen colgaduras en el Casino! (Un mozo pone colgaduras con los colores nacionales en el Casino.)
PEPE.—(Asustado, a ALFREDO.) Oye, pero ¿será eso también por nosotros?
ALFREDO.—¡Mucho me lo temo!...
PEPE.—Oye, tú, ¿se me puede confundir a mí con el obispo?... Porque yo ruedo ya de conjetura en conjetura...
(Entran MELITONA, ANASTASIA,EUSTAQUIO y MORRONES, por la izquierda. Vienen jadeantes, emocionados y muy alegres.)
MORRONES.—Excelentísimo señor...
PEPE.—(Atónito.) ¿Es a mí?
MORRONES.—A usía excelentísima, que vengo de parte del señor alcalde a decirle a usté, que si pue vuecencia recibir a la señá maestra, y a los alunos de las escuelas públicas, y a una comisión del Casino que viene a festejar a usía.
PEPE.—¡A festejarme a mí!
EUSTAQUIO.—A usía; conque usté dirá.
ALFREDO.—¿Pero esa música y esos cohetes son por nosotros?
EUSTAQUIO.—¡Por ustés!
PEPE.—¿Lo estás viendo?
CRISTINA.—¡Por vosotros!... ¿Pero a qué santo?
PEPE.—¡No sé, porque yo me llamo Nicomedes!... ¡digo!... (Estallan cohetes, repican las campanas, vuelve a sonar la música, grita la gente.)
MORRONES.—Conque, ¿qué les digo a las comisiones?.
PEPE.—Sí, que suban, que suban. (Todos van hacia la puerta de la izquierda.)
ALFREDO.—Bueno, tío, yo creo llegado el caso de que pregunte usted de un modo concreto con quién nos confunden.
PEPE.— Quía, hombre; con esta gente pérfida nada de lealtades. Aguarda: malo será si a alguna de esta comisiones no le saco yo por quién nos toman.
CRISTINA.—Ya están ahí; ya suben. ANASTASIA.—Viene too lo mejor del pueblo.
EUSTAQUIO.—¡Ahora verá usté lo güeno!

ESCENA XII

DICHOS, DOÑA TÁRSILA, CHICOS y CHICAS; luego, DON ACISCLO, DOÑA CESÁREA,
DON RÉGULO, CAZORLA, CARLANCA, DON ALICIO, SOCIOS DEL CASINO, SEÑORITAS,
etc., etc.
Entra DOÑA TÁRSILA, una señora con lentes, ridículamente vestida y con un peinado muy raro y muy liso. Lleva un papel de música en una mano y una batuta en la otra. La sigue un coro de CHICAS y CHICOS, que traen un estandarte. Vienen formados de cuatro en fondo cantando y andando a pasos rítmicos.
TÁRSILA, CHICOS Y CHICAS.—(Al mismo tiempo. Cantan, avanzando hacia OJEDA, y a medida que avanzan, él retrocede, también a compás, como asustado de aquello.)¡Loor, loor, loor;... ¡Oh, insigne y gran señor! Por tu visita honrosa, la juventud estudiosa te aclama con fervor. ¡Loor, loor, loor!... (Durante el himno han entrado las Comisiones con trajes de fiesta, se colocan ordenada y convenientemente, de modo adecuado, para que el conjunto pueda resultar más cómico.)
DOÑA TÁRSILA.—Con la venia del señor alcalde. (Reverencia.) Excelentísimo señor: Cábeme la inmerecida honra de ofrendar a vuecencia este tierno plantel cultural, delicadas flores. (Aparte, a un niño.) Mateo no te toques las narices que está feo... (Alto.) Delicadas flores que cultivó una servidora, humilde maestra superior, que no es normal, por envidias, e hija del pedagogo don Zacarías Ullera, mi señor padre, honra y prez de la magistratura docente nacional. Feo está que una servidora lo diga, pero mi señor padre era una persona muy docente; mucho más docente que yo. Con honda pena lo manifiesto. Sin embargo, como se murmura en la corte que si los ayuntamientos tienen o no tienen abandonadas sus obligaciones respecto a istrucción pública, yo quiero dar a vuecencia un mentís mostrándole los progresos de estos tiernos niños y niñas, que no diré yo que sean unos Merlines, pero sí honra y prez de la infancia estudiosa y crecedera. (Aparte, a un niño.) Tiburcio, que me das con el estandarte. (Alto.) Y ahora, con permiso de vuecencia, me voy a permitir examinarlos, individual y corporativamente, para que se juzgue de su instrucción. Con la venia.
PEPE.—(Aparte.) Oye, párvulo, no metas el dedo en el arrope; haz el favor. (Alto.) Siga...
DOÑA. TÁRSILA.—Vamos a ver... Úrsula Canana.
CHICA 1ª.—(Dando un paso al frente.) Servidora...
DOÑA TÁRSILA.—A ver, tenga usted la bondad de decirnos: ¿cuántos golfos hay en España?...
CHICA 1ª.—Muchísimos, golfos hay muchísimos...
DOÑA TÁRSILA.—Muy bien... ¿Y cabos, hay muchos cabos?
CHICA 1ª.—Cabos también hay muchísimos.
DOÑA TÁRSILA.—¡Pero determínelos!
CHICA 1ª.—Pues el Finisterre, en Vizcaya; el Ortegal, en Gerona; el..., el...
DOÑA TÁRSILA.—¿Cómo se llama el que hay en Huelva?... Cabo de... (Acción de pegar.)
CHICA 1ª.—Cabo de... (Le da golpes con la batuta.), de Palos.
DOÑA TÁRSILA.—¿Y cómo se llama el de Almería, cabo de qué?
CHICA 1ª.——Cabo de..., cabo de...
CHICO 1º.—¡Miau!
CHICA 1ª.—¡Gato!
PEPE.—Gata, rica.
DOÑA TÁRSILA.—Como verá vuecencia, salvo la confusión del sexo, todo lo demás...
PEPE.—Sí; una verdadera monada. ¡Parece mentira!, y a la edad que tiene; porque esta niña no habrá cumplido aún los treinta y seis años.
CHICA 1ª.—¡Me voy pa los deciocho!
PEPE.—Bueno, pues vete; anda, rica, vete y no vuelvas; anda.
DOÑA TÁRSILA.—Ahora va a ver vuecencia un discípulo aventajado. Aniceto Recocho.
CHICO 1º.—Servidor.
DOÑA TÁRSILA.—¿Qué son líneas paralelas?
CHICO 1º.—Mauregato, Sisebuto, Recaredo, Chindasvinto...
DOÑA TÁRSILA.—¿Pero qué estás diciendo, so zarrapastroso?
CHICA 2ª.—Es que él dice los reyes godos, porque lo de las paralelas me lo tenía usté que haber preguntao a mí. Mire usté el papel y verá.
DOÑA TÁRSILA.—(Confusa.) ¿El papel?...
CHICA 2ª.—Estos dos eran los reyes... Paralelas, mi hermano y yo...
DOÑA TÁRSILA.—Sí, sí; bueno... (Aparte.) Me estáis haciendo correr un ridículo que eriza. (Alto.) Bien; pues di, di... ¿Qué son líneas paralelas?
CHICA 2ª.—Pues aquellas que no se prolongan por mucho que se encuentren. ¿Ve usté como era yo?
DOÑA TÁRSILA.—(Aparte.) ¡Maldita sea tu estampa, so cafre!
PEPE.—Bueno; basta, basta... Si no me lo dijeran creería que estas criaturas habían estudiado en Bolonia.
DON ACISCLO.—Y ahora, excelentísimo señor, pocas palabras de mi parte. Ya ha visto usted nuestra juventud estudiosa cómo aprovecha los desvelos del monecipio, [de forma que sólo nos resta que, "iso fazto", don Alicio Carrascosa, aquí presente..., llamao por su elocuencia el Melquíades de Pancorbo (DON ALICIO hace una gran reverencia.), su ciudad natal, va a tener el honor de ofrecerle el homenaje que le preparamos. Ande usté don Alicio.]
TODOS.—Chis... (Silencio, expectación.)
DON ALICIO.—(En tono de oratoria rural.) Excelentísimo señor: Mis nobles y queridos coterráneos. El ilustrísimo Ayuntamiento de esta villa, [conjuntamente con el Casino de la misma, que tengo el honor de presidir,] ha organizado un banquete que, a manera de modesto homenaje, se ofrecerá mañana a este nuestro ilustre y preclaro huésped.
[PEPE.—(Aparte, a un chico.) ¡Niño, deja las morcillitas! ]
DON ALICIO.—[¡Ah, mis leales y queridos] villalganceños, los sentimientos patrióticos se exaltan ante las grandes y meritorias personalidades, honra de la nación!
PEPE.—(A ALFREDO.) Me han tomado por un político. Lo que yo me figuraba.
DON ALICIO.—Y mucho más cuando el ciudadano integérrimo que nos honra con su visita no es un político.
PEPE.—(A ALFREDO.) Pues no soy un político.
DON ALICIO.-—No es un político ni mucho menos, y, claro, que ante tal negativa, vosotros me preguntaréis: ¿es acaso un hombre de ciencia?... No.
PEPE.—(A ALFREDO.) No.
DON ALICIO.—¿Es un escritor eminente?... No.
PEPE.—No.
DON ALICIO.—¿Es un artista ilustre?... No.
PEPE.—(Asombrado.) Tampoco.
DON ALICIO.—¿Pues qué es este hombre, me preguntaréis?... Y yo voy a deciros lo que es este hombre.
PEPE.—(Aparte.) ¡Gracias a Dios!
DON ALICIO.—Pues este hombre es ¡nada menos! que el módulo representativo de una nueva función generatriz del Estado, en su relación legislativa, ¿he dicho legislativa?..., jurídica, dentro de las modernas ideologías plasmadas en las grandes síntesis aspirativas de la Humanidad... ¡Eso es este hombre!
PEPE.—¡Ca, hombre!
DON ALICIO.—Sí, hombre; eso y nada más.
ALFREDO.—(Aparte, a PEPE.) ¿Qué será eso de módulo?
PEPE.—(Ídem, a ALFREDO.) No sé; pero me suena a algo así como a marisco.
ALFREDO.—(Ídem, a PEPE.) Pues sí que nos ha sacado de dudas.
DON ALICIO.—Y ahora que ya sabéis quién es, una sola palabra para terminar. Conterráneos, honremos a este hombre; porque honrándole, nos honramos. He dicho. (Aplausos, bravos, felicitaciones.)
PEPE.—Señores, unas palabras...
TODOS.—Chis..., chis... (Gran atención.)
ALFREDO.—(Aparte, a PEPE.) ¿Pero qué va usted a decir?
PEPE.—(Ídem, a ALFREDO.) Una cosa parecida a la suya. Yo no me aguanto eso de módulo. (Alto.) Villalganceños: Honrándome exageradamente ha dicho, en disculpable exaltación el elocuente orador que me ha precedido en el uso de la palabra, que yo soy un módulo. Pues bien, sí, quizá yo sea un módulo; pero él, en cambio, es una espátula.
ALFREDO.—(Asustado, le tira de la americana.) ¡Tío!
PEPE.—Una espátula con la que se extiende sobre el lienzo de las realidades españolas el vivo anhelo del espíritu nacional, que trata laudablemente de incorporarse, en la plenitud de todas sus conciencias, a la marcha triunfadora de los pueblos libres hacia los nuevos ideales del Derecho y de la Justicia...
TODOS.—¡Bravo, bravo! (Aplauden.)
PEPE.—Villalganceños: pocas palabras más. Al honrarme a mí, ¿vosotros sabéis qué ideales exaltáis?
TODOS.—¡Sí, sí!
PEPE.—Al ofrecerme este homenaje, ¿vosotros sabéis lo que significo yo?
TODOS.—¡Sí, sí!
PEPE.—¿Vosotros sabéis quién soy yo?
TODOS.—¡Sí, sí!
PEPE.—Pues si vosotros sabéis quién soy yo, yo no...; yo no os molestaré en volveros a informar respecto a mis legendarias y tradicionales convicciones. He dicho. (Aplausos.)
DON ALICIO.—¡Viva España!
TODOS.—¡Viva!
DON ALICIO.—¡Sí, viva la España de Sagunto y de Numancia, de Colón y de Hernán Cortés, del Dos de Mayo y de Covadonga! (Aplausos frenéticos.)
TODOS.—¡Vivaaaaa! (Llorando todos, se abrazan; suena la música, repican las campanas, estallan los cohetes. Van desfilando, después de estrechar la mano y felicitar a OJEDA. Cantando.)
DOÑA TARSILA, CHICOS Y CHICAS.—(Al mismo tiempo.)Loor, loor, loor... ¡Oh insigne y gran señor!, etcétera, etc.
(Vanse todos.)

ESCENA XIII

PEPE OJEDA y ALFREDO.
ALFREDO.—¡Pero, tío!
PEPE.—(Cayendo derrengado sobre una silla.) ¡Ay, Alfredo!
ALFREDO.—¿Qué le pasa a usted?
PEPE.—¡Que mi confusión sigue en aumento; que yo estoy muy malo; que yo no sé lo que me pasa! ¿A qué vienen esas explosiones patrióticas? ¿Por quién me toman? ¡Media hora hablando y aún no lo sé!
ALFREDO.—Sin embargo, tío, a mí me parece que empiezo a comprender...
PEPE.—¿Tú?
ALFREDO.—Sí. Todo eso sospecho que lo hacen porque nos temen.
PEPE.—¿A nosotros? ¿Que nos temen?
ALFREDO.—Sí, nos tienen miedo; no hay duda..., por eso [son las dádivas,] el dinero, las aclamaciones. Nos confunden con algo que para ellos es un fantasma [medroso].
Voz.—(Lejos.) ¡Viva España!
VOCES.—(ídem.) ¡Vivaaaaa!
ALFREDO.—¡[Y] conciencias [concupiscentes y] claudicadoras que infamó el delito quieren acallar el terror de verse castigadas con gritos de falso patriotismo!
PEPE.—¡Es posible! [¡Sin duda es eso!] El miedo, siempre el miedo... ¡La cobardía [profanando, para disculparse, las reliquias sagradas de la Historia!] ¡Cobardía, miedo, claudicación!... [¡Ah miserables!]
Voz.—(Ya muy lejos.) ¡Viva España!
PEPE.—Sí, ¡viva España! Pero ¡cómo va a vivir si no nos hacemos todos un poco mejores! Viva España; pero viva [con un ideal cierto, seguro, firme, que acabe para siempre con los] sin miedosos, [con los] claudicadores, [con los] cobardes... (Sale al balcón.) ¡Viva España! (Le aclaman frenéticamente. La gente grita; le aplauden de los balcones del Casino. Estalla un cohete junto a él. Entrando.) ¡Mi madre! (Se cubre los ojos con las manos.)
ALFREDO.—¿Qué ha sido?
PEPE.—¡Un cohete! ¡Por poco me deja ciego! ¡Y me lo ha disparado el secretario! ¡Lo he visto! [¡Canalla! ¡Ladrón!]
Voz.—¡Viva España!
VOCES.—¡Vivaaaa! (Música, campanas, aplausos.)

T E L Ó N

ACTO TERCERO

La misma decoración del acto segundo. Es de noche.

ESCENA PRIMERA

PEPE OJEDA, DON RÉGULO y CAZORLA.

Al levantarse el telón, aparece PEPE OJEDA en el Casino. Está en pie, pronunciando un brindis a la cabecera de la mesa, donde acaban de celebrar un banquete. Se ven socios sentados cerca de él, que en las ocasiones que se indican le aplauden. En el cuarto de la fonda, que tiene las vidrieras de los dos balcones cerradas, razón por la cual se ve accionar a PEPE OJEDA sin que se le oiga, están DON RÉGULO y CAZORLA. Se hallan situados junto al balcón de la izquierda, mirando a través de las vidrieras, hacia el Casino.
DON RÉGULO.—(Iracundo y exaltadísimo, apunta a PEPE con una "browning" que tiene en la mano.) ¡Sí, sí; déjeme usted, lo mato sin remedio! ¡Le mato en pleno discurso!
CAZORLA.—(Esforzándose por contenerle.) ¡No, no, por Dios! [¡Sería una tragedia espantosa! ¡Sería una interrupción, que ni en el Congreso!] Calma, mucha calma.
DON RÉGULO.—¿Pero no oye usted lo que dice? ¿No oye usted lo que grita ahora ese cínico? (Quedan atentos, abren un poco la vidriera y entonces se oye a PEPE OJEDA hablando como un poco lejos y en tono oratorio.)
PEPE.—Celebremos; [sí, celebremos] todas nuestras conquistas, nuestras hermosas conquistas, para que nos envidien aquellos que... (Cierra. Se deja de oír, aunque se le sigue viendo accionar.)
DON RÉGULO.—¡Ah miserable! ¡Que celebren sus conquistas! ¡Y mírela usted, mi mujer se sonríe! ¡Oh!
CAZORLA.—¡Qué cinismo! ¡Pobre amigo! (Le abraza.)
DON RÉGULO.—¡Ah, no, no; yo no lo sufro! (Apunta de nuevo.) ¡Déjeme usted que dispare!
CAZORLA.—(Desviándole el brazo.) [¡Sí, le sobra a usted la razón por encima de los pelos; pero] Conténgase usted ahora! [Sería producir una tragedia inútil.] ¡No es éste el momento! [Yo, don Régulo, que estimo su honor como mi propio honor, le diré a usted que realice su justa venganza cuando sea llegado el instante; ahora, no.] (Misteriosamente.) Piense usted que al disparar desde esta casa, no sólo se comprometería usted, sino que comprometería a don Acisclo. (Entorna la puerta del balcón y deja de verse a PEPE OJEDA.)
DON RÉGULO.—¡Sí; es verdad! ¡Eso te vale, villano!
CAZORLA. —A don Acisclo, que está ahí dentro (Señala la puerta primera derecha) haciendo, en complicidad con la Anastasia, un registro entre los papeles de esos hombres; registro que puede ser nuestra salvación... ¡La salvación del pueblo!
DON RÉGULO.—Sí, sí; es cierto, amigo Cazorla; lo comprendo todo; pero es que las leales revelaciones de usted han despertado en mi corazón el demonio de los celos...
CAZORLA.—Don Régulo, yo no podía consentir el ridículo de un amigo entrañable.
DON RÉGULO.—¡Sí; ha hecho usted bien, muy bien; pero es que yo ya no puedo vivir sin una venganza terrible! ¡Y me vengaré; sí, me vengaré! (Queda junto al balcón, mirando obstinadamente al Casino.)
CAZORLA.—Sin embargo, calma; calma ahora.

ESCENA II

DICHOS, DON ACISCLO, DOÑA CESÁREA y ANASTASIA, por la primera derecha.
DON ACISCLO. — (Sale cautelosamente por la primera derecha, seguido de DOÑA CESÁREA y ANASTASIA.) ¡Na, asolutamente na! ¡Ni un papel, ni un detalle! ¡Maldita sea!
CAZORLA.—(Yendo a su encuentro.) ¿No encontraron nada?
DON ACISCLO.—¡Naa; estoy que me muerdo! ¡Too registrao y naa! Ni el nombramiento, pa haberlo roto; ni cartas, ni credenciales, ni oficios...; ¡naa!
CAZORLA.—¡Pero no han encontrado ni siquiera...!
ANASTASIA.—Naa. ¿No lo oye usté? Cuatro calcetines [con una de tomates, qué ni una fábrica e conservas], tres camisolas sin marca, dos jerseises y unas silenciosas. [Es too lo que tenía la maleta.]
DOÑA CESÁREA.—Y la mar de faturas. [Zapatería de no sé qué..., debe. Sastrería de no se cuántos, debe. Camisería... de quién sabe Dios..., debe.] Esos han dejao a deber hasta el bautizo.
ANASTASIA.—[Y] también les hemos encontrao una faztura de la sombrerería, de cinco gorras. ¡Pásmese usté!
DON ACISCLO.—Claro, cinco gorras. [¡Como que es] su uniforme!
CAZORLA.—¡No tener más, es inverosímil!
DOÑA CESÁREA.—No lo duden ustés; esos hombres son mu ladinos, y pa mí que han dejao el equipaje en el cuartel de la Guardia Civil, pa que no pudieran tocarles la documentación.
CAZORLA.—Es muy posible.
DON ACISCLO.—(A ANASTASIA.) ¿Y tú no les has visto romper papeles u esconderlos?
ANASTASIA.—¡Digo, pues si yo lo hubiá visto! Ya los tendrían ustés en su poder. Les llevo una lista hasta de las veces que estornudan, conque usté verá. (Yendo hacia el balcón.) ¡Y todavía está hablando! Eso es un loro.
DON ACISCLO.—¡Maldito sea! Pos yo no pueo hacer más pá quitámelos de encima, ya lo han visto ustés. Por las buenas, regalos, dinero, festejos... ¡Qué lástima fue lo del cohete! ¡Con el ingenio que tenía!
CAZORLA.—¡Si estalla medio metro más abajo..., tiene que ir a curarse a Madrid!
DON ACISCLO.—Ya les dije a ustés que eso era poco inocente. ¡Ahora hay que comenzar por las malas!
DOÑA CESÁREA.—Pero por las malas..., de veras.
CAZORLA.—¡Mi plan! Voy a seguir azuzando. (Vase al balcón con DON RÉGULO.)
DON ACISCLO.—Por de pronto, yo he metido en la cárcel hasta el Perniles y Garibaldi, pa que no les puan dar datos contra nosotros.
DOÑA CESÁREA.—Pero no basta, Acisclo; no basta. No seas infeliz, que tú eres un desgraciao. (Hablando el resto de la escena en tono confidencial.)
DON ACISCLO.—¿Yo?
DOÑA CESÁREA.—¡Tú! Ya lo ves. ¡Esos tíos t'han cogío el dinero y s'han reío de ti!
[DON ACISCLO.—Pues mal año pa ellos, que el que se ríe de mí, llora a la postre.]
DOÑA CESÁREA.—Siquiá quítales las dos mil pesetas.
DON ACISCLO.—[Déjalo, que] de eso s'ha encargao Carlanca. Ha cogío la bufanda, el retaco... y dos amigos, y esos canallas se dejan en el pueblo los billetes, como se los dejó aquel recaudador de contribuciones... ¡Por éstas!
DOÑA CESÁREA.—Haces bien. Y a más, no consientas que a ti te quiten de mandar.
DON ACISCLO.—¡Nunca!
DOÑA CESÁREA.—Tú ties en el pueblo too el poder; pos antes que soltar la tajá hay que dejarse en ella los dientes.
DON ACISCLO.—Descuida. No suelto las riendas. Treinta años mandando... ¡Con los enemigos que da eso! [¡Si me vian caído, me se comían!; estoy yo ya muy duro para que me roan. No; yo te digo que no.] Yo te digo que antes de irme ¡le pegaba fuego al pueblo!
DOÑA CESÁREA.—(Con entusiasmo.) ¡Ese eres tú!
DON ACISCLO.—¡Antes que verme pisao, too! ¿Lo oyes bien? (Con gesto de ira feroz.) ¡Too!
DOÑA CESÁREA.—¡Acisclo, que me espantas!
[DON ACISCLO.— (Sonriendo.) ¡Mujer!]
DOÑA CESÁREA.—¡Lo has dicho en un tono, que me s'han puesto de punta hasta los pelos del añadío!
DON ACISCLO.—(Sigue sonriendo.) No t'apures, ya me conoces. En el fondo soy un infeliz. [Too le llamo yo a un sustejo de naa.]
DOÑA CESÁREA.—¡Pero ten cuidao con Carlanca, que ése es mu bruto!
DON ACISCLO.—¡Bah, otro infeliz!... ¿Sabes quién va a hacerles el avío a los forasteros?
DOÑA CESÁREA.—¿Quién?
DON ACISCLO.—Ese [rebajuelete.]
DOÑA CESÁREA.—¡Cazorla!
DON ACISCLO.—Ese. Que mialo (Riendo socarronamente.), no s'arrima una vez a don Régulo, que no le encienda el coraje. (Para cumplir la indicación del diálogo, un momento antes se ve a DON RÉGULO,inquieto, volver a su manía de dispararle a PEPE OJEDA, y a ANASTASIA y CAZORLA que tratan de detenerlo.)
DON RÉGULO.—(Exaltado de nuevo.) [Sí, sí; tiene usted razón: luego se irán a Madrid ufanándose de habernos burlado y habernos escarnecido..., y eso, no.] De un caballero no se ríen esos... ¡Déjeme usted; lo mato!
[CAZORLA.—¡Sí, sí...; pero ahora, no!
ANASTASIA.—-(Asustada.) ¡Por la Virgen Santísima! ¡Caramba! ¡Calma!]
DON ACISCLO.—¿Pero qué le pasa a ese hombre?
CAZORLA.—¡Por Dios, señor alcalde, intervenga usté; que le quiere disparar!
DON ACISCLO.—(Va hacia él.) [¡Pero qué va usté a hacer, so loco!...] (Le separa del balcón.) Venga usté aquí.
DON RÉGULO.—[¡Don Acisclo,] mi honra peligra! [¡Estoy en un estado de excitación que,] o mato a ese hombre o me muero de un berrinche, [me muero!]
DON ACISCLO.—Serenidad, don Régulo; que no semos creaturas. Ya conoce usté mis dotrinas: brutos, pero a tiempo.
CAZORLA.—Eso le digo yo; quizá esta misma noche nos dará ocasión para todo.
DOÑA CESÁREA.—Seguro. Cuando le traigan ustés los libros del Ayuntamiento para que los revise.
DON ACISCLO.—Espérese usté a entonces, y de que ponga tanto así de reparo en naa, le da usté el puñetazo acordao en sesión, y en seguía los padrinos, la cuestión de honor y lo que sea; [que no será poco, siendo usté el atizante.]
[DON RÉGULO.—No sé si tendré paciencia para esperar, señor alcalde. Yo aguanto pocas cosas, muy pocas; pero menos que ninguna que nadie levante los ojos hasta mi mujer, porque a ése lo mato.]
[DON ACISCLO.—¡Hombre, no se ponga usté así! Después de too, aunque descubriese usté cualisquier cosilla...]
[DON RÉGULO.—¡Ese muere!]
DON ACISCLO.—(Aparte.) ¿Sabrá lo mío?
DOÑA CESÁREA.—Es que doña Eduarda es una mujer honrá, don Régulo.
DON RÉGULO.—Pero le tolera a ese hombre excesivas galanterías, señora Cesárea.
DON ACISCLO.—[Bueno...]; no hay que olvidar [tampoco] que usté [mismo] la recomendó que estuviese amable con ese sujeto, y ella, [quizá que] por hacerle a usté caso...
DON RÉGULO.—Pero una cosa es que me haga caso a mí y otra que le haga caso a él. [¡Caramba!]
[CAZORLA.—Eso es bíblico.
DON RÉGULO.—Comprenderán ustedes mi deseo de venganza.]
DON ACISCLO.—Bueno, calma; que too llegará. Y ahora, antes que acabe, al Casino. (A ANASTASIA.) Y tú de esto ni tanto así, porque te costaría...
ANASTASIA.—Quie usté callarse... Pasen pol gabinete y bajen por la escalera que da al callejón. (Vanse todos por la segunda derecha.)

ESCENA III

EDUARDA, CRISTINA y EUSTAQUIO, por la primera derecha. Entran las dos acongojadas, con caras de angustia, precedidas del CRIADO.
EUSTAQUIO.—¿Pero qué les ocurre a ustés pa ese desasosiego y ese agobio?
EDUARDA.—Nada, Eustaquio; [no te preocupes, no es nada. (Aparte.) Me sorberé las lágrimas.
EUSTAQUIO.—(Ofreciendo una silla a CRISTINA.) Pero asiéntense ustés, que vienen que s'ahogan.
CRISTINA.—(Que pasea agitada.) No, no, gracias; yo no podría estarme quieta.
EDUARDA.—Mira, Eustaquio, hijo;] lo que deseamos es que nos dejes solas.
EUSTAQUIO.—Pero ya saben ustés que esta habitación la ocupan...
EDUARDA.—Sí, sí...; lo sabemos todo; pero nos precisa asomarnos a ese balcón un momento. Por eso venimos. Nada más. (Saca una moneda, que le da.) [Toma y calla.
EUSTAQUIO.—(Cogiéndola.) ¡Dos reales!
EDUARDA.—Si eres discreto, no serán los últimos.
EUSTAQUIO.—(Aparte.) ¡Gorda tie que ser la cosa! (Vase por la primera izquierda.)]

ESCENA IV

EDUARDA y CRISTINA.
EDUARDA.—(Dando rienda suelta a su dolor.) ¡Ay Cristina de mi alma, estoy [desolada,] muerta de angustia!
CRISTINA.—¡Y yo, doña Eduarda, [y yo]! Mire usted cómo tiemblo desde que sorprendí entre mi tío y el secretario la conversación que he sorprendido.
EDUARDA.—Es preciso que estos hombres conozcan el peligro en que están.
CRISTINA.—Sí... Para que se vayan del pueblo, para que huyan a escape.
EDUARDA.—[¡Sí, para que se vayan;] pero [también] para que antes Ojeda [me salve a mí,] salve mi honor! ¡Ah, [ese infame,] ese canalla de Cazorla!
[CRISTINA.—Tiene la maldad del demonio.
EDUARDA.—¡Peor! ¡El demonio es un niño de primera comunión comparado con él!...] ¡Ese miserable, haber sembrado el infortunio en mi hogar, hasta hoy dichoso!... ¡Ah! (Llora.)
CRISTINA.—[¡Qué infamia! ¡Si parece mentira!...] Habérsele ocurrido meter celos contra usted en el corazón de don Régulo para que mate al señor Ojeda y que el Ayuntamiento se vea libre de él. ¡Vamos, que no paga ni hecho trizas!
EDUARDA.—¡Y haberme infamado a mí, Cristina, [a mí: que teniendo clavado en mi corazón el dardo] que [tengo,] antes moriría cien veces que faltar a mi esposo!... (Llora.)
CRISTINA.—¿Pero usted cree que don Régulo le dará crédito a esa infamia?
EDUARDA.—¡Ya lo creo que le da crédito; [pues eso es lo trágico]! En unas cuantas horas mi marido es otro. Antes no tenía más que ojos para mirarme. Ahora busco su mirada y la encuentro en los calcetines, en la alacena, en el "Blanco y Negro", [en cualquier parte menos en mí.] [Estamos en la mesa, me habla, y lo hace en un tono tan glacial, que me enfría hasta la sopa.] Y luego, él, [de suyo] tan amable siempre, [tan cortés] conmigo... ¡Ay, la que me ha hecho hoy a los postres, Cristina! (Llora.)
CRISTINA.—¿Qué le ha hecho?
EDUARDA.—Figúrate que yo, cuando una naranja me sale dulce, nunca me la como sin darle dos o tres cascos. Pues hoy, hoy como siempre se los di... (Llorando amargamente.) y me ha dado con los cascos en las narices... ¡Él, devolverme los cascos!
CRISTINA.—!Pues si con el carácter que tiene se pone furioso!...
[EDUARDA.—¡Figúrate qué tragedia! ¡Una mujer deshonrada, un hombre muerto!
CRISTINA.—[Sí, sí. Pues] no perdamos tiempo. Hay que ponerlos sobre aviso. Llámelos usté.
EDUARDA.—¿Pero cómo?
CRISTINA.—Acerquémonos al balcón a ver si nos ven.
EDUARDA.—Sí; es lo mejor. Le haré una seña.
CRISTINA.—Dé usted en los cristales.
EDUARDA.—Calla, ya parece que mira. ¡Chis, chis! (PEPE OJEDA mira: le hacen señas, que no entiende y que le obligan a poner cara de extrañeza, sin interrumpir por eso el discurso.)
CRISTINA.—(Abriendo el balcón.) Que vengan. EDUARDA.—(Haciendo señas.) Venid...
PEPE.—(Como si continuara dirigiéndose al auditorio.) ¿Qué decís?
CRISTINA.—Que vengan ustedes.
PEPE.—¿Qué decís a está afirmación que yo os hago?... (Más señas.) ¿Qué queréis decir?... ¡Ah, señores!
EDUARDA.—¡Que vengas, hombre!
PEPE.—¿Yo? (Le hacen señas que sí.) Yo... Ya voy..., ya voy a terminar...
EDUARDA.—Pronto. (Señas.)
PEPE.—Voy a terminar y voy en seguida..., porque en este brindis creo haberos confirmado todo... (Cierran y deja de oírse a PEPE OJEDA.) cuanto en mi larga actuación...
CRISTINA.—Ya nos ha entendido.
EDUARDA.—Entonces no tardarán. Estoy deseando que lleguen.
CRISTINA.—¿Y yo; qué hago yo, doña Eduarda, qué hago? ¿Qué le diré a mi Alfredo?... ¡Estoy inquieta, [indecisa,] no duermo, no vivo!
EDUARDA.—¿Tú no le quieres, Cristina?
CRISTINA.—Con un cariño inmenso; [ya lo sabe usted].
EDUARDA.—¿Pues entonces?...
CRISTINA.—Pero [por otra parte] le tengo miedo a mi tío; que si supiera que venían a quitarle mi fortuna, era capaz de hacer una brutalidad, y luego, Alfredo parece que me quiere; pero hace tan poco que le conozco...
EDUARDA.—Mira, Cristina. En amor sigue siempre el impulso de tu corazón. No vaciles. Tú, aunque lejanos, ¿no tienes unos parientes en Madrid?
CRISTINA.—Sí, señora.
EDUARDA.—Pues vete con ellos. Emancípate de la tutela de estos egoístas. [Dichosa tú, que puedes abrir tus alas de golondrina, tender el vuelo y hacer el nido en el alero de un tejado cortesano. ¡Ay de las que tenemos la jaula colgada en el clavo del deber, a la puerta de un corral! ]
CRISTINA.—Pero si yo me marchase, el pueblo..., la gente...; podrían decir...
[EDUARDA.—¿Serías tú capaz de algo indigno?
CRISTINA.—Antes me moriría; ya lo sabe usted.
EDUARDA.—Entonces..., ¿no te temes a ti misma y temes a los demás?] No vaciles, Cristina...; vete a Madrid, cásate con Alfredo. Y ya ves que te lo digo yo, yo que cuando te vayas me quedaré sin tu tierno afecto y sin... (Vacila.) ¡Ay!... Pero la jaula, el clavo...; ¡qué remedio! Alegremos la vida de los que nos enjaularon y bendigamos a Dios hundiendo el pico en el alpiste cotidiano..., y perdona esta imagen pajarera y dolorida.
CRISTINA.—Usted me da ánimo, doña Eduarda.
EDUARDA.—¡Calla; [sí...] [él] sube!

ESCENA V

DICHOS y PEPE OJEDA, por la puerta izquierda.
PEPE.—¡Eduarda!
EDUARDA.—¡Pepe! (Se estrechan la mano.)
CRISTINA.—¿Y Alfredo?
PEPE.—Ahora vendrá. Quedó con unos señores. Creo que querían regalarle un perro y le llevaron a que lo viese.
EDUARDA.—¿Un perro? ¡Qué cosa más rara!
CRISTINA.—[¡Ay! Yo no estoy tranquila. ¡Si vieran ustedes,] yo también he oído a Cazorla no sé qué de un perro!...
PEPE.—Bueno, ¿y qué ocurre?
EDUARDA.—[¡Ay! Pues que yo deseaba por momentos hablar contigo.] ¿Sabes ya con quién te confunden?
PEPE.—Sí; [al fin lo sé:] con un Delegado del Gobierno.
CRISTINA.—¿Quién se lo ha dicho a ustedes?
PEPE.—(Muy confidencial.) Pues el propio Delegado, que llegó esta tarde al pueblo y que se aloja en casa del sargento de la Guardia Civil.
LAS DOS.—¿Es posible?
PEPE.—Se llama Abilio Monreal, y da la feliz coincidencia de que le conozco, [por ser pariente de unos amigos míos.] Le conté la confusión de que éramos víctimas y me prometió no presentarse hasta que yo le avise, para darnos tiempo a que Alfredo y tú resolváis lo que os convenga. De modo que por ese punto nuestra seguridad personal no corre peligro.
EDUARDA.—¡Ay, no; Pepe, no lo creas; tú estás en un error! ¡Tu vida corre más peligro que nunca!
PEPE.—[¡Caracoles!] ¿Qué dices, Eduarda?
[CRISTINA.—¡Que está usted en un peligro terrible, señor Ojeda!
PEPE.—¿Yo?... ¡Caramba! ¿Pero por qué en un peligro?... Haced el favor de explicaros.]
EDUARDA.—¡Sí, Pepe; es preciso que lo sepas todo! Un canalla ha  metido en el corazón de mi esposo el torcedor de los celos.
[PEPE.—¡Cuerno! ¿Quién dices que ha metido el torcedor?
CRISTINA.—Un granuja.]
PEPE.—¿Pero quién ha sido ése?
EDUARDA.—El infame de Cazorla. (Llora.)
PEPE.—¿El secretario?
CRISTINA.—Ese bandolero, que suponiéndole el inspector que esperaban, le ha hecho creer a don Régulo que usted pretende a doña Eduarda.
PEPE.—¿Eh?
EDUARDA.—(Llorando.) Y que yo, ¡pobre de mí!, te correspondo; para que así mi esposo, ofendido, te rete a un duelo y te mate.
PEPE.—¡Qué bestia!... Oye, tú: ¿ese facineroso ha hecho películas?
EDUARDA.—No; pero tiene un ingenio maléfico que espanta. (Desconsolada.) Y lo grave es que mi marido te reta.
PEPE.—(Alarmado.) ¿Tú crees?...
EDUARDA.—Te reta, sí; te reta y te mata.
PEPE.—(Tratando de disimular el miedo.) Mujer; eso, no; me mata o le mato yo a él. Después de todo...
EDUARDA.—No, no; te mata, Pepe, te mata. Mi marido tira a la pistola de un modo que a veinte pasos le quita al canario un cañamón del pico.
PEPE.—(Crece su alarma.) ¡Caracoles!
[CRISTINA.—¡A veinte pasos; sí, señor!
PEPE.—¿Pero esos blancos?
CRISTINA.—No le fallan.
PEPE.—Pues me habéis dejado el corazón que parece un despertador sin timbre. ¿Y dices que un cañamón?
EDUARDA.—Al canario.
PEPE.—(Aparte.) ¡Canario!]
EDUARDA.—Además, boxea de un modo, que aunque no tuviese armas, si te coge y te tira un directo al estómago, te deja en "ocaut".
PEPE.—¿"Ocaut"?... ¿"Ocaut" a mí?... Oye: ¿la carretera es saliendo de aquí, a la izquierda? [Porque a boxeo puede que me gane; pero en el último "cross country" he batido yo el "record" de los cinco kilómetros con obstáculos. Me seguían dos sastres en motocicleta y no me vieron, no os digo más.]
EDUARDA.—Pero es que tú no puedes abandonarme, Pepe.
PEPE.—¿Que no puedo?
EDUARDA.—¡No puedes, porque hay algo peor!
PEPE.—¿Peor que el cañamón?
EDUARDA.—Que mi marido cree que te correspondo, y no me habla [y me rechaza y me desprecia...] Y vosotros, [al fin] os iréis de aquí, [os iréis para siempre], pero yo he de quedarme, ¿y cómo me quedo yo, [infeliz,] si del corazón de mi esposo no se disipa la duda infamante?
PEPE.—¿Y qué puedo hacer yo para disiparle esa ridiculez?
EDUARDA.—Que le hables, [que reivindiques mi honor,] que le jures que es una calumnia...
PEPE.—Oye, ¿y todo eso no se lo podría yo decir por escrito? Ya sabes que tengo una letra clarísima y que redacto con cierta soltura.
CRISTINA.—No; yo creo que sólo oyéndole a usted mismo se quedaría tranquilo.
PEPE.—Sí, Cristina; pero es que una persona tan exaltada y con esa puntería..., porque al canario le quita el cañamón y le estropea el almuerzo; pero a mí me quita el cráneo... y ¡adiós, Pepísimo!... Además, ¿cómo puede ese imbécil dudar de tu honra?
CRISTINA.—Es que es Otelo.
PEPE.—¡Aunque sea su padre, hija! Hay que tener sentido común y saber contar.
EDUARDA.—Saber contar, ¿qué?...
PEPE.—Años.
EDUARDA.—Pepe.
PEPE.—¡Lo digo por los míos!
EDUARDA.—¡Ay, no me abandones, Pepe!
CRISTINA.—¡No; no la abandone usted, señor Ojeda!
PEPE.—Bueno; no tengáis cuidado. [No soy ningún Cid Campeador, para qué voy a engañaros,] sentiría que un ventajista o un loco me hiciera dejar en este villorrio el agradable pergamino que me envuelve y que tantos afanes me ha costado conservar; [pero al cabo, más mérito tiene jugarse el tipo con el miedo que sin él.] De modo que me quedo; le hablaré a tu marido.
EDUARDA.—Gracias, Pepe; muchas gracias. (CRISTINA va al balcón a mirar.)
PEPE.—Eso, sí; que yo le hablo a tu marido; pero el Cazorlita ese y el alcalde me las pagan, vaya si me las pagan. Lo que me contaste de que el alcalde te hace el amor es cierto, ¿verdad?
EDUARDA.—¡Cómo si no iba yo a decírtelo!
PEPE.—Basta.
EDUARDA.—¿Qué intentas?
PEPE.—No; nada. [A mí a agilidad intelectual no me sobrepasa ningún municipio, como diría ese mirlo legislativo. ¡Ya veréis!]
CRISTINA.—(Que entra del balcón.) Alfredo, ya viene Alfredo... ¡Pero viene corriendo, como aterrado!...
PEPE.—¿Aterrado? ¿Qué le pasará?

ESCENA VI

DICHOS y ALFREDO.
ALFREDO.—(Que entra lívido, descompuesto, con la americana rota.) ¡Ay tío, ay tío de mi alma!
CRISTINA.—(Anhelante.) ¡Alfredo!
[PEPE.—¿Qué te ocurre?
EDUARDA.—¡Viene usted lívido!
CRISTINA.—¡Tiemblas!]
PEPE.—¿Qué te ha pasado?
ALFREDO.—No; nada. ¿Se acuerda usted del perro que me querían regalar?
PEPE.—Sí; [un "seter",] un precioso "seter".
ALFREDO.—"Seter", ¿eh? Pues mire usted la americana. (La lleva desgarrada por detrás.) ¡Mire usted qué "seter"!
EDUARDA.—¡Qué siete!
ALFREDO.—El perrito, que estaba rabioso.
PEPE.—¿Qué dices? ALFREDO.—[Absoluta y totalmente rabioso.] Si no tengo la suerte de esquivarle, me destroza.
CRISTINA.—[¡Qué infames!...] ¿Ven ustedes lo que yo decía del perro?
EDUARDA.—¡Asesinos!
ALFREDO.—¡Ay, qué rato he pasado!
[PEPE.—Por lo que parece, estos cafres empiezan a tirar con bala.]
CRISTINA.—¡Por algo temblaba yo de que no vinieras!
ALFREDO.—Y, además, sospecho que nos preparan algo terrible. En ese callejón he visto un tío envuelto en una manta y con algo debajo, que si no es un trabuco es un pariente próximo.
CRISTINA.—¡Ay!... ¿Qué acecharán?
EDUARDA.—¡Debe ser el Carlanca; es un asesino!
PEPE.—Ya, ya; uno de los que gritaban ¡viva la España del Dos de Mayo y de Covadonga!... ¡Y de las encrucijadas!... ¡Ladrones!... ¡Sois muchos y malos; pero no podréis conmigo, [yo os lo prometo!] ¡Ay, la partida que os voy a jugar!
ALFREDO.—Ya lo oyes, Cristina; es imposible permanecer aquí sin grave riesgo. Es necesario que resuelvas pronto.
CRISTINA.—¿Y qué he de hacer yo?
ALFREDO.—Decidirte, venirte a Madrid. Huir de estos canallas.
PEPE.—Sí; hay que marchar esta misma noche.
CRISTINA.—¡Pero huir, irme con ustedes!...
ALFREDO.—Fía en mi amor y en mi lealtad.
CRISTINA.—Sí; en ti fío, Alfredo... Pero irme sola... ¡No; no me atrevo!
ALFREDO.—Entonces me quedo yo también; ¡porque yo no te dejo en manos de estos energúmenos! Sea lo que Dios quiera.
CRISTINA.—No; eso, no; tú vete, sálvate.

ESCENA VII

DICHOS y EUSTAQUIO, por la primera izquierda.
EUSTAQUIO.—Excelentísimo señor.
PEPE.—¿Qué se te ofrece?
EUSTAQUIO.—Dispénseme usté y que haiga entrao sin premiso; pero es que la cosa...
PEPE.—¿Qué pasa?
EUSTAQUIO.—Don Sabino, el médico, [que viene llorando que da compasión] con su hija [de la mano y un lío de ropa; que ice que] tie precisión de hablar con usté; [que por Dios y que si pue usté recibilo.]
PEPE.—¿Que lo reciba yo?... [¿Al médico?...] ¿Pero qué desea?
EUSTAQUIO.—Yo no sé; pero está el pobre que su alma se la parten.
EDUARDA.—¡Pobre don Sabino! ¿Qué le ocurrirá?
PEPE.—En fin, dile que pase. Vosotros mientras entrad ahí y resolver con urgencia lo que nos conviene a todos. Pero pronto, antes que nos corten la retirada. (Entran EDUARDA, CRISTINA y ALFREDO por la segunda derecha.)

ESCENA VIII

PEPE OJEDA, DON SABINO y MARÍA TERESA, por la primera izquierda.
DON SABINO.—(Entra rápido, desolado, seguido de MARÍA TERESA y en actitud suplicante.) ¡Caballero, [caballero! ]
PEPE.—¿Qué le ocurre a usted, señor mío?
DON SABINO.—Ampárenos, [vengo huyendo, lleno de temor y zozobra.]
PEPE.—¿Pero qué le pasa? [¿Qué es lo que teme?]
DON SABINO.—Que cometen conmigo la más infame de las iniquidades. Sospecho que me [persiguen, que me] quieren encarcelar.
PEPE.—¿Pero por qué causa?
DON SABINO.—[Por nada en realidad.] El alcalde, que pretexta un ridículo desacato. ¡Son unos miserables! Pero a mí lo que me importa sobre todo es salvar a mi hija. [¡A mi hija!...] No tengo otra cosa en el mundo... ¡Por Dios, caballero!
[MARÍA TERESA.—(Suplicante.) ¡Piedad, señor!]
PEPE.—Cálmese usted. (Se sientan.)
DON SABINO.—[Caballero, soy el médico de este pueblo; me deben mis honorarios de siete años. Ayer mañana fui con otros dos hombres de bien a elevar una protesta a casa de ese fariseo. Mis compañeros ya están en la cárcel, yo temo correr la misma suerte. Por eso] vengo a implorar auxilio y protección de usted, [que en estos instantes es aquí autoridad suprema] como Delegado del Gobierno.
PEPE.—(Aparte.) ¡Caracoles! ¿Y cómo le digo yo a este pobre señor...? (Alto.) ¿Pero usted es realmente amigo del alcalde?
DON SABINO.—¡Yo qué he de ser!... Yo no soy enemigo de nadie, señor; pero como yo no he tolerado que mi asistencia a los enfermos esté mediatizada por los caprichos políticos de un bárbaro, me llama enemigo y me persigue, y no me paga, [y quiere hundirme en la miseria y en la desesperación, o quizá lanzarme al crimen... Por eso solicito el auxilio de usted. Tengo miedo. Quiero irme, irme pronto. Antes que permanecer aquí prefiero morir de hambre en la cuneta de una carretera. Después de todo, esto coronaría gloriosamente el martirio de una vida consagrada a la Humanidad y a la Ciencia en un país de ingratos.] (Llora.)
PEPE.—¿Pero tanta infamia es posible?...
DON SABINO.—¡Qué saben ustedes, los que viven lejos de estos rincones!... Treinta y cinco años, señor [me he pasado de médico titular,] de médico rural, luchando siempre [contra el odioso caciquismo,] contra un caciquismo bárbaro, [agresivo, torturador;] contra un caciquismo [que despoja, que aniquila, que envilece... y] que vive agarrado a estos pueblos como la hiedra a las ruinas... [Yo he luchado heroicamente contra él con mi rebeldía, con mis predicaciones; porque yo, que la conozco, estoy seguro de que] en esta iniquidad consentida a la política rural está el origen de la ruina de España.
PEPE.—Ah, sí; tiene usted razón, señor mío, y lo grave es que esa tremenda iniquidad de que usted habla no desaparece porque en ella tienen su fundamento las tradicionales oligarquías de nuestra vieja política.
DON SABINO.—Exacto, exacto...
PEPE.—(Sigue con exaltación oratoria.) Por eso este mal es tan hondo y tan permanente, porque es base de muchos intereses creados, [raíz sustentadora] de muchos poderes constituidos.
DON SABINO.—¿Y [será tal] nuestra desgracia, [señor, que esta vileza] no tenga remedio?
PEPE.—¡Cómo no!... Abandonemos valientemente este árbol añoso y carcomido de la política caciquil y plantemos otro joven, sano [y fuerte], que absorba para sí la savia fecunda [y saque al otro y dé con él en tierra; porque sólo en las ramas] de ese árbol nuevo podrá cantar el pájaro de nuestro aurora... (Aparte.) ¡Ojeda, que te pones cursi!
DON SABINO.—¿Y usted que lo sabe [y que lo dice,] por qué no va a Madrid y lucha para lograrlo, y trabaja?...
PEPE.—(Vivamente y con disgusto.) ¡Ah, no; trabajar, no!... A mí pedidme verbo, no acción. Yo soy un apóstol, los apostóles no han trabajado nunca. Además, yo, que me parezco un poco a los políticos españoles, soy como un libro de cocina: tengo recetas para todo; pero..., pero hay que buscar la cocinera.
DON SABINO.—Pero si la cocinera no parece, ¿qué vamos a hacer políticamente los españoles?
PEPE.—Pues lo que venimos haciendo, ¡comer de fiambre!... Pero usted, mi pobre amigo, no ceje en su generosa lucha.
DON SABINO.—[¿Y cómo no cejar?] [¿No ve usted el resultado de mi rebeldía? La niña y yo hemos sufrido miseria, nos morimos de hambre, de hambre, ¡señor mío!... y] cuando voy a implorar [como una limosna] mi sueldo [no quieren pagarme,] me dicen que el Ayuntamiento no tiene dinero..., [¡no tiene dinero!...]
PEPE.—(Exaltado.) ¿Que el Ayuntamiento no tiene dinero?... ¡Canallas!... ¡Y me dan a mí todo esto para que no los lleve a la cárcel!... ¡Don Sabino, tome usted! (Le entrega los billetes que ha sacado del bolsillo.)
DON SABINO.—(Asombrado.) ¿Qué es esto?
PEPE.—Dos mil pesetas.
DON SABINO.—¡Señor!...
PEPE.—Guárdeselas. [No le humillo con el oprobio de una limosna, no.] Ese dinero es del Ayuntamiento. [¿No es usted su acreedor?] Guárdeselo sin escrúpulo.
DON SABINO.—Pero...
PEPE.—¿No le deben a usted siete años? Pues uno menos.
DON SABINO.—¿Y cómo le pagaría yo a usted, señor delegado...?
PEPE.—A mí no me llame usted delegado, [¡por lo que más quiera!]
DON SABINO.—Pero ¿por qué?
PEPE.—Pues..., porque no lo soy.
[DON SABINO.—¿Qué dice usted?
PEPE.—La verdad.]
DON SABINO.—¿Entonces usted ha venido aquí...?
PEPE.—A una cosa muy distinta de la que suponen, y para la cual usted podría hacerme ahora un favor inmenso.
DON SABINO.—Usted dirá.
PEPE.—¡Mi sobrino y la sobrina del alcalde se aman!
DON SABINO.—[¡Cielos!] ¿Cristinita?
PEPE.—Es preciso que esa muchacha salga para Madrid esta misma noche. ¿Usted tendría inconveniente en acompañarla?
DON SABINO.—¡Con alma y vida! Si ella quiere... Precisamente a Madrid vamos nosotros.
PEPE.—¿A qué hora sale el tren?
DON SABINO.—A las diez y cuarto.
PEPE.—Todavía queda media hora; sobra tiempo. Usted y su hija se llevan a Cristina, esperan en la estación y toman los billetes. Nosotros no tardaremos.
[DON SABINO.—¡Pero cómo podrá usted salir del pueblo, porque yo he sabido que quieren coaccionarle, que le tienen cercado!
PEPE.—No importa. Me iré.
DON SABINO.—Además,] esos bribones no tardarán en venir con los libros... ¡y con la murga!
PEPE.—¿Con la murga? ¿Para qué?
DON SABINO.—Es la costumbre del alcalde. En cuanto tiene que rendir cuentas de cualquier cosa, lleva la murga, para que en cuanto le pidan una aclaración toque el pasodoble de Joselito y no hay modo de entenderse.
PEPE.—No está mal. Ahora que a mí, como si me quiere traer la Sinfónica. Contra todos puedo. [Yo le doy a usted mi palabra, que no sólo no han de tocarme el pelo de la ropa, sino que hasta alguno de ellos puede que me acompañe a la estación.]
DON SABINO.—¡Pero usted es el demonio!
PEPE.—Peor. Soy el hombre que ha vivido sin dinero.

ESCENA IX

DICHOS y EUSTAQUIO.
[EUSTAQUIO.—¿Da usté su premiso? PEPE.—Pasa.]
EUSTAQUIO.—El señó alcalde, el secretario y don Régulo; que si pueden pasar a saludarle a usté.
[DON SABINO.—(Aparte.) Ahí están.]
PEPE.—Sí; pero que tengan la bondad de aguardar un instante.
EUSTAQUIO.—Está bien.
PEPE.—Dales el recado y vuelve, que he de hacerte un encargo.
[EUSTAQUIO.—Volando. (Vase.)
DON SABINO.—¡Ellos aquí!...
PEPE.—Calma. Tenga la bondad de hacerme un recibo de las dos mil pesetas.
DON SABINO.—Con mucho gusto; sí, señor.
PEPE.—Mientras escribiré yo unas líneas. (Los dos se sientan y escriben rápidamente.) A mí Carlancas y Régulos... ¡Ya veréis la que os preparo!
DON SABINO.—(Entregándoselo.) El recibo.]
PEPE.—[Muy bien. Pues] ahora, sin perder minuto, entre en esa habitación y explique a Cristina, a mi sobrino y a doña Eduarda, que están en ella, cuanto hemos convenido. Salgan al marcharse, usted y su hija, con Cristina y mi sobrino, por la puerta que da a esa calleja y a la estación. Dígale a doña Eduarda que espere mi aviso. Gracias por todo y hasta luego.
DON SABINO.—Vamos, hija.
[MARÍA TERESA.—¡Caballero!] (Vanse por la segunda derecha.)
EUSTAQUIO.—(Entrando.) Usté mandará.
PEPE.—Toma esta carta y llévala a casa del sargento de la Guardia Civil.
EUSTAQUIO.—Sí, señor.
[PEPE.—Si no la llevas te mando fusilar.
EUSTAQUIO.—No, señor.
PEPE.—A escape.
EUSTAQUIO.—Sí, señor.
PEPE.—No tardes.
EUSTAQUIO.—No, señor.]
PEPE.—Y a esos señores, que pasen.
EUSTAQUIO.—Sí, señor.
[PEPE.—Ahora, Dios mío, inspiración y desenvoltura para acabar con estos reptiles. Es una villanía la que voy a hacer; pero con fulleros no es cosa de jugar limpio.]

ESCENA X

PEPE OJEDA, DON ACISCLO, CAZORLA y DON RÉGULO, por la izquierda.
DON ACISCLO.—¡Excelentísimo señor!...
CAZORLA.—Señor Ojeda. (DON RÉGULO sólo una grave reverencia. Lleva un garrote enorme.)
PEPE.—¡Señores! (Aparte.) Vaya una carita que trae el del cañamón. (Alto.) ¿Quiere usted dejar el junquito?...
DON RÉGULO.—Gracias. (No lo suelta.) Es comodidad.
DON ACISCLO.—Qué, ¿y qué tal y cómo les pinta a ustés por este pueblo, señor Ojeda?
PEPE.—Pues nos pinta que ni Zurbarán, señor alcalde. [Esto es tan pintoresco como paradisíaco. ¡Un vergel!]
DON ACISCLO.—Aquí otra cosa no tendremos, pero buena voluntá...
PEPE.—¡Calle usted, hombre; una gloria!
DON ACISCLO.—Porque el accidente del cohete..., si viera usté que m'ha quitao a mí el sueño.
CAZORLA.—[Aquello ya comprendería el señor que] fue un accidente meramente fortuito.
PEPE.—Fortuito y que si me da en el ojo, pues para sacarme la niña a paseo; ¡pero nada más!... Y [a ustedes, señores,] ¿qué les trae por esta su fonda?
DON ACISCLO.—Pues [con permiso de usté,] y aunque la hora no sea muy allá que digamos, [pues por salir de esto] le traemos a usté los libros; naa... Cuatro cuentejas... Aquí se puen llevar las cuentas por los deos...; [naa.] Usté nos pone el visto bueno...
PEPE.—Bueno.
[DON ACISCLO.—Amos, pa que uno pueda responder el día de mañana, y naa...]
CAZORLA.—Esta contabilidad es tan sencilla que no hace falta tenedor.
PEPE.—Pues si no hace falta tenedor, con los dedos, como dice el alcalde.
DON ACISCLO.—De forma que si usté quiere dar un vistacillo...
PEPE.—Con alma y vida...; pero antes, señores, si yo me atreviese, les pediría un favor inmenso.
DON ACISCLO.—[¿Cómo favor? Toos criaos de usté.] Usté es el que manda. ¿Qué hay que hacer?
PEPE.—Pues nada; el asunto es que me han sorprendido ustedes de visita con una persona que tengo en esa habitación.
DON ACISCLO.—¿Eh?
PEPE.—La cosa que ha venido a tratar es grave y urgente. Si ustedes me permitiesen, yo reanudaría el "pour parler" y en seguida a sus gratas órdenes.
DON ACISCLO.—[Sí, señor;] como usté mande. No faltaba más.
PEPE.—Pues pasen por aquí; aguarden y perdonen unos minutos. (Invitándolos a pasar.) Don Régulo...
DON ACISCLO.—(Aparte.) ¿Qué será esto?
DON RÉGULO.—(Ídem.) ¡No sé cómo puedo contenerme!
CAZORLA.—(Ídem.) Observaremos. (Entran por la primera derecha.)

ESCENA XI

PEPE OJEDA y EDUARDA, por la segunda derecha; luego, los otros, al paño.
PEPE.—(Aparte.) Audacia, Ojeda. (Abre la puerta segunda derecha. Alto.) Tenga la bondad, señora.
EDUARDA.—(Saliendo.) Pero...
PEPE.—(Aparte, a EDUARDA.) Nos oyen; discreción. (Le ofrece una silla de espaldas a primera derecha.)
EDUARDA.—(Aparte, a PEPE OJEDA.) ¿Quién?
PEPE.—(Aparte.) ¡Tu marido!
EDUARDA.—¡Ah!...
PEPE.—(Ídem.) Silencio. Va a quedar tu honor como las propias rosas. [Calma.] (Se sienta también. Alto.) Pues nada, señora; perdone esta pequeña [e involuntaria] interrupción en nuestra conferencia, que estaba deseando reanudar, [y estaba deseando reanudarla,] porque la honra de una señora tan digna como usted me interesa como mi propia honra.
DON RÉGULO.—(Por entre las cortinillas.) ¡Ella!
EDUARDA.—¡Muchísimas gracias, señor mío!...
PEPE.—Y claro está que yo, como usted me exige, le diré a su esposo, [dándole cuantas pruebas estime justas,] que es usted víctima de una calumnia incalificable.
EDUARDA.—[¡Más que incalificable,] artera!
PEPE.—Fementida. Pero le añadiré que él, sin sospecharlo, también es víctima de una villanía inmunda.
EDUARDA.—¡De una trama diabólica!
PEPE.—Es preciso que le digamos que no soy yo, ¡pobre de mí!, que he llegado hace cuarenta y ocho horas a este pueblo, el que le hace a usted el amor, no; que el que le hace a usted el amor, hace más de seis años; el que [la viene a usted asediando con cartas y] la atropella y la pellizca bárbara [y villanamente,] por rincones y pasillos, [que] no soy yo, [que] no soy yo...; [¡que] es el señor alcalde! ¡El señor alcalde! ¿No es esto verdad, señora? (Se han ido asomando poco a poco DON ACISCLO y CAZORLA, por el montante; DON RÉGULO, por entre las cortinas.)
EDUARDA.—[¡No ha de serlo!] ¡Pruebas mil puedo dar!
PEPE.—Es preciso que su esposo sepa también que el que me inculpa a mí es el canalla de Cazorla.
EDUARDA.—Sí, señor; ese zorro consistorial y académico.
PEPE.—Que quiere que su esposo me finiquite para que una vez yo en la huesa y don Régulo en presidio, echarla a usted en brazos del alcalde. ¿No es verdad todo esto, doña Eduarda; no es verdad?
EDUARDA.—Tan verdad como el Evangelio. Lo juro por la sagrada memoria de mi padre. (Se oyen en la habitación primera derecha estacazos, ayes, golpes, gritos de socorro.) ¿Pero qué sucede ahí dentro?
PEPE.—Parece que están jugando a carambolas. (Más golpes.)
EDUARDA.—¡Jesús!
PEPE.—[¡Pues a palos!] (Salen, lívidos, descompuestos, con los pelos en desorden, DON ACISCLO y CAZORLA huyendo de DON RÉGULO, que los persigue frenético, y al que no queda ya del bastón más que una viruta.)
DON ACISCLO.—¡Socorro!
CAZORLA.—¡Auxilio!... ¡Por Dios, don Régulo!... ¡Falso, impostura!...
DON RÉGULO.—¡Canallas! ¡Miserables!
DON ACISCLO.—¡Sujetarlo, que es una calumnia! ¡Sujetarlo!
[EDUARDA.—¡Pero estaban los tres!
PEPE.—¡Pues no, que se juega!]
DON RÉGULO.—¿Pero es de veras lo que he oído, Eduarda?
EDUARDA.—[Yo ignoraba que estuvieses con ellos. pero] sí, lo que ha dicho este señor es la verdad. ¡Mi honor ante todo!
[DON ACISCLO.—Yo no fue sino que le gasté unas bromas.
PEPE.—¡Silencio!]
DON RÉGULO.—¿De modo que todos aquellos cardenales...?
PEPE.—De ese papa. (Señala a DON ACISCLO.)
DON RÉGULO.—¡Déjame que los mate!...
[EDUARDA.—No, por Dios, vámonos... No te pierdas por esos bribones...
DON RÉGULO.—¡Granujas..., bandidos!
EDUARDA.—¡Y mañana nos vamos del pueblo!...
DON RÉGULO.—¡Me darán ustedes una satisfacción!...
PEPE.—¿Qué más satisfacción?... Ha venido usted con una carga de leña y se va con una viruta, conque no sé...]
EDUARDA.—¡Cálmate, Régulo, cálmate! (Se lo lleva.)
DON ACISCLO.—(Amenazador.) ¡Y usté jugarnos esta encerrona!
PEPE.—¿Y la que me preparaban ustedes a mí, señor Arrambla?
CAZORLA.—¡Me ha hecho pedazos!
PEPE.—¡Ya le volverá a usted a pegar! ¡No se apure!
DON ACISCLO.—¡Ha sido una infamia!
CAZORLA.—¡Meternos en una ratonera!
PEPE.—¿Pues qué quería usted, zarandearme la masa pilosa y que yo permaneciese estático?
CAZORLA.—¡Qué traición!
PEPE.—¡Cada uno tiene su manera de exterminar insectos acrobáticos, mi cultiparlante amigo!
DON ACISCLO.—Vámonos, vámonos, y yo le juro...

ESCENA XII

DICHOS, ALFREDO y MONREAL, que aparecen por la izquierda.
PEPE.—No, calma, un poco de calma, señor alcalde. No hemos terminado.
ALFREDO.—Tío, aquí está el señor Monreal.
PEPE.—Adelante, mi querido amigo.
MONREAL.—Señor Ojeda. (Se estrechan la mano.)
PEPE.—Pase usted, pase usted... Tengo el honor de presentarle a don Acisclo [Arrambla Pael,] alcalde, dueño y señor de este pueblo insigne, y a su digno secretario...
MONREAL.—(Reverencia.) Señores... ¿Pero qué les ha ocurrido, les observo una agitación?...
PEPE.—Nada..., un ligero "match" de boxeo. Señor alcalde, presento a usted al señor delegado del Gobierno, que es el que viene a ajustarles a ustedes las cuentas.
DON ACISCLO.—(Asombrado.) ¿Eh?... ¿Cómo?...
MONREAL.—Aquí traigo mis credenciales.
DON ACISCLO.—Entonces, ¿ustedes han venido?...
ALFREDO.—(Que ha salido con la maleta y la manta.) Por su sobrina de usted, que ya está en la estación.
DON ACISCLO.—(Asombrado.) ¿Pero qué dicen?
ALFREDO.—¡Detalles, por correo!
PEPE.—Conque aquí le dejo a usted, señor Monreal, con un alcalde de pronóstico, los libros, dos kilómetros de longaniza, varios jamones, el Carlanca, un recibo de dos mil pesetas y un perro rabioso... Y usted, apreciable y exiguo filósofo, tendrá la exquisitez de acompañarnos.
CAZORLA.—¿Yo?
PEPE.—Hasta el propio "sleeping", y debemos advertirle que como en la vía pública cualquier cofrade trate de agredirnos, le alojo a usted en la deforme pelota que está haciendo pasar por cráneo, un esferoide plúmbeo. (Le apunta con la browning.)
CAZORLA.—Pero...
PEPE.—Dale la maleta. (ALFREDO se la da.) Andando. (A DON ACISCLO.) ¡Y a este señor es al que deben ustedes tocarle el pasodoble de Joselito! ¡Qué sigan ustedes bien!... (Volviendo.) ¡Ah, y que conste que los españoles no podremos gritar con alegría "¡Viva España!" hasta que hayamos matado para siempre a los caciques! (Vase. Telón.)
FIN DE «LOS CACIQUES»

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