Mi reino.


Narración libre basada en el Evangelio de San Juan 18, 33-37. 

En aquel tiempo el gobernador, entrando en la sala, mandó llamar al preso. Atrapado entre dos guardias, medio desnudo, sangrando, golpeado, azotado, humillado, el recién llegado cayó de rodillas ante el todopoderoso señor. Las burlas crecieron despreciando aquella sanguinolenta figura que se arrastraba por el suelo.
El gobernador contemplándolo preguntó: 
– ¿Eres el cabecilla de los que pretenden sublevarse contra la crisis, la tristeza, la mediocridad y la corrupción?
Lo que quedaba de aquel ser, levantando la cabeza preguntó: 
– ¿Dices eso por tu cuenta, o es lo que otros hablan de mí entre susurros, envidias y manipulaciones?
El gobernador, alzando sus cejas y acariciando sus barbas, respondió:  
– ¿Soy de los tuyos? Los sujetos que hablan de ti te han traicionado como se traicionan los sueños con realidades infelices, como se delatan a los ideales que pretenden cambiar el mundo, como se abandonan las esperanzas ante el poder de los supremos señores de la tierra. ¿Qué has hecho?
El Hombre, irguiendo a duras penas sus martirizadas rodillas, se levantó para afirmar:  
– Mi Reino no es de tu mundo. Si mi Reino fuese como el tuyo, mis hombres habrían combatido con las armas de la mentira, la decadencia, las dobles verdades, tráficos de influencias, mitades incompletas de políticas mediocres, de economías sumergidas.
Entonces el gobernador preguntó: 
– ¿Luego tú eres el Rey?
Respondió el Hombre: 
– Tú lo dices, soy Rey de sonetos truncados, de versos encendidos, de gritos al viento, de lamentos que claman desde la indigencia, de endecasílabos que lloran muertos desconocidos, de alejandrinos que sobrevuelan mundos lejanos, de sátiras que recuperan la dignidad de los acosados. Porque no hay más verdad que la verdad del corazón. Todo el que es de la verdad, escucha mi palabra, acompaña mi voz.

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Ya tenemos portada definitiva.

Ya tenemos portada para este libro andariego que recorre media España, por tierra, mar y cielo.

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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