El puente de la Aparición

      Todo comenzó una fría noche de mediados de noviembre. Regresaba a casa cuando sin saber cómo ni por qué mis pies me guiaron por la alameda hacia el puente de la Aparición. Antaño debió ser una de las arterias principales de la ciudad. Construido sobre tres arcadas, en uno de sus extremos se alza la imagen soberana de la Inmaculada Concepción. Según cuentan fue en ese lugar donde la Virgen apareció a unos campesinos para librarles de la peste. Recuerdo cómo la luna se reflejaba caprichosamente en la corriente. En uno de esos reflejos me pareció distinguir la silueta de una mujer reclinada en el centro del puente. Por unos instantes pensé que estaba a punto de cometer cualquier locura. Conforme me acercaba a ella pude divisar con mayor claridad la blancura de su piel, su nariz respingona y coqueta, la barbilla alargada, cabello castaño con un flequillo que ocultaba parte de la frente y sus cejas arqueadas y separadas en una simetría casi virginal. En cierta medida me recordaba a la protagonista de Memorias de África. Un profundo olor a jazmín impregnaba el ambiente.
      - No te inclines o caerás - dije temiendo asustarla.
      Lentamente giró la cabeza examinándome de arriba abajo. Sus ojos, profundos y oscuros, atravesaban mi soledad devolviendo el brillo de la luna de una manera especial.
      - Gracias - respondió.
      - No me gustaría tener que lanzarme para salvarte. El agua debe estar muy fría.
      - Más de lo que imaginas.
      - ¿Cómo te llamas?
      - María - contestó fríamente.
      - Soy Daniel Larra - me presenté -, aprendiz de escritor y creador de mundos varios.
      Las comisuras de sus labios esbozaron una tenue sonrisa mientras yo proseguía.
      - No deberías andar sola a estas horas.
      - El mundo pasa a nuestro lado y nos ignora. Nadie tiene tiempo para los demás.
      - Uno debe estar ciego para pasar al lado de una chica tan bonita y no fijarse en ella.
      - Eres muy galante pero no sabes con quién estas hablando.
      - Tu tampoco sabes con quién estas hablando; podría ser un sádico o un asesino.
      - Los ojos te delatan. Tu alma esconde algo que no has encontrado, pero no te preocupes que pronto llegará.
      - ¿Quién sabe? ¿Tienes novio?
      - Tuve tres pretendientes.
      - ¿Y en la actualidad? - pregunté temeroso.
      -  No queda nadie.
      - Siento decirlo, pero me alegro - suspiré-.
      - Eran unos sinvergüenzas. Ramón un pedante que solo buscaba mi dinero y Esteban un cerdo que me engañaba con la primera que pasaba.
      - ¿Y el tercero?
      - El peor.
      - ¿Boxeador?
      - No, Joan era un mecánico celoso y posesivo que solo cuidaba su tupé. Me costó romper. No sé pero es como si me considerara de su propiedad.
      - Mala gente.
      - ¿De verdad eres escritor?
      - En sueños sí, mas cuando despierto trabajo en un vulgar despacho de abogados.
      - ¿No tienes novia?
      - No, novia no, pero he encontrado a la protagonista de mi próxima novela.
      - Me siento halagada. ¿Quieres acompañarme?
      Estuvimos paseando hasta altas horas de la madrugada. Estaba tan absorto que no aprecie la ausencia de tráfico rodado. Éramos los únicos que deambulábamos por las calles; nada se cruzaba en nuestro camino. La acompañé hasta su casa, un antiguo caserón modernista de principios del veinte. En el timbre figuraban los apellidos Fernández Falcón.
      Al día siguiente permanecí ajeno a todo lo que me rodeaba. El tesorero me recriminó sobre ciertos errores en los balances de una empresa filial, así como en un informe de reconversión laboral. Después de cenar volví al puente de la Aparición con la idea de fumar un par de cigarros y pensar en ella. Mi corazón dio un vuelco de alegría cuando vi que estaba esperándome. Levanté la mano y ella me devolvió el saludo desde el pie de la Virgen.
      - Un poco tarde para pasear - inicié -. ¿Siempre sales a estas horas?
      - Sabía que vendrías.
      - No tenía nada que hacer.
      - ¿No eres de aquí?
      - Vine hace un par de años. El despacho de abogados donde trabajo me envió para supervisar unas auditorias. ¿Siempre paseas sola?
      - No tengo miedo. Un tío mío es policía.
      A partir de aquella noche nos veíamos todos los días a la misma hora y en el mismo lugar. Nunca tomábamos nada, simplemente paseábamos durante un par de horas. Le contaba mi vida, mis sueños de escritor y ella escuchaba atentamente. Siempre me hablaba de su familia, de sus amistades y de su pasado.
      Un día, en la puerta de su casa, le tome la mano y acercándome a ella la besé. La fragancia de jazmín era intensa, elegante, seductora. Mi corazón palpitaba con la fuerza y la pasión que genera un primer beso de amor.
      - Debes irte, falta poco para que todo se cumpla - susurró ella.
      La siguiente noche destrozó mi vida para siempre. Ella estaba en el lugar de costumbre pero esta vez estaba como ausente. Desde lejos alce la mano y la saludé, pero no me devolvió el saludo. No me esperaba a mí, esperaba a otra persona. Un extraño sentimiento embargó mi corazón. Un tipo, vestido con una cazadora de cuero y con un brillante tupé se acercaba a ella. De repente discutieron con energía. Mientras estaba acercándome algo brillante, alargado, surgió de entre las manos y se hundió repetidamente en el cuerpo de María. Grité. Corrí mientras se desplomaba inerte en el suelo. Cuando llegué estaba envuelta en un charco inmenso de sangre que caía al río.
      - No te entretengas. Síguele - ordenó.
      Sin saber el motivo ni la razón, corrí tras Joan. Este actuaba como si no le persiguiera y por mucho que lo intentaba no lograba alcanzarle. Cruzó varias calles, dobló un par de esquinas y finalmente se detuvo ante un solar en obras. Saltando la tapia pude ver como introducía la navaja en el hueco de un pilar que estaba preparado para rellenar de cemento.
      Pensando en la pobre María retomé mis pasos buscando ayuda. No tardé en encontrar un coche policía. Cuando llegamos al lugar de los hechos descubrí horrorizado que no había nadie; ni siquiera los restos de sangre que minutos antes inundaban la acera. Conseguí convencerles para ir al lugar donde Joan escondió la navaja mas en su lugar se levantaba un enorme edificio de oficinas. Para mayor estupidez me enzarcé en una acalorada discusión con los agentes que ocasionó la correspondiente denuncia en comisaría. Unos amigos me recogieron y me llevaron a casa obligándome  que tomase unos tranquilizantes. Cuando se fueron me quede dormido en el sofá.
      Era mediodía cuando me despertó la insoportable tozudez del timbre. Al abrir la puerta encontré a un hombre entrado en edad, algo grueso y casi calvo. Sus ojos destellaban mientras que el sombrero bailaba entre sus dedos. Su voz quebrada preguntó:
      - ¿Daniel Larra?
      - Dígame.
      - Soy el comisario Cesar Falcón y quisiera hacerle unas preguntas.
      - Pase. No sé si estoy en condiciones de poder contestarle. Debe comprender que me encuentro algo confuso.
      - Seré lo más breve posible.
      - Siento el ridículo que hice pero me ha sucedido algo que no consigo asimilar.
      - Comprendo.
      - Le puedo garantizar que vi algo real, o por lo menos lo fue para mí.
      - ¿Era la primera vez que veía a esa chica?
      - En realidad la conocí hace quince días. Nos veíamos todas las noches y paseábamos por la ciudad.
      - ¿La vio alguien más?
      - No.
      - ¿Sabe cómo se llamaba?
      - María Fernández, ya lo dije en mi declaración.
      - ¿Le habló alguna vez de su familia?
      - Sí, los quería mucho.
      Sacando una fotografía del bolsillo preguntó con voz trémula:
      - ¿Es esta la chica?
      - ¡Sí! - exclamé sorprendido al ver la foto de María en sus manos - ¿Qué sabe de ella? ¿Está bien?
      - Le ruego me disculpe pero soy yo quien hace las preguntas. ¿Cuándo la vio por última vez?
      - Ayer, alrededor de las once de la noche. Todo sucedió muy rápido.
      - ¿Vio al asesino?
      - Fue Joan.
      - ¿Me puede decir si este tal Joan es alguna de estas personas? - preguntó mientras sacaba tres fotos más de la chaqueta. Las miré detenidamente, el tupé inconfundible de Joan le delataba.
      - Este es - contesté mientras le daba la foto del asesino.
      - Según he leído en el informe, el arma homicida lo depositó en un solar en obras. Los agentes le acompañaron al lugar y allí se levanta un edificio bancario. Si le acompañase, ¿sabría indicarme el sitio exacto donde se encuentra la navaja?
      - Por supuesto, pero sigo sin entender nada. ¿Qué esta pasando? ¿Por qué tiene tanto interés?
      - Le ruego me acompañe y confíe en mí. Cuando llegue el momento estaré en condiciones de explicarle lo sucedido.
      Cesar no dudó en saltarse unos cuantos semáforos. Al cabo de pocos minutos nos encontrábamos en el Banco de la Exportación. El director de la sucursal opuso algo de resistencia pero al final cedió gustoso cuando el comisario le mostró la credencial. Tras dar unos cuantos rodeos logré encontrar el lugar donde se encontraba la navaja. Mi compañero permaneció en silencio durante unos segundos, su mano, áspera y rugosa, se posó sobre el pilar como si practicase alguna oración, y por su mejilla se deslizó algo húmedo y brillante. Cuando reaccionó era un hombre distinto: ordenó que nadie se acercase, realizó unas cuantas llamadas y a mí me pidió que desapareciese.
      - Pronto tendrá noticias mías. No diga nada a nadie y vuelva a la normalidad.
      Me reincorporé al trabajo tratando de aparentar algo que mi ser más profundo rechazaba. Mi propio organismo se rebelaba a los dictados de la razón. La lógica carecía de todo sentido. Nauseas, mareos, cefaleas se amotinaron como si unos seres infernales me atacaran desde lo más profundo.
      Una semana más tarde, el comisario me pidió que me reuniese con él en el cementerio. Cuando llegué estaba esperándome en la puerta. Lo primero que hizo fue mostrarme el titular del periódico: "Detenido el asesino del puente. Cinco años después es hallada el arma que inculpa al criminal".
      - Usted me ayudó a detenerlo.
      - Sigo sin comprender. El crimen ocurrió el otro día.
      - Dentro de un mes se cumplen los cinco años de su asesinato. Durante todo este tiempo he perseguido a los sospechosos sin poder acusar a nadie directamente.
      - ¿Estamos hablando de la misma persona?
      - María Fernández era mi sobrina. Iba a cometer una locura cuando usted entró en escena. No podía soportar la idea de que Joan quedase libre.
      - Mi declaración le ayudó a resolver el crimen.
      - La providencia puso delante de mí su denuncia. Todas las piezas encajaban solo que cinco años después.
      - ¿Sospechó de mí?
      - Investigarle fue fácil. En aquellas fechas se encontraba demasiado lejos del lugar del crimen.
      - Entonces, ¿creyó en mí desde el principio?
      - Antes que pegarle un tiro a ese desgraciado y arruinar treinta años de carrera, pensé que debía darle una oportunidad.
      - Entiendo, la navaja era lo que necesitaba para detener a Joan.
      - Cierto. Igual que los restos de los animales prehistóricos quedan impresos en la roca, las huellas del criminal y la sangre de María permanecieron protegidas en el cemento.
            En ese momento nos detuvimos ante una tumba peculiar. Al pie, junto a la cruz, se hallaban unos jazmines y en la lápida se encontraba la inscripción: María Fernández Falcón. Su fotografía me miraba fijamente y era como si sus labios esbozaran aquella tierna sonrisa que me sedujo. Desde entonces estoy seguro que ella permanece siempre a mi lado e incluso, en los días aciagos y tristes, todavía me parece oír su voz que me susurra palabras de amor.





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