Hijos que me heredáis: la calavera
pudre, y no bebe el muerto en el olvido;
del sepulcro no come y es comido:
tumba, no aparador, es quien lo espera.

La que apenas ternísima ternera
la leche en roja sangre ha convertido,
no por ofrenda, por almuerzo os pido,
y el responso, después, de hambre muera.

Dadme aquí los olores cuando huelo;
y mientras algo soy, goce de todo:
venga el pellejo cuando sorbo y cuelo.

A engullirme mis honras me acomodo,
que dar el vino al polvo no es consuelo,
y piensan que hacen bien, y hacen lodo.

D. Francisco de Quevedo y Villegas.

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