“La tempestad”de William Shakespeare y Barco Pirata


Fuentes Wikipedia y Tendencias XXI

La joven productora Barco Pirata, bajo el compromiso de Sergio Peris-Mencheta, aborda la obra con creatividad escénica y borbotones de ingenio humorístico. Intensidad en todas las escenas, uso imaginativo de los elementos materiales o espléndida introducción de la música en vivo acaban ejerciendo un hipnótico sortilegio sobre el espectador. Una función imprescindible para la formación de seres humanos.
Cuando hablamos de Shakespeare da la sensación de que el imaginario colectivo tiene omnipresente aquellos monólogos lapidarios de sus tragedias, e incluso esos finales sanguinolentos donde muere hasta el apuntador, sin pararnos a pensar en la enorme trascendencia que siguen teniendo las comedias mágicas, “El sueño de una noche de verano” y “La tempestad”, donde están ocultas las cargas de profundidad más efectivas de todo el teatro shakespeariano.
Además de la belleza poética y del universo fantástico donde el Bardo de Avon ubica sus textos, gran parte de la virtud de ambas obras reside en lo que ocultan. Aquello que, por razones coyunturales, subyacía entre los hermosos alardes líricos del genial dramaturgo.
Bajo la apariencia de una comedia de enredo amoroso estructurada en forma planos superpuestos y aderezada con oportunas apariciones de trasgos, hadas y duendes, “El sueño de una noche de verano” contiene una verdad terrible: el amor es producto del azar.
De esa manera, y dadas las posibilidades combinatorias en lo que al sentimiento se refiere, no ocurre
con la deseada frecuencia que amemos a la criatura que más nos conviene. Y eso, que parece cuestión baladí, suele acabar mal en la mayoría de las ocasiones.
De igual manera, “La Tempestad” es un bellísimo cuento sobre el perdón y la reconciliación en un ambiente mítico, que en realidad desliza una fuerte autocrítica hacia la actitud despótica de la metrópoli con respecto a sus colonias. Pertenece al conjunto de lo que algunos autores han llamado "Romances tardíos" de Shakespeare.
Entre sus personajes encontramos a:
Próspero, el legítimo Duque de Milán y protagonista de la historia que cumple su exilio en una isla perdida junto a su hija Miranda, sojuzgando sin la menor piedad a Calibán, legítimo propietario de aquel trozo de tierra, además de esclavizar a Ariel, el duende mágico del cual se vale para ejercer su poder sobre todo lo que le rodea.
La etimología del nombre de sus personajes no es casual, pues Ariel sugiere el elemento "aire", en oposición a Calibán, quien está asociado a la tierra por Próspero. Ariel significa "león de Dios" en hebreo por lo que es interesante constatar que la voz de Ariel era interpretada en ocasiones como el rugido de un león.
Calibán, el esclavo salvaje y deformado, podría provenir de "Carib(be)an", con el posible significado implícito de "caníbal". Ambas implicaciones sugieren que representa a los nativos del Nuevo Mundo y una referencia a una de las fuentes de Shakespeare: Des Cannibales de Montaigne.
Miranda, hija de Próspero y denominada "maravilla". Su nombre proviene de la raíz latina "mira-", admirar.
Trinculo, cuyo nombre está asociado al verbo italiano "trincare" de significado "beber"; apropiado ya que se trata de uno de los personajes borrachos de la obra.
Stefano, cuyo nombre significa "Corona" en griego (Basileus es rey) y es un nombre apropiado ya que la obra trata el tema de la realeza y el gobierno y Stefano odia a la realeza en la obra.
Otro dato que se ve reflejado en la tarea shakespeariana, es el interés del rey Jacobo I por cuestiones relacionadas a la magia y a la brujería. Estas prácticas eran consideradas un tabú en la época que nos ocupa, y fe de ello nos brindan algunos documentos en los que constan la quema de mujeres, generalmente en hogueras, entre los siglos XVI y XVIII. En este sentido, Jacobo I sentenciaba a muerte a todas aquellas personas que estuvieran bajo sospecha de llevar a cabo tales acciones. La temática de La Tempestad no podría menos, entonces, que manifestarse en un monarca—Próspero— interesado en acabar con el maleficio de una vieja bruja, que acechaba con irrumpir en el orden social de la isla.
El soberano disfrutaba además, del exhibicionismo y de las alegres danzas teatrales—más conocidas como mascaradas—, en donde tenía lugar una serie de cortejos, movimientos escénicos, aparición de figuras mitológicas, cantos, niños disfrazados de moros y aborígenes de Virginia, y otros tantos que encuentran su correlación con numerosos pasajes de la obra de Shakespeare.
Porque, efectivamente, el poder de Próspero, se basa en el uso arbitrario de la magia; una magia que podría ser metáfora de la ciencia y el progreso occidentales aplicados para la explotación de ese tipo de recursos tan frecuentemente ubicados en predio ajeno.
Shakespeare exploró como ningún otro dramaturgo en los vericuetos de la condición humana; tanto en su lado perverso como en sus pequeñas grandezas (que haberlas haylas). El personaje central, Próspero, encarna aquí el lado más oscuro de los imperios, envuelto en una apariencia magnánima, y relativizado por su condición de víctima de las maquinaciones políticas de sus rivales.
Próspero, el hombre entregado a la magia del saber, es al mismo tiempo un arquetipo necesario del mundo civilizado, que insiste en domesticar al resto de la humanidad aunque eso suponga la total extinción de pueblos, culturas y formas de vida que, por lo general, solían desarrollarse en armonía con la naturaleza. Su existencia real está en nosotros mismos.
Porque nosotros somos trasunto de Próspero en la medida que a todos nos convienen esas mismas alambradas donde se desangran los desposeídos y se ahogan los desesperados.
Para centrarnos en la historia Próspero ha sido expulsado de su posición por su hermano y se encuentra en una isla desierta tras naufragar su buque. La obra comienza con una fuerte tormenta, desatada por Ariel (a mandato de Próspero), cuando adivina que su hermano Antonio viaja en un buque cerca de la isla en la que se encuentra. En ella, Próspero, en compañía de su hija Miranda, descansa con sus numerosos libros dedicándose al estudio y el conocimiento de la Magia. Próspero entra en contacto con espíritus como Ariel. Con su ayuda, desde el caos y la locura, Próspero tejerá un encantamiento que le permitirá iniciar su venganza. Al final Próspero renunciará a su magia perdonando a sus enemigos y permitiendo el matrimonio entre su hija Miranda y Fernando, hijo del rey de Nápoles.
En cuanto al contexto y la ambientación de los hechos, es menester puntualizarlos en la atmósfera de una nueva era de viajes y descubrimientos. Ya hacia el reinado de Isabel I, tumultuosas embarcaciones emprendían su viaje rumbo a América. Al arribar al Nuevo Mundo, los colonos ingleses se encontraban con un pueblo primitivo enclaustrado en una poderosa sociedad de costumbres “bárbaras“, que siempre se interponían a sus pretensiones imperialistas. A todo esto, una gran porción de aventureros y hombres de letras solían sumarse a la empresa, con fines puramente ilustrativos, y a modo de mantener informada a la corona británica de los movimientos de un entorno inexplorado.
Los famosos libros de viaje sirvieron a muchos autores que partieron de la base de una tierra pagana, incivilizada y abierta a un sinfín de mitos y leyendas que hablaban de la existencia de monstruos feroces y caníbales que practicaban la magia negra para arrasar con los blancos europeos que ostentaban sus dominios. Es este el motivo por el cual, quizás, “La Tempestad” supo adaptarse a las intrigas del momento, y diferenciarse, en consecuencia, del resto de la producción dramática shakespeariana. El papel de la esclavitud y el dominio que ejercían los colonizadores sobre las tierras que descubrían se tradujo al mundo del teatro y, como no podía menos, al universo de Shakespeare.
A menudo se asocia la isla de la obra con las islas de las Bermudas. Esto es bastante probable porque en el siglo XVII naufragó el barco inglés Sea Venture en las aguas de las Bermudas, obligando a los supervivientes a vivir en dichas islas. Los parecidos que algunos críticos han encontrado entre el relato de William Strachey, uno de los supervivientes del naufragio, y la obra de Shakespeare les ha llevado a concluir que ésta influyo a Shakespeare en la descripción del naufragio y de la isla.
El romanticismo, que tendría su mejor partida en el siglo XVIII, gozaba de popularidad y prestigio durante el reinado de Jacobo I y sus sucesores. Ante la inminente situación de un país que buscaba extender sus alas y competir con España, la ganancia y el usufructúo de tierras americanas se presentaba como la mejor opción a las pretensiones monárquicas británicas.
En la creación literaria, en cambio, esta era de hallazgos y apropiamientos dio lugar a dimensiones alternas, islas embrujadas, terribles caníbales, bestias indomables y paisajes exóticos que contrastaban con los de Gran Bretaña.
Esta obra se escribió cuando comenzó la colonización británica de Norteamérica. Una de sus lecturas críticas observa a Calibán como el amerindio colonizado y esclavizado. Aquel a quien privan de sus tierras y le imponen una lengua extraña. Es este paralelismo que sugiere dicho personaje el que provoca muy distintas reacciones en la audiencia, dependiendo de la época en que se ha interpretado. Si bien, hoy en día, la audiencia tiende a simpatizar con Calibán, por el maltrato injusto que padece; es muy difícil que le ocurriese lo mismo a la audiencia que tuvo Shakespeare en su tiempo. Entonces los ingleses tenían una imagen muy distinta de los pueblos indios. Era común ver a los amerindios como salvajes primitivos, poco más que animales. A pesar de dicho cambio de apreciación en el público, éste no ha provocado un rechazo de la obra en la audiencia, sino nuevas interpretaciones de la misma.
Además, el asentamiento de las primeras colonias suscitó una inquietud literaria en autores como Tomás Moro o Montaigne. Tal es el ejemplo de Utopía, donde Moro describe una sociedad ideal. Estas mismas ideas de Moro ansía Gonzalo en “La tempestad” cuando dice a sus compañeros de viaje lo que él haría si fuera rey.
Luis Astrana Marín, en el prólogo a las Obras completas de William Shakespeare de la editorial Aguilar (1960), menciona el ambiente «claramente "indiano" americano» de la isla y ofrece una explicación de los nombres de Sebastián y Miranda. Según Astrana, Shakespeare debió conocer alguna de las historias que corrían, a mediados del siglo XVI, sobre el secuestro por parte de un cacique timbú en 1526 de Lucía Miranda, esposa del capitán Sebastián Hurtado, en Sancti Spiritu, uno de los primeros establecimientos españoles en el Río de la Plata. Añade también que Calibán habla de Setebos, el «dios de su madre», al que en Los viajes de Magallanes se describe como diablo mayor de los patagones; Shakespeare pudo leer el libro original o incluso en inglés (Eden's History of Travaile, 1577), donde aparecen otros nombres españoles como Ferdinando, Sebastián, Alonso y González (que Shakespeare habría transformado en Gonzalo).
“La Tempestad”, si bien no es ajena al momento histórico en la que fue compuesta, tampoco se ajusta en su totalidad al paradigma romántico de la época. Su trama, la estructura y los personajes son confusos, dando lugar a un gran número de interpretaciones por parte de la crítica tradicional. Veamos algunos casos:
Tomás Cartelli en su libro titulado “Próspero en África: La Tempestad como un texto y pretexto colonialista”, presenta una rica síntesis de hipótesis que subyacen a la producción literaria y buscan su correspondencia con la ideología del momento. En otras palabras, más que enfocarse en el estudio de la obra de Shakespeare, lo que se considera es el uso del texto en su función discursiva con otra de diferente semblanza. Cartelli sostiene que en “La Tempestad” se nos presenta la relación entre el colonizador y el colonizado, con Próspero y Calibán como sus respectivos íconos.
Para Ngugi wa Thiong’o, ningún texto puede considerarse aislado del entorno que lo ha inspirado y, consecuentemente, de la influencia que ha ejercido en el discurso cultural.
En 1898, Rubén Darío se decantaba por el indígena en su trabajo “El triunfo de Calibán”, para denunciar la barbaridad materialista de Estados Unidos. Nueva York era, para este autor, la capital salvaje de una sociedad adquisitiva.
El uruguayo José Enrique Rodó, en un ensayo titulado “Ariel”, identificaba a este personaje con el refinamiento, el arte y la belleza, por oposición a la vida materialista norteamericana simbolizada por Calibán. Ariel se vinculaba a la espiritualidad iberoamericana, y Calibán al impulso expansionista norteño del siglo XX.
En 1969, tres autores caribeños aludían a La Tempestad en un intento por eludir su eurocentrismo. Una revisión de Próspero en este aspecto nos trae a un europeo ilustrado, racional y frío en sus estrategias de conquista. Calibán es asimismo un producto de la imaginación británica, un primitivo al que había que instruir en la cultura anglosajona, absorbiendo la suya en detrimento de una fuerza invasora que imponía sus propias reglas sobre un pueblo asentado y constituido.
África, tierra nativa de Sycorax, es el terreno en el que más se ha abordado el análisis de Calibán. El ugandés Taban lo Liyong apuntaba al tema de la lengua como instrumento para hacerse entender con el colonizado y lograr controlarlo; visión que compartiría el novelista George Lamming.
La academia feminista se concentró en el análisis de Miranda como instrumento del hombre colono para acaparar la atención del aborigen y someterlo a su poder. También se mantiene abierta la posibilidad de una negociación entre Próspero y Calibán para ejercer el control sobre la única mujer de la isla. El matrimonio de Claribel, reducida al páramo del silencio, con el rey de Túnez vuelve a retomar la cuestión de la figura femenina como objeto de transacción política y comercial, algo muy recurrente en casi todas las obras de Shakespeare.
La crítica hacia las publicaciones de este dramaturgo es, una vez más, muy espaciosa y abierta a especulaciones y puntos de vista que irán variando conforme al transcurso del tiempo y al ojo social que las enfoque.
En lo referente al perdón de Próspero, la decisión final de perdonar a sus enemigos rompe la tensión dramática de la obra, aportando un final romántico. Teniendo en cuenta el control que ejerce Próspero sobre todo lo que ocurre en la isla, este cambio inesperado provoca que la audiencia se pregunte si esto que parece un cambio en Próspero también estaba planeado y, todo lo que ha hecho, no ha sido más que jugar con los náufragos. Tampoco queda claro el motivo por el que les perdona.
Hay quien ha afirmado que Shakespeare era católico justificándolo con la última línea de su epílogo. En el epílogo, en el que Prospero se dirige sólo al público y se despide de la audiencia, éste dirá «Let your indulgence set me free» solicitando al público su indulgencia para poder ser absuelto, algo que era propio de la tradición católica.
Se representó por primera vez en 1611 y tuvo una segunda puesta en escena hacia febrero de 1613, con el motivo de celebrar la boda de Isabel Estuardo, hija del rey Jacobo I, con el príncipe Frederick de Heidelberg. Muchos paralelismos encuentran su correspondencia con las personalidades más destacadas del período jacobeo. Así, la máscara nupcial que Próspero crea para el disfrute de Miranda y Fernando, con las figuras divinas de Iris, Ceres y Juno asegurando un dichoso porvenir si la feliz pareja prometía guardar castidad hasta después del matrimonio, podría haberle sentado muy bien al monarca, bien conocido por su arte disciplinario con respecto a los súbditos de su corona.
Representaciones en España.
La obra se representó en el Teatro Español de Madrid en 1963, con dirección de Cayetano Luca de Tena, escenografía de Emilio Burgos e interpretación de Carmen Bernardos, Maite Blasco, Carlos Lemos y Armando Calvo.
En 1983, sobre el mismo escenario, la actriz Nuria Espert protagonizó la adaptación de Terenci Moix, dirigida por Jorge Lavelli y acompañada por Mireia Ros, Carles Canut, Pep Munné, Miguel Palenzuela y Juanjo Puigcorbé.
Otras puestas en escena posteriores incluyen:
La Cubana en 1986.
Calixto Bieito en el Festival de Almagro en 1997 con Fermí Reixach, Alexis Valdés y Hermann Bonnin.
Helena Pimenta en 2004, con Pepe Viyuela, Ramón Barea y Álex Angulo.
Lluís Pasqual en 2006, con Jesús Castejón, Eduard Fernández, Iván Hermés, Aitor Mazo, Helio Pedregal y Joseba Apaolaza.
En la actualidad el texto de Shakespeare alcanza un alto contenido escénico de la mano de la joven compañía de teatro Barco Pirata, bajo el compromiso del creativo Sergio Peris-Mencheta, cuya propuesta nos sumerge en los entresijos de la creación teatral por medio de un ritmo vertiginoso y la efectiva superposición de planos metateatrales.
Quizá esa mismo ritmo -en ocasiones virtuosamente enloquecido- sea el factor que deja en evidencia la falta de acción dramática de los pasajes centrales. Porque, a diferencia de “El sueño de una noche de verano”, esta “Tempestad” no basa su eficacia en el entrecruce de pequeñas historias que van a confluir en un final común.
En este caso -también basado en una estructura coral- la acción queda en suspenso en beneficio de las motivaciones individuales de cada uno de los personajes. No hay aquí un compendio de historias cuya interdependencia estimula la atención del respetable. En “La Tempestad” los personajes confluyen únicamente en el imaginario de Próspero, y solo a él corresponde la responsabilidad de desfacer su propio entuerto.
Una fantástica puesta en escena de uno de los mejores equipos que pisan y agitan nuestros escenarios. Pues la intensidad de todas y cada una de las escenas, el uso imaginativo de los elementos materiales, la sutil ósmosis entre la realidad del trabajo actoral y la ficción de la obra, así como la espléndida introducción de la música en vivo, llegan al punto de ejercer un hipnótico sortilegio sobre un espectador, que apenas dispone de espacio para el distanciamiento.
Una función imprescindible para aquellos padres y docentes que todavía creen en la idoneidad del teatro para la formación de seres humanos que, el día de mañana, deberían ser mucho más que buenos profesionales, eficaces usuarios y leales contribuyentes.
Referencias:
OBRA: La tempestad
AUTOR: William Shakespeare
DIRECTOR: Sergio Peris-Mencheta
COMPAÑÍA: Barco Pirata
PRÓXIMAS REPRESENTACIONES:
Las Palmas de Gran Canaria, 16 y 17 Mayo de 2014;
Tenerife, 26 y 27 de septiembre;
Teatro Guimerá de Gijón, 26 de octubre de 2014.



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