Bajo las estrellas dos guardias custodiaban la entrada a la tienda en la que se podía ver la ciudad sitiada.
El general contemplaba la copa llena con la sangre de sus enemigos, rebosante de saqueos y violaciones, de violencia y odio, de torturas y muertes, de riquezas sin fin, con hermosas jóvenes de piel de seda y muslos relucientes.
Se reflejaba en su interior un semblante curtido en cientos de batallas, agrietado por la dureza de los elementos, la barba salpicada por el trágico paso del tiempo.
El vino tenía un sabor áspero, agrio, amargo, pero con la suficiente fuerza para refrescar su gaznate y olvidar viejos temores y penurias.
Examinó a la mujer, ofrenda del sacrificio, de rostro cetrino, ojos rasgados, cubierta por una larga cabellera de ébano y de sonrisa conciliadora, como si en esa sonrisa se encontrara el premio a su vida, como si en esa mirada hallase la paz deseada.
–Esta noche –dijo Holofernes- el mundo está bajo mis pies. Con una victoria en ciernes no hay nada que me pueda detener –y suspirando reposó su cabeza en el regazo de la mujer.

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