Miguel de Unamuno.


      ¡Hay que vivir! Y él me enseñó a vivir, él nos enseñó a vivir, a sentir la vida, a sentir el sentido de la vida, a sumergirnos en el alma de la montaña, en el alma del lago, en el alma del pueblo de la aldea, a perdernos en ellas para quedar en ellas.
Él me enseñó con su vida a perderme en la vida del pueblo de mi aldea, y no sentía yo más pasar las horas y los días y los años, que no sentía pasar el agua del lago. Me parecía como si mi vida hubiese de ser siempre igual. No me sentía envejecer. No vivía yo a en mí, sino que vivía en mi pueblo y mi pueblo vivía en mí.
     Miguel de Unamuno
 (San Manuel Bueno, Mártir).

Una cita de Herman Melville



“Ningún hombre puede sentir su propia identidad certeramente si no es cerrando los ojos; como si las tinieblas fueran en verdad el elemento propio de nuestra esencia.” 

Herman Melville (Moby Dick)

Te quiero así gitana



Te quiero así gitana,
te quiero por la noche,
te quiero sin reproche,
te quiero en la mañana

cuando el cuerpo derrama
la dulce melodía
que alumbra un nuevo día.
Con ese amor que te ama

como se ama la vida
como se ama la suerte
de tener la alegría
que da poder tenerte
a mi vera, en mi vida.

Te quiero así gitana
reina del alma mía



Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (13)

  

La humanidad no ha sacado provecho de sus propios inventos; y a medida que inventa más y más cosas, sólo consigue ir alejándose más y más de su posibilidad de felicidad


Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (13)  III ALGUNOS ASPECTOS DE LA MAQUINA
2. La fabula de la maquina.

 
Repetidamente he pedido al lector que recordara que mi opinión general sobre nuestro posible futuro se divide en dos partes. Primera, la política de invertir o simplemente resistir la tendencia moderna al monopolio o a la concentración del capital. Obsérvese que es una política porque es una dirección, se siga hasta donde se siga. En cierto sentido, sin duda, aquel que no está con nosotros está contra nosotros, porque si no se le ofrece resistencia su tendencia prevalecerá. Pero en otro sentido, cualquiera que en cualquier forma se resista a ella está con nosotros, aunque no vaya tan lejos como debiera en la inversión. Al intentar invertir de alguna manera la tendencia a la concentración, nos está ayudando a hacer lo que todavía nadie ha hecho. Se estará colocando contra la corriente de su época, o al menos contra la corriente de los últimos años. Y un hombre puede trabajar en la dirección en que lo hacemos nosotros, en lugar de hacerlo en una dirección contraria existente, aun con la maquinaria existente y quizás contraria. Aunque sigamos siendo industriales, podemos bregar por una distribución industrial y contra el monopolio industrial. Aunque vivamos en casas urbanas, podemos ser propietarios de casas urbanas. Aun cuando seamos una nación de tenderos, podemos tratar de ser dueños de nuestras tiendas. Aunque seamos el taller del mundo, podemos intentar ser dueños de nuestras herramientas. Si nuestra ciudad está cubierta de anuncios, puede cubrirse de anuncios diferentes. Si lo que distingue nuestra sociedad es una marca registrada, no hay necesidad de que sea la misma marca registrada. En resumen, hay una política perfectamente defendible y practicable para resistirse al monopolio mercantil hasta dentro de un Estado mercantil. Y afirmamos que muchísima gente debería apoyarnos en eso; gente que podría no estar de acuerdo con nuestro ideal último de un Estado no mercantil. No podemos exigir que Inglaterra sea una nación de campesinos, como lo son Francia o Serbia. Pero podemos exigir que Inglaterra, que ha sido una nación de tenderos, se resista a que la conviertan en una gran tienda yanqui.
Por eso, al iniciar aquí la discusión sobre la máquina señalé, primero, que en un sentido último tenemos libertad para destruir la maquinaria; y segundo, que en un sentido inmediato es posible dividir la propiedad de la maquinaria. Y yo diría que aun dentro de un Estado sano siempre habría una propiedad de la maquinaria para dividir. Pero cuando llegamos a la consideración de esa prueba mayor, tenemos que decir algo sobre la definición de maquinaria y hasta sobre el ideal de la maquinaria. Siento gran simpatía por lo que podría llamar el argumento sentimental en favor de la maquinaria.
De todos los críticos que nos han rechazado, el hombre que más me agrada es el ingeniero que dice: «Pero a mí me gusta la máquina exactamente como a usted le gusta la mitología. ¿Por qué me van a privar a mí de los juguetes y no a usted?». Y de las distintas posiciones con las cuales tendré que enfrentarme, empezaré con la suya. Pues bien, en una página anterior dije que concordaba con el señor Penty en que sería un derecho humano abandonar absolutamente la maquinaria. Añadiré ahora que no estoy de acuerdo con el señor Penty en considerar la maquinaria como una magia, como un simple poder maligno u origen de males. Me parece tan materialista condenarse por una máquina como salvarse por una máquina. Se me ocurre que es tan de idólatra blasfemar de ella como adorarla. Pero aun cuando supongamos que alguien, sin adorarla, goza con ella imaginativamente y en cierto sentido místicamente, el caso que exponemos todavía sigue en pie. Nadie más inadecuado a la época de la máquina que un hombre que realmente admira las máquinas. El sistema moderno requiere e implica la existencia de gente que se tome mecánicamente el maquinismo, no gente que se lo tome místicamente. Podría escribirse una historia divertida sobre un poeta que realmente apreciara los cuentos de hadas de la ciencia, y hallara que es mayor obstáculo dentro de la civilización científica que si la hubiera demorado contando los cuentos de hadas de la infancia. Supongamos que cada vez que fuera al teléfono (inclinándose tres veces a medida que se acercara al altar del oráculo sin cuerpo y murmurando algunas palabras apropiadas tales como vox et proeterea nihil) tuviera que hablar como si realmente apreciara la importancia del instrumento. Supongamos que cayera en trémulo éxtasis al oír desde una centralita distante la voz de una joven desconocida de algún pueblo remoto, que dilatase ese milagro real del encuentro momentáneo en medio del aire con un espíritu humano a quien nunca vería en la tierra, que meditara sobre su vida y personalidad, tan real y sin embargo tan apartada de la suya, que se detuviera a hacer unas cuantas preguntas personales sobre la joven, las suficientes para acentuar su extrañeza humana, que preguntara si también ella tenía sentido de este misterioso tete d tete psíquico, creado y disuelto en un instante, si también ella pensaba en esas incalculables leguas de valles y bosques que se extendían entre la boca que se movía y el oído que escuchaba... supongamos, en resumen, que dijera todo esto a la joven de la central telefónica que estaba a punto de comunicarle con 666 Upper Tooting. En realidad, estaría expresando verdaderamente el sentimiento « ¡qué maravilla, el teléfono!»; y a diferencia de los miles que lo dicen, realmente querría decir eso. Estaría real y verdaderamente justificando los grandes descubrimientos científicos y haciendo honor a los grandes inventores. Sería, en verdad, un hijo digno de una época científica. Y sin embargo, me temo que en una época científica posiblemente sería un incomprendido y que hasta padecería  de falta de simpatía. En realidad, me temo que en la práctica sería un obstáculo para todo lo que desea apoyar. Sería peor enemigo de la máquina que cualquier ludita destructor de máquinas. Obstruiría las actividades de la centralita telefónica alabando las bellezas del teléfono más de lo que las hubiere obstruido sentándose, como cualquier poeta más tradicional y corriente, para hablar a esas bulliciosas gentes de negocios sobre las bellezas de una flor en el borde del camino.
Desde luego que sucedería lo mismo con cualquier aventura de admiración igualmente deformada. Si un filósofo, al salir por primera vez a dar una vuelta en coche, se entusiasmara de tal forma con esa maravilla que insistiera en comprender el mecanismo completo inmediatamente, es probable que llegara antes a su destino a pie. Si en su fervor insistiera en que se desarmara el aparato en el camino, para regocijarse con los más profundos secretos de su estructura, quizás hasta perdería la simpatía del conductor. Así, por ejemplo, todos hemos conocido chicos que de esta manera querían ver girar las ruedas. Pero aunque su actitud puede acercarlos al reino de los cielos, no los acerca necesariamente al final del viaje. Admiran los motores, pero no viajan en automóvil; esto es, no se mueven necesariamente. No sirven al fin para el cual se hicieron los motores. Ahora bien, en realidad esta contradicción ha desembocado en un callejón sin salida, y en una especie de estado estacionario del espíritu en el cual hay más bien menos apreciación de las maravillas creadas por la invención humana que si el poeta se hubiera limitado a fabricar un pito de un penique (para silbar en los bosques de la Arcadia) o el niño se hubiera limitado a hacer un arco de juguete o una catapulta. El chico, en realidad, disfruta de una felicidad encantadora cada vez que dispara una flecha. No es en modo alguno seguro que el hombre de negocios disfrute de una felicidad encantadora cada vez que despacha un telegrama. El nombre mismo de telegrama es un poema todavía más lleno de magia que el de la flecha: porque quiere decir dardo, y dardo que escribe. Pensemos en lo que sentiría un niño si pudiera disparar una flecha-lápiz que trazara una figura en el otro extremo de un valle o una calle larga. Sin embargo el hombre de negocios pocas veces baila de alegría y bate palmas pensando en tal cosa cuando envía un telegrama.
Pues bien, esto tiene considerable relación con la verdadera crítica de la civilización mecánica moderna. Los que la defienden nos hablan siempre de sus maravillosas invenciones y nos prueban que son adelantos maravillosos. Pero es sumamente dudoso que en verdad los consideren adelantos. He oído decir cien veces que el vidrio es un excelente ejemplo de la forma en que una cosa llega a beneficiar a todos. «Miren los vidrios de las ventanas», dicen, «que han llegado a ser una necesidad, y sin embargo, en otros tiempos eran un lujo». Y siempre siento ganas de contestar: «Sí, y sería mejor para gentes como usted que todavía fuera un lujo, si eso lo indujera a mirar el vidrio en vez de conformarse con mirar a través de él. ¿Considera alguna vez qué cosa tan mágica es esa película invisible que se interpone entre usted y los pájaros y el viento? ¿Piensa alguna vez en él como si fuera agua que cuelga del aire o un diamante demasiado puro para que ni siquiera se le pueda dar su valor? ¿Siente alguna vez la ventana como una apertura súbita del muro? Si así no fuera, ¿de qué le sirve el vidrio?». Esto tal vez sea un poco exagerado y un poco el producto del acaloramiento del momento, pero es realmente cierto que en esas cosas el invento sobrepasa a la imaginación. La humanidad no ha sacado provecho de sus propios inventos; y a medida que inventa más y más cosas, sólo consigue ir alejándose más y más de su posibilidad de felicidad.
Señalé en un pasaje anterior de esta meditación que la máquina no era necesariamente un mal, y que había algunos que la valoraban en su verdadero espíritu, pero que la mayoría de los que tenían algo que ver con ella no encontraban jamás oportunidad de valorarla en absoluto. Un poeta puede gozar con un reloj como un niño goza con una cajita de música. Pero el empleado real que mira el reloj real, para ver si tendrá tiempo de alcanzar el tren que ha de conducirlo a la ciudad, no goza más con la máquina de lo que está gozando con la cajita de música. Puede haber algo que decir a favor de los juguetes mecánicos, pero la sociedad moderna es un mecanismo, no un juguete. El niño es ciertamente una buena prueba en estos asuntos; y es ejemplo tanto del hecho de que existe un interés por la máquina como del hecho de que la máquina misma generalmente nos impide interesarnos. Casi es proverbial que todos los niños pequeños quieran ser maquinistas. Pero la maquinaria no ha multiplicado el número de maquinistas hasta el punto de permitir que todos los chicos conduzcan locomotoras. No ha entregado una locomotora verdadera a cada niño, como su familia puede haberle regalado una locomotora de juguete. Las consecuencias del ferrocarril sobre una población no pueden ser las de producir una población de maquinistas. Sólo puede producir una población de pasajeros, y de pasajeros un poco demasiado parecidos a bultos. Dicho con otras palabras, su único efecto sobre el maquinista visionario o en potencia es que lo mete dentro del tren, desde donde no puede divisar la máquina, en vez de ponerlo fuera del tren, desde donde sí podría verla. Y aunque crezca y llegue a los  mayores y más gloriosos éxitos en vida, y estafe a la viuda y al huérfano hasta poder viajar en un coche de primera clase reservado para él, con un pase permanente para el Congreso Internacional de Paz Mundial Cosmopolita para Intrigantes Políticos, quizás nunca vuelva a gozar con un tren; tal vez nunca vuelva a ver un tren como lo vio cuando era un pilluelo andrajoso y saludaba furiosamente desde una loma cubierta de césped el paso del expreso de Escocia.
Podemos trasladar la parábola de los maquinistas a los ingenieros. Puede suceder que el conductor del expreso de Escocia se lance adelante en un frenesí de velocidad, porque su corazón está en las Highlands, no aquí; que deje atrás con un gesto el campo local y salude alegremente los lejanos parajes montañosos que surgen ante él. Y, sea o no verdad que el corazón del maquinista está en las Highlands, a veces es verdad que el corazón del muchachito está en la locomotora. Pero no es verdad en modo alguno que la totalidad de los pasajeros que viajan detrás de todas las locomotoras gocen con la velocidad en un sentido positivo, aunque la aprueben en un sentido negativo. Quiero decir que desean viajar con rapidez, no porque un viaje rápido sea agradable, sino porque no es agradable. Quieren que acabe pronto, no porque sea arrebatador viajar tras la locomotora, sino porque resulta aburrido estar en el vagón de ferrocarril. De igual modo, si pensamos en el goce de los ingenieros debemos recordar que hay un solo ingeniero contento entre mil aburridas víctimas de la ingeniería. La discusión que surgió entre el señor Penty y los otros amenazó en un momento con acabar en una contienda entre ingenieros y arquitectos, pues cuando el ingeniero nos pide que olvidemos toda la monotonía y el materialismo de una época mecanizada, porque su ciencia tiene algo del soplo de un arte, el arquitecto bien puede tener preparada la respuesta. Porque esto es como decir que los arquitectos nunca se han ocupado de nada más que de construir prisiones y manicomios. Es como si nos contaran orgullosamente con qué entusiasmo poético y apasionado habían erigido ellos torres bastante altas para colgar a Amán o excavados calabozos bastante impenetrables para dejar que en ellos muriera de hambre Hugolino.
Ya he explicado que no me propongo nada en lo que algunos llaman el camino práctico, que debería más bien llamarse el camino inmediato, que vaya más allá de una mejor distribución de la propiedad sobre las máquinas que resulten realmente necesarias. Pero cuando llegamos a la cuestión más amplia de la maquinaria dentro de un tipo de sociedad diferente en lo fundamental, regida por nuestra filosofía y nuestra religión, hay mucho más que decir. La forma mejor y más breve de decirlo es que en vez de ser la máquina un gigante frente al cual el hombre es un pigmeo, debemos al menos invertir las proporciones, de modo que el hombre sea el gigante y la máquina su juguete. Aceptada esta idea, no tenemos ninguna razón para negar que pueda ser un juguete legítimo y alentador. En ese sentido no importaría que cada niño fuera un maquinista o (todavía mejor) cada maquinista un niño. Pero aquellos que nos tildaban de poco prácticos admitirán al menos que esto tampoco es práctico.
De este modo he tratado de colocarme imparcialmente en la posición de los entusiastas, como deberíamos hacer siempre al juzgar los entusiasmos. Y creo que se aceptará que incluso después del experimento subsiste como hecho de sentido común una diferencia real entre el entusiasmo de los ingenieros y entusiasmos más antiguos. Aunque admitamos que el hombre que concibe una locomotora es tan original como el hombre que concibe una estatua, existe una diferencia inmediata e inmensa en los efectos de lo que conciben. La estatua original es una alegría para el escultor, pero también es en cierto grado (cuando no es demasiado original) una alegría para la gente que ve la estatua. O se supone que es una alegría que otra gente la vea, o no habría razón para exhibirla. Pero aunque la locomotora puede ser una gran alegría para el ingeniero y una cosa muy útil para los demás, no es en el mismo sentido y no es su propósito serlo) una gran alegría para los demás. Y esto no ocurre por una deficiencia de educación, como algunos de los artistas podrían alegar en el caso del arte. Va implícito en la naturaleza misma de la maquinaria, la cual, una vez establecida, consiste en repeticiones y no en variantes y sorpresas. Un hombre puede ver en los miembros de una estatua algo que nunca había visto antes; pero no sólo se asombraría, sino que se alarmaría si las ruedas de la locomotora empezaran a comportarse como nunca se habían comportado antes. Por lo tanto podemos tomar como característica esencial y no accidental de la maquinaria la de ser inspiración para el inventor, pero mera monotonía para el consumidor.
Siendo así, me parece que dentro de un Estado ideal la ingeniería sería la excepción, exactamente como deleitarse en las máquinas es lo excepcional. Tal y como están las cosas, la ingeniería y las máquinas son la regla. La falta de vida que la máquina impone a las masas es una realidad infinitamente mayor y más evidente que el interés individual del hombre que fabrica máquinas. Llegados a este punto del argumento, bien podemos compararlo con lo que se puede llamar el aspecto práctico del problema de la maquinaria. Ahora bien, me parece obvio que la maquinaria, tal como existe hoy, se ha apartado casi tanto de su esfera práctica como de su esfera imaginaria. Toda la sociedad industrial se basa en la idea de que lo más rápido y lo más barato es llevar carbón a Newcastle, aunque sea con el único objeto de transportarlo luego desde Newcastle. Se basa en la idea de que el tránsito y transporte rápido y regular, el constante intercambio de mercancías y la comunicación incesante entre lugares remotos es, entre todas las cosas, la más económica y directa. Pero no es verdad que lo más rápido y barato para un hombre que acaba de arrancar una manzana de un manzano sea enviarla con una partida de manzanas en un tren que corre como un rayo hasta un mercado del otro extremo de Inglaterra. Lo más rápido y barato para el hombre que acaba de arrancar un fruto de un árbol es metérselo en la boca. El economista supremo es aquel que no gasta dinero en viajes por ferrocarril. El tipo acabado del hombre eficiente es aquel demasiado eficiente para buscar la organización. Y aunque es, desde luego, un caso extremo e ideal de simplificación, la causa a favor de la simplificación sigue siendo tan firme como un manzano. En la medida en que los hombres pueden producir sus propias mercancías inmediatamente, ahorran a la comunidad un gran desembolso que a menudo no está en proporción con la ganancia. En la medida en que podamos establecer una proporción considerable de gente simple que cubra sus propias necesidades, aliviaremos la presión de lo que a menudo es un proceso tan antieconómico como fatigoso. Y si se toma esto como esquema general de la reforma, ciertamente parece verdad que una vida más simple en grandes sectores de la comunidad reduciría la maquinaria a una cosa más o menos excepcional, y estaría bien para el hombre excepcional que realmente pone en ella su alma.
Este intento tiene sus dificultades; pero por el momento puedo tomar como ejemplo el paralelo de la clase especial de ingeniería moderna que tanto les agrada censurar a los modernos. A menudo olvidan que la mayor parte de sus alabanzas de los instrumentos científicos se aplican muy vivamente también a armas científicas. Si hemos de sentir tanta piedad por el desdichado genio que acaba de inventar un nuevo galvanómetro, ¿qué hay del desgraciado que acaba de inventar una nueva arma de fuego? Si hay verdadera inspiración imaginativa en la creación de una locomotora, ¿no hay interés imaginativo en la fabricación de un submarino? No obstante, muchos modernos admiradores de la ciencia ansiarían la total abolición de estas máquinas aun en el acto mismo de decirnos que no podemos abolirlas en absoluto. Como yo creo en el derecho a la defensa nacional, no las aboliría por completo. Pero pienso que pueden darnos idea de cómo las cosas excepcionales pueden ser tratadas excepcionalmente. Por el momento dejaré que los progresistas se rían de mi absurdo concepto sobre la limitación de las máquinas, y me iré a una reunión para exigir la limitación de los armamentos.

 

Miguel de Unamuno.

      ¡Hay que vivir! Y él me enseñó a vivir, él nos enseñó a vivir, a sentir la vida, a sentir el sentido de la vida, a sumergirnos en el...

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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