Las nubes cubren el cielo
y la luz se vuelve incierta.
Los
pájaros regresan al nido;
los animales buscan refugio.
La
naturaleza guarda silencio
ante el rumor de la tormenta.
Todo
parece esperar
la primera gota.
Las nubes cubren el cielo
y la luz se vuelve incierta.
Los
pájaros regresan al nido;
los animales buscan refugio.
La
naturaleza guarda silencio
ante el rumor de la tormenta.
Todo
parece esperar
la primera gota.
Cielo cubierto y plomizo,
calor que el pecho devora,
poniente
que se incorpora
con un húmedo hechizo.
La piel, sin
hallar permiso,
guarda el sudor con paciencia,
mientras calla la conciencia,
pues la tarde, en su
porfía,
medita si llovería
o si será apariencia.
Miguel Navarro
Espinela del destino
Sólo el destino, callado,
sabrá mi secreta historia;
si
hubo derrota o victoria,
quedará siempre guardado.
Mientras
lloro lo dejado
y la ausencia me sostiene,
mi corazón se
detiene
entre la sombra y la herida;
tal vez comprenda la
vida
lo que el silencio contiene.
Padre, Señor de la altura,
de la tierra y de los
cielos,
ocultaste tus desvelos
a quien presume cordura.
Mas
con divina ternura
los mostraste al corazón
del pequeño,
en quien tu don
halló morada y abrigo;
pues sólo el
humilde amigo
comprende tu revelación.
Venid los de
alma rendida,
los cansados de luchar;
yo os enseñaré a
llevar
la carga de vuestra vida.
Mi mansedumbre es la
guía,
mi corazón, claridad;
hallaréis serenidad
si
aprendéis mi caminar,
porque mi yugo al llevar
se convierte en libertad.
Sol de
estío que amenaza,
fuego en el aire encendido,
y el
asfalto, dolorido,
bajo su rigor se abrasa.
Mas cuando el
calor traspasa
y todo parece ardor,
una palabra de
amor,
serena como una umbría,
trae sombra al mediodía
y brisa al corazón.
Tus
hijos son tus hijos, no lo olvides,
carne de tu carne y sangre
de tu sangre;
son la vida que un día floreció en tu vida,
la
espiga que creció junto a tu árbol,
el eco de tus pasos en el
tiempo.
Acompáñalos siempre en la victoria,
cuando el éxito
ilumine su camino
y el mundo les sonría complacido;
pero
más aún cuando la noche llegue
y el desaliento llame a sus
puertas.
Si tropiezan, no juzgues su caída;
tiéndeles
la mano con paciencia.
Si se equivocan, muéstrales la
senda,
porque nadie aprende sin heridas
ni alcanza la
madurez sin extravíos.
Apóyalos cuando el miedo los
visite,
cuando la duda nuble sus estrellas,
cuando el peso
de la vida los incline
y parezca que el horizonte se oscurece.
No son hijos del ruido de su tiempo,
ni propiedad de leyes o
consignas;
no pertenecen al Estado ni a la plaza,
ni a
quienes pretenden modelar sus sueños
con moldes ajenos a su
alma.
Nadie es dueño de aquello que respira,
nadie puede
apropiarse de un destino;
porque cada hijo lleva en sus venas
la
memoria de quienes lo engendraron
y el misterio irrepetible de
sí mismo.
Son prolongación de tus desvelos,
de tus anhelos, de tus
esperanzas;
vida de tus sueños más profundos,
sueño de
la vida que te habita,
libertad nacida de tu libertad.
Y aunque un día se alejen de tu sombra
para buscar su propia
primavera,
seguirán llevando en su equipaje
la luz que
encendiste en sus primeros pasos
y el amor que sembraste en su
conciencia.
Tus hijos son tus hijos.
No para retenerlos, sino para
amarlos.
No para poseerlos, sino para guiarlos.
No para
vivir por ellos, sino para enseñarles
a caminar por sí mismos
bajo el cielo.
Y cuando emprendan solos el camino,
comprenderás al fin que
tu tarea
no era darles tus alas, sino el vuelo;
no era
trazar su ruta, sino enseñarles
a encontrar la verdad de su
sendero.
Entró por senda armoniosa
siguiendo un secreto ardor;
cruzó el templo interior
de la ciencia silenciosa.
Y en la región luminosa
donde el alma fue templada,
halló la piedra acabada;
volvió después al camino,
llevando un fuego divino
y una obra consumada.
Ya se engalanó la plaza,
ya huele a romero el sendero,
y
pasa el sol verdadero
dejando luz a su traza.
La campana se
desata,
canta el pueblo en unidad;
bajo la rica
Custodia
camina la Majestad.
Y entre flores y alegría,
Dios
visita la ciudad.
Voy
por senderos de luna
buscando sombras perdidas,
las huellas
que tú dejabas
sobre mis noches vacías.
Pero los viejos caminos
se han cubierto de desengaños,
y
ya no encuentro tu sombra
ni el eco de aquellos pasos.
Ya no veo junto al borde
las flores que antes temblaban,
ni
escucho cantar al alba
las alondras en las ramas.
Ni aquel perfume tan dulce
que el aire lento guardaba,
como
un recuerdo encendido
sobre la hierba mojada.
Tus sombras cruzan ahora
otros senderos lejanos,
otras
veredas secretas
donde mis ojos no alcanzan.
Y siento el hueco del tiempo,
la sed gris de la
añoranza,
como un invierno de piedra
que dentro del pecho
avanza.
Tan cerca cuando te nombro,
tan lejos cuando te callo;
tan
lejos en mis silencios,
tan cerca dentro del llanto.
Vuelve por estas veredas,
vuelve otra vez a los
campos;
devuelve luz a mis sombras,
oro de sol a mi ocaso.
Que aunque mi tarde declina
sobre desiertos amargos,
guardarė
viva la llama
que aún tiembla entre mis manos.
Las nubes cubren el cielo y la luz se vuelve incierta. Los pájaros regresan al nido; los animales buscan refugio. La naturaleza guarda...
– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)