Sábado Santo.
Piedra sellada,
calla el mundo en vigilia;
late la espera.
Crónica doméstica de un corazón vigilado
Hoy me llamó Palop, Juan Antonio,
con voz de emisario
diligente:
—“Oye, que han preguntado por ti,
que aún
te buscan entre la gente”.
Y aquí ando yo, por estos pagos,
algo bajo de moral,
confieso;
pero subiendo la cuesta despacio
como quien doma
un tropiezo.
La adversidad —que es testaruda—
vino a visitarme un
día,
sin llamar antes a la puerta
ni traer flores de
cortesía.
¿Recuerdas? Hace ya algún tiempo
cruzamos correos
tranquilos;
yo sigo fiel a la vieja escuela
de los mensajes
con hilos.
Soy, qué quieres, de rancio abolengo:
me llevo mejor con la
tinta
que con esos mails apresurados
o el WhatsApp que todo
lo pinta.
Prefiero palabras que respiren
y frases que tomen asiento,
no
esos mensajes que llegan
como mosquitos con prisa y sin cuento.
Los primeros días —no te exagero—
fueron dignos de
novela:
acabé alojado en la UCI
con pulsera y sin maleta.
Cateterismo por aquí,
batas blancas por allá,
y yo
pensando en silencio:
—“Esto no estaba en el plan”.
Luego vinieron días de encierro,
hospitalario presidio;
pero
al final se abrió la puerta
y me otorgaron indulto.
Regresé, por fin, a la vida
civil, doméstica y lenta,
donde
el mayor sobresalto
es que la sopa esté fría o muy caliente.
Como el ocio es gran compañero
cuando el médico lo
ordena,
me pierdo entre libros viejos
y en la luz azul de
la pantalla.
La televisión la trato poco,
no es amiga de mis
horas;
prefiero paseos tranquilos
cuando el cuerpo
colabora.
Eso sí, pasear me han dicho
—con tono serio y docto—
que
es lo único permitido
para este corazón revoltoso.
Aunque no faltan sorpresas:
la semana pasada, sin aviso,
fui
a recoger unos análisis
y acabé de nuevo en el hospital, de
improviso.
La doctora, con gesto firme,
dijo: “Esto hay que mirarlo
ya”;
y yo pensé para mis adentros:
—“Vaya excursión
tan singular”.
Pero, bromas aparte, amigo,
la cosa marcha mejor;
aunque
me ha quedado un recuerdo
que no se ve… pero está ahí,
señor.
No es cicatriz ni vendaje,
ni señal que el ojo advierta;
es
que a veces las palabras
se me quedan tras la puerta.
Si hablo largo rato seguido
debo buscarlas con calma,
como
quien rebusca llaves
en los bolsillos del alma.
Pero en fin, no dramatizo:
la vida sigue su curso;
y el
corazón, aunque prudente,
aún se permite algún discurso.
Espero que por ahí estéis
todos bien y sin sobresaltos;
por
aquí sigo en reposo
según manda el alto mando.
Mi cardióloga insiste, seria,
como capitán de navío:
—“Nada
de prisas ni batallas,
que el corazón no es un río”.
Así que sigo su consejo
con disciplina cristiana:
reposo,
libros, paseo
y paciencia por la mañana.
Y mientras pasan los días
entre páginas y tés,
voy
aprendiendo despacio
el arte sencillo de estar.
Ojos de misterio
De dulce mirar bajo el sol callado,
ojos que penetran como
luz serena;
no sé qué silencio guardáis en el alma
que
al verlos mi espíritu queda templado.
Tus ojos son pardos de luz otoñal,
acuarelas suaves pintadas
de cielo;
y en ellos las gaviotas del anhelo
aprenden la
forma secreta de amar.
Cuando los contemplo se aquieta la vida,
como si una fuente
brotara en mi pecho;
mi sombra se vuelve silencio y
desierto
donde una presencia divina se anida.
¡Ojos! Si al miraros mi fe se levanta,
quizá en vuestra
hondura, callada y profunda,
Dios deja un destello de su luz
fecunda
para que el alma recuerde que canta.
En la
hora dulce de la luz callada
vi tus ojos, que en mí no se
posaban;
tomé tus manos, blancas, que temblaban,
y hallé
en mi pecho pena inesperada.
Tan tibia era tu mano entrelazada,
tan suave como lirios que
soñaban;
mas tus pupilas frías no miraban
y el alma se
sintió desamparada.
Estaban lejos, sin amor ni vuelo,
como estrellas perdidas en
la nada
que no conocen fuego ni desvelo.
Y dije al fin, con voz desesperada:
no quiero ya mirarte si
en tu cielo
no soy la luz que buscas, entregada.
¿Por
qué el mundo levanta su estandarte
bajo la vana gloria de su
alarde,
si su dicha, tan frágil y ligera,
pasa cual sombra
breve y pasajera?
¿Dónde están los poderosos que vivieron?
¿Dónde están
los tesoros que reunieron?
La muerte, silenciosa y
verdadera,
todo lo borra cuando al fin llega la hora.
¿Dónde quedaron triunfos y victorias,
los amores, los
sueños, las memorias?
Todo cae como polvo en el camino,
todo
vuelve al silencio del destino.
¡Qué efímera es la fiesta de la gloria!
Hoy resplandece
altiva en la memoria,
mañana el tiempo apaga su fulgor
como
se extingue al alba una ilusión.
Porque la gloria que en lo alto habita
ni el tiempo ni la
muerte la marchitan;
quien pone el corazón en esa altura
halla
en Dios su eterna ventura.
Gesta de la tierra sentida
No es patria la tierra que pisan los pasos,
ni polvo que el
viento levanta al pasar;
es llama secreta que arde en los
brazos
de quien la ha aprendido callando a amar.
No es mapa trazado con fría frontera,
ni nombre grabado en
mármol o ley;
es surco encendido en la frente obrera,
es
pulso de pueblo que late de fe.
Es sudor que fecunda la arcilla dormida,
es sangre que guarda
la antigua razón,
es memoria viva que alumbra la herida
y
eleva la historia a sagrada misión.
No es suelo que se pisa —es suelo que siente—,
templo
invisible del alma valiente.
– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)