Tus hijos son tus hijos




 




Tus hijos son tus hijos, no lo olvides,
carne de tu carne y sangre de tu sangre;
son la vida que un día floreció en tu vida,
la espiga que creció junto a tu árbol,
el eco de tus pasos en el tiempo.

Acompáñalos siempre en la victoria,
cuando el éxito ilumine su camino
y el mundo les sonría complacido;
pero más aún cuando la noche llegue
y el desaliento llame a sus puertas.

Si tropiezan, no juzgues su caída;
tiéndeles la mano con paciencia.
Si se equivocan, muéstrales la senda,
porque nadie aprende sin heridas
ni alcanza la madurez sin extravíos.

Apóyalos cuando el miedo los visite,
cuando la duda nuble sus estrellas,
cuando el peso de la vida los incline
y parezca que el horizonte se oscurece.

No son hijos del ruido de su tiempo,
ni propiedad de leyes o consignas;
no pertenecen al Estado ni a la plaza,
ni a quienes pretenden modelar sus sueños
con moldes ajenos a su alma.

Nadie es dueño de aquello que respira,
nadie puede apropiarse de un destino;
porque cada hijo lleva en sus venas
la memoria de quienes lo engendraron
y el misterio irrepetible de sí mismo.

Son prolongación de tus desvelos,
de tus anhelos, de tus esperanzas;
vida de tus sueños más profundos,
sueño de la vida que te habita,
libertad nacida de tu libertad.

Y aunque un día se alejen de tu sombra
para buscar su propia primavera,
seguirán llevando en su equipaje
la luz que encendiste en sus primeros pasos
y el amor que sembraste en su conciencia.

Tus hijos son tus hijos.
No para retenerlos, sino para amarlos.
No para poseerlos, sino para guiarlos.
No para vivir por ellos, sino para enseñarles
a caminar por sí mismos bajo el cielo.

Y cuando emprendan solos el camino,
comprenderás al fin que tu tarea
no era darles tus alas, sino el vuelo;
no era trazar su ruta, sino enseñarles
a encontrar la verdad de su sendero.



Espinela del retorno







Entró por senda armoniosa

siguiendo un secreto ardor;

cruzó el templo interior

de la ciencia silenciosa.

Y en la región luminosa

donde el alma fue templada,

halló la piedra acabada;

volvió después al camino,

llevando un fuego divino

y una obra consumada.


Décima del Corpus.

 

Ya se engalanó la plaza,


ya huele a romero el sendero,


y pasa el sol verdadero


dejando luz a su traza.


La campana se desata,


canta el pueblo en unidad;


bajo la rica Custodia


camina la Majestad.


Y entre flores y alegría,


Dios visita la ciudad.


Senderos de ausencia

 

Voy por senderos de luna
buscando sombras perdidas,
las huellas que tú dejabas
sobre mis noches vacías.

Pero los viejos caminos
se han cubierto de desengaños,
y ya no encuentro tu sombra
ni el eco de aquellos pasos.

Ya no veo junto al borde
las flores que antes temblaban,
ni escucho cantar al alba
las alondras en las ramas.

Ni aquel perfume tan dulce
que el aire lento guardaba,
como un recuerdo encendido
sobre la hierba mojada.

Tus sombras cruzan ahora
otros senderos lejanos,
otras veredas secretas
donde mis ojos no alcanzan.

Y siento el hueco del tiempo,
la sed gris de la añoranza,
como un invierno de piedra
que dentro del pecho avanza.

Tan cerca cuando te nombro,
tan lejos cuando te callo;
tan lejos en mis silencios,
tan cerca dentro del llanto.

Vuelve por estas veredas,
vuelve otra vez a los campos;
devuelve luz a mis sombras,
oro de sol a mi ocaso.

Que aunque mi tarde declina
sobre desiertos amargos,
guardarė viva la llama
que aún tiembla entre mis manos.


El leproso

 


El curado no guardó el silencio pedido.
La palabra, recién nacida en su carne limpia,
ardía demasiado como para esconderla.

Y fue por los caminos diciendo su luz,
pregón de piel recobrada,
de nombre devuelto,
de dignidad que regresaba como un río.

¿Cómo callar
cuando la herida se vuelve canto?
¿Cómo ocultar la vida
cuando brota de nuevo en el cuerpo?

Su voz se hizo multitud.
Galilea comenzó a latir con rumores,
y las ciudades se llenaron de asombro:
—«¿No será este el hijo de David?»—

Venían de todas partes,
arrastrando dolencias y esperanzas,
buscando en Él no solo la cura,
sino un sentido.

Pero el clamor también pesa.
La alegría desbordada puede confundirse,
y el nombre pronunciado antes de tiempo
enciende fuegos que no comprenden.

Roma vigila.
El pueblo sueña.
Y entre ambos, la expectación se vuelve peligrosa.

Por eso Él se retira.

Se aleja de las puertas abiertas
y de las plazas que lo nombran,
y busca el silencio donde nadie proclama,
donde la voz no es multitud sino susurro.

En lugares desiertos
recompone el sentido,
entrega su cansancio
y vuelve a la fuente.

Allí, en lo escondido, ora.

Pero ni el desierto detiene los pasos:
la gente lo sigue, lo busca, lo llama.
Porque cuando la vida toca la vida,
ni el mandato de silencio
puede contener su eco.


Luz que permanece.

 


Que tu luz jamás se apague,
ahí descansa tu magia;
silenciosa, siempre intacta,
aunque el mundo no la llame.

Vive oculta en tus grietas,
en lo que un día dolió;
y aun herida se levanta
como flor que resistió.

Florece en cada intento
que nadie quiso aplaudir,
en la batalla secreta
de seguir y de seguir.

Eres incendio y sosiego,
misterio, llama y verdad;
un destello que persiste
donde reinó oscuridad.

Y aunque dudes en la noche,
y aunque te extravíes a veces,
tu luz conoce el sendero
que en silencio permanece.

Sólo espera que regreses,
que vuelvas a mirar dentro;
allí arde, fiel y encendida,
tu corazón más despierto.

Pascua de Resurrección

 



Domingo de Resurrección.


Luz en la piedra,


amanece entre lirios;


canta la vida.


Domingo de Resurrección.


Sepulcro abierto,


Jesús vence la noche;


Pascua de luz.






Tus hijos son tus hijos

  Tus hijos son tus hijos, no lo olvides, carne de tu carne y sangre de tu sangre; son la vida que un día floreció en tu vida, la espiga ...

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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