El leproso

 


El curado no guardó el silencio pedido.
La palabra, recién nacida en su carne limpia,
ardía demasiado como para esconderla.

Y fue por los caminos diciendo su luz,
pregón de piel recobrada,
de nombre devuelto,
de dignidad que regresaba como un río.

¿Cómo callar
cuando la herida se vuelve canto?
¿Cómo ocultar la vida
cuando brota de nuevo en el cuerpo?

Su voz se hizo multitud.
Galilea comenzó a latir con rumores,
y las ciudades se llenaron de asombro:
—«¿No será este el hijo de David?»—

Venían de todas partes,
arrastrando dolencias y esperanzas,
buscando en Él no solo la cura,
sino un sentido.

Pero el clamor también pesa.
La alegría desbordada puede confundirse,
y el nombre pronunciado antes de tiempo
enciende fuegos que no comprenden.

Roma vigila.
El pueblo sueña.
Y entre ambos, la expectación se vuelve peligrosa.

Por eso Él se retira.

Se aleja de las puertas abiertas
y de las plazas que lo nombran,
y busca el silencio donde nadie proclama,
donde la voz no es multitud sino susurro.

En lugares desiertos
recompone el sentido,
entrega su cansancio
y vuelve a la fuente.

Allí, en lo escondido, ora.

Pero ni el desierto detiene los pasos:
la gente lo sigue, lo busca, lo llama.
Porque cuando la vida toca la vida,
ni el mandato de silencio
puede contener su eco.


Luz que permanece.

 


Que tu luz jamás se apague,
ahí descansa tu magia;
silenciosa, siempre intacta,
aunque el mundo no la llame.

Vive oculta en tus grietas,
en lo que un día dolió;
y aun herida se levanta
como flor que resistió.

Florece en cada intento
que nadie quiso aplaudir,
en la batalla secreta
de seguir y de seguir.

Eres incendio y sosiego,
misterio, llama y verdad;
un destello que persiste
donde reinó oscuridad.

Y aunque dudes en la noche,
y aunque te extravíes a veces,
tu luz conoce el sendero
que en silencio permanece.

Sólo espera que regreses,
que vuelvas a mirar dentro;
allí arde, fiel y encendida,
tu corazón más despierto.

Pascua de Resurrección

 



Domingo de Resurrección.


Luz en la piedra,


amanece entre lirios;


canta la vida.


Domingo de Resurrección.


Sepulcro abierto,


Jesús vence la noche;


Pascua de luz.






Crónica doméstica de un corazón vigilado.


Crónica doméstica de un corazón vigilado

Hoy me llamó Palop, Juan Antonio,
con voz de emisario diligente:
—“Oye, que han preguntado por ti,
que aún te buscan entre la gente”.

Y aquí ando yo, por estos pagos,
algo bajo de moral, confieso;
pero subiendo la cuesta despacio
como quien doma un tropiezo.

La adversidad —que es testaruda—
vino a visitarme un día,
sin llamar antes a la puerta
ni traer flores de cortesía.

¿Recuerdas? Hace ya algún tiempo
cruzamos correos tranquilos;
yo sigo fiel a la vieja escuela
de los mensajes con hilos.

Soy, qué quieres, de rancio abolengo:
me llevo mejor con la tinta
que con esos mails apresurados
o el WhatsApp que todo lo pinta.

Prefiero palabras que respiren
y frases que tomen asiento,
no esos mensajes que llegan
como mosquitos con prisa y sin cuento.

Los primeros días —no te exagero—
fueron dignos de novela:
acabé alojado en la UCI
con pulsera y sin maleta.

Cateterismo por aquí,
batas blancas por allá,
y yo pensando en silencio:
—“Esto no estaba en el plan”.

Luego vinieron días de encierro,
hospitalario presidio;
pero al final se abrió la puerta
y me otorgaron indulto.

Regresé, por fin, a la vida
civil, doméstica y lenta,
donde el mayor sobresalto
es que la sopa esté fría o muy caliente.

Como el ocio es gran compañero
cuando el médico lo ordena,
me pierdo entre libros viejos
y en la luz azul de la pantalla.

La televisión la trato poco,
no es amiga de mis horas;
prefiero paseos tranquilos
cuando el cuerpo colabora.

Eso sí, pasear me han dicho
—con tono serio y docto—
que es lo único permitido
para este corazón revoltoso.

Aunque no faltan sorpresas:
la semana pasada, sin aviso,
fui a recoger unos análisis
y acabé de nuevo en el hospital, de improviso.

La doctora, con gesto firme,
dijo: “Esto hay que mirarlo ya”;
y yo pensé para mis adentros:
—“Vaya excursión tan singular”.

Pero, bromas aparte, amigo,
la cosa marcha mejor;
aunque me ha quedado un recuerdo
que no se ve… pero está ahí, señor.

No es cicatriz ni vendaje,
ni señal que el ojo advierta;
es que a veces las palabras
se me quedan tras la puerta.

Si hablo largo rato seguido
debo buscarlas con calma,
como quien rebusca llaves
en los bolsillos del alma.

Pero en fin, no dramatizo:
la vida sigue su curso;
y el corazón, aunque prudente,
aún se permite algún discurso.

Espero que por ahí estéis
todos bien y sin sobresaltos;
por aquí sigo en reposo
según manda el alto mando.

Mi cardióloga insiste, seria,
como capitán de navío:
—“Nada de prisas ni batallas,
que el corazón no es un río”.

Así que sigo su consejo
con disciplina cristiana:
reposo, libros, paseo
y paciencia por la mañana.

Y mientras pasan los días
entre páginas y tés,
voy aprendiendo despacio
el arte sencillo de estar.

El leproso

  El curado no guardó el silencio pedido. La palabra, recién nacida en su carne limpia, ardía demasiado como para esconderla. Y fue por l...

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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