Noches de lluvia y silencio,
sin una sola esperanza;
el agua moja las calles,
el barro invade las almas.
No sé qué sigo esperando
en esta noche callada;
camina lenta la gente
y yo no siento ya nada.
Cruzo el semáforo en rojo,
sin que me importe ya nada;
los coches cruzan veloces,
como relámpagos pasan.
Huyen detrás de mi sombra,
rasgan la noche mojada;
yo sigo andando despacio,
con una voz apagada.
Nadie conoce mi pena,
nadie comprende mi batalla;
la llevo dentro, encubierta,
como una herida sagrada.
La ciudad sigue su rumbo,
indiferente y cansada;
hay mil ventanas con luces,
pero ninguna me llama.
Camino bajo la deriva,
con la mirada inclinada;
cada silencio me pesa,
cada recuerdo me alcanza.
Y mientras pasan las sombras
por estas calles mojadas,
una tormenta sin nombre
crece en el fondo del alma.
Tal vez la noche termine,
tal vez despunte la aurora;
tal vez detrás de la lluvia
nazca una luz olvidada.
Pero esta noche camino,
sin voz, sin rumbo, sin calma,
mientras el frío me mece
hasta los huesos del alma.
Miguel Navarro






