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Cojuelo corre, capítulo 7



Trazo VII
“Antes o después, a todos nos llega en esta vida un demonio propio que nos persigue y atormenta y al final de cuentas hemos de luchar contra él.” Daphne du Maurier

Atravesaban el inmenso azul de la meseta castellana cuando cruzaron en sus vuelos una nube tormentosa que desprendía rayos, centellas, piedras y mala uva, sobre campos, cultivos, casas y viñedos. Sin refugio ni consuelo huían coches, ganados y camioneros intentando ocultarse donde mejor podían. Se detuvo durante un instante pues Cojuelo reconoció en su interior a Mediogas, un demonio singular, encargado de la naturaleza trastocar y los campos arrasar.
El momento fue oportuno pues el mundo satánico estaba revuelto por su fuga y Cienllamas había seguido su rastro hasta Oriente Medio por la senda de poderes esotéricos, desprendidos en el camino como cagadas de pájaros con diarrea de lombrices. Se conocía que Chispa y Redina estaban investigando en Madrid mientras su jefe regresaba en estos momentos, cual avión a reacción que desprende mala leche por donde pasa. Todos los diablos se habían puesto a trabajar rindiendo al ciento cincuenta por ciento antes que viniera un Montoro y jorobase los permisos de verano en Ibiza o Miami.
       Cambio de impresiones y cambio de ruta. No es que Cienllamas preocupase demasiado, demonio vulgar, poca cosa para un genio como Cojuelo, pero al objeto de que Cris no sufriera posibles daños colaterales, razonó nuestro camarada demoniaco que mejor consideración era cambiar de rumbo y, si bien todos los caminos conducen a Roma, dar un pequeño rodeo evitaría algún choque imprevisto.
En la capital, el sofá de la Borí bostezaba al aroma de un café que circulaba rumbo a la mesita de la mano de su dueña. Emí, dolorido y quejumbroso, se desperezó de su nocturno y solitario descanso mientras no quitaba ojo de las piernas de Lucrecia. El estómago resolvió emitir ciertos crujidos acompasados al paso de la anfitriona. Debe ser cosa del mal dormir, pensó intentando acallarlos.
– Ya era hora que despertases –reprochó la muchacha mirándolo con cierto desdén–, mientras dormías he preparado los sensores, las maletas y los ordenadores para salir de cacería. Ven a desayunar que no hay tiempo que perder. ¿Todavía estás cansado de tus aventuras nocturnas?
Emérito, comprendiendo que su historia presentaba muchos aspectos oscuros, obedeció arrastrando los pies hasta la cocina donde humeante le esperaba el desayuno.
Ella dejó la cafetera y dijo: 
– Sírvete el que te dé la gana. No podrás calentar la leche porque el microondas está averiado.
Emérito la miró de reojo, como las cosas no estaban para bollos, consideró que lo mejor era callar y servirse el desayuno.
Ella sentándose al otro lado de la mesa, frente a frente, contrario a contrario, duelo de ojos acusadores sobre otros huidizos, culpables, lastimeros, dijo:  
– ¿Qué piensas hacer?
Apenas había terminado de formular la pregunta cuando las luces parpadearon de forma continuada durante varios segundos, discoteca improvisada en cocina averiada. Lucrecia miró el microondas, mas este permanecía apagado.
Incrédula hizo una mueca al repetirse el parpadeo con mayor intensidad. El desplome de las persianas inundó la habitación de tinieblas cual Mar Rojo cubriendo a los egipcios que lo atravesaban. Como si un millón de huevos podridos estallasen al unísono, un intenso olor desbordó la estancia oprimiendo el pecho de nuestra pareja. El zumbido pertinaz de una bandada de insectos revoloteó sin descanso en una vorágine de nauseabunda pestilencia hasta que se detuvo a escaso metros de la pareja.
Intentado adivinar lo que atravesaba la quietud de la oscuridad, Emi dijo:
– Dame la mano, la tengo sobre la mesa.
Lucrecia obedeció, atemorizada, hasta que algo, alargado, de garras afiladas, también se posó sobre las manos entrelazadas. Un chillido surgió de las entrañas de la muchacha desplomándose con la silla.
El tenue fulgor rojizo que emanó de un lugar indeterminado de la estancia mostró la presencia de dos entes, de aparente forma humana, que revoloteaban dando vueltas pausadas, lánguidas, miméticas, lentas, alrededor del petrificado Emi cuyos ojos giraban intentando escapar de sus órbitas.
La muchacha se arrastró hasta que tocó con su espalda en la pared de la cocina. Craso error. Uno de ellos despertó su curiosidad y, acercándose, empezó a olfatearla. Era como si absorbiera la esencia más profunda de Lucrecia que impávida sintió la sensación de ser devorada por unas enormes fauces cuya lengua la recorrían por todo su ser.
Aquella criatura de rostro orondo, similar al de un Sancho Panza cornudo y de enormes colmillos, como pudieran haber sido alguna vez los de un lúgubre vampiro, emitió, en un sonido gutural, algo parecido a:
– Parece más no es, sombra pudiera ser, esencia del revés. Esta criatura, vulgar es, fémina hambrienta de carne del carnero podría ser.
– Este –dijo el otro– más se parece, mas lo que parece no es y lo que es no lo parece. Tiene algo de él. Quizás culpable sea de pretender distraer. Al amo deberíamos arrastrar  para ver qué castigo aplicar.  
– ¿A quién… buscáis? –preguntó entrecortado Emi. 
El ente, alargado más que alto, de perfil buitreado, nariz hebrea y ojos de salmón asado, extendió el brazo y con uñas, cual garfios de corsario, acariciaron la barbilla del petrificado profesor Jiménez.  
– Desprendes el vaho putrefacto de ese malnacido, su misma esencia emana de tus tripas iniciando el lento camino de la metamorfosis y tu aura se está tiñendo de su oscuridad traidora. ¿Has contactado con alguno de nuestros hermanos?
Cual un motor de arranque manual con bujías sucias y trapajoso, en sus primeros momentos, hasta pillar la velocidad de una locomotora asmática, el profesor Jiménez del Osezno, desgranó uno tras otro, los acontecimientos que causaban sorna y escarnio en los malévolos ojuelos de sus oyentes.
– Encontraste a Cojuelo –comentó el endemoniado alargado– y al tocarle transfirió parte de su esencia a tu debilucha carne mortal.
El rechoncho diablo panzudo, emitiendo algo similar al cruce entre sonrisa y graznido de un cuervo en celo, sin quitar vista a Lucrecia preguntó:
– ¿Los llevamos?
Temía lo peor Emérito cuando escuchó:
– Todavía no es hora, Chispa. Abajo se mosquearan si los llevamos sin preparar la cazuela.
– ¿Qué va a suceder? –se atrevió a preguntar Emi.
Redina se sentó junto a Emi en la mesa de la cocina y, moviendo con sutileza los dedos índice y medio, o lo que se asemejaba a ellos, la luz adquirió de forma paulatina la normalidad.
Chispa, con pasos algo torpes, más bien patizambos, o deformes, se acercó dando pequeños saltitos a la mesa para sentarse al otro lado de nuestro locutor radiofónico. 
– Tan asustado estás que la verdad dijiste sin dudar –dijo Redina alargando las eses con un sonido similar al de las serpientes– eso te salva y te honra. Tres cosas pueden pasar: que te llevemos con nosotros al infierno para cenar; que Cienllamas os aplique un castigo ejemplar, o que la maldición de Cojuelo caiga sobre tu alma sin pensar. 
– ¿Maldición? –preguntó Lucrecia desde el suelo mientras la contemplaban como si viesen un  marciano en bicicleta. 
– ¿Está bien la azotea? –preguntó Chispa moviendo el dedo en forma de tornillo sobre su sien– Todos sentados y ella por el suelo. ¿La llevamos a Asmodeo?
Redina, mirándole con desaprobación contestó:
 – No, no es su hora. Más adelante ya veremos, si viene será un plato apetitoso. Ven –añadió dirigiéndose a Lucrecia– siéntate a nuestro lado.
La muchacha se acercó a la mesa mientras Redina siguió preguntando detalles sobre el fugaz encuentro con Cojuelo.
La muchacha al sentarse notó como si algo pasara junto a sus tobillos, y no paraba de moverse, hasta el extremo que Emi tuvo que pedirle que se quedara quieta que no era el momento de bailar, pues él también estaba nervioso y permanecía en su sitio.
– Dile a Chispa que deje quieto el rabo –contestó malhumorada.
Chispa, al oír su nombre, redondeo su cara deforme, entrecruzó los dedos y abriendo los ojos dos veces por encima de lo que pudiese abrirlos un humano, adoptó tan beatífica actitud que su compañero ordenó: 
– Déjala en paz, no es el momento de jugar y el jefe está al llegar.
La frase se vio interrumpida cuando las luces parpadearon, mas la intensidad fue tan alta que algunas de las bombillas saltaron por los aires o salieron despedidas para estrellarse en diferentes muebles. Las paredes enrojecieron emanando de su interior una sustancia viscosa, cual mucosidad que impregnaba cuantos muebles tocaba.
Atravesando la pared, otro ser, si bien diferente, gallardo y sonriente, alto y de buen ver, abrió los brazos para dejar caer sobre su espalda una capa de medio talle, mostrando un torso peludo, fornido y proporcionado que hizo abrir los ojos a la muchacha que contemplaba tanto desaguisado.
– Lo ha vuelto a hacer –dijo el recién llegado– por donde pasa estropicios deja. Ha unido a dos enamorados, a un pueblo sediento un oasis ha regalado y a otro pobre, pozos de petróleo les ha mostrado. ¡Deshonra de casta demoniaca! ¡Torpeza de Satán! ¡Excremento de Belcebú! ¿Qué habéis averiguado?
Los demonios menores a su amo informaron, con detalles, adornados por los esfuerzos realizados, para obtener la información de mortales desagradecidos que faltaban al respeto del temor merecido.
Analizando la situación, a Emérito ofrecieron la posibilidad de recuperar su antigua condición antes que la maldición se apoderara de su corazón. En caso contrario se convertiría en un hibrido que no podría gozar de la compañía de los humanos, ni tampoco de sus hermanos, los demonios endemoniados. Vagaría durante toda la eternidad sin consuelo ni felicidad, hambriento de carnes y sediento de maldades.
El brazalete de la portorriqueña resultaba interesante estudiar con detenimiento; se consultaría en el averno y, si diesen el visto bueno, también se buscaría, hasta el punto que tal vez llegasen a una propuesta, un pacto de beneficiase a ambos bandos, pues si volvía a circular ese instrumento del mal, muchas almas podrían atrapar. 
Estaban a punto de marchar, ante los atónitos ojos de Lucrecia, que sintiéndose menospreciada, exclamó: 
– ¡Y quién va arreglar este desastre!
Sonriendo, Cienllamás detuvo sus pasos y, con un chasquido de sus dedos, las cosas cobraron vida de tal forma que volando, se recompusieron a vertiginosa velocidad quedando el microondas emitiendo un ruido chirriante.
– Al menos –dijo ella– podía haber arreglado el microondas. 
– Como estaba –respondió el demonio– lo dejé. Suerte tienes que lo haga pero no pidas más o el destrozo dejaré y a ti te llevaré.
Sus secuaces se carcajearon mientras se desvanecían atravesando la pared.

Cojuelo corre, capítulo 5



Trazo V

“Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.” Pablo Neruda


Mientras tanto, en algún lugar perdido de las profundidades madrileñas, entre callejones secretos y vías desconocidas, un hombre de mediana edad tocaba insistente en el portal número trece. Este hombre, se aferraba a sus gafas, y las sujetaba con fuerza sobrehumana intentando rezar ante la proximidad de la noche. Una voz chillona replicó al otro lado del audífono: 
– ¿Quién anda ahí? ¿Emi? ¿Eres Emérito?
– Abre la puerta Lucrecia, es urgente –respondió el profesor Jiménez desesperado.
El chasquido de la puerta tartamudeó varias veces como si tuviese tembleque parlanchín, o como si de su esquelético armazón férreo surgiera un temblor profano, oculto en la sustancia de las cosas desde tiempos inmemoriales.
Salió a recibirle, con su traslucido camisón que apenas llegaba a media rodilla, una rubia trenzada que sonreía con labios carmesí y sujetaba en su mano derecha una copa. Al verla exclamó el profesor Emi, que era como le llamaba en la intimidad: 
– ¡No estoy para esas cosas, Lucrecia!
La mujer, frunciendo el ceño, replicó:  
– Pensé que te gustaban mis recibimientos. Siempre estoy agradándote y tú jamás me dejas entrar como compañera en tu programa.
– No es eso. Tú eres la única persona que puede ayudarme.
Pasaron al despacho florido donde atendía a sus clientes, practicaba sanaciones y llevaba a cabo las meditaciones de plenilunio. Lucrecia Bori, aunque su verdadero nombre era Lucrecia Teresa Borgia de las Palmeras, que adoptó tan augusto nombre en honor a cierta antepasada suya por rama materna que triunfó en la Opera de Nueva York, así como al tono esotérico que sugería para amantes y discípulos.
Emérito, o Emi, como ella insistía en un alarde de afectuosa confidencialidad que le resultaba imposible detener a un profesor algo dotado de cierta mansedumbre bíblica, narró lo sucedido en los últimos meses con especial ralentización en el presente. La pérdida de audiencia, los números rojos, las torpezas radiofónicas que manifestaban la decadencia tecnológica del programa, la ausencia de invitados, eran claras muestras de una mano negra que maldecía el programa una y mil veces al día. El realizador sugería la posibilidad de pasar a la reserva un tiempo para documentarse sobre nuevos acontecimientos.
El colmo de los colmos fue la noticia de la desaparición de la pulsera de Morenita al día siguiente de un programa especial dedicado a los fenómenos paranormales que la rodeaban. La casualidad, el destino, o el universo según Lucrecia, le hicieron coincidir con cierto personaje enigmático que resultaba tan conocido como si fuese un viejo amigo.
Le siguió por oscuros callejones, conoció lugares recónditos que pasan inadvertidos para el resto de los mortales, pero la mayor tragedia fue presenciar los sucesos en el restaurante chino. Con sus propios ojos pudo comprobar la destreza del individuo, la portentosa habilidad para transformar las cosas y después…; después, el mayor de los horrores.
– Después, ¿qué? –preguntó la muchacha mientras abría un cajón del despacho y sacaba un cigarro.
– ¿Fumas?, –preguntó Emi– ¿desde cuándo? Recuerdo que en una charla comentabas la necesidad de tener liberado el espíritu de las dependencias psíquicas del tabaco.
– Lo sé –musitó ella– pero el humo también nos acerca con mayor intensidad al Ente Supremo. Ahora, deja esas chorradas y sigue.
Continuó nuestro locutor con la parte de la historia que mayor horror ocasionaba y que devoraba sus entrañas ante una insoportable impotencia extrasensorial. Ni el mayor de los entes diabólicos que se narran en las viejas tradiciones esotéricas, ni el criminal más sangriento dispusieron jamás de una situación similar a la suya.
– Abrevia –atajó Lucrecia– que se nos hace de día.
– Al finalizar la pelea en el restaurante chino, quise detener al individuo. Al tocarle sentí una tremenda descarga de energía que recorría mi cuerpo. De tal intensidad fue el aporte de energía maléfica que recibí, que de un golpe salí disparado hacia una freidora eléctrica.
– Supongo que estaría apagada –sugirió Lucrecia.
– Encendida, estaba encendida y, tras el primer impacto, era como si hubiese caído en un charco de agua fría. El calor no había ocasionado ninguna mella en mi piel. Uno de los camareros, que cerca andaba, fue salpicado con unas gotas de aceite hirviendo y todavía permanece en urgencias.
– ¿Esnifas algo –preguntó Lucrecia–  de forma habitual?
La cosa no terminaba ahí. El profesor Jiménez continuó relatando los espantosos sucesos que, uno tras otro, habían ido manifestándose hasta tal punto que tenía miedo acaeciesen más fenómenos anormales.
Del restaurante le llevaron al hospital en prevención de posibles daños por los golpes recibidos. El sistema eléctrico hospitalario se vino abajo en el momento que intentaron hacerle una radiografía y, siendo curado por una hermosa enfermera, algo despertó en su interior, un sentimiento tan primitivo como lascivo y animal, que devoró a la muchacha en una pasión tan desorbitada como atroz.
Escapó del hospital antes que la situación adquiriese tintes desproporcionados. Al huir tropezó con un indigente en la puerta de Urgencias. El hombre había robado cinco minutos antes una cartera a uno de los celadores. La mente de Emi revivió un suceso que no había sido presenciado más que por aquel tipejo.
Lucrecia iba a decir unas cuantas cosas sobre tipos pirados, sinvergüenzas y golfas cuando la detuvo con un gesto su paciente improvisado. Según su adorado locutor, cientos de pensamientos pecaminosos cruzaban su mente cual cruzaba con los paseantes. Bastaba echar un vistazo a mujer, madura o joven, hombre, adolescente o senil, e infinitos arrebatos traspasaban su alma cada vez más atormentada y azotada. Contempló seres extraordinarios que por humanos pasan en los noticiarios, que rodeaban, engatusaban y maldecían en los corazones humanos sembrando las siete derrotas de la humanidad que son los siete pecados capitales.
Los labios de la doctora Lucrecia se encontraban a punto de estallar en una combinación entre jocosa hilaridad y burla cuando Emérito pidió continuase escuchando su fuga.
Al llegar a casa, rendido, exhausto, cayó en tal letargo que los demonios viajaban en sus adentros levantando todavía inicuos miembros adorando a dioses falsos y desconocidos. Su mente recorrió algunos titulares de la prensa del día, en los que aparecen el allanamiento de la vivienda de Lucecita, el escándalo de un restaurante chino, el piloto del Air Bus de Milán que afirma ver sombras volando.
Entre esas sombras, lo más terrible de lo terrible, fue la aparición de la mano de Morenita que reclamaba su pulsera. En sueños gritaba que pasaría por Valencia rumbo a Sicilia. El autor del robo ha sido el nieto del difunto Don Vito Papione que también ha oído hablar de sus poderes paranormales.
A punto estaba de mandar a paseo a su interesado amigo, cuando los ojos de su contrario enrojecieron de rabia por su reacción. La voz ya no era su voz, era algo grave, bajo, profundo, que temblaba en cada célula de la piel comenzando a relatar el último desliz de Lucrecia con cierta administrativa de Alcobendas. Jamás había revelado aquellos discretos deslices a ser humano que no estuviese implicado en el asunto. Terminada de contar esta historia, el profesor Jiménez del Osezno, continuó con otras similares de la anfitriona, algo menguada ante tantos datos, exactos y concisos, sobre posturas, látigos, y otros juguetitos.
Al remitir el éxtasis del enfermo, comenzó un fructífero diálogo en el que concluyeron que sería necesario rescatar la pulsera de la cantante y atrapar al ente que había ocasionado tales desmanes, grabándolo con psicofonías, cámaras kirlian y otros artilugios informatizados, para dejar constancia en una sociedad estúpida que ha perdido sus valores.
– Necesito tu ayuda –suplicó Emi– pues me enfrento a algo nuevo, desconocido y diabólico hasta los tuétanos.
El temor de su amigo, la implicación de su rival Lucecita, la curiosidad por ese extraño ser, o un combinado multirracial de todo lo anterior, hicieron que Lucrecia respondiese: 
– Permaneceré a tu lado para evitar cualquier posible recaída o que esos seres te devoren.
Acordaron salir el día siguiente rumbo a Valencia en el  cochecito de su madre que empleaba para trasladarse por la ciudad.





Cojuelo Corre, capítulo 4

Esquivando algún directo, recibiendo algún indirecto, diablo y discípulo alzaron el vuelo.


Trazo IV
 "El sexo es la broma más grande que Dios ha hecho a los seres humanos." Bette Davis

 Críspulo, embobado ante la nueva ciudad que se abría a sus ojos, y Cojuelo, apasionado en sus enseñanzas, no advirtieron la sombra que seguía sus pasos cual Simeón, el mago, seguía a Nuestro Señor en la oscuridad del anonimato. Tras su aparición fugaz y guiado por un sexto sentido, se lanzó tras nuestros amigos por las calles de Madrid.
Nuestros camaradas quedaron almorzando y descansando en el restaurante de Paco, regentado por una familia china tan numerosa como las arenas del desierto y cuyo grado de parentesco puede que fuese similar al de los descendientes de Adán, por rama oriental.
Aprovecharon la ocasión para rellenar los agujeros negros de sus estómagos hambrientos, el primero, por costumbre confiando que la comida saldría de balde, el segundo, Cojuelo, ansioso devorador de carne, pues no es apropiado que un diablo ayune ni quede sin probar placeres carnales.
En estas lides, nuestro eterno opositor reparó en la belleza exótica de la camarera, desconociendo que era la novia del dueño que en esos momentos se encontraba con un cuchillo jamonero utilizado con la habilidad de una navaja de afeitar.
Mientras tanto nuestra tarotista Lucecita, vidente con miopías astronómicas, se había vestido con cuidado sospechando que algo no andaba en su sitio y, acercándose al despacho, halló los destrozos que Críspulo había ocasionado rompiendo el cuenco de cristal y desapareciendo el espíritu deseado.
A la vista del desastre comenzó a tirarse de los pelos, gritar, sollozar, rasgando sus vestiduras, o lo que quedaba sin rasgar desde la última lujuria desbocada. Estando haciendo semejantes aspavientos entró un diablillo menor, un ente incompleto, todavía con su visión infernal de cola, cuernos y patas cabrias, afirmando que todo el averno besaba sus pies y excrementos.
Advertido de la fuga de Cojuelo, de la estratagema empleada y de la ingratitud del preso, daría la voz de alarma para que se le castigase y que, mientras tanto, le serviría él en su lugar. Agradecida la tarotista, y tras verificar los tamaños del nuevo ente, permitió que se refugiase en un collar que llevaba sobre su pecho y que había pertenecido a cierta dama de la alta sociedad, marquesa de los mil y un amoríos, estrangulando con él a sus pretendientes.
En el infierno cundió la alarma, se reunieron los más altos dignatarios de la capital y haciendo notorio lo peligroso de la nueva situación, el descrédito que supondría para la clase infernal, era necesario despachar orden de búsqueda y captura al endiablado fugado para que le prendiesen en cualquier parte que lo hallasen.
Encargaron la tarea a quienes mejor conocían a tan singular diablo, Cienllamas, Chispa y Redina, que recibieron con albricias la noticia pues aburridos se encontraban asando unos cuantos policías corruptos en las calderas de Pedro Botero. El olor de las calderas era tan pestilente que no podían aguantar tanto tiempo con el olfato desquiciado pues no sabían si olían a azufre o a restos del retrete de Satanás. De inmediato se pusieron con las manos en la obra y salieron de las profundidades buscando de nuevo al fugado.
En el restaurante de Paco, moda asiática que mantiene los nombres de los locales adquiridos, el profesor Jiménez del Osezno ocupó una mesa discreta desde donde contemplaba los movimientos de nuestros camaradas de infortunios. Releía el periódico con avidez buscando alguna pista que la interpol no pudiera hallar. Era necesario encontrar algo que le devolviese la credibilidad, si no para los demás por lo menos a sí mismo, que la moral estaba baja y ya no levantaba ni una pluma. Tal vez la ascendencia siciliana del mafioso, quizás la pulsera exigiera la mano de su dueña recuperar, pudiera ser que la secta satánica pidiese algún diablo regresar. Lo hacía de forma voraz, levantando y bajando la vista cual lobo que bebe del río sin perder de vista el objetivo. Aquellos individuos resultaban sospechosos, eso le advertía su intuición radiofónica.
Llegados a la sobremesa, Críspulo, que no había dejado de lanzar tejos a la chinita, sin saber que las orientales cuando afirman niegan, y si dicen no es sí, había ido in crescendo pasando de tejos a misiles aire tierra para profundizar en territorio desconocido a la vista de su pretendiente. Al chino, sin soltar su cuchillo, no le agradaban nuestras tradiciones taurinas y calentaba los motores con mayor rapidez que los del AVE Madrid Sevilla.
La tensión cortaba el aire, pues en el momento pagano apareció, por articulaciones y desarticulaciones de Cojuelo, el óbito de una mosca en los restos de la sopa. Semejante desvergüenza antihigiénica no podía tolerarse y, a grito en el cielo, se negaron a pagar ración tan infecta de saber qué manjares. La chinita, cortés, cedió el pleito a sus compañeros y, saliendo de debajo de los manteles, una veintena de asiáticos inundó el salón comedor.
Cris, a pesar del pleito, no dejaba de solicitar el reclamo de la señorita hasta tal punto que, tropezando con los vaivenes de la conversación y del amable trato de los camareros, su mano se deslizó fortuita por algún lugar poco apropiado de la dama a la vista del vigilante jurado. La situación estalló y el chino navajero hizo acto de presencia, agitando al aire la bandera de la venganza, cuando el sonido de unas sirenas advertía la llegada de la policía; siempre hay almas generosas dispuestas a llamar, al menor estornudo, a los agentes del orden. Gritos, empujones y exabruptos internacionales, inundaron las paredes del restaurante de sonoros bofetones.
La tragedia se presentía en aquel cuchillo cuando la nariz de Cojuelo, y un chasquido de sus dedos, transformaron al chinito en un lechón gordito y sonrosado, ante el estupor de sus compatriotas. Algunos, al principio sorprendidos, entornaron los ojos ante las posibilidades gastronómicas que ofrecía un jefe rácano y, desviando la atención que tenían puesta sobre nuestros protagonistas, olvidaron posible parentesco y comenzó una persecución por el local desmantelando manteles y derramando generosos vinos.
Cris atizaba a los restantes y Cojuelo, que si bien cojo no manco, lanzaba golpes a diestro y siniestro. El profesor Jiménez, a la vista de lo visto, se acercó hasta Cojuelo, esquivando algún directo, recibiendo algún indirecto, para sujetarle del hombro. Hecho fatal pues el chispazo fue tan brutal, que salió despedido del lugar aterrizando sobre una freidora vulgar. Cojuelo, al contemplar quien había recibido la descarga, sonrió malévolo sin lanzarle maldición alguna.
– Corre Cojuelo, corre y salgamos en un vuelo – le dijo el joven aprendiz.
Ante tanta asistencia de público, nuestro revoltoso diablillo tomó la mano a Críspulo para salir volando y esquivar, por la derecha, a un Air Bus con destino a la terminal cuatro y, por la siniestra, a un caza militar, cuyo piloto fue arrestado bajo control psiquiátrico por las cosas que contaba. Nuestro eterno opositor volviéndose hacia su camarada, le dijo:
 – Buenas y espectaculares salidas tienes. Ya quisieran tu ayuda algunos gobernantes que andan más perdidos que un pez en los Alpes.
– Los diablos sabemos entrar y salir de los sitios con tal clase que algunos eurodiputados no cesan de pedir nuestro socorro –respondió Cojuelo.
Y estaban en estos quites de la conversación cuando llegaron a Villa Tuerta del Rey, un pequeño pueblo cercano a Aranjuez, donde pensaron que era mejor parar a descansar pues, si Cojuelo era inagotable, y ansioso estaba de ejercer sus habilidades, Críspulo hallábase algo mareado entre tanto quiebro y requiebro.
Después de besar el suelo, agradeció nuestro protagonista sentir bajo las suelas de sus zapatos algo solido que no cediese pues tenía temor por una metamorfosis ya fuese en águila real o mosca cojonera.
A continuación analizaron la conveniencia de cambiar de aires, tal vez la princesa encantada hablase más de la cuenta y el domicilio de Cris no fuese el más recomendado para pernoctar, o quizás a la policía le diera por investigar después de lo ocurrido en el bar. Consideraron, pese al criterio de Cojuelo que prefería su amada Sevilla, eterna flor del Guadalquivir, dichosa feria de abril, alterar el rumbo para visitar unas tías en Valencia por las que Cris tenía en gran aprecio.
– Aquí podrás pasar la noche y descansar –concluyó Cojuelo señalando un motel próximo a la autovía–, los diablos no necesitamos dormir; si el bien nunca duerme, el mal jamás descansa. Me acercaré a la morería para caldear algo los ánimos, mientras recapacitas tu cabezonería para ir a Levante y no Andalucía. Con un poco de suerte tal vez enfurezca al jeque Alifanfarrón para que apoye la subida del petróleo, o pudiera entrar en algún harén particular. Duerme tranquilo que, al amanecer, estaré contigo.
Terminadas sus palabras, y antes que Crís pudiera manifestar su preocupación por si al día siguiente regresaría con el dinero necesario para pagar la cena y la noche, el diablo se lanzó volando entre un campo de girasoles que resecó a su paso.
Como no quedaba más remedio que aceptar el giro insospechado que estaba adoptando su vida, pensó que lo mejor era confiar en el retorno endemoniado rezando a todos los santos que no le fallase el diablo. Sin más dilación y lanzando un último vistazo al cielo, donde, por cierto, caía un gorrión chamuscado, entró en el motel para pedir habitación.
En su interior había muchos clientes, pues por aquellas fechas se realizaba en el lugar la primera convención de comerciales multiusos pagadas por varias empresas del sector. Le invitaron a cenar unos viajantes procedentes de Alicante que antes vendían juguetes para una determinada empresa, pero, ésta, obligada por la competencia asiática, había migrado al sector del sex shop comercializando una amplia gama de objetos para mayores de dieciocho años. 
Don Cándido Paletillo, dueño del motel, desbordaba tanta alegría como el salón comedor rebosaba comensales. Las perspectivas de repetir el evento en años sucesivos suponía un alivio para su mermada economía, insatisfecha esta por bodorrios locales, comuniones y algún que otro bautizo, que apenas dejaban el pan nuestro de cada día.
Había movilizado camareros, cocineros, personal de limpieza, hijos y esposa. A ella no le hacía mucha gracia, a sus cuarenta y pocos años bien llevados, prefería el motel tranquilo donde de vez en cuando acuden viajantes o turistas, que se les ha hecho demasiado tarde para llegar a Madrid. Su marido le había exigido, o más bien chantajeado con ese cochecito que le hacía falta, para que estuviese a pie de cañón, defendiendo la fortaleza y, como buena anfitriona, acompañar a los congresistas atendiéndoles en cuantas peticiones pudieran surgir.
Estaba en estos menesteres saliendo y entrando de cocina, ejerciendo de maître improvisada, sonriendo a bromas descaradas, coordinando a los camareros, revisando recepción, cuando aterrizó en la mesa donde nuestro convidado confraternizaba con los comerciales. Cris entrecerró los ojos, afiló las garras, y los colmillos se disponían a desgarrar la presa cuando alguien levantó la liebre.
Mientras tomaba nota de los cafés, otra mano, desdibujada, disimulada, difuminada, deslizó la zarpa por debajo de mesa y falda. Apreciando el movimiento, un buen jugador sabe cuándo retirarse a tiempo reiniciando la tertulia con sus nuevos amigos. A Iluminada no le provocó tanta gracia la broma y, con ese saber hacer que tienen algunas personas, se apartó con discreción negándose a servir la mesa.
La dama de su señor avisaba que estaba harta de tanta gente y que se quería ir con su madre que había quedado sola en casa pues algunas personas no se comportaban como está mandado comportarse. Cris adivinó en los labios de Cándido como este la convencía de la importancia del negocio y que había que hacer lo necesario para que estos eventos se repitiesen incluso, si fuese necesario, inventar algunos nuevos para atraer clientes. Era una mujer madura que sabía mantener las distancias, solo debía ofrecer lo mejor del local para que los clientes estuviesen a gusto y después despacharlos, una vez bebidos, a sus habitaciones. Si no hacía esto peligraba no solo el utilitario sino tal vez el abrigo de Navidad.
Resignada, quizás con algún juramento bajo la piel y alguna herida sin cicatrizar, retornó a la jungla de manteles confraternizando con los asambleístas, ofreciendo los cafés y sonriendo las bromas de algunos clientes y, también de paso, clientas. La noche continuó su tránsito hasta bien traspasada la hora de las hechiceras en que los camareros, con amenazas de sublevación, empezaron a exigir el recorte de comensales del salón comedor.
Cris lamentó no haber podido despedirse de la regenta del local que se había perdido en los entresijos de la cocina, camareros, recepción o vete a saber dónde estaba. Al dirigirse al ascensor pasó junto a Don Cándido, el cual se quejaba de la desaparición de su esposa.
– Mi mujer –se lamentaba al camarero–, enfadada, se ha debido ir a dormir sin decir nada.  Luego exigirá que compre el cochecito.
Haciendo caso omiso de penas que no son propias, subió al ascensor acompañado de tres congresistas, de ojos enrojecidos, corbata desajustada y frases soeces sobre las perspectivas nocturnas, que portaban en procesión una botella de cava de la cocina evaporada. El desembarco en el tercero fue masivo pues todos se dirigieron por el mismo pasillo donde, frente a la habitación de Críspulo, llamaban otros tres individuos de similar aspecto.
– Fiesta nocturna –pensó al entrar en su estancia– esperemos que no provoquen demasiado escándalo.
Extrañando la ausencia de su compañero y meditando sobre cuántos acontecimientos habían ocurrido durante los últimos días, se quedó en los brazos de Morfeo dialogando con la almohada.
Ya creía que todo pasaba, pero nada pasa sin dejar huella, cuando de repente el alboroto sacudió el pasillo despertando a cuantos dormían en sus habitaciones. Oída la jarana, salió para ver lo que sucedía, mas no fue el único, y un jubilado de la Guardia Civil, elevando el grito a montera lanzó increpaciones, las cuales fueron desoídas por la cantidad de gente que en el sarao entraba y salía.
El jubilado sin consentir semejante escarnio y burlas, llamó de inmediato al gerente para que interviniera poniendo orden en las habitaciones. La curiosidad ante tanta algarabía pudo más que el sueño obligándole a permanecer en la puerta esperando el transcurrir de los acontecimientos.
No habían pasado cinco minutos cuando el propio Cándido, acompañado del camarero, acudió a la puerta de la habitación. Quedando pequeño el camarote de los Hermanos Marx, el tropel de gente que salía de la alcoba fue tan numeroso como un regimiento de caballería. Hombres, cosa curiosa para Cris, la mayoría de ellos a medio vestir, en ropa interior o casi como Dios los trajo al mundo, salían disparados quejándose unos, escaqueándose los otros, ante las exigencias de Don Cándido.
Entre tanta pierna peluda emergieron dos bellos muslos bajo la camisa de quién sabe qué dueño, que entre el tumulto se dirigieron discretos a la puerta de Cris. Descubriendo sobre ellos el rostro despeinado de doña Iluminada, gentil cual caballero medieval, cedió el paso franco al refugio seguro de su morada. Con discreción, la dama puso el dedo índice en sus labios que fue de inmediato entendido por nuestro sorprendido huésped.
Cuando el temporal remitió, disolviendo la manifestación sin necesidad que acudiesen las fuerzas antidisturbios, Cris recuperó la ropa de la señora y esta se esfumó por el laberinto de pasillos. Hermosa silueta entre cortinajes bermejos, con floraciones ocres y sueños libertinos.

Cielo plomizo

 Cielo cubierto y plomizo, calor que el pecho devora, poniente que se incorpora con un húmedo hechizo. La piel, sin hallar permiso, guard...

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

La Corona de Uganda

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