Tras la resaca fallera y con ciertos enfrentamientos
galenos (manías de los médicos que solo desean ver al sano enfermo), estuve
revisando la gran farsa de la vida. Navegaba cual Ulises por el mundo del
Teatro del Absurdo, entre las sirenas sutiles de Ionesco o Samuel Beckett
cuando, de repente, entre bambalinas y atrezos descubrí una rara especie,
autóctona y atemporal, un tanto olvidada y menospreciada con cierto rencor
aborigen. Los aborígenes peninsulares suelen guardar en sus alforjas una dosis
alta de resentimiento y venganza contra el contrario, azul o rojo, que
encuentren en su camino.
En este tipo de teatro, fiel a la vida misma, se
resalta la incongruencia entre el pensamiento y los hechos, así como la incoherencia
entre las ideologías y los actos. ¡Cuán presto se va el placer cuando