Mostrando entradas con la etiqueta Academia de los Nocturnos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Academia de los Nocturnos. Mostrar todas las entradas

"OCTAVAS A UNA DAMA QUE LA VIO BAÑANDO" de Miguel Beneito



OCTAVAS A UNA DAMA QUE LA VIO BAÑANDO

Entre tus aguas, regalado Turia,

que corren por camino diferente,
donde menguando la temida furia
con ronco son murmura tu corriente,
a tus ninfas haciendo eterna injuria,
templan dos damas el calor ardiente;
bellas entrambas, más la una de ellas
corona puede ser de las más bellas.

Llega a bañarse, y con audacia poca
quiere primero que su pie se moje,
mas apenas con él las aguas toca,
cuando ligera con temor se encoje;
ya teme, ya se anima y se provoca,
ya se quiere atrever, ya se recoge;
mas el agua que alegre se levanta,
moja del blanco pie la bella planta.

Para defensa de atrevidos ojos
con un blanco cendal el cuerpo cubre,
sirviéndole, a pesar de mis antojos,
de blanca nube que mi sol encubre;
mas con todo me ofrecen mil despojos
los pedazos de cielo que descubre,
que a pesar de las aguas importunas
miro del bello cuerpo las columnas.

Tus frescas aguas, que es razón que sientan
la ventaja que llevan a otros ríos,
mayores glorias alcanzar intentan
cobrando nuevos y soberbios bríos;
y entre las dos columnas que sustentan
el claro cielo de los ojos míos,
como tan alto bien merecen solas,
alegres juegan con pequeñas olas.

Mas corren tan heladas tus corrientes,
que porque no las ofendas cual podrías,
quiero llorando lágrimas ardientes
templar el hielo de las aguas frías;
y cuando no bastaran, por mil fuentes
la roja sangre de las venas mías
derramar quiero, porque de esta suerte
al menos le de vida con mi muerte.

Miguel Beneito (Valencia, c. 1562 - 1599), dramaturgo prelopista español.
Fue miembro de la Academia de los Nocturnos, una tertulia literaria de Valencia, con el sobrenombre de "Sosiego" y el cargo de portero. Sólo se conserva una obra suya: "El hijo obediente". Es un jalón más hacia la comedia de Lope de Vega que sigue los senderos trazados por el dramaturgo valenciano Francisco Agustín Tárrega, también miembro de la citada academia.
t


"Redondillas a unos ojos" de Gaspar de Villalón.



Ser mandamiento me excusa
lo que emprende mi rudeza,
 pues quedará cualquier musa
para cantar tal belleza,
 arrinconada y confusa.

Y así, con mi corto aliento,
puse no puedo lo que siento,
diré de esos ojos bellos,
que ha cifrado el cielo en ellos
lo que alcanza un pensamiento.

Son fénix en este suelo
de la hermosura mayor,
y para pechos de hielo,
fuego que envía el amor
 y claridad para el cielo.

Son la beldad abreviada
de naturaleza dada,
por dejar de sí memoria,
porque levantó su gloria
en cosa tan sublimada.

Son dulces en el mirar,
 graciosos en el reír,
temidos por el matar,
afables para seguir
y fuertes para esperar.

Por ser de tal compostura,
son norte que me asegura
en el mar de mis cuidados,
y por ser tan extremados
son polos de la hermosura.

Gaspar de Villalón (¿? – Valencia, 1622) Caballero de la Orden de Montesa y de San Jordi d’Alfama.
Fue uno de los fundadores de la Academia de los Nocturnos, grupo de escritores, intelectuales y poetas que se reunían una vez por semana, por la noche, en el palacio de los Catalá de Valeriola (Valencia) para leer críticas, poesías, etc. A las sesiones asistían bajo seudónimos (el de Gaspar de Villalón era Tinieblas).

Soneto pidiendo la palabra a su dama. (Gaspar Aguilar)



Muerta en Numancia la orgullosa gente,
y tantas vidas y honras ha costado,
por honra de aquel pueblo desdichado
queda vivo un muchacho solamente.


El cual puesto en lugar muy eminente
dar promete las llaves del Senado,
y cumple con las llaves abrazado
la palabra y la vida juntamente.

Mas tu Tirsi, con bríos de ira llenos
me ofreciste las llaves de tu fuerte,
y viene a menos la palabra dada.

Pero qué digo, ay triste, viene a menos,
que tu palabra de ninguna suerte 
puede venir a menos siendo nada.



                               Gaspar Aguilar.


"Romance morisco" Guillén de Castro (1569-1631)

ROMANCE MORISCO
Guillén de Castro (1569–1631)

Poco después que la aurora
tras su enemiga llegase,
parte Febo del Oriente
y Gazul furioso parte

del Albaizin de Granada;
y no furioso de balde,
pues con ajenas mentiras
escurecen sus verdades;
en un caballo morcillo,
a quien mandó que adrizasen
de monte, porque en los montes
piensa reparar sus males.
No sale como otras veces
galán, porque fiero sale,
sin gallardete en la lanza,
sin plumas en el turbante,
sin guarnecer la marlota,
y el capellar semejante;
sin lazo los borceguies,
sin dorar los acicates.
Va tan colérico el mozo,
que por los ojos le salen
vivas centellas de fuego,
entre lágrimas de sangre;
de Zaida se va quejando
y de Zulema el alcaide,
de sus parientes y amigos,
de todos cuantos le valen
y le ayudan con las lenguas,
y quizá porque no saben
que para cortarlas todas
trae afilado su alfanje.
A voces iba diciendo,
tan bravo como arrogante:
ya se acabó mi paciencia,
ya no hay paciencia que baste,
guárdense los que me ofenden,
y dígoles que se guarden,
porque a mas de ser quien soy,
no hay ofendido cobarde.
Bien sabes, morillo triste,
como te igualo en linaje,
y que en valor de personas
hay muy pocos que me igualen.
Bien conoces lo que valgo,
y sabes que sé vengarme,
y que me ofendes también,
y que he de matarte sabes.
No pareces a mis ojos,
imagino que lo haces
porque con mirarte solo
fuera posible acabarte;
pero advierte, moro triste,
que es imposible escaparte,
que ya te busca Gazul,
huye lejos, guarte, guarte;
huye con tiempo si puedes,
y mira no acuerdes tarde,
y advierte que huyan también
tus consejeros infames,
que pues me ofendieron todos,
haré porque no se alaben
que mi mengua con sus vidas
a un mismo tiempo se acaben.
Que si el fuego de mi pecho
se lleva volando el aire,
ha de ser segunda Troya
Granada y sus arrabales.
|Ay, Zaida, infame enemiga!
mejor dijera mudable,
mas pues me infama tu gusto
bien puedo llamarte infame.
¿Qué te ha movido, cruel,
a quererme y adorarme
para olvidarme tan presto,
afrentarte y afrentarme?
No siento el ver que me dejas,
pues me honras con dejarme,
mas que falsa te perjures
y fementido me llames.
Esto el alma me lastima
y en mis entrañas esparce
un rejalgar, un veneno,
compuesto de mis pesares.
— Esto dijo, y un suspiro
acabó sus libertades;
y en un campo del camino
muy poco espacio distante,
ligero se apea y sienta
entre verdes arrayanes,
porque descanse el caballo
y pensamientos le cansen. 

Soneto al Beato Fray Nicolás Factor por el doctor Jerónimo Virués.

El Doctor Jerónimo Virués formó parte de la Academia de los Nocturnos, de Valencia (1591–1594). Nació en Valencia en el seno de una familia culta. Era hijo del médico y humanista Alonso de Virués, a quien se ha relacionado con Luis Vives, y tuvo tres hermanos: Cristóbal, militar y poeta que participó, entre otras, en la batalla de Lepanto, Francisco, que fue teólogo y beneficiado de la Iglesia de Valencia, y Jerónima Agustina Benita que se distinguió por su conocimiento del idioma latino.


SONETO
AL Santo Fray Nicolás Factor

Entre manjares ver un hombre hambriento,
verle entre ropas roto y destrozado,
entre riquezas ser necesitado
y en medio el mundo verle d'él esento.

Verle entre los trabajos más contento
y entre regalos ir mortificado,
cosa es grande, martirio bien pensado,
y de corona digno vencimiento.

El Padre Nicolás Factor dichoso
es en quien tanta santidad se encierra,
cuyo valor ilustra el patrio suelo.

Y el deseo de ver al Rey glorioso
tan a menudo le elevó en la tierra
que al fin lo eleva para siempre al cielo.



Beato Nicolás Factor (1520-1583) por Vicente Castell Maíques.              

Pedro Nicolás Factor vio la luz en Valencia en la festividad del Príncipe de los Apóstoles del año 1520. Es, por consiguiente, un lustro más joven que la madre Teresa de Jesús y viene al mundo cabalmente un año antes que el gentilhombre Iñigo de Loyola colgara su espada y su daga ante la Virgen de Montserrat, dando otro cauce a sus ambiciones de gloria.
A los diecisiete años ingresa en la observancia franciscana, siendo ordenado de sacerdote en 1544, a poca distancia del concilio de Trento, que se inauguró al siguiente año. Fray Nicolás pertenece al movimiento de la restauración católica que, a raíz de aquel famoso concilio, cobra un impulso poderoso y de larga significación. La España de Cisneros, que ya conoció esta inquietud reformadora, vive ahora la era gloriosa de su mística. Como densa cordillera de altas cumbres, abundarán los santos de temple, de perfil acusadamente enérgico. Pero es indiscutible que en el horizonte de toda la Iglesia destacan como figuras señeras Ignacio y Teresa –fundador y reformadora–, que en medio de una actividad increíble practican y enseñan las doctrinas más elevadas de la vida espiritual al alcance de todos. Brilla también el austerísimo fray Pedro de Alcántara, que infunde renovado vigor en el viejo tronco franciscano, al par que dirige a Teresa de Jesús, a Luis de Granada, a Juan de Avila, a Francisco de Borja... En tanto, el maestro de Andalucía promueve la regeneración del clero y del pueblo, ayuda a la naciente Compañía y da por buenas las «locuras» del hermano Juan de Dios. Desde 1544 fray Tomás de Villanueva, asceta y teólogo, difunde entre su grey valentina aromas de subida caridad y predica el Evangelio en sermones de clásica factura.
En esta constelación gloriosa brilla con luz propia el extático Nicolás Factor. Tiene rasgos comunes con éstos y los demás santos contemporáneos. Mas su vida toda semejaba ya desde la infancia una réplica afortunada del Pobrecillo de Asís, sin menoscabo de su personalidad inconfundible. Como una estrella difiere de otra estrella.
El primer escenario de sus virtudes fue Valencia, su ciudad natal. Yendo de niño a la escuela, vio a la puerta de la parroquia de San Martín un pobre leproso. Arrebatado por superior impulso, se arrodilló y le besó pies y manos con mucha humildad. Repitió la escena con una enferma a las puertas del hospital de San Lázaro, y con parecidas muestras de caridad servía a los enfermos pobres. Ayunaba cada semana y con toda naturalidad agradeció a un falso delator su solicitud en corregirle, no obstante haber seguido a la acusación un azote del maestro.
Siendo religioso hubo de aceptar bien pronto prelacías, juzgando los superiores que el mejor estímulo para los religiosos sería proponerles el ideal seráfico en un modelo de carne y hueso. Así fue guardián de los conventos de Santo Espíritu, Chelva, Val de Jesús, Murviedro (Sagunto), de los recoletos de Bocairent y también maestro de novicios. Cada vez que esto ocurría, entraba en duro conflicto su voto de obediencia con su humildad. Cuando se le encomendó el monasterio de la Val de Jesús en 1568, antes de aceptar, como de costumbre, consultó en la oración la voluntad de Dios. Y con la violencia del amor divino quedó arrebatado en éxtasis, del que no podían despertarle los absortos religiosos, oyéndole repetir: «Mi corazón está aparejado, Dios mío, aparejado está mi corazón». Todos los días tomaba tres disciplinas de sangre, especialmente antes de celebrar la santa misa. Su ordinaria comida era a pan y agua, con pocas excepciones; le bastaba una sola túnica y caminaba a pie descalzo. El sueño, sobre ser brevísimo, lo tomaba en dura tabla y por cabecera acomodaba un leño o una piedra. Era el primero en acudir a los actos de comunidad, en servir al hermano. En la oración se le veía atentísimo y perseverante, de modo que ninguna ocupación le distraía de la presencia y trato con Dios.
Su caridad necesitaba más campo y desbordábase más allá del claustro. Anunciaba el reino de Dios, aconsejaba, fue confesor ordinario de las religiosas de la Trinidad de Valencia, de las clarisas de Gandía y, por mandato de Felipe II, de las Descalzas Reales de Madrid. Atendía a los apestados, y cuando el cielo negaba el agua a los campos, como aconteció en Chelva, interponía su oración y penitencias con las de la comunidad.
Este pueblo y su comarca gustaron los primeros ensayos de su predicación. Dicción sencilla y breve, palabras de fuego, la fuerza irresistible de su ejemplo y las mejores gracias con que la naturaleza puede favorecer a un orador. He aquí los elementos que conjugaban su celo ardiente y su ingenio agudo para conmover y convertir.
También sintió impulsos incontenibles de derramar su sangre en defensa de la fe, e instó para ir a tierra de infieles. Predicando en Segorbe a unos mahometanos obstinados, ofreció, como San Francisco al sultán, arrojarse entre las llamas, dejando a su voracidad la decisión sobre la verdad o falsedad de la religión.
Los pobres y los enfermos seguían siendo sus predilectos. En la olla de caridad dejaban los religiosos su limosna, que fray Nicolás recogía y aumentaba, gozando en distribuirla por sí mismo. Allegaba otros recursos más pingües, y, cuando menos podía, se desprendía de su capa y hasta de su túnica, como aconteció en Játiva. Ningún pobre marchó defraudado, incluso en tiempos de hambre y de peste. La fe del guardián superaba las urgencias de tantos infelices sin que la despensa menguara sus existencias.
La madre más tierna no trataría mejor a sus hijos que fray Nicolás a los enfermos del hospital, promoviendo con su ejemplo este género de caridad entre la misma nobleza. En los pobres llagados le parecía ver a Jesucristo llagado por nuestros pecados, y sin poderse contener les besaba pies, manos y llagas. Estas muestras de fuerte religiosidad penitencial no podían menos de herir la sensibilidad de aquellos hombres pulidos y cargados de perfumes. Eclesiástico hubo que le advirtió se guardase de aquellas demostraciones, calificándolas de virtud grosera. Pero qué razones no le diría el bendito fraile –que se creía por sus pecados y su ingratitud para con Dios digno de mayores humillaciones, siendo así que el Señor había sufrido tanto por él– que el prudente monitor quedó edificado y corregido. Un canónigo que le advertía lo mismo no pudo menos de conmoverse ante una de estas escenas a la puerta de la Seo, y dio su limosna al pobre. Animóle Nicolás a mejorar su disposición, y lo inaudito fue que el impresionable canónigo se arrodilló y besó al pobre por amor a Cristo. En cambio, a un religioso compañero le contuvo en otra ocasión, excusándole por lo delicado de su estómago. El hospital de San Lázaro contempló extremos mayores con los horrendos leprosos, seguidos de arrebatos extáticos.
Si San Ignacio hubiese juzgado el espíritu de fray Nicolás, hubiera dicho que estaba en el tercer grado de humildad –el más excelente–. En las moradas teresianas se hallaría sólo por lo que va dicho muy adentro de la sexta. Para San Francisco, este imitador fiel de Jesucristo había alcanzado la perfecta alegría. Realmente la locura de la cruz había hecho presa en él.
No obstante, este hombre extraño, que parecía encontrar sus delicias todas en la penitencia y en la humillación, poseía en alto grado el sentimiento de la bondad y de la belleza. La creación le extasiaba, gustaba infinito de la música, componía versos y manejaba con destreza los pinceles. Nada más agradable que gozar de su trato.
Su sensibilidad exquisita le inclinaba al cultivo de la amistad, buscando y comunicándose con los santos de su siglo. Viéndole sus frailes en cierta ocasión muy determinado a tomar viaje, le preguntaron a dónde iba: «Voy, dijo, a ver a aquel grande santo rector de la Alcora, que es de las almas que hoy más agradan a Dios». Así era el venerable Juan Bautista Bertrán. En la ciudad que, promediado el siglo XVI, semejó a Pérez de Ayala una Babilonia, y lo demás –su reino– tierra de infieles, no todo era corrupción de costumbres e hipocresía morisca. Florecían los franciscanos Beato Andrés Hibernón y San Pascual Bailón, el mínimo Beato Gaspar Bono, San Luis Beltrán, el patriarca y arzobispo Juan de Ribera y una pléyade de almas de vida integérrima. A muchos de éstos conoció y trató nuestro Beato, y los que de ellos le sobrevivieron fueron testigos excepcionales en su proceso de canonización.
Mas el amigo entrañable e íntimo fue el dominico San Luis Beltrán. De nuevo el abrazo del hábito blanco y negro con el sayal y la cuerda. La luz y el fuego fundiéndose en la misma llama. Ambos se conocían, mejor dicho, cada uno veía la santidad del otro sin reconocer la propia. En los dos, la misma ambición y los mismos temores. A no ser por fray Nicolás, el austero y melancólico dominico hubiese acabado sus días en una cartuja, al paso que éste hubo de sostener la esperanza del franciscano, que le preguntaba angustiado una y otra vez: «¿Qué os parece, Luis, me salvaré?» Ésta debió de ser su cruz mental, la noche oscura, el contrapeso de las gracias extraordinarias durante toda su vida, que se hizo sentir más pesadamente desde la muerte del amigo (octubre 1581). Seis meses después, Nicolás Factor, anhelando mayor perfección seráfica, pasaba al convento recoleto de Onda. Y al disolver Felipe II esta provincia tarraconense, el atormentado religioso emigró a los capuchinos, recién llegados a Barcelona, que por aquellos días renovaban la vida eremítica y las estrecheces de los primeros franciscanos. Mas en junio de 1583 decide el retorno a la observancia y a su primer convento de Santa María de Jesús. Este humano fracaso lo atribuía a su carácter voluble, mientras respondía con mansedumbre edificante a los impertinentes: «Vine de santos, fui a santos y he vuelto a santos».
Tenía el humilde franciscano éxtasis frecuentes. La hermosura de la creación, una conversación espiritual, las grandes solemnidades litúrgicas eran motivo para sus arrebatos místicos. Sabía esto el famoso arzobispo de Tarragona, Antonio Agustín. Habiendo logrado hospedarle en su palacio, cuando su regreso de Barcelona, quiso obsequiarle con un rato de música. Entonaron los cantores el salmo «Laudate Pueri Dominum», y no bien llegaron al segundo verso, «Sit nomen Domini benedictum», se elevó el siervo de Dios con su semblante encendido. Hizo el devoto prelado que le retratase un pintor y él mismo compuso unos versos latinos como pie del cuadro, que luego, puestos en música, se complacía en oír.
Fácil sería recoger en esta semblanza episodios reveladores de sus virtudes heroicas, del don de profecía y milagros, de sus luchas titánicas contra el enemigo de nuestra salvación, de su devoción profunda a los sagrados misterios de la Trinidad, Eucaristía, Pasión..., de su amor inefable a la Santísima Virgen, cuyas imágenes reprodujo tantas veces su devota inspiración. Estimaba en tanto su fe, que escribió una profesión de ella con su propia sangre, colgando esta cédula ante la imagen de Nuestra Señora de la Vela, en el monasterio de la Trinidad. Valga por todas las anécdotas el siguiente testimonio de San Luis Beltrán, nada amigo de lisonjas. Decía muchas veces que, «Nicolás, aun estando aquí en la tierra, había llegado a amar y gozar del Sumo Bien, casi como le aman y gozan los bienaventurados».
Las cartas y opúsculos que escribió fueron breves y no forman un cuerpo de doctrina. Sin embargo, bien hubiera podido hacerlo, porque era buen escritor, gran maestro de espíritu y sabía declarar la teología espiritual con símiles maravillosos. Un tratadito que ha quedado sobre Las tres vías refleja la capacidad de su magisterio.
Cuando el 13 de diciembre llegó a Valencia, enfermo y extenuado, la carrera del Beato Nicolás tocaba a su fin. El día 23, fortalecido con los sacramentos y puestos los ojos en el crucifijo, dio el último aliento, pronunciando estas palabras: «Jesús, creo», que resumen los ideales de su vida: el amor entrañable a la Santa Madre Iglesia y al Hijo de Dios humanado.
Había rogado que le enterrasen en un muladar, «porque no debía ser colocado entre sus hermanos un hombre tan ingrato a su Dios y Señor». En cambio, su cadáver exhalaba un perfume celestial los nueve días que permaneció insepulto, como lo atestiguan cuatro informaciones jurídicas. Aún duraba la suave fragancia cuando en 1586 Felipe II mandó abrir el féretro para venerar los sagrados despojos de su bienaventurado amigo.

Vicente Castell Maíques,
Beato Nicolás Factor, en Año Cristiano, Tomo I,
Madrid, Ed. Católica (BAC 182), 1959, pp. 499-504.

Cielo plomizo

 Cielo cubierto y plomizo, calor que el pecho devora, poniente que se incorpora con un húmedo hechizo. La piel, sin hallar permiso, guard...

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

La Corona de Uganda

La Corona de Uganda

Seguidores

Mi lista de blogs