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Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (17)



No siempre basta con seguir la estrella: a veces es menester descansar frente al fuego, sentir que hay algo tan sagrado en la llama de la fogata como en el resplandor de la Estrella Polar. Y esa misma voz misteriosa, señal de partida para algunos, voz única que nos dice que no tenemos aquí ciudad perdurable, es también la única que dentro de los límites de esta tierra puede levantar ciudades que perduren
   

Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (17)
V
UNA NOTA SOBRE LA EMIGRACION
2. La religión de la pequeña propiedad.


Hoy en día se oyen muchas cosas acerca de las desventajas del decoro, y las dicen especialmente aquellos que siempre nos hablan de las mujeres de la última generación, tan desamparadas e impotentes, cosa que pasan luego a probar refiriéndose a la tiranía tremenda y violenta de la señora Grundy. Casi en la misma forma insisten en que las mujeres victorianas eran particularmente tiernas y sumisas. Y es bastante triste que para decirlo tengan que mencionar el nombre de la reina Victoria. Pero el problema se plantea más especialmente con relación a lo indecoroso en arte y en literatura, y ahora

Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (16)




V
UNA NOTA SOBRE LA EMIGRACION
1. La necesidad de un espíritu nuevo.
  

Antes de terminar estas notas con algunas palabras acerca del aspecto colonial de la distribución democrática, será conveniente dar testimonio de las sugerencias recientes de un hombre tan distinguido como el señor John Galsworthy. Galsworthy es un señor por quien siento el respeto más profundo; porque un ser humano que trata realmente de ser justo es algo muy semejante a un monstruo, y un milagro en la larga historia de esta alegre raza nuestra. A veces, sí, me exaspera un poco que me excusen tan persistentemente. Pocas cosas imagino tan fastidiosas, para un cristiano libre de nacimiento y bien constituido, como la idea de que si él decidiera esperar al señor Galsworthy tras un muro, derribarlo de un ladrillazo, saltarle encima con pesadas botas y una serie de cosas más, el señor Galsworthy todavía diría débil y entrecortadamente que la culpa era solamente

Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (14)



“Los niños librados a sí mismos casi invariablemente inventan sus propios juegos, sus propios dramas, con frecuencia hasta inventan todo un reino o una re
pública imaginarios. Dicho con otras palabras, crean; hasta que la oposición del monopolio mata su creación.”



Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (14)
III
ALGUNOS ASPECTOS DE LA MAQUINA
3. El día de fiesta del esclavo.

Algunas veces he sugerido que el industrialismo de tipo americano, con su maquinaria y atropello mecánico, se conservará algún día en forma de modelo realmente americano; quiero decir, a la manera del territorio reservado para los pieles rojas, la reserva. Así como se deja un pedazo de bosque para que los salvajes cacen y pesquen dentro de él, así una civilización mejor podría dejar un sector de fábricas para aquellos que estuvieran todavía en una etapa intelectual tan infantil como para querer ver girar las ruedas. Y así como los pieles rojas podrían todavía, supongo yo, contar sus arcaicas leyendas referentes al dios rojo que fumaba en pipa o al héroe que robó el sol y la luna, así el pueblo sencillo del recinto fabril podría seguir hablando de su propia reseña de la historia y discutiendo la evolución de la ética, mientras a su alrededor una civilización más madura andaría ocupada en la verdadera historia y la filosofía seria. Vacilo en repetir aquí esta fantasía, porque, después de todo, el maquinismo es la religión de esas gentes, o al menos su superstición, y no les gusta que se las trate con ligereza. Pero yo creo que hay algo que decir en pro de la opinión de la cual esta fantasía

Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (12)





No tenemos obligación de ser más ricos, ni de trabajar más, ni de ser más eficientes, o más productivos, o más progresistas, ni en modo alguno más pegados a las cosas del mundo o más poderosos, si ello no nos hace más felices.


Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (12)
III
ALGUNOS ASPECTOS DE LA MAQUINA

1. La rueda del destino.

El mal que nos esforzamos en destruir se esconde por los rincones, especialmente en forma de frases equívocas en cuyo engaño pueden caer fácilmente hasta las personas inteligentes. Una frase que podemos oír a cualquiera en cualquier momento es aquella de que tal institución moderna «ha llegado a quedar». Estas metáforas a medias son las que llevan a convertirnos a todos en imbéciles. ¿Cuál es el significado preciso de la afirmación de que la máquina de vapor o el aparato de radiocomunicación han llegado a quedar? ¿Qué se quiere decir cuando se afirma que la torre Eiffel ha llegado a quedar? Para empezar, es evidente que no queremos decir lo que decimos cuando usamos las palabras con naturalidad, como en la expresión «el tío Humphrey ha llegado para quedarse». Esa última oración puede pronunciarse en tono alegre, o de resignación, o hasta de desesperación, pero no de desesperación en el sentido de que el tío Humphrey sea en realidad un monumento que nunca podrá ser movido de su sitio. El tío Humphrey llegó, y es probable que se vaya dentro de un tiempo; incluso es posible (por doloroso que pueda ser imaginar tales relaciones domésticas) que el último recurso sea hacer que se vaya. El hecho de que la metáfora se quiebre, aparte de la realidad que se supone que representa, muestra con cuánta vaguedad se usan estas palabras engañosas. Pero cuando decimos: «La torre Eiffel ha llegado a quedar» somos todavía más inexactos. Porque, para empezar, la torre Eiffel no ha llegado en absoluto. En ningún momento se vio a la torre Eiffel caminando a grandes zancadas, con sus largas patas de hierro, en dirección a París a través de las llanuras de Francia, como aquel gigante de la célebre pesadilla de Rabelais que cayó sobre París para llevarse las campanas de Notre Dame. La silueta del tío Humphrey que se ve venir por el camino posiblemente produzca tanto terror como cualquier torre andante o cualquier descomunal gigante, y probablemente la pregunta que asaltará a todos será si vendrá a quedarse. Pero haya llegado o no para quedarse, lo cierto es que ha llegado.

Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (10)




"Vivimos una época en que es más difícil para un hombre libre hacerse un hogar de lo que era para el asceta medieval pasarse sin él."





Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (10)

III
ALGUNOS ASPECTOS DE LA TIERRA.

2. Votos y voluntarios.

A veces nos han preguntado por qué no admiramos a los que hacen propaganda tanto como se admiran ellos mismos. Una respuesta es que está en su naturaleza admirarse a sí mismos. Y en la índole misma de nuestra tarea está el enseñar a la gente a criticarse o, más bien (y es preferible) a darse de puntapiés. Hablan acerca de la verdad en los anuncios, pero no puede haber nada semejante en el sentido profundo en el que necesitamos la verdad en la política. Es imposible decir en los términos alegres de la publicidad la verdad sobre lo mal que están las cosas o la verdad acerca de lo difícil que va a resultar mejorarlas. Nadie que ponga anuncios va a ser tan sincero como para decir:
«Haga lo que pueda con nuestra vieja y pésima máquina de escribir, en este momento no podemos conseguir nada mejor». Pero en realidad tenemos que decir que nuestros amigos «pasarán un mal rato si empiezan a trabajar nuevos campos por su propia cuenta; pero es lo que hay que hacer». No podemos hacer creer que estamos ofreciendo solamente satisfacciones y comodidades. Cualquiera que sea nuestra opinión definitiva sobre la maquinaria que ahorra trabajo, no podemos ofrecer nuestro ideal como una máquina que ahorra trabajo. En nuestro ideal no hay más propuesta de incomodidad de la que hay para un hombre en un incendio, una batalla o un naufragio. No hay más camino que el camino del peligro para salir del peligro. La forma de llamamiento que debe hacerse a los ingleses es la forma de llamamiento que se hace ante una gran guerra o una revolución. Aunque la trompeta emitiera un sonido incierto... pero debe ser el sonido inconfundible de una trompeta. El megáfono de la propia satisfacción mercantil es fuerte, pero no claro. Por su naturaleza, sólo puede decir cosas suaves, aunque las diga estruendosamente; es como alguien que susurra dulces naderías, aun cuando su susurro fuera un grito horrible. ¿Cómo puede pedir la publicidad que los hombres se preparen para la batalla? ¿Cómo puede la publicidad hablar el lenguaje del patriotismo? No puede decir: «Compre tierra en Blinkington-on-Sea y prepárese para la lucha contra piedras y abrojos». No puede emitir un sonido seguro, como el antiguo somatén que tocaba a sangre y fuego, y decir a las gentes de Puddleton que corren peligro de hambre. Para hacer justicia a los hombres, nunca nadie anunció las necesidades del ejército de cocineros afirmando que era conveniente para el fogón. No dijimos a los soldados: «Prueben nuestras trincheras; son un deleite». Hicimos una especie de tentativa de llamamiento a cosas mejores, y tenemos que volver a hacerlo frente a cosas peores. El tono de los anuncios es lo que hace tan difícil esto. Porque lo que tenemos que considerar a continuación es la necesidad de acción individual independiente en gran escala. Queremos que se conozca la necesidad, como se hizo saber que había necesidad de soldados. La educación ha sido demasiado comercial en su origen y ha dejado que la hunda la publicidad comercial. Venía demasiado de la ciudad, y ahora casi la han arrojado de la ciudad. Educación quería decir en realidad enseñanza de cosas de la ciudad a gente del campo que no quería aprenderlas. Admito más bien que sería mucho mejor empezar al menos con aquellos que realmente la necesitan. Pero también sostengo que hay realmente gran cantidad de gente en la ciudad y en el campo que verdaderamente la necesitan.
Pensemos o no en una futura ley agraria, sea o no sea nuestro concepto del distributismo rígido o tosco, pero eficaz, creamos o no en la compensación o la confiscación, busquemos esta o aquella ley, no debemos sentarnos y esperar ley alguna. Mientras crece el pasto el caballo tiene que mostrar que quiere pasto: tiene que explicar que es realmente un cuadrúpedo herbívoro. El cumplimiento de las promesas parlamentarias es más lento que el crecimiento de la hierba, y si no se hace nada antes de que se complete lo que se llama un proceso constitucional, estaremos casi tan cerca del distributismo como lo está del socialismo un político laborista. Me parece necesario revivir en primer lugar el método medieval o recto, y pedir voluntarios.
Los ingleses podrían hacer lo que hicieron los irlandeses. Podrían hacer las leyes obedeciéndolas. Si como los primitivos patriotas del Sinn Fein hemos de adelantarnos al cambio legal mediante un acuerdo social, necesitamos dos clases de voluntarios para llevar a cabo la experiencia inmediata. Es necesario que averigüemos cuantos labriegos hay, real o potencialmente, que podrían cargar con la responsabilidad de pequeñas granjas por el bien de la verdadera propiedad, a fin de bastarse a sí mismos y de salvar a Inglaterra en un momento desesperado. Queremos saber cuántos terratenientes hay que cederían o venderían a bajo precio su tierra para dividirla en granjas de ese tipo. Sinceramente, creo que el hacendado llevaría la mejor parte. O, más bien, creo que al labriego le tocaría la parte más difícil y heroica. A veces hasta le convendría al propietario ceder del todo la tierra, puesto que está pagando por lo que no le produce nada a cambio. Pero de cualquier modo, todos deben darse cuenta de que la situación, sin usar frases abusivas, exige remedios heroicos. Es imposible disimular que el hombre que reciba la tierra, más aún que el que la entregue, tendrá que tener algo de héroe. Nos dirán que los héroes no brotan en todos los setos, y que no encontraremos bastantes para defender todos nuestros cercos. Hace apenas unos años reunimos tres millones de héroes con un toque de clarín, y la trompeta que hoy oímos es, en un sentido más terrible, la trompeta del juicio.
Necesitamos una llamada popular de voluntarios que salven la tierra, exactamente como en 1914 se necesitaron voluntarios para salvar el país. Pero no queremos que se debilite el llamamiento con ese rasgo pusilánime, cansado, funesto y deplorable que los periódicos llaman optimismo. No estamos pidiendo a unos niños que pongan buena cara mientras les toman sus fotografías: estamos pidiendo a hombres grandes que hagan frente a una crisis tan grave como una gran guerra. No estamos pidiendo a la gente que recorte un cupón de un diario, sino que trace surcos de labrantío en un desierto sin huellas; y si han de triunfar, deberá hacerse frente a la labor con algo del espíritu inquebrantable del antiguo cumplimiento de un voto. San Francisco mostró a quienes lo siguieron el camino de una felicidad mayor, pero no les dijo que una vida errante y sin hogar sería un dechado de felicidad; ni lo anunció en tableros como un camino de rosas. Pero vivimos una época en que es más difícil para un hombre libre hacerse un hogar de lo que era para el asceta medieval pasarse sin él. La disputa sobre los arrabales de Limehouse era el modelo de guía del problema... si podemos llamar modelo de guía a algo que no guía y sobre lo cual sólo un loco modelaría algo. Los habitantes de los barrios bajos dicen verdadera y decididamente que prefieren sus casuchas a los bloques de apartamentos que se les proporcionan como alternativa de las casuchas. Y las prefieren, se afirma, porque las casas viejas tenían al fondo corrales donde podían dedicarse «a sus hobbies de pájaros y a la cría de gallinas». Cuando se les ofrecieron otras oportunidades, sobre un plan de reparto, tuvieron la espantosa depravación de decir que les gustaba tener cercas alrededor de sus corrales privados. Tan terrible y abrumador es el torrente rojo del comunismo cuando entra en ebullición en los cerebros de las clases trabajadoras.
Desde luego, es concebible que sea necesario, durante alguna convulsión violenta, que las casas de la gente se apilen una sobre otra en forma de torres de apartamentos. Y así también podría ser necesario que los hombres treparan sobre los hombros de otros hombres durante un diluvio o para salir de una grieta abierta por un terremoto. Y lógicamente es concebible, y hasta matemáticamente exacto, que disminuiríamos las muchedumbres de las calles de Londres si pudiéramos acomodar a los hombres verticalmente, en vez de horizontalmente. Si solamente hubiera algún medio por el cual un hombre pudiera caminar con otro hombre de pie encima de él, y otro sobre éste y así sucesivamente, se ahorrarían muchos empujones. Los hombres se colocan de este modo en las pruebas de acrobacia, y es claro que tales acrobacias podrían hacerse obligatorias en todas las escuelas. Es un cuadro que me agrada mucho, como cuadro. Espero ver (en mi afición al arte por el arte) semejante torre viviente moviéndose majestuosamente a lo largo de la avenida Strand. Me agrada pensar en un tiempo de verdadera organización social, cuando todos los empleados de los señores Boodle & Bunkham ya no aparezcan en la forma desordenada y dispersa en que lo hacen actualmente, cada uno desde su pequeña villa suburbana. Ni siquiera marcharían, como en la etapa inmediata e intermedia del Estado Servil, en una columna de filas bien formadas, desde el dormitorio de una parte de Londres hasta el emporio de la otra. No. Ante mí surge una visión más noble que llega hasta las alturas del mismo cielo. Una pagoda tambaleante de empleados, cada uno en equilibrio sobre otro, se mueve a lo largo de la calle, haciendo tal vez demostraciones acrobáticas en el aire a medida que avanza, para mostrar la perfecta disciplina de su maquinaria social. Todo eso sería muy impresionante; y, entre otras cosas, realmente economizaría espacio. Pero si uno de los hombres cercanos a la punta de esa torre movediza dijera que esperaba poder volver a visitar la tierra algún día, simpatizaría con su sentido del destierro. Si dijera que para el hombre lo natural es caminar sobre la tierra, yo estaría de acuerdo con su escuela filosófica. Si dijera que es muy difícil cuidar pollos en esa postura acrobática y a esa altura, yo pensaría que su dificultad es una dificultad verdadera. En principio podría responderse que el amor a los pájaros sería más adecuado a la percha tan etérea, pero en la práctica esos pájaros serían pájaros muy caprichosos. Por último, si dijera el hombre que cuidar gallinas ponedoras es tarea social digna y estimable, más estimable y digna que servir a los señores Boodle & Bunkham con la más perfecta disciplina y organización, estaría de acuerdo con ese sentimiento por encima de todo lo demás.
Ahora bien, todo nuestro problema social es muy difícil, y aunque en cierto modo su parte agrícola sea la más simple, en otro sentido no es en modo alguno la menos difícil. Pero este asunto de Limehouse es un ejemplo vívido de cómo hacemos más difícil la dificultad. Se nos dice una y otra vez que los habitantes de los barrios bajos de las grandes ciudades no pueden ser simplemente librados a la tierra, que no quieren ir al campo, que no tienen inclinaciones ni ideas que de algún modo puedan convertirlos en gente interesada por la tierra, que no puede concebirse que tengan algún placer, salvo los placeres de la ciudad, ni aun disconformidad alguna, salvo el bolchevismo de las ciudades. Y luego, cuando toda una muchedumbre de ellos quiere criar gallinas, los obligamos a vivir en apartamentos. Cuando multitud de ellos quiere tener cercas, nos reímos y los mandamos a barracas públicas. Cuando toda una población desea insistir en empalizadas y cercados y en las tradiciones de la propiedad privada, las autoridades obran como si estuvieran sofocando un motín rojo. Cuando estos mismos habitantes desesperanzados de los arrabales ponen realmente todas sus esperanzas en una ocupación rural, que todavía pueden practicar en las casuchas, los apartamos de esa ocupación diciendo que mejoramos su condición. Se toma a un hombre que tiene la cabeza puesta en un gallinero, se lo instala a la fuerza sobre zancos gigantes de cien pies de altura, donde no puede alcanzar el suelo, y luego se dice que se lo ha salvado de la miseria. Y después se agrega que un hombre así sólo puede vivir sobre zancos y que nunca podría interesarse por las gallinas.
Ahora bien, la pregunta primerísima que se hace siempre a aquellos que defienden nuestra forma de reconstrucción agrícola es fundamental, porque es psicológica. Podemos o no necesitar cualquier otra cosa para una comunidad labriega, pero sin duda necesitamos labriegos. En la actual mezcla y confusión de civilización más o menos urbanizada, ¿tenemos siquiera los elementos primeros o las primeras posibilidades? ¿Tenemos labriegos o al menos labriegos en potencia? Como a todas las preguntas de ese tipo, no puede contestarse con estadísticas. Las estadísticas son artificiales aun cuando no sean ficticias, porque siempre dan por sentado el hecho mismo que un cálculo recto siempre tiene que negar: suponen que cada hombre es un solo hombre. Se basan en una especie de teoría atómica de que el individuo es realmente individual, en el sentido de indivisible. Pero cuando abiertamente tratamos con la proporción de diferentes amores u odios o esperanzas o apetitos, lejos de ser esto un hecho que pueda darse por sentado, es el primerísimo que debe ser negado. Lo niega toda esa consideración más profunda que los hombres acostumbraban a llamar espiritual, hasta que se arriesgaron a decirlo en griego y llamarla psíquica o psicológica. En un sentido, la espiritualidad más alta insiste, desde luego, en que un hombre es uno solo. Pero en el sentido aquí implícito, la opinión espiritual siempre ha sido la de que un hombre es por lo menos dos, y la opinión de los psicólogos ha demostrado cierta inclinación a convertirlo en media docena. Por lo tanto, de nada vale discutir el número de labriegos que son nada más que labriegos. Es muy probable que no haya ninguno. No vale preguntar cuántos labradores o campesinos completos y acabados, con sus blusas, pala y horquilla en mano esperan en las cercanías de Brompton o Brixton que les demos la señal para volver precipitadamente a la tierra. Alguien tan tonto como para esperar semejante cosa no se ha de hallar en nuestro pequeño partido político. Cuando tratamos este género de asunto tratamos con elementos diferentes dentro de la misma clase, y aun del mismo hombre. Tratamos con elementos que deberían ser estimulados o educados o (si tenemos que usar la palabra en algún momento) desarrollados. Tenemos que considerar si hay materiales de los cuales pueden sacarse labradores que constituyan una comunidad labriega, si realmente queremos intentarla. En ninguna de estas notas he sugerido que exista la más mínima posibilidad de que se haga si no queremos intentarlo.
Ahora bien, usando las palabras en este sentido razonable, sostengo que existe todavía en Inglaterra mucho elemento humano al que le agradaría volver a esta suerte de Inglaterra más sencilla. Algunos de ellos lo comprenden mejor que otros, algunos se comprenden a sí mismos mejor que otros; algunos estarían dispuestos a que fuera una revolución; otros se aferran a esto muy ciegamente, como a una tradición; algunos han pensado en esto sólo como en un hobby; otros no han oído hablar nunca de eso y lo sienten sólo como una carencia. Pero creo que el número de personas a quienes les agradaría escapar del enredo de las meras ramificaciones y comunicaciones de la ciudad y volver a acercarse a las raíces de las cosas, a donde las cosas proceden directamente de la naturaleza, es muy crecido. Probablemente no sea una mayoría, pero sospecho que aún ahora es una minoría numerosa. Un hombre no desea necesariamente esto más que cualquier otra cosa en cada momento de su vida. Ninguna persona cuerda espera que un movimiento conste enteramente de monomaniacos. Pero gran cantidad de gente lo desea mucho. Es la impresión que me ha dejado la experiencia, que es, entre todas las cosas, lo más difícil de reproducir en una polémica. Lo advierto por el modo con que innumerables habitantes de los suburbios hablan de sus jardines. Lo adivino por la clase de cosas que realmente envidian al rico. Una de las más notables es simplemente el espacio vacío. Lo compruebo en todos los hombres que desean el campo aun cuando lo denigran. Lo noto en el profundo interés popular que existe en todas partes, especialmente en Inglaterra, por lo que se refiere a cría y cuidado de cualquier clase de animal. Y si buscara un ejemplo supremo, simbólico y triunfante de todo lo que quiero decir, podría encontrarlo en el caso que he citado de estos hombres que viven en los barrios más miserables de Limehouse y no sienten deseos de abandonarlos, porque significaría dejar atrás un conejo de una conejera o un pollo de un gallinero.
Pues bien, si en realidad hiciéramos lo que sugiero, o si en realidad supiéramos lo que estamos haciendo, aprovecharíamos a estos habitantes de los arrabales como si fueran niños prodigio o (lo que es aún más lucrativo) fenómenos que pueden ser exhibidos en una feria. Veríamos que esta gente tiene un genio innato para esas cosas. Los alentaríamos en tales cosas, los educaríamos en tales cosas. Veríamos en ellos la semilla y el principio viviente de un verdadero resurgimiento espontáneo del campo. Repito que sería una cuestión de proporción, y por ende de tacto. Pero nos pondríamos de su lado, confiados en que ellos estarían del nuestro y del lado del campo. Reconstruiríamos nuestra educación popular de modo que fomentara esos pasatiempos. Pensaríamos que vale la pena enseñar a la gente las cosas que tiene tanto anhelo de enseñarse a sí misma. Les enseñaríamos. A veces, en un arranque de humildad cristiana, hasta podríamos permitirles que ellos nos enseñaran a nosotros. Y lo que hacemos es echarlos en masa fuera de sus casas, donde hacen estas cosas con dificultad, y arrastrarlos chillando a lugares nuevos, donde no pueden hacerlas en absoluto. Este solo ejemplo mostraría cuánto estamos haciendo en realidad por la reconstrucción rural de Inglaterra.
Aunque mucho podría hacerse mediante voluntarios y mediante un convenio voluntario entre el hombre que realmente pudiera hacer el trabajo y el hombre que con frecuencia no puede percibir la renta, nada hay en nuestra filosofía social que prohíba el uso del poder del Estado donde puede usarse. Y ya fuera por un subsidio del Estado o mediante un gran fondo voluntario, me parece que todavía sería posible dar al menos al otro hombre algo equivalente a la renta que no percibe. Dicho con otras palabras, mucho antes de que nuestros comunistas lleguen al procedimiento contencioso de la confiscación, me parece uno de los recursos de la civilización permitir que Brown compre a Smith lo que para Smith ya tiene poco valor, pero que podría ser de gran valor para Brown. Conozco la oposición corriente al subsidio, y el argumento general que se aplica igualmente a la suscripción; pero creo que una subvención para restaurar la agricultura se vería mejor pagada en el futuro que una subvención para sostener la posición de la hulla; exactamente como la creo a su vez más defendible que medio centenar de salarios que pagamos a multitud de personas despreciables por importunar a los pobres con fingida ciencia y tiranía mezquina. Pero, como ya he indicado, hay otras formas en las que podría ayudar el Estado. Puesto que tenemos educación por el Estado, parece una lástima que nunca pueda ser determinada en cualquier momento por las necesidades del Estado. Si la necesidad inmediata del Estado es la de prestar cierta atención a la existencia de la tierra, parece que en realidad no hay razón para que los ojos de maestros y alumnos, que contemplan las estrellas, no se vuelvan en dirección a este planeta. Actualmente, nuestra educación no es ciertamente para ángeles, sino más bien para aviadores. Ni siquiera comprende el deseo de un hombre de permanecer atado a la tierra. En su ideal hay una locura que con justicia puede llamarse extraterrena.
Ahora bien, sugiero que sería conveniente un grupo de labriegos voluntarios, primero como núcleo, pero creo que sería un foco de atracción. Creo que se alzaría no sólo como una roca, sino también como un imán. Con otras palabras, tan pronto como se admita que puede hacerse, se volverá importante cuando cierto número de otras cosas no pueda ya hacerse. Donde la industria está cada vez peor, esto sería considerado lo mejor incluso por los que lo consideran sólo aceptable en segundo término. Cuando hablamos de la gente que abandona el campo y se congrega en las ciudades, no juzgamos el caso con justicia. Algo puede dejarse para un tipo social que preferirá siempre los cinematógrafos y las tarjetas postales a la propiedad y la libertad. Pero no hay nada concluyente en el hecho de que la gente prefiera vivir sin propiedad y sin libertad con un cine, a vivir sin propiedad y sin libertad sin un cine. A algunas personas puede gustarles la ciudad tanto como para que prefieran vivir asfixiadas en ella a vivir libres en el campo. Por lo tanto, creo que si creáramos un grupo considerable de labriegos, el grupo crecería. La gente se replegaría hacia él a medida que se retirara de las industrias decadentes. En la actualidad el grupo no crece porque no existe el grupo que pueda crecer; la gente ni siquiera cree en su existencia, y menos puede creer en su extensión.
Hasta aquí, me propongo simplemente sugerir que muchos campesinos estarían ahora dispuestos a trabajar solos en la tierra, aunque fuera un sacrificio; que muchos hacendados estarían dispuestos a cedérsela, aunque fuera un sacrificio; que el Estado (y para eso cualquier otra corporación patriótica) podría tener obligación de ayudar a uno o a ambos de estos gastos, que no sería un sacrificio intolerable ni imposible. En todo esto recordaría al lector que sólo estoy tratando de la actividad inmediatamente practicable, y no de una condición última y completa; pero me parece que podría emprenderse casi enseguida algo de esta clase. A continuación procederé a considerar un malentendido acerca de cómo un grupo de labriegos podría vivir del producto de la tierra.

Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (9)




III
ALGUNOS ASPECTOS DE LA TIERRA.

1. La simple verdad.

Todos nosotros, o al menos todos los de mi generación, hemos oído en nuestra juventud una anécdota de George Stephenson, inventor de la locomotora. Se decía que un pobre campesino había presentado la objeción de que sería muy molesto que una vaca se perdiera en las vías del ferrocarril, a lo cual respondió el inventor: «Sería muy molesto para la vaca». Es muy característico de su época y escuela eso de que nunca se le ocurriera a nadie que sería más bien molesto para el campesino dueño de la vaca.
Mucho antes de haber conocido esa anécdota, con todo, es probable que hubiéramos oído otra más emocionante llamada “Jack and the Beanstalk”. Esa historia comienza con estas palabras extrañas: «Había una vez una pobre mujer que tenía una vaca». En la Inglaterra moderna sería extravagante paradoja imaginar que una pobre mujer pudiera tener una vaca; pero en épocas más incultas y supersticiosas las cosas parecen haber sido diferentes. De cualquier modo, es evidente que no habría tenido la vaca por mucho tiempo en el ambiente simpático de Stephenson y su locomotora. El tren siguió adelante, la vaca fue muerta a su debido tiempo, y el estado de ánimo de la vieja se llamó depresión de la agricultura.

Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (8)



"la propiedad privada debería estar protegida contra cosas mucho mayores que ladrones y carteristas. Necesita protección contra las conspiraciones de toda una plutocracia. Necesita defensa contra los ricos, que ahora son los gobernantes que deberían defenderla."




II
ALGUNOS ASPECTOS DE LA GRAN EMPRESA

4. La tiranía de los trust.

La mayoría de nosotros ha encontrado en la literatura y hasta en la vida real cierto tipo de viejo caballero, a menudo representado por un anciano clérigo. Es esa clase de hombre que tiene horror a los socialistas sin tener idea precisa de lo que son. Es el hombre de quien los hombres dicen que tiene buenas intenciones, con lo cual quieren decir que no tiene ninguna.
Pero esta opinión es algo injusta con este tipo social. En realidad es algo más que bienintencionado; podríamos ir más lejos y decir que probablemente sería recto si pensara alguna vez. Sus principios probablemente serían bastante firmes si realmente se aplicaran; su ignorancia práctica es lo que le impide conocer el mundo al cual serían aplicables. Tal vez piense realmente bien, sólo que no tiene noción de lo que está mal. Los que han escuchado a este viejo caballero saben que acostumbra a suavizar su severo repudio por los misteriosos socialistas diciendo que, claro está, es deber cristiano hacer buen uso de nuestra riqueza, recordar que la propiedad es un cargo que nos confía la Providencia para el bien de los demás, así como de nosotros mismos, y aun (a menos que el viejo caballero sea suficientemente viejo para ser modernista) que es posible que algún día se nos hagan una o dos preguntas acerca del abuso de tal cargo. Ahora bien, todo esto, hasta aquí, es perfectamente cierto, pero resulta que ilustra de modo curioso la inocencia extraña y hasta pavorosa del viejo caballero. Hasta la frase que usa cuando dice que la propiedad es una

Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (7)




 II
ALGUNOS ASPECTOS DE LA GRAN EMPRESA

3. Un caso en cuestión.
Es tan natural para nuestros críticos comerciales discutir en círculo vicioso como viajar en el «círculo de los íntimos».
No es mera estupidez, pero es mero hábito; y no es fácil penetrar en este anillo de hierro ni escapar de él. Cuando decimos que pueden hacerse cosas, por lo común queremos decir que podrían ser hechas por la masa de los hombres o por los dirigentes del Estado. He brindado un ejemplo de algo que la masa podría hacer fácilmente, y aquí daré un ejemplo de algo que el gobernante podría hacer con absoluta facilidad. Pero debemos estar preparados para que nuestros críticos empiecen a discutir en círculo vicioso y decir que el pueblo actual nunca se pondrá de acuerdo o que el actual gobernante nunca obrará de esa forma. Pero esta queja es una confusión. Estamos respondiendo a gentes que consideran nuestro ideal imposible en sí mismo. Es claro que si no se quiere, no se intenta alcanzarlo; pero que no se diga que porque no se quiere se sigue que no se podría alcanzar si se quisiera. Una cosa no se hace intrínsecamente imposible simplemente porque una multitud no trata de obtenerla, ni deja de ser política práctica porque no haya político suficientemente práctico para seguirla.
Empezaré con un ejemplo vulgar y conocido. A fin de asegurar un descanso a nuestro inmenso proletariado, tenemos una ley que obliga a los empleadores a cerrar sus negocios medio día por semana. Dado el principio proletario, es una cosa saludable y necesaria para el Estado proletario; exactamente como las saturnales son cosa saludable y necesaria para el Estado esclavo. Conocida esta medida para el proletariado, una persona práctica diría naturalmente: «También tiene otras ventajas; será una oportunidad para cualquiera que quiera hacer su propio trabajo sucio, para el hombre que puede desenvolverse sin sirvientes». Ese ser degradado que hasta sabe hacer las cosas solo, por fin tendrá una oportunidad de alcanzar un éxito. El solitario maniático que realmente puede trabajar para vivir, posiblemente tenga oportunidad de vivir. No es necesario que un hombre sea distributista para que diga esto, es cosa corriente y obvia que diría cualquiera. El hombre que tiene sirvientes debe dejar de explotar a sus sirvientes. Desde luego que el hombre que no tiene sirvientes a quienes explotar no puede dejar de explotarlos. Pero la ley en realidad está hecha de tal forma que también obliga a este hombre a dar descanso a los sirvientes que no tiene.
Propicia saturnales que nunca tienen lugar para una multitud de esclavos fantasmas que jamás han estado allí. No hay ni siquiera un rudimento razonable en esta disposición. En todo sentido posible, desde el material inmediato hasta el sentido abstracto y matemático, es absolutamente disparatada. Vivimos días de peligrosa división de intereses entre empleador y empleado. Por lo tanto, aunque no estén divididos, sino realmente unidos en una sola persona, debemos dividirlos nuevamente en dos partes. Forzamos a un hombre a darse algo que no quiere porque algún otro que no existe podría quererlo. Le advertimos que será mejor que reciba una comisión de sí mismo, o podría levantarse en huelga contra sí mismo. Tal vez hasta se haga bolchevique y se tire a sí mismo una bomba; y en ese caso no le quedará más camino a su firme sentido del derecho y el orden que leer el Acta de Sedición y pegarse un tiro.
Dicen que somos poco prácticos, pero todavía no hemos producido una fantasía académica como ésta. A veces sugieren que nuestro pesar por la desaparición del labrador y el aprendiz es sólo cuestión de sentimiento.
¡Sentimental! No hemos caído en el sentimentalismo hasta el extremo de sentir piedad por aprendices que no han existido nunca. No hemos alcanzado esa riqueza de emoción romántica que nos haría capaces de llorar más copiosamente por un imaginario ayudante de almacenero que por el almacenero real. Todavía no estamos tan borrachos como para ver doble cuando miramos dentro de nuestra tienda predilecta, ni para hacer que el dueño se pelee con su propia sombra. Dejemos que estos hombres de negocios tercos y prácticos derramen lágrimas por las penas de un muchacho de oficina no existente y prosigamos por nuestra propia senda desértica e irregular, que por lo menos acierta a pasar por la tierra de los vivos.
Ahora bien, si mañana se hiciera tan pequeño cambio, se establecería una diferencia: una diferencia considerable y creciente. Y si algún temerario defensor de la gran empresa me dice que una pequeñez como ésa podría cambiar muy poco las cosas, que tenga cuidado, porque está haciendo lo que tales defensores evitan sobre todas las cosas: está contradiciendo a sus maestros. Entre las mil cosas interesantes, perdidas entre un millón sin interés, que aparecen en los informes parlamentarios y de asuntos públicos de los diarios, había una pequeña comedia realmente encantadora que trataba sobre esta cuestión. Un hombre normalmente razonable y con instinto popular, descarriado y llegado al Parlamento por alguna equivocación, señaló este hecho simple: que no había necesidad de proteger al proletariado donde no había proletariado que proteger; y que por lo tanto el tendero solitario podría permanecer en su solitaria tienda. Y el ministro a cargo del asunto replicó, con enternecedora inocencia, que era imposible, porque sería injusto con las grandes tiendas. Es evidente que las lágrimas fluyen espontáneamente en tales círculos, como fluyeron en lord Lundy, el próspero político. Quedaba conmovido por el simple pensamiento de los posibles sufrimientos de los millonarios. Se le presentó a la imaginación el señor Selfridgel agonizante, y los gemidos del señor Woolworth, de la Torre de Woolworth, estremecieron los corazones buenos a los cuales nunca llegará en vano el llanto de los ricos afligidos. Pero, pensemos lo que pensemos acerca de la sensibilidad necesaria para considerar como objetos dignos de compasión a los dueños de grandes tiendas, de cualquier modo arregla de golpe todo el fatalismo elegante que ve en su éxito algo inevitable. Es absurdo que nos digamos que nuestro ataque está destinado a fracasar y luego que habría algo absolutamente falto de escrúpulos en triunfo tan inmediato. Aparentemente, debe admitirse la gran empresa porque es invulnerable, y debe perdonársela porque es vulnerable. Esta gran burbuja absurda no podrá reventar nunca; y resulta simplemente cruel que el pinchazo de alfiler de la competencia la haga estallar.
No sé si las grandes tiendas son tan débiles e inestables como decía su defensor. Pero, cualquiera que fuese el efecto inmediato sobre las grandes tiendas, estoy seguro de que habría un efecto inmediato sobre las pequeñas. Estoy seguro de que si pudieran comerciar el día de descanso general, no sólo significaría que habría más comercio para ellas, sino que habría más de ellas comerciando. Querría decir, al menos, que habría una clase numerosa de pequeños tenderos, y ése es exactamente el tipo de cosa que crea una diferencia política total, como la crea en el caso de pequeños propietarios de labrantíos. No es cuestión de números en el simple sentido mecánico. Es cuestión de presencia y presión de un tipo social particular. No es sólo cuestión de cuántas cabezas se cuentan, sino, en un sentido más real, si cuentan las cabezas. Si hubiera algo que pudiera llamarse clase de campesinos, o clase de pequeños comerciantes, harían sentir su presencia en la legislación aunque hubiera lo que se llama legislación de clases. Y la misma existencia de esa tercera clase sería el fin de lo que se llama lucha de clases, por cuanto su teoría divide a todos los hombres en empleadores y empleados. No quiero decir, por supuesto, que esta pequeña alteración legal sea la única que tengo que proponer; la menciono en primer término porque es la más obvia. Pero la menciono también porque ejemplifica muy claramente lo que entiendo por las dos etapas: la naturaleza de la reforma positiva y negativa. Si las pequeñas tiendas empezaran a tener mayores ventas y las grandes menos, significaría dos cosas, ambas prácticas. Querría decir que el ímpetu centrípeto se habría aminorado, si no detenido, y podría por fin convertirse en movimiento centrífugo. Querría decir que habría cierto número de nuevos ciudadanos en el Estado a los cuales no sería posible aplicar todos los argumentos socialistas o serviles. Ahora bien, cuando se tuviera una cantidad considerable de pequeños propietarios, de hombres con la psicología y la filosofía de la pequeña propiedad, entonces se podría empezar a hablarles de algo más parecido a un acuerdo general justo sobre sus propios planes; algo más parecido a una tierra en la que puedan vivir cristianos. Se les puede hacer comprender, al contrario que a plutócratas y proletarios, por qué no debe existir la máquina si no es al servicio del hombre, por qué las cosas que nosotros mismos producimos son queridas como hijos nuestros, y por qué podemos pagar demasiado caro el lujo, con la pérdida de la libertad. Con que sólo empiecen a desprenderse cuerpos de hombres de los empleos serviles, empezarán a formar el cuerpo de nuestra opinión pública.
Ahora bien, hay un gran número de otras ventajas que podrían concederse al hombre pequeño, que pueden ser consideradas en su lugar. En todas ellas presupongo una política deliberadamente favorable al hombre pequeño. Pero en el primer ejemplo dado aquí apenas podemos decir que hay cuestión alguna de favor. Se hace una ley que establece que los dueños de esclavos deben liberarlos por un día: el hombre que no tiene esclavos está enteramente fuera de la cuestión; no cae bajo ella legalmente porque no entra en ella lógicamente. Ha sido deliberadamente arrastrado a ella, no a fin de que todos los esclavos sean libres por un día, sino a fin de que todos los hombres libres sean esclavos durante toda su vida. Pero mientras algunos de los recursos son sólo justicia ordinaria para la pequeña propiedad, por el momento la cuestión es que al principio valdrá la pena crear la pequeña propiedad, aunque sea solamente en pequeña escala. Existirían otra vez los ciudadanos y labradores ingleses, y donde quiera que existan, cuentan. Hay muchas otras formas (que pueden ser brevemente descritas) de fomentar la división de la propiedad en un sentido legal y legislativo. Más tarde trataré algunas de ellas, especialmente las que se refieren a la verdadera responsabilidad que el Gobierno podría asumir razonablemente en una situación financiera y económica que se está haciendo absolutamente ridícula. Desde el punto de vista de cualquier persona cuerda, de cualquier otra sociedad, el problema actual de la concentración capitalista no es sólo una cuestión de derecho, sino de derecho criminal, por no decir de locura criminal.
En alguna otra parte se dice algo acerca de esa monstruosa megalomanía de las grandes tiendas, con sus llamativos anuncios y su estandarización estúpida. Pero quizás sea bueno añadir en la cuestión de las pequeñas tiendas que, una vez que existen, tienen por lo general una organización propia mucho más digna y mucho menos vulgar. Esa organización voluntaria, como todos saben, se llama gremio, y es perfectamente capaz de hacer todo lo que realmente hay que hacer en materia de vacaciones y fiestas populares. Veinte peluqueros podrían muy bien arreglarse unos con otros para no competir entre sí en una fiesta determinada o en determinada forma. Resulta divertido advertir que la misma gente que dice que un gremio es cosa medieval y muerta que nunca marcharía, generalmente rezonga contra el poder del gremio como cosa viva y moderna donde ésta en realidad marcha. El caso del gremio de los médicos es un ejemplo: se les reprocha en los periódicos que la confederación en cuestión rehúse «hacer accesibles al público en general los descubrimientos médicos». Cuando examinamos las necedades que la prensa hace accesibles al público en general, tenemos motivos, me parece, para dudar de si nuestras almas y cuerpos no están por lo menos tan a salvo en manos de un gremio como tienen probabilidad de estarlo en manos de un trust. Por el momento, el asunto principal es que las pequeñas tiendas pueden ser gobernadas, aunque el Gobierno no sea el patrón. Por horrible que esto pueda parecer a los idealistas democráticos de hoy, son capaces de gobernarse por sí mismas.

Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (5)



II
ALGUNOS ASPECTOS DE LA GRAN EMPRESA
1. El engaño de las grandes tiendas.

Dos veces en mi vida me ha dicho un director literalmente que no se atrevía a imprimir lo que yo había escrito porque ofendería a los que publicaban anuncios en su periódico. La presencia de semejante presión existe en todas partes bajo una forma más silenciosa y sutil. Pero tengo gran respeto por la franqueza de este particular director, porque evidentemente era casi la máxima franqueza posible para el director de una importante revista semanal. Dijo la verdad acerca de la falsedad que tenía que decir.
En ambas ocasiones me negó libertad de expresión porque decía yo que las tiendas que ponían más anuncios y las grandes tiendas eran en realidad peores que las pequeñas tiendas. Puede resultar interesante señalar que ésta es una de las cosas que ahora le está prohibido decir a un hombre; quizás la única cosa que le está prohibido decir. Si se hubiera tratado de un ataque al Gobierno se hubiera tolerado. Si hubiese sido un ataque a Dios hubiera sido respetuosa y atinadamente aplaudido. Si se hubiera tratado de injuriar el matrimonio, o el patriotismo, o la honestidad pública, me hubieran anunciado en los titulares y se me hubiera permitido extenderme en los suplementos del domingo. Pero no es probable que un gran periódico ataque a la gran tienda, puesto que él mismo es (a su modo) una gran tienda y cada vez más un monumento al monopolio.
Pero estaría bien que repitiera aquí, en un libro, lo que no pude repetir en un artículo. Creo que una gran tienda es una mala tienda. Creo que no sólo es mala en un sentido moral, sino también en el sentido comercial; esto es, creo que comprar en ella no sólo es una mala acción, sino también un mal negocio. Creo que el emporio-monstruo no sólo es vulgar e insolente, sino también incompetente e incómodo, y niego que su gran organización sea eficaz. Una organización grande es una organización floja. Más aún, sería casi

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