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Santa Oria, vida, poema y Gonzalo de Berceo



Santa Oria o Áurea (Villavelayo, 1043-1070), es una santa de la tradición cristiana occidental.
Festividad 15 de marzo.
Todos los datos fundamentales de su vida los conocemos por la obra de Gonzalo de Berceo, Poema o Vida de santa Oria. Por ella, sabemos que la santa nació en el pueblo riojano de Villavelayo, sus padres fueron Amuña y García y a la tierna edad de diez años se recluyó, junto con su madre, en el monasterio de San Millán de Suso, en el cual permaneció hasta su muerte. Durante los últimos años de su vida, Oria gozó de visiones celestiales y, tras su muerte, se le apareció en una ensoñación a su madre. Así, los datos proporcionados por Berceo se complementan con una Memoria Cronológica citada por el padre Argáiz1 cuya cronología nos revela que nació en el año 1043, se recluyó en 1052; tuvo su primera visión en 1068, cuando contaba con 25 años, y murió el 15 de marzo de 1070 a los 28 años. Berceo nos narra que su cuerpo fue enterrado en una cueva detrás del Monasterio de Suso.

POEMA DE SANTA ORIA
Gonzalo de Berceo

INDICE
Prólogo
Introducción
Primera visión
Segunda visión
Tercera visión
Muerte de Oria
Epílogo

PRÓLOGO
1
En el nombre del Padre    que nos quiso criar
e de don Jesu Christo    qui nos vino salvar
e del Spíritu Sancto,    lumbre de confortar,
de una sancta virgen    quiero versificar.
2
Quiero en mi vegez,    maguer so ya cansado,
de esta sancta virgen    romançar su dictado;

La iglesia profanada (relato)

       El aullido del viento atravesando árboles resecos vaticina la cercanía de una noche tormentosa. Las primeras gotas del aguacero cobijan a los viajantes en el calor de la posada donde leñadores, labriegos y pastores se reúnen junto al fuego contando viejas leyendas que se transmiten de padres a hijos. El milagro de Cebreiro, los crímenes del loco de Carrizo, las meigas de Santa Eulalia dan paso a otras historias algunas de ellas inventadas en el camino.

       Cuando la oscuridad mata el día y la lluvia arrecia con furia, un peregrino entra en el lugar buscando aposento. Vino caliente y un guiso del terreno devolverán a su débil naturaleza el vigor perdido.
       Uno de los labriegos, cansado de escuchar una historia cien veces repetida, y otras tantas mentida, animó a los compañeros para acercarse a la mesa donde cenaba el peregrino. Los que caminan viven y, si su caminar no detienen, la historia de un pueblo en su memoria retienen.
Habla penitente –rogó uno de los leñadores de gruesas manos y fornidos hombros–, dinos qué cosas encontraste en tu triste caminar. Cuéntanos alguna historia que hayas presenciado y que sea digna de relatar.
El peregrino, de áspero rostro ocultado tras una abundante barba y un melancólico gesto, contemplando el creciente número de oyentes que en torno a la mesa se aposentaban, comenzó su relato.
- Mucho ha llovido desde aquel maldito día en que los hombres cometieron sus errores. Las causas de los males no se recuerdan pero sus resultados son irreversibles. Tal vez fue un pleito por unas tierras, quizás alguna mujer anduvo por medio, o ambas cosas que al diablo de eso entiende mucho, pero es la envidia y el egoísmo quienes mueven a la ira y la perdición.
Tres caballeros que presumían de noble linaje perseguían a un vecino por una mala idea. Matarle era su objetivo, limpiar una mancha con otra mancha mayor, consideraban que era lo que procedía ante la ofensa que ellos creían recibida.
Le buscaron día y noche para la sentencia ejecutar. Le tendieron una celada en el bosque de las Angustias, mas el otro, entendiendo que lo buscaban para matar, la celada evitó e intentó escapar. Ellos le persiguieron por la quebrada del Diablo pretendiendo alcanzarle. Sin embargo, si ellos corrían mucho, más corría el adversario.
El fugitivo en su loca huida halló una ermita abandonada junto al cerro de la Pasión. Forzó la puerta y, entrando en su interior, a los pies de una imagen de la Virgen Gloriosa se arrodilló pidiendo compasión. Era un día que a la imagen de María se celebraban fiestas en su honor. A sus pies, tendido cayó el mezquino pecador, que si bien culpable fuese, castigo tan cruel no mereciese.
       Los perseguidores no tuvieron vergüenza de profanar el lugar. Desenvainaron las espadas y con frases soeces y blasfemas inundaron el recinto de sacrílegas afirmaciones. Insultaron al preso, le golpearon cuantas veces desearon y sin piedad ante la Virgen le ejecutaron. Le arrancaron el alma como si de un animal se tratase. El hombre quedó tendido en un charco de sangre ante la venerada Madre de Dios.
       La siempre gloriosa Virgen María sintió gran afrenta por ver su iglesia violentada, profanada. Los que el santo lugar no respetaron, nada ganaron y todo lo perdieron.
       Estando la Madre despechada, envió Dios un fuego infernal que prendió los candelabros que al altar acompañaban. Los criminales que al sacrílego sacrificio rodeaban empezaron a sentir el calor de sus maldades. Sus extremidades quemaban como si de ellas emanaran cuatro volcanes de lava desbocada. La furia del averno exigía cobrar lo que los miserables deben pagar.
       Los pies y las manos prendieron en llama satánica mientras el  furor amenazaba las piernas y los brazos. La imagen de Santa María contemplaba impasible los alaridos que los sicarios de la necedad emitían.
       Ni los santos, ni las santas, que en los altares menores adoración recibían, no les quisieron valer, que sangre derramada en tierra sagrada, siempre maldita será.
       Uno de los pecadores, con las manos ardiendo, de rodillas cayó sobre la sangre del yacente. El líquido elemento mitigó el fuego que llevaba dentro para descubrir horrorizado, que más quemaba la sangre vertida que la afrenta recibida. Comprendió el criminal que el daño no viene de fuera, que sale de dentro y que recibimos lo que damos, tanto por cien multiplicado.
       El dolor que más dolió fue la muerte que causó y no el castigo que recibió. El rostro del difunto grabado quedó en su mente y lágrimas vertieron sus ojos vidriosos por el atropelló que cometió. Pidió clemencia no por su vida, sino por su desdicha. Rogó, suplicó, que el difunto a la vida volviera.
       Pero si a la vida no volviera el finado, el corazón de la Madre, como madre reaccionó por el dolor de la herida que del interior del sicario manó. Los pecadores vieron como una lágrima se desprendía por la mejilla divina y arrepentidos a la Santa suplicaron:
–Mal merecemos –oró el primero– y lo aceptamos mientras vivamos, mas si nos perdonas, bien te lo otorgamos, que jamás maldad saldrá de nuestras manos, ni iglesia profanaremos, ni dolor causaremos.
–Madre piadosa –dijo el segundo– tú sanas nuestras almas y perdonas nuestros pecados. Arrepentidos estamos del yerro cometido y puesto que gran quebranto ocasionamos, castigo mayor merecemos. Pero si tú nos vales ante el Creador, allí donde andemos nuestra historia contaremos, los pecados confesaremos y una misa cada día por ti cantaremos.
Santa María no desdeñó los gemidos de los pecadores, y sin valorar los pecados cometidos acudió a los quedamos. Los fuegos que les hacían arder fueron amansados, como amansada es el agua del torrente de la ira cuando llega al mar de la compasión.
       Los hombres, al ver que se detenía el fuego justiciero, lloraban con gran gozo pues no sabían qué hacer. Los dolores desaparecieron aunque sus miembros jamás se recuperaron. Siempre maltrechos, por siempre serían mendigos, pecadores reconocidos.
       Tras la mejoría que Dios Padre les quiso otorgar, fueron luego al obispo para la absolución ganar. Contaron lo sucedido e hicieron confesión por los crímenes cometidos.  
       El Obispo accedió a su confesión, entendió que sus corazones contritos se hallaban, por lo que les concedió penitencia y absolución. En lugar de grandes enmiendas, no les pidió romerías, ni rezar muchas oraciones. Mandó que las armas, que a la Iglesia fueron a quebrantar, por siempre las deberían llevar.
       Los penitentes, absueltos de sus pecados, partieron tristes y desgarrados llevando a todas partes sus armas cargadas. Separaron sus destinos y nunca más se vieron. Jamás coincidieron bajo un mismo techo. Lo que mando el obispo, por siempre lo cumplieron.
       Si en cumplir su maldad fueron empecinados, en cumplir la penitencia fueron abnegados. Ya no dolían los miembros aunque sus brazos fueren por siempre lastres de pesados movimientos y las piernas incapaces de elevarse del suelo.
       El pecado les cegó, mas lo enmendaron con penitencias y firmes devociones. A su paso jamás se oyó maldad alguna y sus espadas, si alzadas fueron, en pendencia por causa justa defendieron a pobres, enfermos y desamparados.
       Terminó de esta manera el peregrino toda la aventura de cómo en la iglesia cometieron gran error y como la Virgen de ellos no guardó rencor. Teniendo que su historia no fue creída, delante de los hombres se quitó la capa mostrando la espada que traía escondida y los brazos que quemados tenía.
       La piel junto al hierro tenía hinchada y toda la pierna era carne calcinada. Los hombres maravillados quedaron cuando vieron los miembros dañados. Fue este un milagro recordado en la tradición oral de aquellos gañanes, que no por gañanes menos honrados, que quienes presumen de linaje a menudo cometen demasiados ultrajes.

"El milagro de los dos hermanos" octava real

En la villa de Roma, gran ciudad
de cristiandad maestra y fiel señora,

dos hermanos de gran autoridad
ejercían el poder sin ver la hora
que a todos llega sin tener piedad.
La vida es efímera y seductora
y tan fugaces son poder y fama
como lo es el pábilo de una llama.

Al religioso Pedro le llamaban
que llegó a ser cardenal sabio y noble,
un gran hombre al que todos admiraban,
pero su comportamiento era doble
y su avaricia todos ignoraban,
al esconder un cofre bajo un roble.
Que si a pobres caridad predicaba,
como un avaro riquezas guardaba.

Llamaban Esteban al otro hermano,
hombre público, llegó a senador
de gran prestigio entre el pueblo romano;
hombre cruel, falaz y muy vividor,
con la mentalidad de un publicano
de bienes públicos desfalcador.
Solo a los de su partido ayudaba
y al resto perseguía y condenaba.

El senador era tan codicioso
que al hermano en avaricia ganaba,
impidió que a San Lorenzo glorioso
un hospital de pobres levantara
y que se edificara, en parque hermoso,
ermita que a Santa Águeda adorara,
que ninguna propuesta respetaba
si a su bolsillo nada le aportaba.

Murió el cardenal don Pedro el honrado,
y en el purgatorio fue recibido
como premio por su doble pasado.
Un mes después siguió al fallecido
su hermano Esteban, que también finado
esperaba su juicio merecido,
al que temía porque imaginaba
que muchos pecados acumulaba.

Lorenzo lo atrapó cuando lo vio
y le apretó el brazo tan fuertemente
que a su pesarosa alma le dolió
como si le arrancaran ferozmente
cada parte del cuerpo que vivió
y del cual disfrutó inconscientemente.
Mas por doler lo que más le dolieron
son críticas que del santo salieron.

Vino Santa Águeda, a quien hurtó el huerto
donde allí pensaban se construyese
una ermita que no llegó a buen puerto
y cuando lo vio era como si viese
a un hombre tan mezquino, torpe y tuerto
que nada recoge aunque se le diese.
El mayor ciego es quien no quiere ver
que la vida es más que lujo y poder.

Dios Nuestro Señor, Juez justo y certero
condenó tan ingrata compañía
que jamás ofreció amor verdadero
cometiendo, con gran alevosía,
falsas promesas de vulgar ratero,
que crímenes comete al huir el día,
pues con sus intereses protegiendo
jamás dudó estar al pueblo mintiendo.

Los diablos de su alma se apoderaron
que son, en el infierno, cumplidores
de los castigos que en vida ganaron
cuantos presumieron de pecadores,
que mataron, robaron o engañaron,
almas puras de inocentes candores,
arrastrándolas al triste dolor
del que siente su vida sin amor.

Vio a su hermano con otros pecadores
mientras era arrastrado a la posada
donde entre gritos, llantos y sudores,
su alma sería por siempre encerrada
y atormentada por los servidores,
que así pagaban su vida pasada,
pues toda acción tiene su reacción
y el mal merece su condenación.

- Hermano, preguntarte yo quisiera,
–le requirió Esteban desconsolado-
cómo es que llegaste a tierra tan fiera
sin respetar tu atuendo purpurado.
Hombre cabal, de palabra certera
jamás mal pudo haber aconsejado
que sabe la virtud sacerdotal
atraer el bien y alejar el mal.

Pedro contestó que gran avaricia
tuvo en vida y todo lo que ganaba
en cofre lo guardaba y escondía
bajo un roble donde lo atesoraba,
sin ver al pobre que al lado vivía;
y nada repartía, nada daba;
que si la codicia en hombre es pecado
en un religioso se ve aumentado.

Mas si el Colegio Apostólico ordena
por mi alma se haga misa cada día,
durante un mes, la dicha será buena,
que así lo fía la Virgen María,
ella será la que rompa cadena
que mi alma condena a triste miseria.
La Virgen Gloriosa jamás olvida
a quienes por ella dieron su vida.

Mas Esteban, que gran pecador era,
al escuchar el nombre de María,
recordó lo que su madre dijera
sobre la fe sencilla de María,
que por nosotros siempre intercediera
en nuestras penurias de cada día.
Santa Madre de Dios ruega por nos
y de los males del infierno líbranos.

Siempre a la Virgen hubo respetado
en todas las fiestas del calendario;
solo por ella las había honrado
rezando con devoción su breviario
y dando limosna al desamparado.
Bien merecía pena el presidiario
mas su amor a la Virgen era tanto
que protección pidió bajo su manto.

La Virgen, más gloriosa que una estrella,
se compadeció de este pecador,
y con gran ruego fue ante Dios con ella
para pedir por su hermano el honor
de interceder por él en la querella,
para que se hagan misas con amor
que por nuestro Señor la devoción
libera el alma de condenación.

Dios accedió así a lo solicitado,
concediendo un plazo de treinta días
para que cumpliese con lo mandado,
y empleando buenas artes y maestrías
le hiciesen misas a Pedro, el honrado,
y al cielo fuese con mil alegrías.
Que nada nos importan los pecados,
si el pecador de ellos se ha enmendado.

Lorenzo y Agueda eran despechados
mas la Virgen la salvación tenía
y al ver al pecador, de sus pecados
arrepentido a los pies de María,
piedad hallaron y fueron calmados
por la gran bondad que el cielo ofrecía.
Que el perdón viene de Nuestro Señor,
pura esencia de cristalino amor.

Así habló la Madre del Creador:
Esteban un consejo voy a dar
dale gracias a Dios, el buen Señor,
es un consejo que debes tomar,
el milagro no puede ser mayor,
te mando cada día recitar
una sencilla y muy dulce oración
que te llene de pura devoción.

Si cada mañana un salmo rezares,
tu alma herida sus manchas lavarás
y cuando tus errores enmendares
junto a tu hermano el cielo alcanzarás.
Cuida del pobre y no lo desampares
que solo en él la verdad hallarás.
En cada hombre triste y desamparado
hallarás a Cristo crucificado.

Resucitó Esteban, agradó a Cristo,
y al Santo Padre fue presto llevado.
Le contó todo lo que había visto
y como del infierno fue librado.
Y dando mayor gloria a Jesucristo
mostró el brazo por Lorenzo apretado
solicitando misa cada día
que así lo pedía Santa María.

A continuación se trasladó al roble
donde su hermano un tesoro guardaba
y repartiendo a los pobres dio el doble
de lo que cada uno necesitaba
Demostrando tener alma de noble
corrigió cuantos males recordaba,
que el tiempo pasa demasiado rápido
y lo importante es bien haber vivido.

Ya terminada la última semana,
el treinteno día hizo confesión,
después de orar como cada mañana
el Avemaría con devoción,
se despidió de la gente romana
que en él veía una gran conversión.
Esteban quedó tendido en la cama
y con gran calma entregó a Dios el alma.
Miguel Navarro.
Poema inspirado en "Los dos hermanos" de Gonzalo de Berceo

Octava real: También llamada octava rima, es una composición poética de ocho versos endecasílabos, de rima consonante, los dos últimos constituyen un pareado final de rima distinta con el siguiente esquema métrico ABABABCC.
         Fue popularizada por Giovanni Boccaccio a través de su obra “Teseida delle nozze di Emilia”, aunque en Italia ya se la conocía como «strambotto toscano».
         Al principio se utilizó con fines líricos, se constituyó en vehículo ideal y exclusivo para largos poemas narrativos de épica culta desde que los grandes escritores épicos del Renacimiento italiano lo utilizaran en sus obras. Este uso sería imitado en español por Alonso de Ercilla en La Araucana.

La furia del herirse y golpearse,                 
andaba igual, y en duda la fortuna                
sin muestra ni señal de declararse              
mínima de ventaja en parte alguna;             
ya parecían aquellos mejorarse;                  
ya ganaban aquestos la laguna;           
y la sangre de todos derramada                  
tornaba el agua turbia, colorada.                 
(Alonso de Ercilla, “La Araucana”)

Aquella voluntad honesta y pura,
ilustre y hermosísima María,
que en mí de celebrar tu hermosura,
tu ingenio y tu valor estar solía,
a despecho y pesar de la ventura
que por otro camino me desvía,
está y estará en mí tanto clavada,
cuando del cuerpo el alma acompañada.
(Garcilaso de la Vega, “Égloga III”)

Dicha es soñar cuando despierto sueña
el corazón del hombre su esperanza,
su mente halaga la ilusión risueña,
y el bien presente al venidero alcanza;
y tras la aérea y luminosa enseña
del entusiasmo, el ánimo se lanza
bajo un cielo de luz y de colores,
campos pintando de fragantes flores.

(José de Espronceda, “Canto I”)

El ladrón devoto.

       Tres jinetes bajan por la encrucijada. El primero ballesta lleva, el segundo, arco a la espalda, y el tercero guarda una espada por si alguien resiste en la celada.
       Un árbol moribundo, de grueso tronco y pesadas ramas, mala sombra cobija a un abrevadero de una fuente cercana. Preside el cruce una pequeña ermita con la Virgen del Camino que guarda y cuida a los peregrinos.
       Los caballos descansan y mientras reponen fuerzas en la fuente uno de los caballistas desciende y se acerca a la imagen que sombría le recibe como presagiando los acontecimientos venideros.
       El hombre, de marcadas cicatrices en hombros y cara, se arrodilla ante ella y una vieja oración recita. Pide por los que atrás quedaron, por los zagales para que puedan comer, por la mujer que llorosa le despidió al partir al alba. Algo para comer era lo que prometió antes de salir a la emboscada. El hombre, ya postrado en el suelo, sus lágrimas derrama a los pies de la imagen santa.
       –¿Qué hace ese gañán? –preguntó el arquero.
       -Cuando salimos por los caminos –respondió el de la ballesta– para asaltar a cuantos hallamos en nuestras fechorías y encontramos una imagen de la Virgen, él se detiene bajando de la cabalgadura para recitar sus oraciones.
       -Mal obra un ladrón -dijo el arquero– que antes de robar pide perdón. Quien se arrepiente del pecado antes de pecar puede que el crimen le salga mal.
       El hombre continuó burlón con chanzas hasta que llegado a un punto se acercó hacia la imagen con intenciones aviesas.
       Raudo, el ladrón que oraba sacó del cinto la espada y hacia él se dirigió con tono amenazador.
       -Mientras corra sangre por mis venas nadie sacrilegio cometerá. Soy ladrón y quizás no lo fuese si no tuviese familia que mantener. Jamás he fallado en mis empresas así pues no te acerques o aquí terminó todo.
       El ballestero más preocupado del robo que de la pendencia, ordenó a los contendientes que guardaran sus bríos para otro momento. Había que reanudar el camino antes que la diligencia llegase al bosque. Allí, escondidos entre los matorrales, detendrían su paso y asaltarían a sus ocupantes. La orden fue cumplida continuando su camino rumbo a la espesura no sin antes lanzar el orante un último vistazo a la imagen sagrada.
       Los asuntos humanos se tuercen cuando menos lo esperamos. Sucedió que la fama de estos ladrones ya se había extendido por la comarca y un grupo de voluntarios se habían preparado para acabar con los salteadores.
       En ocasiones puede suceder que el cazador confiado se convierta en cazado. Cuando detuvieron el paso de la diligencia un grupo de hombres armados salió de su interior. La sorpresa fue mayor cuando los asaltantes descubrieron que estaban rodeados. La resistencia no se hizo de rogar pues cuando uno tiene orgullo, el otro tiene vanidad.
       El primero en caer fue el arquero que sobre él se abalanzaron tres jóvenes que en el momento lo mataron.
       Tres jinetes bajaban por la encrucijada, dos huían por la cañada. Perseguidos por una docena de hombres, acompañados por una jauría de mastines, uno a uno les daban caza.
       El ballestero fue el siguiente en rendir sus cuentas ante el Altísimo. Breve y feroz fue la contienda, mas poco pudo hacer cuando llegaron refuerzos de la aldea.
       Quien mal anda, mal acaba. Al último lograron prender en la encrucijada, a los pies de María mientras por su vida suplicaba. No hubo consejo, tampoco piedad. Allí mismo juzgaron y condenaron que en la horca fuesen a colgar.
       En el árbol la soga esperaba. Los ojos le cubrieron con un pañuelo bien atado. Le alzaron en la rama con fuerza y con brío. No había duda, bien colgado estaba el bandido. Por muerto lo dieron y al pueblo regresaron no sin antes nombrar alguien que vigilase para que no robasen el cuerpo.
       Mas si el destino se halla escrito en las piedras del camino, es la Providencia quien decide quién va y quien vino. La Madre Gloriosa, compadecida de aquel pobre bandido, acudió en auxilio de aquel que siempre arrepentido sus penas pagó. Ella, que a sus devotos en las penurias suele valer, a aquel condenado quiso agradecer tantas lagrimas que a su imagen regalaba.
       Puso sus manos preciosas a los pies de aquel que colgado estaba y, al verse de su sufrimiento aliviado, no sintió dolor alguno. Jamás hubo pecador que tan bien fuese pagado. Nadie se dio cuenta de lo que sucedía y el vigilante que muerto le creía poca atención le concedía.
       Como era la costumbre del lugar, al día tercero vinieron parientes, amigos y conocidos que pesarosos acudían al triste final que se vio sometido.
       Al llegar al lugar le encontraron con el alma alegre y sin daño en el cuerpo. Decía que a sus pies algo le sujetaba que mal alguno no sentiría aun si colgase durante todo un año.
       Al ver el centinela lo que allí sucedía, la voz de alarma dio a la aldea. Cuando los que le ahorcaron lo oyeron, creyeron que un falso nudo hicieron. Molestos estaban por no haberle decapitado cuando la oportunidad de ello tuvieron.
       El grupo se reunió en manada y consideraron que si no gozaron cuando lo ahorcaron, ahora gozarían lo que no terminaron. Se pusieron de acuerdo y, ya fuese con hoz o espada, allí lo degollarían para que la villa no fuera afrentada.
       Eligieron a los mancebos más osados para que fuesen de inmediato  a ejecutarlo, con buenos cuchillos y grandes navajas. Hasta la encrucijada fueron todos los aldeanos para contemplar la ejecución como manda la mala calaña.
       Atrapado lo tenían, la familia nada podía contra toda la villa que unida venía. El hombre tendido en el suelo permanecía creyendo que esta vez era la ocasión en que ya no saldría. Mas cuando el instante así lo marcaba se detuvo el viento y de las aves su lamento. El agua contuvo su recorrido y el viejo árbol guardó silencio. El mozo encargado de la ejecución pasó su arma a otro porque no tenía el alma para este momento. Nadie osaba alzar la mirada de aquel hombre que en el suelo yacía. Era Santa María, quien sus manos detuvo la fiereza de unos hombres que enojados se sentían. 
       Cuando comprendieron que solo la Virgen gloriosa era quien pretendía al delincuente encubrir, se formó grande pleito para así poder decidir. Admirados de lo que allí sucedía y gracias a un monje que allí también acudía, sentenciaron que lo mejor era partir y dejar al hombre vivir, que si Dios no lo permite no haga el hombre aquello que insiste. Le dejaron vivir hasta que el Señor decidiese cuándo debía morir.
       A partir de entonces aceptaron que viviese su vida, pues no querían ir contra la Virgen María. El ladrón devoto cambió de vida, partiéndose el alma cada día por aquellos que más sufrían. Su pobreza se volvió riqueza, sus cosechas abundantes y su fe creció pues quien a su lado a Dios vio, nada temió.
       Madre tan generosa, de tanta bondad, que a buenos y malos otorga su piedad, debemos bendecirla con toda nuestra voluntad, que al bendecirla ganaremos toda una eternidad. Las manos de la Virgen, con las de su Hijo nacido, son buenos asideros para quien le ha conocido. Él para buenos y malos descendió y los que a ella se lo pidieron, a todos socorrió.



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 Cielo cubierto y plomizo, calor que el pecho devora, poniente que se incorpora con un húmedo hechizo. La piel, sin hallar permiso, guard...

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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