Gesta de la tierra sentida

    

 

Gesta de la tierra sentida

No es patria la tierra que pisan los pasos,
ni polvo que el viento levanta al pasar;
es llama secreta que arde en los brazos
de quien la ha aprendido callando a amar.

No es mapa trazado con fría frontera,
ni nombre grabado en mármol o ley;
es surco encendido en la frente obrera,
es pulso de pueblo que late de fe.

Es sudor que fecunda la arcilla dormida,
es sangre que guarda la antigua razón,
es memoria viva que alumbra la herida
y eleva la historia a sagrada misión.

No es suelo que se pisa —es suelo que siente—,
templo invisible del alma valiente.



Soneto del Fuego Viviente.


 


Soneto del Fuego Viviente.

Oh fuego del Espíritu, consuelo creado,
vida secreta que en toda forma respira,
unción que al enfermo levanta y lo mira,
y lava la herida del mundo cansado.

Aliento de amor, en el pecho sembrado,
dulzura que al corazón lento inspira,
fragancia de bien que en lo oculto delira,
manantial donde el perdido es llamado.

Armadura viva, esperanza celeste,
libera al cautivo del Mal y su suerte,
rompe cadenas que el miedo sostiene.

Fuerza que en cielo y abismo se vierte,
de ti nace el río, la nube y la vida que viene,
luz que corona la alabanza y la muerte.



¿Qué saben del amor?

 

¿Qué saben del amor
los que no tiemblan
cuando la tarde se deshoja en silencio?

¿Qué pueden entender
si la poesía les parece un idioma muerto
y la música no les incendia la sangre?

El amor no es palabra,
es relámpago bajo la piel,
es un latido que desordena el mundo.

Es la rosa pidiendo perdón por su aspereza,
la violeta estallando en perfume
como si el aire no pudiera contenerla.

Es un rumor que nace en la sombra
y se vuelve incendio en la boca,
un nombre que arde sin consumirse.

Que no hablen de amor
quienes no han sentido al corazón
romperse en luz.

Porque esta pasión —
más honda que el mar,
más alta que el grito del cielo—
no se entiende:

se cae en ella
como en un abismo
lleno de alas.







Semana Santa

  Tarde morada, calla el paso en la calle; reza la cera.

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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