El
curado no guardó el silencio pedido.
La palabra, recién nacida
en su carne limpia,
ardía demasiado como para esconderla.
Y fue por los caminos diciendo su luz,
pregón de piel
recobrada,
de nombre devuelto,
de dignidad que regresaba
como un río.
¿Cómo callar
cuando la herida se vuelve canto?
¿Cómo
ocultar la vida
cuando brota de nuevo en el cuerpo?
Su voz se hizo multitud.
Galilea comenzó a latir con
rumores,
y las ciudades se llenaron de asombro:
—«¿No
será este el hijo de David?»—
Venían de todas partes,
arrastrando dolencias y
esperanzas,
buscando en Él no solo la cura,
sino un
sentido.
Pero el clamor también pesa.
La alegría desbordada puede
confundirse,
y el nombre pronunciado antes de tiempo
enciende
fuegos que no comprenden.
Roma vigila.
El pueblo sueña.
Y entre ambos, la
expectación se vuelve peligrosa.
Por eso Él se retira.
Se aleja de las puertas abiertas
y de las plazas que lo
nombran,
y busca el silencio donde nadie proclama,
donde la
voz no es multitud sino susurro.
En lugares desiertos
recompone el sentido,
entrega su
cansancio
y vuelve a la fuente.
Allí, en lo escondido, ora.
Pero ni el desierto detiene los pasos:
la gente lo sigue, lo
busca, lo llama.
Porque cuando la vida toca la vida,
ni el
mandato de silencio
puede contener su eco.
