Piel y canela

 


Piel y canela,


hierven lentos los labios;


arde la miel.


Senderos de ausencia

 

Voy por senderos de luna
buscando sombras perdidas,
las huellas que tú dejabas
sobre mis noches vacías.

Pero los viejos caminos
se han cubierto de desengaños,
y ya no encuentro tu sombra
ni el eco de aquellos pasos.

Ya no veo junto al borde
las flores que antes temblaban,
ni escucho cantar al alba
las alondras en las ramas.

Ni aquel perfume tan dulce
que el aire lento guardaba,
como un recuerdo encendido
sobre la hierba mojada.

Tus sombras cruzan ahora
otros senderos lejanos,
otras veredas secretas
donde mis ojos no alcanzan.

Y siento el hueco del tiempo,
la sed gris de la añoranza,
como un invierno de piedra
que dentro del pecho avanza.

Tan cerca cuando te nombro,
tan lejos cuando te callo;
tan lejos en mis silencios,
tan cerca dentro del llanto.

Vuelve por estas veredas,
vuelve otra vez a los campos;
devuelve luz a mis sombras,
oro de sol a mi ocaso.

Que aunque mi tarde declina
sobre desiertos amargos,
guardarė viva la llama
que aún tiembla entre mis manos.


El leproso

 


El curado no guardó el silencio pedido.
La palabra, recién nacida en su carne limpia,
ardía demasiado como para esconderla.

Y fue por los caminos diciendo su luz,
pregón de piel recobrada,
de nombre devuelto,
de dignidad que regresaba como un río.

¿Cómo callar
cuando la herida se vuelve canto?
¿Cómo ocultar la vida
cuando brota de nuevo en el cuerpo?

Su voz se hizo multitud.
Galilea comenzó a latir con rumores,
y las ciudades se llenaron de asombro:
—«¿No será este el hijo de David?»—

Venían de todas partes,
arrastrando dolencias y esperanzas,
buscando en Él no solo la cura,
sino un sentido.

Pero el clamor también pesa.
La alegría desbordada puede confundirse,
y el nombre pronunciado antes de tiempo
enciende fuegos que no comprenden.

Roma vigila.
El pueblo sueña.
Y entre ambos, la expectación se vuelve peligrosa.

Por eso Él se retira.

Se aleja de las puertas abiertas
y de las plazas que lo nombran,
y busca el silencio donde nadie proclama,
donde la voz no es multitud sino susurro.

En lugares desiertos
recompone el sentido,
entrega su cansancio
y vuelve a la fuente.

Allí, en lo escondido, ora.

Pero ni el desierto detiene los pasos:
la gente lo sigue, lo busca, lo llama.
Porque cuando la vida toca la vida,
ni el mandato de silencio
puede contener su eco.


Tus hijos son tus hijos

  Tus hijos son tus hijos, no lo olvides, carne de tu carne y sangre de tu sangre; son la vida que un día floreció en tu vida, la espiga ...

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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