“Los Miserables” Víctor Hugo (5) y (6).



La prudencia aconseja a la sabiduría.

Aquella noche el obispo de D., después de dar un paseo por la ciudad, permaneció hasta bastante tarde encerrado en su cuarto. A las ocho trabajaba todavía con un voluminoso libro abierto sobre las rodillas, cuando la señora Magloire entró, según su costumbre, a sacar la plata del cajón colocado junto a la cama.
                Poco después el obispo, sabiendo que su hermana lo esperaba para cenar, cerró su libro y entró en el comedor. En ese momento, la señora Magloire hablaba con singular viveza. Se refería a un asunto que le era familiar, y al cual el obispo estaba ya acostumbrado. Se trataba del cerrojo de la puerta principal.
                Parece que yendo a hacer algunas compras para la cena había oído referir ciertas cosas en distintos sitios. Se hablaba de un vagabundo de mala catadura; se decía que había llegado un hombre sospechoso, que debía estar en alguna parte de la ciudad, y que podía tener un mal encuentro los que aquella noche se olvidaran de recogerse temprano y de cerrar bien sus puertas. 



PRIMERA PARTE
Fantina.
LIBRO SEGUNDO
La caída
II
La prudencia aconseja a la sabiduría.

Aquella noche el obispo de D., después de dar un paseo por la ciudad, permaneció hasta bastante tarde encerrado en su cuarto. A las ocho trabajaba todavía con un voluminoso libro abierto sobre las rodillas, cuando la señora Magloire entró, según su costumbre, a sacar la plata del cajón colocado junto a la cama.
                Poco después el obispo, sabiendo que su hermana lo esperaba para cenar, cerró su libro y entró en el comedor. En ese momento, la señora Magloire hablaba con singular viveza. Se refería a un asunto que le era familiar, y al cual el obispo estaba ya acostumbrado. Se trataba del cerrojo de la puerta principal.
                Parece que yendo a hacer algunas compras para la cena había oído referir ciertas cosas en distintos sitios. Se hablaba de un vagabundo de mala catadura; se decía que había llegado un hombre sospechoso, que debía estar en alguna parte de la ciudad, y que podía tener un mal encuentro los que aquella noche se olvidaran de recogerse temprano y de cerrar bien sus puertas.
– Hermano, ¿oyes lo que dice la señora Magloire?, –preguntó la señorita Baptistina.
– He oído vagamente algo –contestó el obispo.
Después, levantando su rostro cordial y francamente alegre, iluminado por el resplandor del fuego, añadió: 
– Veamos, ¿qué hay? ¿Qué sucede? ¿Nos amenaza algún peligro?
                Entonces la señora Magloire comenzó de nuevo su historia, exagerándola un poco sin querer y sin advertirlo. Se decía que un gitano, un desarrapado, una especie de mendigo peligroso, se hallaba en la ciudad. Había tratado de quedarse en la posada, donde no se le quiso recibir. Se le había visto vagar por las calles al oscurecer. Era un hombre de aspecto terrible, con un morral y un bastón.
– ¿De veras? –dijo el obispo.
– Y como monseñor nunca pone llave a la puerta y tiene la costumbre de permitir siempre que entre cualquiera…
En ese momento se oyó llamar a la puerta con violencia.
– ¡Adelante!, –dijo el obispo.

PRIMERA PARTE
Fantina.
LIBRO SEGUNDO
La caída
III
Heroísmo de la obediencia pasiva.

                La puerta se abrió. Pero se abrió de par en par, como si alguien la empujase con energía y resolución. Entró un hombre. A este hombre lo conocemos ya. Era el viajero a quien hemos vistos vagar buscando asilo. Entró, dio un paso y se detuvo, dejando detrás de sí la puerta abierta.
                Llevaba el morral a la espalda; el palo en la mano; tenía en los ojos una expresión ruda, audaz, cansada y violenta. Era una aparición siniestra.
                La señora Magloire no tuvo fuerzas para lanzar un grito. Se estremeció y quedó muda e inmóvil como una estatua.
                La señorita Baptistina se volvió, vio al hombre que entraba, y medio se incorporó, aterrada.
                Luego miró a su hermano, y su rostro adquirió una expresión de profunda calma y serenidad.
                El obispo fijaba en el hombre una mirada tranquila.
                Al abrir los labios sin duda para preguntar al recién llegado lo que deseaba, éste apoyó ambas manos en su garrote, posó su mirada en el anciano y luego en las dos mujeres, y sin esperar a que el obispo hablase dijo en alta voz: 
                – Me llamo Jean Valjean: soy presidiario. He pasado en presidio diecinueve años. Estoy libre desde hace cuatro días y me dirijo a PONTARLIER. Vengo caminando desde TOLÓN. Hoy anduve doce leguas a pie. Esta tarde, al llegar a esta ciudad, entré en una posada, de la cual me despidieron a causa de mi pasaporte amarillo, que había presentado en la alcaldía, como es preciso hacerlo. Fui a otra posada, y me echaron fuera lo mismo que en la primera. Nadie quiere recibirme. He ido a la cárcel y el carcelero no me abrió. Me metí en una perrera y el perro me mordió. Parece que sabía quién era yo. Me fui al campo para dormir al cielo raso, pero ni aun eso me fue posible, porque creí que iba a llover y que no habría un buen Dios que impidiera la lluvia; y volví a entrar en la ciudad para buscar en ella el quicio de una puerta. Iba a echarme ahí en la plaza sobre una piedra, cuando una buena mujer me ha señalado vuestra casa, y me ha dicho: llamad ahí. He llamado: ¿Qué casa es ésta? ¿Una posada? Tengo dinero. Ciento nueve francos y quince sueldos que he ganado en presidio con mi trabajo en diecinueve años. Pagaré. Estoy muy cansado y tengo hambre: ¿queréis que me quede?
                – Señora Magloire –dijo el obispo– poned un cubierto más.
                El hombre dio unos pasos, y se acercó al velón que estaba sobre la mesa.
                – Mirad –dijo–, no me habéis comprendido bien: soy un presidiario. Vengo de presidio y sacó del bolsillo una gran hoja de papel amarillo que desdobló–. Ved mi pasaporte amarillo: esto sirve para que me echen de todas partes. ¿Queréis leerlo? Lo leeré yo; sé leer, aprendí en la cárcel. Hay allí una escuela para los que quieren aprender. Ved lo que han puesto en mi pasaporte: “Jean Valjean, presidiario cumplido, natural de...”, esto no hace al caso… “Ha estado diecinueve años en presidio: cinco por robo con fractura, catorce por haber intentado evadirse cuatro veces. Es hombre muy peligroso.” Ya lo veis, todo el mundo me tiene miedo. ¿Queréis vos recibirme? ¿Es esta una posada? ¿Queréis darme comida y un lugar donde dormir? ¿Tenéis un establo?
                – Señora Magloire –dijo el obispo–, pondréis sábanas limpias en la cama de la alcoba.
                La señora Magloire salió sin chistar a ejecutar las órdenes que había recibido.
                El obispo se volvió hacia el hombre y le dijo: 
                – Caballero, sentaos junto al fuego; dentro de un momento cenaremos, y mientras cenáis, se os hará la cama.
                La expresión del rostro del hombre, hasta entonces sombría y dura, se cambió en estupefacción, en duda, en alegría. Comenzó a balbucear como un loco:
– ¿Es verdad? ¡Cómo! ¿Me recibís? ¿No me echáis? ¿A mí? ¿A un presidiario? ¿Y me llamáis caballero? ¿Y no me tuteáis? ¿Y no me decís: “¡Sal de aquí, perro!” como acostumbran decirme? Yo creía que tampoco aquí me recibirían; por eso os dije en seguida lo que soy. ¡Oh, gracias a la buena mujer que me envió a esta casa voy a cenar y a dormir en una cama con colchones y sábanas como todo el mundo! ¡Una cama! Hace diecinueve años que no me acuesto en una cama. Sois personas muy buenas. Tengo dinero: pagaré bien. Dispensad, señor posadero: ¿cómo os llamáis? Pagaré todo lo que queráis. Sois un hombre excelente. Sois el posadero, ¿no es verdad?
                – Soy –dijo el obispo– un sacerdote que vive aquí. 
– ¡Un sacerdote!, –dijo el hombre– ¡Oh, un buen sacerdote! Entonces ¿no me pedís dinero? Sois el cura, ¿no es esto? ¿El cura de esta iglesia?
                Mientras hablaba había dejado el saco y el palo en un rincón, guardado su pasaporte en el bolsillo y tomado asiento. La señora Baptistina lo miraba con dulzura. 
                – Sois muy humano, señor cura –continuó diciendo–; vos no despreciáis a nadie. Es gran cosa un buen sacerdote. ¿De modo que no tenéis necesidad de que os pague?
                – No –dijo el obispo-, guardad vuestro dinero. ¿Cuánto tenéis? ¿No me habéis dicho que ciento nueve francos?
                - Y quince sueldos –añadió el hombre.
                – Ciento nueve francos y quince sueldos. ¿Y cuánto tiempo os ha costado ganar ese dinero?
                – ¡Diecinueve años!
                El obispo suspiró profundamente. El hombre prosiguió:
                – Todavía tengo todo mi dinero. En cuatro días no he gastado más que veinticinco suelos, que gané ayudando a descargar unos carros en GRASSE.
                El obispo se levantó a cerrar la puerta, que había quedado completamente abierta.
                La señora Magloire volvió, con un cubierto que puso en la mesa.
                – Señora Magloire –dijo el obispo–, poned ese cubierto lo más cerca posible de la chimenea –y se volvió hacia el huésped–. El viento de la noche es muy crudo en los Alpes. ¿Tenéis frío, caballero?
                Cada vez que pronunciaba la palabra caballero con voz dulcemente grave, se iluminaba la fisonomía del huésped. Llamar caballero a un presidiario, es dar un vaso de agua a un náufrago de la Medusa. La ignominia está sedienta de consideración. 
                – Esta luz alumbra muy poco –prosiguió el obispo.
                La señora Magloire lo oyó; tomó de la chimenea del cuarto de Su Ilustrísima los dos candelabros de plata, y los puso encendidos en la mesa. 
                – Señor cura –dijo el hombre–, sois bueno; no me despreciáis, me recibís en vuestra casa. Encendéis las velas para mí. Y sin embargo, no os he ocultado de donde vengo, y que soy un miserable.
                El obispo, que estaba sentado a su lado, le tocó suavemente la mano:  
                – No tenéis que decirme quien sois. Esta no es mi casa, es la casa de Jesucristo. Esa puerta no pregunta al que entra por ella si tiene un nombre, sino si tiene algún dolor. Padecéis; tenéis hambre y sed; pues sed bienvenido. No me lo agradezcáis; no me digáis que os recibo en mi casa. Aquí no está en su casa más que el que necesita asilo. Vos que pasáis por aquí, estáis en vuestra casa más que en la mía. Todo lo que hay aquí es vuestro. ¿Para qué necesito saber vuestro nombre? Además, tenéis un nombre que antes que me lo dijeseis ya lo sabía.
                El hombre abrió sus ojos asombrado.
                – De veras? ¿Sabíais cómo me llamo?
                – Sí –respondió el obispo–, ¡os llamáis mi hermano!
                – ¡Ah, señor cura!,  –exclamó el viajero–. Antes de entrar aquí tenía mucha hambre, pero sois tan bueno que ahora no sé lo que tengo. El hambre se me ha pasado.
                El obispo lo miró y le dijo:
                – ¿Habéis padecido mucho?
                – ¡Mucho! ¡La chaqueta roja, la cadena al pie, una tarima para dormir, el calor, el frío, el trabajo, los apaleamientos, la doble cadena por nada, el calabozo por una palabra, y, aun enfermo en la cama, la cadena! ¡Los perros, los perros son más felices! ¡Diecinueve años! Ahora tengo cuarenta y seis, y un pasaporte amarillo.
                – Sí –replicó el obispo– salís de un lugar de tristeza. Pero sabed que hay más alegría en el cielo por las lágrimas de un pecador arrepentido, que por la blanca vestidura de cien justos. Si salís de ese lugar de dolores con pensamientos de odio y de cólera contra los hombres, seréis digno de lástima; pero si salís con pensamientos de caridad, de dulzura y de paz, valdréis más que todos nosotros.
                Mientras tanto la señora Magloire había servido la cena; una sopa hecha con agua, aceite, pan y sal; un poco de tocino, un pedazo de carnero, higos, un queso fresco, y un gran pan de centeno.
                A la comida ordinaria del obispo había añadido una botella de vino añejo de MAUVES.
                La fisonomía del obispo tomó de repente la expresión de dulzura propia de las personas hospitalarias:
                – A la mesa –dijo con viveza, según acostumbraba cuando cenaba con algún forastero; e hizo sentar al hombre a su derecha. La señorita Baptistina, tranquila y naturalmente, tomó asiento a su izquierda.
                El obispo bendijo la mesa, y después sirvió la sopa según su costumbre. El hombre empezó a comer ávidamente. 
                – Me parece que falta algo en la mesa –dijo el obispo de repente.
                La señora Magloire no había puesto más que los tres cubiertos absolutamente necesarios. Pero era costumbre de la casa, cuando el obispo tenía algún convidado, poner en la mesa los seis cubiertos de plata. Esta graciosa ostentación de lujo era casi una niñería simpática en aquella casa tranquila y severa, que elevaba la pobreza hasta la dignidad.
                La señora Magloire comprendió la observación, salió sin decir una palabra, y un momento después los tres cubiertos pedidos por el obispo lucían en el mantel, colocados simétricamente ante cada uno de los comensales.
                Al fin de la cena, monseñor Bienvenido dio las buenas noches a su hermana, cogió uno de los dos candeleros de plata que había sobre la mesa, dio el otro a su huésped y le dijo: 
                – Caballero, voy a enseñaros vuestro cuarto.
                El hombre lo siguió.
                En el momento en que atravesaban el dormitorio del obispo, la señora Magloire cerraba el armario de la plata que estaba a la cabecera de la cama. Lo hacía cada noche antes de acostarse.
                El obispo instaló a su huésped en la alcoba. Una cama blanca y limpia lo esperaba. El hombre puso la luz sobre una mesita.
                – Bien –dijo el obispo–, que paséis buena noche. Mañana temprano, antes de partir, tomaréis una taza de leche de nuestras vacas, bien caliente.
                – Gracias, señor cura –dijo el hombre.
                Pero apenas hubo pronunciado estas palabras de paz, súbitamente, sin transición alguna, hizo un movimiento extraño, que hubiera helado de espanto a las dos santas mujeres si hubieran estado presentes. Se volvió bruscamente hacia el anciano, cruzó los brazos, y fijando en él una mirada salvaje, exclamó con voz ronca:
                – ¡Ah! ¡De modo que me alojáis en vuestra casa y tan cerca de vos!
                Calló un momento, y añadió con una sonrisa que tenía algo de monstruosa:
                – ¿Habéis reflexionado bien? ¿Quién os ha dicho que no soy un asesino?
                El obispo respondió: 
                – Ese es problema de Dios.
                Después, con toda gravedad, bendijo con los dedos de la mano derecha a su huésped, que ni aun dobló la cabeza, y sin volver la vista atrás entró en su dormitorio.
                Hizo una breve oración, y un momento después estaba en su jardín, donde se paseó meditabundo, contemplando con el alma y con el pensamiento los grandes misterios que Dios descubre por la noche a los ojos que permanecen abiertos.
                En cuanto al hombre, estaba tan cansado que ni aprovechó aquellas blancas sábanas. Apagó la luz soplando con la nariz como acostumbran los presidiarios, se dejó caer vestido en la cama, y se quedó profundamente dormido. Era medianoche cuando el obispo volvió del jardín a su cuarto.
                Algunos minutos después, todos dormían en aquella casa.

Biografía de Wikipedia.

Víctor Hugo.
Joven escritor. Los años del teatro.

Joven escritor.
Los años de separación de su padre lo habían acercado a su madre, y la muerte de ella, el 27 de junio de 1821, le afectó profundamente.
Contrajo matrimonio el 12 de octubre de 1822 con una amiga de la infancia, Adèle Foucher, nacida en 1803, con la que tuvo cinco hijos:   
Léopold (16 de julio de 1823-10 de octubre de 1823);    
Leopoldina (28 de agosto de 1824-4 de septiembre de 1843);     
Charles (4 de noviembre de 1826-13 de marzo de 1871);    
François-Víctor (28 de octubre de 1828-26 de diciembre de 1873);    
Adèle (28 de julio N 2 de 1830-21 de abril de 1915), la única que sobrevivirá a su padre, pero cuyo estado mental, que decaerá muy pronto, le conllevará muchos años de ingreso en centros de salud.
Este matrimonio llevó a su hermano Eugene, que pretendía también a esa misma dama, a la locura, una esquizofrenia que tuvo como consecuencia su reclusión hasta su muerte en 1837.
Ese año comenzó la redacción de Han de Islandia (publicado en 1823) que recibió una tibia acogida. Una bien argumentada crítica de Charles Nodier, es el motivo de un encuentro entre ambos escritores y del nacimiento de su amistad, y participa con él en las reuniones del cenáculo de la Bibliothèque de l'Arsenal (parte de la Biblioteca Nacional de Francia), cuna del Romanticismo. Ésta amistad dura hasta 1827-1830, cuando Nodier comienza a ser muy crítico con las obras de Hugo. Durante este período, Víctor se reconcilia con su padre, que le inspirará los poemas “Odas a mi padre” y “Après la bataille”. Su padre fallece en 1828.
Cromwell”, obra que publica en 1827, arma un escándalo. En el prefacio de este drama, Hugo se opone a las convenciones clásicas, en particular a las unidades aristotélicas de tiempo y lugar, y establece los primeros fundamentos de su drama romántico. En los tres años siguientes, Hugo se asegurará la dirección del movimiento romántico en Francia y la supremacía en todos los géneros literarios. En la lírica, con la edición definitiva de “Odas y baladas” (1828) y, sobre todo, las “Orientales” (1829); en teatro, con el drama romántico “Hernani” (febrero de 1830), seguido de “Marion de Lorme” (1831); en narrativa, con la novela histórica “Nuestra Señora de París” (marzo de 1831).
La pareja recibe a menudo y traba amistad con el crítico Sainte–Beuve, con el poeta Lamartine, con el maestro de la novela corta Mérimée, con el poeta Musset o con el pintor Delacroix. Su esposa Adèle mantiene una relación amorosa con Sainte-Beuve que tiene lugar durante el año 1831. Entre 1826 a 1837, la familia pasa temporadas con frecuencia en el Château des Roches en Bièvres, propiedad de Louis-François Bertín, director del periódico Journal des débats. Durante estas estancias, Hugo se encuentra con personajes como el compositor Berlioz, el prosista Chateaubriand, y los pianistas y compositores Liszt y Giacomo Meyerbeer, y escribe colecciones de poesía entre las que se encuentra “Las hojas de otoño”.
En 1829 publica la colección de poemas “Los orientales”. “El último día de un condenado a muerte” aparece el mismo año y es seguida por Claude Gueux en 1834; en estas dos novelas cortas, Hugo muestra su rechazo hacia la pena de muerte. La novela “Nuestra Señora de París” se publica en 1831.
Los años del teatro.  
Ya en 1828, había montado una obra de juventud, “Amy Robsart” y, aunque también publica colecciones de poesías, como “Las hojas de otoño” (1831), “Los cantos del crepúsculo” (1835), “Las voces interiores” (1837), “Los rayos y las sombras” (1840), entre 1830 y 1843, Hugo se dedica casi exclusivamente al teatro.
En 1830 es el año de estreno de “Hernani”, obra que fue motivo de una larga serie de conflictos y enfrentamientos en torno a la estética teatral entre los «clásicos», partidarios de una jerarquización estricta de los géneros teatrales, y los «modernos», la nueva generación de románticos que, encabezados por Théophile Gautier, aspiraban a una revolución del arte dramático y se agrupaban en torno a Víctor Hugo; el triunfo de la Revolución de 1830 facilitará las cosas. Estos conflictos pasaron a la historia de la literatura bajo el nombre de «La batalla de Hernani». “Marion de Lorme”, prohibida inicialmente en 1829, se estrenó en 1831 en el Teatro de la Porte Saint-Martin y “El rey se divierte” en 1832 en el Théâtre–Français, pieza que fue prohibida inmediatamente después de su estreno, lo que servirá a Hugo para indicar en el prefacio de su edición original de 1832: «La aparición de este drama en el teatro dio motivo a un acto ministerial inaudito. Al día siguiente de su estreno remitió al autor, Jouslin de la Salle, director de escena del Teatro Francés, el siguiente oficio, cuyo original conserva: "En este momento, que son las diez y media, acabo de recibir la orden de suspender las representaciones de “El rey se divierte”, que me comunica H. Taillor en nombre del ministro. Hoy 23 de noviembre."».
En 1833 conoce a la actriz Juliette Drouet, que se convierte en su amante y le consagrará su vida. Drouet lo salvará del encarcelamiento durante el golpe de Estado de Napoleón III. Hugo escribirá para ella numerosos poemas. Ambos pasan juntos cada aniversario de su encuentro y completan, año tras año, un cuaderno común que titulan cariñosamente Libro del aniversario. Además de Juliette, Hugo contó con numerosas amantes.
Lucrecia Borgia” y “María Tudor” se estrenaron en el Teatro de la Porte Saint-Martin en 1833, y “Angelo, tirano de Padua” en el Théâtre-Français en 1835. Ante la falta de escenarios para representar los nuevos dramas, cuya puesta en escena es compleja y costosa por la cantidad de escenografía y tramoya que exige la ruptura de las unidades, Hugo decide, junto con Alejandro Dumas, también hijo de un general napoleónico, crear una sala dedicada al drama romántico. Aténor Joly recibe, por orden ministerial, el privilegio que autoriza la creación del Théâtre de la Renaissance en 1836, donde se representará, en 1838, Ruy Blas.
Hugo accede a la Academia francesa en 1841, después de tres tentativas que resultaron infructuosas, esencialmente a causa de un grupo de académicos entre los que se encontraba el escritor costumbrista Étienne de Jouy, que se oponían al romanticismo y lo combatían ferozmente.
Para Hugo 1843 fue un año funesto; en marzo se estrenó “Los burgraves”, obra que no recibe el éxito esperado. Durante la creación de todas sus obras, Hugo se enfrenta contra todo tipo de dificultades materiales y humanas, como teatros poco propicios a los espectáculos de envergadura o reticencias de los actores franceses ante la audacia de sus dramas, y sus piezas reciben silbidos a menudo por parte de un público poco sensible al drama romántico, aunque también reciben por parte de sus admiradores vigorosos aplausos. El 4 de septiembre de 1843, Leopoldina muere trágicamente en Villequier, en el río Sena, ahogada junto con su marido Charles Vacquerie tras el naufragio de su barco. Hugo se encontraba entonces en los Pirineos con Juliette Drouet, y se entera por la prensa de la muerte de su hija. El escritor se ve afectado terriblemente por esta muerte, que le inspirará varios poemas de “Las contemplaciones” —particularmente, «Mañana, desde el alba»—. Desde esta fecha y hasta su exilio en 1851, Hugo no publicará nada, aunque seguirá escribiendo furiosamente; no estrena teatro, no imprime novelas ni colecciones de poemas. Algunos autores ven en la muerte de Leopoldina y el fracaso de “Los burgraves” una posible razón de este desafecto del autor hacia la creación literaria, mientras que otros ven más bien una posible atracción hacia la política, actividad que le ofrecería otra tribuna a sus actividades. Es verdad que en 1845 fue nombrado Par de Francia y en 1848 no es todavía el furibundo republicano que llegará a ser.
 



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