En las horas dulces

 

En las horas dulces

de la luz callada,

he visto tus ojos

que en mí no pensaban.

He asido tus manos,

tan blancas, tan cálidas,

he sentido un amargo

desdén en mi alma,

porque tus pupilas,

que a nadie miraban,

estaban ausentes,

no tenían alas.





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