Bartolomé Leonardo de Argensola

      El 4 de febrero de 1631, falleció en Zaragoza Bartolomé Leonardo de Argensola, el más pequeño de los conocidos como hermanos Argensola. Sirva este artículo de pequeño homenaje a su persona y obra. Se trata de una recopilación de diferentes páginas de Internet así como de algún manual de literatura y otro sobre antología de poesía barroca.

Bartolomé Leonardo de Argensola (Barbastro (Huesca), 26 de agosto de 1562 - Zaragoza, 4 de febrero de 1631), como su hermano, fue sacerdote y ocupó diversos cargos cortesanos. Comparte con Lupercio los gustos por el clasicismo, la sobriedad, la forma equilibrada; pero es más variado: por ejemplo, está más dotado para la sátira. En cualquier caso, su poema más citado es de tipo moral y constituye un patético interrogante sobre por qué permite Dios las injusticias y los sufrimientos inmerecidos. Fue coetáneo de Miguel de Cervantes (quien le elogió en el «Canto de Calíope» de La Galatea), de Luis de Góngora y de Lope de Vega.
 Biografía
Su padre, Juan Leonardo, fue secretario primeramente del Emperador Maximiliano II, y después del Príncipe de España D. Felipe, y oriundo de una antiquísima familia de Ravena; y su madre Doña Aldonza de Argensola, Señora ilustre de Cataluña.
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Tras un primer aprendizaje en Barbastro, en 1574 se trasladó a Huesca, con su hermano mayor Lupercio, para cursar estudios de Humanidades y de la Filosofía, y siguió la carrera del Derecho en la Universidad de Huesca, donde se graduó de Doctor. Así eran, poco mas ó menos, los principios de la mayor parte de los literatos de aquel tiempo. Más tarde estudió Griego, Retórica e Historia Antigua en Zaragoza bajo la dirección de Andrés Scoto y Simón Abril. Con estos maestros conoció en profundidad a los autores clásicos, lo que se advierte claramente en su obra, en la que se puede apreciar la influencia de Horacio, Juvenal, Persio y Marcial. En 1579 publica unas octavas elogiando la Divina y varia poesía de fray Jaime Torres
Posteriormente, marcha a Salamanca, donde estudió Derecho Canónico y Teología entre 1581 y 1584. Durante este periodo tuvo ocasión de conocer a Fray Luis de León con quien compartía la afición por los clásicos. Sus primeras composiciones poéticas datan de esta época.
Ese mismo año, 1584, es ordenado sacerdote gracias a una dispensa papal, pues con veintidós años aún no estaba en edad canónica de recibir el ministerio. Entre 1584 y 1586 Bartolomé y su hermano Lupercio fueron protegidos de Fernando de Aragón y Gurrea, quinto duque de Villahermosa. Ejerció como rector parroquial de los estados del duque hasta la muerte de este en 1592, de donde le vino el apelativo de «rector de Villahermosa». Intervino en los sucesos que acaecieron en Aragón con motivo de la huida de Antonio Pérez en 1591-1592.
Después pasó a Madrid, donde la Emperatriz María de Austria, retirada en el Convento de las Descalzas Reales, le hizo su Capellán en el año 1601. Allí entabla amistad con Nuño de Mendoza, el conde de Lemos, el príncipe de Esquilache y algunos eruditos. A la muerte de aquella princesa, acaecida en 1603, se traslada a la Corte, que entonces residía en Valladolid. Regresó a Madrid, en 1609 y 1610, donde publicó la Conquista de las Islas Molucas, encargada por comisión del Conde de Lemos, presidente del Consejo de Indias. En estos años conoce a Cervantes y a Lope de Vega y hace esporádicos viajes a Zaragoza donde era fiscal de la Academia Imitatoria, el más conocido de los cenáculos literarios aragoneses del barroco.
En vez de pasar su vida entre la oscuridad y el olvido, los Grandes de aquel siglo tenían la loable costumbre de amar y cultivar las letras, proteger á los hombres de mérito y de ingenio, y complacerse y honrarse con su amistad y su trato. Entre ellos por su franqueza y magnificencia se distinguía el Conde de Lemos (entonces Presidente de Consejo de Indias), cuyo nombre vivirá mientras vivan las bellas producciones que él fomentaba y aplaudía. Este Magnate aficionado particularmente al mérito de los dos hermanos Argensolas, los distinguió entre todos los ingenios de su tiempo, dispensándoles su amistad, y comenzó á ocuparlos. Digno y verdadero modo de proteger los talentos, que se inflaman no tanto con la recompensa, como con el buen empleo que de ellos se hace. Cupo á nuestro Argensola el de escribir la “Conquista y reducción de las Molúcas á la obediencia de Castilla, executada por D. Pedro de Acuña, Gobernador de Manila”: comisión que desempeñó gallardamente escribiendo uno de los mejores trozos de Historia que se conocen en castellano, ya por la belleza del estilo, ya por las curiosidades que contiene.
El Historiador, sin ceñirse precisamente á la expedición de Acuña, empieza su narración desde la primera llegada de los Europeos al Archipiélago Asiático; cuenta su establecimiento, sus violencias, sus variaciones; describe el lujo, la riqueza y costumbres voluptuosas de aquellos Isleños; los ojos codiciosos con que las Naciones de Europa miraban las gratas producciones de su rico país, las diversas tentativas mas ó menos afortunadas que contra él se proyectaron; los viajes de Sarmiento y de Drack por el mar del Sur, incluyendo también ciertos episodios, que el gusto de aquel tiempo aplaudía, y aun ahora se leen con placer: todo pintado con destreza, y animado de un colorido que maravilla y suspende.
Escrita y publicada esta obra en 1609, que como bellísima se adquirió al instante críticas y aplausos, Argensola se retiró a su tierra, de donde le sacó el Conde de Lemos para llevarlo consigo a Nápoles cuando le hicieron Virrey de aquel Reino. Iba también Lupercio de Secretario del Virreinato, y los dos hermanos se granjearon allí la misma reputación y honores que en España gozaban. Con ellos partieron para Nápoles un grupo de poetas y escritores. En Nápoles, año 1613, participaría de las actividades de la Academia de los Ociosos.
Al menor le confirió el Papa un Canonicato en la Catedral de Zaragoza, y los Diputados de Aragón le ofrecieron el título de Cronista de la Diputación del Reino de Aragón vacante por fallecimiento del Anticuario Llorente. Así habiendo muerto su hermano en 1613, y restituido en España el Conde, volvió él también y se retiró  en Zaragoza para ejercer sus dos empleos. Estos años fueron muy fructíferos, pues sus ocupaciones le permitieron la dedicación a su obra poética y a su tarea de historiador. En 1615 obtuvo una canonjía en la Catedral del Salvador de Zaragoza y en 1618 fue nombrado Cronista Mayor de la Corona de Aragón.



Allí acabó, el 4 de febrero de 1631 una vida dedicada toda al dulce ejercicio de las Musas entre la moderación y el retiro. Después de su muerte D. Gabriel Leonardo, sobrino suyo, publicó sus rimas y las de Lupercio en un tomo el año de 1634. En su testamento recomendaba a su sobrino que recogiera todos los papeles “de buenas letras y que yo por mi particular curiosidad y gusto he trabajado, los cuales quiero que guarde para sí y su entretenimiento, sin que se esparzan ni vayan a manos ajenas, que en fe desto no mando que se quemen todos”. El sobrino, sin embargo, no hizo caso de esta recomendación y en 1634 publicó en Zaragoza las Rimas de Lupercio y del Doctor Bartolomé Leonardo de Argensola.

Poesía.
En su obra poética, que tuvo difusión manuscrita hasta ser publicada junto con la de su hermano, destaca su clasicismo, que entronca con la poesía latina, sin seguir las corrientes conceptistas ni gongoristas de la época. También se opuso, junto con su hermano, a las novedades de la dramaturgia de Lope de Vega.
La poesía de Bartolomé Leonardo de Argensola permaneció siempre fiel a los ideales clásicos, manteniéndose alejado de las polémicas literarias de su tiempo; como afirma José Manuel Blecua: “da la impresión de ignorar del todo la nueva poesía”. Su ideal consistía en el estudio y la imitación de los escritores clásicos: Horacio, Virgilio, Juvenal, Persio y Marcial.
Quizás el poeta clásico al que más debe es Horacio; traducido impecablemente por los dos hermanos, de quien toman la dicción elegante y la claridad de pensamiento, transmitido por un verso fluido y depurado tras un paciente trabajo de lima y revisión. De él aprendió a escribir con precisión, a limar sus versos, y el gusto por la sátira.
De Juvenal recibió la fuerza para denunciar los vicios de sus contemporáneos, y la nostalgia por un pasado. También, y en esto no es diferente de muchos otros escritores de su época, se aprecia el interés por la Biblia, cuya influencia se puede ver en muchas de sus composiciones. Asimismo, citó en sus obras a Píndaro, Aristóteles, Platón, Séneca, Cicerón, San Agustín o Santo Tomás, entre otros.
De Marcial aprendieron el gusto por el epigrama y la sátira, pero siempre huyendo de lo vulgar, así como de la afectación gongorina y el latinismo crudo. Este estilo se refleja en la epístola de Bartolomé que comienza
"Don Juan, ya se me ha puesto en el cerebelo":
Al discernir palabras, bien sería
no entretejer las lóbregas y ajenas
con las que España favorece y cría;

porque si con astucia las ordenas
en frase viva, sonarán trabadas
mejor que las de Roma y las de Atenas.

Con tal juntura, no te persuadas
que por humildes te saldrán vulgares,
ni, por muy escogidas, afectadas.

Tenderá, pues, a un estilo diáfano, que no abusa de la metáfora audaz ni de la imagen rebuscada. De su obra poética destacan los sonetos "Por verte, Inés, ¿qué avaras celosías", "Firmio, en tu edad ningún peligro hay leve", "Dime, Padre común, pues eres justo" o el satírico "A una mujer que se afeitaba y estaba hermosa" (muy conocido, aunque su autoría está disputada entre los dos hermanos), y las epístolas morales, composiciones de corte clásico que se caracterizan por la gravedad de su tono y un predominio del espíritu reflexivo. Compuso también canciones, epigramas, sátiras, epístolas y tradujo salmos y odas de Horacio.
Sus obras poéticas fueron recopiladas por su sobrino junto con las de Lupercio, y publicadas bajo el título: Rimas de Lupercio y del doctor Bartolomé Leonardo de Argensola en 1634.
El sobrino del poeta recogió 197 poemas, que agrupó en cuatro grupos: amorosos, satíricos, morales y religiosos, y de circunstancias. Por lo que se refiere al primer grupo, el de la poesía amorosa, Blecua afirma que dan la impresión de ser un juego sin trascendencia, es decir, que Argensola nunca estuvo enamorado, tal y como parece confesar el mismo poeta en una epístola al príncipe de Esquilache: “Yo te confieso que cuando uno empieza / celos, glorias, desdenes y esperanzas, / que se me desvanece la cabeza. // Dirásme luego «Tú no lo alcanzas / porque nunca estuviste enamorado, / ni sujeto a accidentes y mudanzas»”. Es una idea que ya aparece en la poesía cancioneril: el poeta ha de fingir estar enamorado para ser considerado como un auténtico poeta.
Escondió a su amada en los nombres tradicionales de la época: Filis, Cintia o Laura. Su poesía contiene un “sensualismo sabiamente reprimido”. En algunos poemas, como el que comienza “Si amada quieres ser, Lícoris, ama”, se aleja del platonismo metafísico y parece recomendar una relación física. En sus poemas aparecen recogidos los tópicos de la descripción de la belleza femenina.
Los poemas satíricos fueron los que más fama le proporcionaron entre sus contemporáneos, por lo que Vélez de Guevara lo denominó “divino Juvenal aragonés”. Blecua afirma que Argensola creía en la seriedad de la sátira, en su moralidad y en su posible eficacia correctora. De entre sus poemas satíricos quizás el que destaca más es la "Epístola a don Nuño de Mendoza", alabada por Menéndez Pelayo, en la que el poeta, ante la decisión de don Nuño de enviar a sus hijos a la Corte, presenta un cuadro crítico de los vicios cortesanos: la codicia, la rapiña, la gula, la lujuria, el juego, el adulterio, la hipocresía; además, presenta una galería de tipos detestables: mentirosos, aduladores, deudores, religiosos apóstatas, narcisos, meretrices, etc. La epístola termina con un rotundo consejo: “que si en tu casa hay pozo bien profundo / o alta ventana, allá los precipita: / que en los castigos no desplace al mundo / quien por clemencia el más horrendo evita”. También escribió sonetos satíricos en los que hace objeto de su crítica ciertos oficios y personajes ya típicos en este tipo de literatura: procuradores, abogados, mujeres que se maquillan demasiado, malos poetas, etc.
Otros poemas pertenecen a la poesía moral, en la que sigue los temas más transitados por la literatura barroca: predominio de la razón sobre los sentidos, aviso sobre los peligros del mal, caducidad de la belleza femenina, el de la rosa y la brevedad de la vida, la calavera, el reloj. Su poesía religiosa tiene unas raíces profundamente espirituales, con notas intimistas muy claras. En muchos de ellos se mezclan elementos bíblicos con clásicos. Hay que destacar la canción "A la nave de la Iglesia" o las dedicadas a la Purísima Concepción y a la Asunción. Tradujo algunos salmos, como el "Super flumina Babilonis". Dentro de la poesía religiosa también se hallan poemas de circunstancias, escritos para determinadas fiestas o para participar en justas y certámenes poéticos.
El último grupo de poesías que estableció el sobrino del poeta es el de las composiciones de circunstancias. Dentro de él se encuentran poemas enviados a justas y certámenes, como los que presentó en Zaragoza y Salamanca con motivo de la muerte de Felipe II. La "Elegía por la muerte de la reina doña Margarita" es considerada por José Manuel Blecua como una de las más bellas y originales elegías del siglo XVII. Merece también ser destacada la elegía que escribió a la muerte de don Fernando de Castro, hermano del Conde de Lemos.
Hay que citar, por último, las traducciones que hizo de poemas de autores latinos, concretamente de Horacio, que amplifican notas del original, o la versión de una composición de Píndaro.

Prosa

Como cronista diversificó su interés entre varios temas: prosiguió los Anales de la Corona de Aragón de Jerónimo Zurita, que comprende entre 1516 y 1520; escribió Alteraciones populares de Zaragoza en 1591 (revueltas de las que fue testigo junto con su hermano Lupercio) y la Historia de las islas Malucas (1609), a raíz de la conquista de la isla de Ternate.
Entre sus obras destacar el “Discurso historial, s. d., 1590”, publicado en la Memoria dirigida a los Diputados del Reino de Aragón donde solicitaba la plaza de su Cronista. Aforismos políticos. Apología, año 1609, escrita en defensa de un soneto que en 1604 escribió contra el arte de la esgrima. “Comentarios a una carta del rey Fernando el Católico”, escrita al Conde de Ribagorza, Virrey de Nápoles, en defensa de la Real jurisdicción. “Comentarios para la Historia de Aragón” que abarca de los años 1625 a 1627.
Menipo litigante, Demócrito, Dédalo (c. 1585-1598). Tres diálogos más lucianescos que platónicos; el primero es sátira de jueces y abogados, el segundo contra diversos modos de locura de los hombres y el tercero aborda las Alteraciones de Aragón, el caso de Antonio Pérez, la legitimidad de la razón de estado y el desengaño, con alusiones al Somnium Scipionis.
Se conservan también varias cartas, en latín y castellano, una de ellas dirigida a Juan Briz Martínez, abad del Monasterio de San Juan de la Peña con observaciones sobre un proyecto de Historia de Navarra.

Traducciones

Regla de perfección, Zaragoza, Juan de Lanaja, 1628. Traducción del latín.

Metaphrastes, Simón, Vida y martirio de San Demetrio, s. d. Traducción del latín y por encargo de la emperatriz María de Austria.

Diálogo de Mercurio y la virtud de Luciano, del griego.

Por encargo de la Diputación del Reino de Aragón, editó en 1624 una nueva compilación de los Fueros y Observancias del Reyno de Aragón con un prólogo introductorio escrito de su mano.

POEMAS



Dime, Padre común.

Dime, Padre común, pues eres justo,
¿por qué ha de permitir tu providencia,
que, arrastrando prisiones la inocencia,
suba la fraude a tribunal augusto?

¿Quién da fuerzas al brazo, que robusto
hace a tus leyes firme resistencia,
 y que el celo, que más la reverencia,
gima a los pies del vencedor injusto?

Vemos que vibran victoriosas palmas
manos inicuas, la virtud gimiendo
del triunfo en el injusto regocijo.

Esto decía yo, cuando, riendo,
celestial ninfa apareció, y me dijo:
“¡Ciego!, ¿es la tierra el centro de las almas?”
Bartolomé Leonardo de Argensola


De uno de los Argensolas

Yo os quiero confesar, don Juan primero,
que aquel blanco y color de doña Elvira
no tiene de ella más, si bien se mira,
que el haberle costado su dinero.

Pero, tras eso, confesaros quiero
que es tanta la beldad de su mentira,
que en vano a competir con ella aspira
belleza igual de rostro verdadero.

Mas, ¿qué mucho que yo perdido ande
por un engaño tal, pues que sabemos
que nos engaña así Naturaleza?

Porque ese cielo azul que todos vemos
ni es cielo ni es azul. ¡Lástima grande
que no sea verdad tanta belleza!
Bartolomé Leonardo de Argensola



Por verte, Inés, ¿qué avaras celosías

Por verte, Inés, ¿qué avaras celosías
no asaltaré? ¿Qué puertas, qué canceles,
aunque los arme de candados fieles
tu madre y de arcabuces las espías?

Pero el seguirte en las mañanas frías
de abril, cuando mostrarte al campo sueles,
bien que con los jardines y claveles
de tu rostro a la Aurora desafías,

eso no, amiga, no; que aunque en los prados
plácido iguala el mes las yerbas secas,
porque igualmente les aviva el seno,

con las risueñas auras, que en jaquecas
sordas convierte al húmedo sereno,
hace los cementerios corcovados.
Bartolomé Leonardo de Argensola

Gala, no alegues a Platón o alega

Gala no alegues a Platón o alega
algo más corporal lo que alegares,
que esos cómplices tuyos son vulgares
y escuchan mal la sutileza griega.

Desnudo al sol y al látigo navega
más de un amante tuyo en ambos mares
que te sabe los íntimos lunares
y quizá es tan honrado que lo niega.

Y tú, en la metafísica elevada,
dices que unir las almas es tu intento,
ruda y sencilla en inferiores cosas;

pues yo sé que Apuleyo más te agrada
cuando rebuzna en forma de jumento
que en la que se quedó comiendo rosas.
Bartolomé Leonardo de Argensola

A un privado

Oh tú, que en las sublimes aulas de oro
de reyes vives, huye, y escarmienta
del que a nado escapó de la tormenta,
echando al mar riquezas y tesoro.

Y cuando la Fortuna en su alto coro
vieres que el rostro alegre te presenta,
teme de Amor la rigurosa cuenta,
como tragedia que provoca a lloro.

¿Qué piensas que has de hallar firme y estable
donde están en sus tronos la mentira,
la lisonja, el engaño y la mudanza?

Huye de tu ruina lamentable,
que el cielo sólo arroja rayos de ira
a los que en él no ponen su esperanza.
Bartolomé Leonardo de Argensola


A una dama que desdeñaba un paje suyo, con quien estaba amancebada

Pues tú con tanta propiedad desdeñas
ese paje que es todo tu apetito,
miente de cualquier cosa el sobrescrito:
no es frío el hierro, ni ásperas las penas.

Sabe, señora, que una de tus dueñas
(a quien yo algunas veces ejercito)
me hace ver en tus brazos el cabrito
que, como cabra, en tu retrete ordeñas.

Pues yo le vi atreverse a tu camisa
suplir pródigamente ajenas menguas
de tu marido, por tu industria ausente;

y mientras ambos os chupáis las lenguas,
yo, atento al espectáculo, impaciente,
muerdo la mía con envidia y risa.
Bartolomé Leonardo de Argensola

2 comentarios:

  1. Que desconocía la obra de este personaje, pues en México, en la Cd. de Jilotepec lleva este nombre un Jardín de Niños en Canalejas, Municipio de Jilotepec Estado de México, y me llamó la atención por ello creo que los hombres ilustres como le llamamos en México, trascienden en la historia universal y han dado de si algo a la humanidad. Profr. Miguel Lucas Martínez. Licenciatura en Educación Preescolar. Docente de la Escuela Normal de Jilotepec.

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    1. Honrado me siento con sus palabras. Me alegra saber que mi humilde blog sirve para recuperar e incitar curiosidad por esos ilustres personajes. También me alegra la noticia de que en lugares tan alejados como Canalejas se honre la memoria Bartolome Leonardo de Argensola

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Ya tenemos portada definitiva.

Ya tenemos portada para este libro andariego que recorre media España, por tierra, mar y cielo.

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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