“Los miserables”, Víctor Hugo, capítulo 3



Las obras en armonía con las palabras.


         Su conversación era afable y alegre; se acomodaba a la mentalidad de las dos ancianas que pasaban la vida a su lado: cuando reía, era su risa la de un escolar.
         La señora Magloire lo llamaba siempre “Vuestra Grandeza”. Un día monseñor se levantó de su sillón y fue a la biblioteca a buscar un libro. Estaba éste en una de las tablas más altas del estante, y como el obispo era de corta estatura, no pudo alcanzarlo.
– Señora Magloire –dijo–, traedme una silla, porque mi Grandeza no alcanza a esa tabla.
No condenaba nada ni a nadie apresuradamente y sin tener en cuenta las circunstancias; y solía decir: Veamos el camino por donde ha pasado la falta
         Siendo un ex pecador, como se calificaba a si mismo sonriendo, no tenía ninguna de las asperezas del rigorismo, y profesaba muy alto, sin cuidarse para nada de ciertos fruncimientos de cejas, una doctrina que podría resumirse en estas palabras:
         “El hombre tiene sobre sí la carne, que es a la vez su carga y su tentación. La lleva, y cede a ella. Debe vigilarla, contenerla, reprimirla; mas si a pesar de sus esfuerzos cae, la falta así cometida es venial. Es una caída, pero caída sobre las rodillas, que puede transformarse y acabar en oración”.
         Frecuentemente escribía algunas líneas en los márgenes del libro que estaba leyendo. Como éstas:
         “Oh, Vos, ¿quién sois? El Eclesiástico os llama Todopoderoso; los Macabeos os nombran Creador; la Epístola a los Efesios os llama Libertad; Baruc os nombra Inmensidad; los Salmos os llaman Sabiduría y Verdad; Juan os llama Luz; los reyes os nombran Señor; el Éxodo os apellida Providencia; el Levítico, Santidad; Esdras, Justicia; la creación os llama Dios; el hombre os llama Padre;  pero Salomón os llama Misericordia, y éste es el más bello de vuestros nombres”.
         En otra parte había escrito: “No preguntéis su nombre a quien os pide asilo. Precisamente quien más necesidad tiene de asilo es el que tiene más dificultad en decir su nombre”.
         Añadía también:
         “A los ignorantes enseñadles lo más que podáis; la sociedad es culpable por no dar instrucción gratis; es responsable de la oscuridad que con esto produce. Si un alma sumida en  las tinieblas comete un pecado, el culpable no es en realidad el que peca, sino el que no disipa las tinieblas.”
         Como se ve, tenía un modo extraño y peculiar de juzgar las cosas. Sospecho que lo había tomado del Evangelio.
         Un día oyó relatar una causa célebre que se estaba instruyendo, y que muy pronto debía sentenciarse. Un infeliz, por amor a una mujer y al hijo que de ella tenía, falto de todo recurso, había acuñado moneda falsa. En aquella época se castigaba este delito con la pena de muerte. La mujer fue apresada al poner en circulación la primera moneda falsa fabricada por el hombre. El obispo escuchó en silencio. Cuando concluyó el relato, preguntó:
 – ¿Dónde se juzgará a ese hombre y a esa mujer?
– En el tribunal de la Audiencia.
Y replicó:
– ¿Y dónde juzgarán al fiscal?
Cuando paseaba apoyado en un gran bastón, se diría que su paso esparcía por donde iba luz y animación. Los niños y los ancianos salían al umbral de sus puertas para ver al obispo. Bendecía y lo bendecían. A cualquiera que necesitara algo se le indicaba la casa del obispo. Visitaba a los pobres mientras tenía dinero, y cuando éste se le acababa, visitaba a los ricos.
         Hacia durar sus sotanas mucho tiempo, y como no quería que nadie lo notase, nunca se presentaba en público sino con su traje de obispo, lo cual en verano le molestaba un poco.
         Su comida diaria se componía de algunas legumbres cocidas en agua, y de una sopa.
         Ya dijimos que la casa que habitaba tenía sólo dos pisos. En el bajo había tres piezas, otras tres en el alto, encima un desván, y detrás de la casa, el jardín; el obispo habitaba el bajo. La primera pieza, que daba a la calle, le servía de comedor; la segunda, de dormitorio, y de oratorio la tercera. No se podía salir del oratorio sin pasar por el dormitorio, ni de éste sin pasar por el comedor. En  el fondo del oratorio había una alcoba cerrada, con una cama para cuando llegaba algún huésped. El obispo solía ofrecer esta cama a los curas de la aldea, cuyos asuntos parroquiales los llevaban a D.
         Había además en el jardín un establo, que era la antigua cocina del hospital, y donde el obispo tenía dos vacas. Cualquiera fuera la cantidad de leche que éstas dieran, enviaba invariablemente todas las mañanas la mitad a los enfermos del hospital. “Pago mis diezmos”, decía.
         Un aparador, convenientemente revestido de mantelitos blancos, servía de altar y adornaba el oratorio de Su Ilustrísima.
– Pero el más bello altar –decía– es el alma de un infeliz consolado en su infortunio, y que da gracias a Dios.
         No es posible figurarse nada más sencillo que el dormitorio del obispo. Una puerta–ventana que daba al jardín; enfrente, la cama, una cama de hospital, con colcha de sarga verde; detrás de una cortina, los utensilios de tocador, que revelaban todavía los antiguos hábitos elegantes del hombre de mundo; dos puertas, una cerca de la chimenea que daba paso al oratorio; otra cerca de la biblioteca que daba paso al comedor. La biblioteca era un armario grande con puertas vidrieras, lleno de libros; la chimenea era de madera, pero pintada imitando mármol, habitualmente sin fuego. Encima de la chimenea, un crucifijo de cobre, que en su tiempo fue plateado, estaba clavado sobre terciopelo negro algo raído y colocado bajo un dosel de madera; cerca de la puerta–ventana había una gran mesa con un tintero, repleta de papeles y gruesos libros.
         La casa, cuidada por dos mujeres, respiraba de un extremo al otro una exquisita limpieza. Era el único lujo que el obispo se permitía. De él decía:
– “Esto no les quita nada a los pobres”.
         Menester es confesar, sin embargo, que le quedaban de lo que en otro tiempo había poseído seis cubiertos de plata y un cucharón, que la señora Magloire miraba con cierta satisfacción todos los días relucir espléndidamente sobre el blanco mantel de gruesa tela. Y como procuramos pintar aquí al obispo de D tal cual era, debemos añadir que más de una vez había dicho:    
– “Renunciaría difícilmente a comer con cubiertos que no fuesen de plata.”
         A estas alhajas deben añadirse dos grandes candeleros de plata maciza que eran herencia de una tía abuela. Aquellos candeleros sostenían dos velas de cera, y habitualmente figuraban sobre la chimenea del obispo. Cuando había convidados a cenar, la señora Magloire encendía las dos velas y ponía los dos candelabros en mesa.
         A la cabecera de la cama del obispo, había una pequeña alacena, donde la señora Magloire guardaba todas las noches los seis cubiertos de plata y el cucharón. Debemos añadir que nunca quitaba la llave de la cerradura.
         La señora Magloire cultivaba legumbres en el jardín; el obispo, por su parte, había sembrado flores en otro rincón. Crecían también algunos árboles frutales.
         Una vez la señora Magloire dijo a Su Ilustrísima con cierta malicia: 
– Monseñor, vos que sacáis partido de todo, tenéis ahí un pedazo de tierra inútil. Más valdría que eso produjera frutos que flores.
– Señora Magloire –respondió el obispo–, os engañáis: lo bello vale tanto como lo útil.
          Y añadió después de una pausa: Tal vez más.







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