Cuaresma del corazón.

 


Quiero velar mientras sueño,
Señor de la luz callada;
en tu desierto pequeño
mi alma quiere ser nada.

Que el ayuno sea claridad
que limpie la noche oscura,
y suba mi pobre verdad
como incienso en tu altura.

Que la limosna escondida
caiga como suave río,
y sane la vieja herida
del corazón siempre frío.

Quiero el pecho abierto al cielo,
como tierra tras la helada,
donde desciende en consuelo
tu brisa recién llegada.

Cuaresma abre su sendero
de silencio y de despojo;
dejo el polvo del sendero
y la niebla de mi enojo.

Mi alma me dice: detente,
mira la fuente escondida;
deja el peso de la mente
y vuelve al agua de vida.

Si alguna sombra me ata
y me niega lo prometido,
tu gracia rompe la plata
de todo nudo perdido.

Y al final del largo ayuno
cuando amanezca tu amor,
seré grano, seré humo,
seré llama en tu fulgor.


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Cuaresma del corazón.

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– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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