Quiero
velar mientras sueño,
Señor de la luz callada;
en tu
desierto pequeño
mi alma quiere ser nada.
Que el ayuno sea claridad
que limpie la noche oscura,
y
suba mi pobre verdad
como incienso en tu altura.
Que la limosna escondida
caiga como suave río,
y sane
la vieja herida
del corazón siempre frío.
Quiero el pecho abierto al cielo,
como tierra tras la
helada,
donde desciende en consuelo
tu brisa recién
llegada.
Cuaresma abre su sendero
de silencio y de despojo;
dejo
el polvo del sendero
y la niebla de mi enojo.
Mi alma me dice: detente,
mira la fuente escondida;
deja
el peso de la mente
y vuelve al agua de vida.
Si alguna sombra me ata
y me niega lo prometido,
tu
gracia rompe la plata
de todo nudo perdido.
Y al final del largo ayuno
cuando amanezca tu amor,
seré
grano, seré humo,
seré llama en tu fulgor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario