Tus hijos son tus hijos




 




Tus hijos son tus hijos, no lo olvides,
carne de tu carne y sangre de tu sangre;
son la vida que un día floreció en tu vida,
la espiga que creció junto a tu árbol,
el eco de tus pasos en el tiempo.

Acompáñalos siempre en la victoria,
cuando el éxito ilumine su camino
y el mundo les sonría complacido;
pero más aún cuando la noche llegue
y el desaliento llame a sus puertas.

Si tropiezan, no juzgues su caída;
tiéndeles la mano con paciencia.
Si se equivocan, muéstrales la senda,
porque nadie aprende sin heridas
ni alcanza la madurez sin extravíos.

Apóyalos cuando el miedo los visite,
cuando la duda nuble sus estrellas,
cuando el peso de la vida los incline
y parezca que el horizonte se oscurece.

No son hijos del ruido de su tiempo,
ni propiedad de leyes o consignas;
no pertenecen al Estado ni a la plaza,
ni a quienes pretenden modelar sus sueños
con moldes ajenos a su alma.

Nadie es dueño de aquello que respira,
nadie puede apropiarse de un destino;
porque cada hijo lleva en sus venas
la memoria de quienes lo engendraron
y el misterio irrepetible de sí mismo.

Son prolongación de tus desvelos,
de tus anhelos, de tus esperanzas;
vida de tus sueños más profundos,
sueño de la vida que te habita,
libertad nacida de tu libertad.

Y aunque un día se alejen de tu sombra
para buscar su propia primavera,
seguirán llevando en su equipaje
la luz que encendiste en sus primeros pasos
y el amor que sembraste en su conciencia.

Tus hijos son tus hijos.
No para retenerlos, sino para amarlos.
No para poseerlos, sino para guiarlos.
No para vivir por ellos, sino para enseñarles
a caminar por sí mismos bajo el cielo.

Y cuando emprendan solos el camino,
comprenderás al fin que tu tarea
no era darles tus alas, sino el vuelo;
no era trazar su ruta, sino enseñarles
a encontrar la verdad de su sendero.



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Tus hijos son tus hijos

  Tus hijos son tus hijos, no lo olvides, carne de tu carne y sangre de tu sangre; son la vida que un día floreció en tu vida, la espiga ...

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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