Al estío



Sol de estío que amenaza,

fuego en el aire encendido,

y el asfalto, dolorido,

bajo su rigor se abrasa.

Mas cuando el calor traspasa

y todo parece ardor,

una palabra de amor,

serena como una umbría,

trae sombra al mediodía

y brisa al corazón.


Tus hijos son tus hijos




 




Tus hijos son tus hijos, no lo olvides,
carne de tu carne y sangre de tu sangre;
son la vida que un día floreció en tu vida,
la espiga que creció junto a tu árbol,
el eco de tus pasos en el tiempo.

Acompáñalos siempre en la victoria,
cuando el éxito ilumine su camino
y el mundo les sonría complacido;
pero más aún cuando la noche llegue
y el desaliento llame a sus puertas.

Si tropiezan, no juzgues su caída;
tiéndeles la mano con paciencia.
Si se equivocan, muéstrales la senda,
porque nadie aprende sin heridas
ni alcanza la madurez sin extravíos.

Apóyalos cuando el miedo los visite,
cuando la duda nuble sus estrellas,
cuando el peso de la vida los incline
y parezca que el horizonte se oscurece.

No son hijos del ruido de su tiempo,
ni propiedad de leyes o consignas;
no pertenecen al Estado ni a la plaza,
ni a quienes pretenden modelar sus sueños
con moldes ajenos a su alma.

Nadie es dueño de aquello que respira,
nadie puede apropiarse de un destino;
porque cada hijo lleva en sus venas
la memoria de quienes lo engendraron
y el misterio irrepetible de sí mismo.

Son prolongación de tus desvelos,
de tus anhelos, de tus esperanzas;
vida de tus sueños más profundos,
sueño de la vida que te habita,
libertad nacida de tu libertad.

Y aunque un día se alejen de tu sombra
para buscar su propia primavera,
seguirán llevando en su equipaje
la luz que encendiste en sus primeros pasos
y el amor que sembraste en su conciencia.

Tus hijos son tus hijos.
No para retenerlos, sino para amarlos.
No para poseerlos, sino para guiarlos.
No para vivir por ellos, sino para enseñarles
a caminar por sí mismos bajo el cielo.

Y cuando emprendan solos el camino,
comprenderás al fin que tu tarea
no era darles tus alas, sino el vuelo;
no era trazar su ruta, sino enseñarles
a encontrar la verdad de su sendero.



Espinela del retorno







Entró por senda armoniosa

siguiendo un secreto ardor;

cruzó el templo interior

de la ciencia silenciosa.

Y en la región luminosa

donde el alma fue templada,

halló la piedra acabada;

volvió después al camino,

llevando un fuego divino

y una obra consumada.


Décima del Corpus.

 

Ya se engalanó la plaza,


ya huele a romero el sendero,


y pasa el sol verdadero


dejando luz a su traza.


La campana se desata,


canta el pueblo en unidad;


bajo la rica Custodia


camina la Majestad.


Y entre flores y alegría,


Dios visita la ciudad.


Cielo plomizo

 Cielo cubierto y plomizo, calor que el pecho devora, poniente que se incorpora con un húmedo hechizo. La piel, sin hallar permiso, guard...

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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