Padre, Señor de la altura,
de la tierra y de los
cielos,
ocultaste tus desvelos
a quien presume cordura.
Mas
con divina ternura
los mostraste al corazón
del pequeño,
en quien tu don
halló morada y abrigo;
pues sólo el
humilde amigo
comprende tu revelación.
Venid los de
alma rendida,
los cansados de luchar;
yo os enseñaré a
llevar
la carga de vuestra vida.
Mi mansedumbre es la
guía,
mi corazón, claridad;
hallaréis serenidad
si
aprendéis mi caminar,
porque mi yugo al llevar
se convierte en libertad.

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