“Hace
un tiempo algunos médicos y otras personas a las que la ley moderna
autorizó a dictar normas a sus conciudadanos menos elegantes
emitieron una orden que decía que había que cortar el pelo muy
corto a las niñas pequeñas. Me refiero, naturalmente, a aquellas
niñas pequeñas cuyos padres fueran pobres. Muchas costumbres
antihigiénicas son habituales entre las niñas ricas, pero pasará
mucho tiempo antes de que los médicos se metan con ellas. Ahora
bien, la cuestión que provocó esta interferencia concreta fue que
los pobres se encuentran tan presionados desde arriba, en submundos
de miseria tan apestosos y sofocantes, que no se les debe permitir
tener pelo, pues en su caso eso significa tener piojos. En
consecuencia, los médicos sugieren suprimir el pelo. No parece
habérseles ocurrido suprimir los piojos. Y, sin embargo, eso se
podría hacer. Como suele ocurrir en muchas conversaciones modernas,
lo innombrable es la base de toda la discusión. A cualquier
cristiano (es decir, a cualquier hombre con un alma libre) le resulta
evidente que cualquier coacción ejercida sobre la hija de un cochero
debería ser aplicada, si es posible, a la hija de un ministro del
gabinete. No preguntaré por qué los médicos no aplican de hecho su
norma a las hijas de los ministros del gabinete.
No
lo preguntaré porque lo sé. No lo hacen porque no se atreven. Pero
¿qué excusa esgrimirán, qué argumento plausible utilizarán, para
cortar el pelo de los niños pobres y no el de los ricos? Su
argumento consistirá en decir que la plaga aparecerá más
probablemente en el pelo de los pobres que de los ricos. ¿Y por qué?
Porque los niños pobres se ven obligados (contra todos los instintos
de las sumamente domésticas clases trabajadoras) a apiñarse en
habitaciones pequeñas según un sistema de instrucción pública
sumamente ineficaz, y porque en uno de cada cuarenta niños puede
encontrarse el mal. ¿Y por qué? Porque el hombre pobre está tan
por debajo de las grandes rentas de los grandes terratenientes que es
frecuente que su mujer también tenga que trabajar. Por tanto, no
tiene tiempo de cuidar a los niños, y, por tanto, uno de cada
cuarenta está sucio. Como el obrero tiene a esas dos personas por
encima de él, el terrateniente sentado (literalmente) sobre su
barriga, y el maestro de escuela sentado (literalmente) sobre su
cabeza, el obrero tiene que dejar que el pelo de su hijita, primero,
sea descuidado por culpa de la pobreza y, segundo, sea abolido en
nombre de la higiene. Es posible que él estuviera orgulloso del pelo
de su niña. Pero él no cuenta.
Sobre
este sencillo principio (o, más bien, precedente), el médico
sociólogo sigue adelante con alegría. Cuando una tiranía libertina
pisotea a los hombres en el polvo hasta que se les ensucia el pelo,
el camino de la ciencia queda expedito. Sería largo y laborioso
cortar las cabezas de los tiranos; es más fácil cortar el pelo de
los esclavos. Del mismo modo, si alguna vez llegara a ocurrir que los
niños pobres, gritando de dolor de muelas, molestaran a un maestro
de escuela o un artístico caballero, sería fácil sacarles todos
los dientes; si sus uñas estuviesen muy sucias, se les podrían
arrancar; sí sus narices moquearan, se les podrían cortar. La
apariencia de nuestros humildes conciudadanos podría simplificarse
de manera notable antes de que acabáramos con ellos. Pero todo esto
no es peor que el hecho brutal de que un médico pueda entrar en la
casa de un hombre libre, con una hija cuyo pelo puede estar más
limpio que las flores de primavera, y ordenarle que se lo corte.
Esa
gente nunca parece darse cuenta de que la lección de los piojos en
los suburbios es que lo que está mal son los suburbios, no el pelo.
El pelo es, por así decirlo, una cuestión enraizada. Su enemigo
(como los demás insectos y los ejércitos orientales de los que
hemos hablado) rara vez cae sobre nosotros. En realidad, sólo por
medio de instituciones eternas como el pelo podemos someter a prueba
instituciones pasajeras como los imperios. Si una casa está
construida de manera que al entrar nos arranca la cabeza, es que está
mal construida. La plebe nunca puede rebelarse si no es conservadora,
al menos lo bastante como para haber conservado alguna razón para
rebelarse. En toda nuestra anarquía, lo más terrible es pensar que
la mayor parte de los ataques librados en nombre de la libertad no
podrían librarse hoy día, debido al oscurecimiento de las limpias
costumbres populares de las que procedían. El insulto que hizo caer
el martillo de Wat
Tyler
(Nota:
campesino
que inició una revuelta golpeando con un martillo en la cabeza a un
recaudador de impuestos que atacó a su hija, en 1381)
podría haberse llamado hoy día «examen médico».Lo que el
Virginius
(Nota:
barco utilizado por los insurrectos de Cuba y Venezuela entre 1870 y
1873 para transportar armas y hombres en su lucha contra España )
odiaba y vengó como espantoso esclavismo podría ensalzarse ahora
como amor libre. El cruel sarcasmo de Foulon,
(Personaje de Historia de dos ciudades, de Charles Dickens) «¡Que
coman hierba!», podría representarse ahora como el grito agonizante
de un vegetariano idealista.
Las
grandes tijeras de la ciencia que cortarían los rizos de los pobres
niñitos de las escuelas se acercan, cada vez más amenazantes, para
cortar todas las esquinas y los flecos de las artes y los honores de
los pobres. Pronto estarán retorciendo pescuezos para que se adapten
a los cuellos limpios, y destrozando pies para que encajen en nuevas
botas. No parecen darse cuenta de que el cuerpo es algo más que
vestimenta; de que el sábado se hizo para el hombre; de que todas
las instituciones serán juzgadas y condenadas por no haberse
adaptado a la carne y al espíritu normales. La prueba de la cordura
política consiste en conservar la cabeza.
La
prueba de la cordura artística consiste en conservar el pelo.
Ahora
bien, la parábola y el propósito de estas últimas páginas, y sin
duda de todas ellas, es ésta: afirmar que debemos empezarlo todo de
nuevo enseguida, y empezar por el otro extremo. Yo empiezo por el
pelo de una niña. Sé que eso es una buena cosa en cualquier caso.
Cualquier otra cosa es mala, pero el orgullo que siente una buena
madre por la belleza de su hija es bueno. Es una de esas ternuras
inexorables que son las piedras de toque de toda época y raza. Si
hay otras cosas en su contra, hay que acabar con esas otras cosas. Si
los terratenientes, las leyes y las ciencias están en contra, habrá
que acabar con los terratenientes, las leyes y las ciencias. Con el
pelo rojo de una golfilla del arroyo prenderé fuego a toda la
civilización moderna. Porque una niña debe tener el pelo largo,
debe tener el pelo limpio; porque debe tener el pelo limpio, no debe
tener un hogar sucio; porque no debe tener un hogar sucio, debe tener
una madre libre y disponible; porque debe tener una madre libre, no
debe tener un terrateniente usurero; porque no debe haber un
terrateniente usurero, debe haber una redistribución de la
propiedad; porque debe haber una redistribución de la propiedad,
debe haber una revolución. La pequeña golfilla de pelo rojo dorado,
a la que acabo de ver pasar junto a mi casa, no debe ser afeitada, ni
lisiada, ni alterada; su pelo no debe ser cortado como el de un
convicto; todos los reinos de la tierra deben ser destrozados y
mutilados para servirla a ella. Ella es la imagen humana y sagrada; a
su alrededor, la trama social debe oscilar, romperse y caer; los
pilares de la sociedad vacilarán y los tejados más antiguos se
desplomarán, pero no habrá de dañarse ni un pelo de su cabeza".