La
rutina llama a la puerta
con sus médicos, sus analíticas,
sus
ejercicios y sus horarios.
Pero aún permanece en la memoria
el aire de la montaña,
el
perfume áspero del romero,
la quietud de los chopos
y la
sombra de los pinos.
Cuando llega la noche,
las ranas comienzan su
concierto,
insistente, monótono,
quizá demasiado
entusiasta.
Y uno descubre entonces
que hasta el ruido de la
naturaleza
puede convertirse en nostalgia
cuando la ciudad
vuelve a llamar.
Miguel Navarro.