Melancolía otoñal

 


Bajo un cielo de plomo, lento y frío,
despierta la ciudad entre la niebla;
los hombres van, siguiendo su destino,
con el alma ceñida a sus tareas.

Cruza el aire una risa de muchacho,
una canción de infancia fugitiva;
y el mundo, con su prisa y sus horarios,
se traga aquella música encendida.

Las escuelas reciben a los niños,
la calle se hace río de presencias,
y cada cual, envuelto en sus abrigos,
camina hacia el deber y la costumbre.

Mas hay un reino al margen de las horas,
un territorio ajeno a la fatiga,
donde las palomas, libres y señoras,
pasean su inocencia por la umbría.

No conocen la angustia de los días,
ni el peso de los años que nos lleva;
bajo los árboles, dueñas de sí mismas,
habitan un silencio que no espera.

Y arriba, en las ramas todavía,
el otoño consuma su prodigio:
los árboles desnudan su memoria,
dejan caer su oro en el camino.

Hoja a hoja, se entregan al olvido,
cobre y ocre derraman sobre el suelo;
cada hoja es un instante ya vivido,
cada alfombra, una página del tiempo.

El viento escribe allí sus despedidas
con una mano invisible y callada;
y la tierra, que todo lo cobija,
recibe cuanto el árbol le regala.

¡Qué extraña majestad la de las ramas
cuando, desnudas, se alzan hacia el cielo!
Ya no tienen el oro que las ciñera,
pero muestran la hondura de su leño.

Así también nosotros, caminantes
bajo este cielo gris que nos contempla,
vamos dejando atrás, sin darnos cuenta,
lo que un día creímos inmutable.

Se desprenden los años de la vida,
los rostros, las palabras, las promesas;
y aquello que perdimos en la huida
se vuelve, al recordarlo, luz secreta.

Quizá vivir no sea retenerlo,
ni atar a nuestro pecho lo que pasa;
quizá sea aprender, mientras lo vemos,
a bendecir aquello que se marcha.

Que caigan, pues, las hojas de los días;
que el viento se las lleve donde quiera.
Hay una luz detrás de cada pérdida,
una verdad debajo de cada ausencia.

Y cuando el tiempo, al fin, nos despoje
de cuanto fue esplendor, nombre y apariencia,
que permanezca en pie, como los robles,
la desnuda verdad de nuestra esencia.

Porque hay una hermosura que no grita,
un misterio que el alma apenas nombra:
la gracia de perder lo que termina,
la paz de lo que cae y nos transforma.

Y acaso, cuando el último oro caiga
y el frío cubra el parque de silencio,
comprendamos que nada se extravía
si ha dejado en el alma algún recuerdo.

Que todo cuanto parte nos enseña,
que todo cuanto acaba nos revela
que existe una belleza inagotable
en aquello que el tiempo nos libera.

Y así, bajo este cielo de ceniza,
mientras la tarde lentamente cierra,
las palomas prosiguen su camino,
los árboles aguardan la primavera.

Y nosotros, tan frágiles, tan nuestros,
con nuestras breves dichas y tristezas,
seguimos caminando entre las hojas,
aprendiendo a soltar lo que nos queda.

Miguel Navarro













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– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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