A Ti
te busco, Señor mío,
noche y día, sin descanso;
en la
tristeza y en la alegría,
en la esperanza y el quebranto.
A Ti te busco, Dios mío,
en lo profundo de los valles,
en
las alturas inconmensurables,
en la inmensidad del mar
y en
la silenciosa tierra.
Te busco en la luz que amanece
y en las sombras que me
envuelven;
en el silencio de mis noches
y en el clamor de
mis días.
No sé si llegaré a encontrarte,
ni si mis pasos alcanzarán
tu morada.
Pero, aunque ignore dónde estás,
aunque no
escuche tu llamada,
seguiré buscándote, Señor,
porque
quizá buscarte
sea ya una forma de encontrarte.
Miguel Navarro.
