CUARTETOS A UN VIEJO CON ALIENTOS DE MOZO (Canónigo Francisco Agustín Tárrega,1554-1602)

CUARTETOS A UN VIEJO CON ALIENTOS DE MOZO.

¿De qué sirve la locura
por quien en vano te pierdes?
¿Qué son pensamientos verdes
en una edad tan madura?


¿Qué te aprovecha enristrar
lanzas al contrario pecho,
si a pocos dedos de trecho
te faltan por no encontrar?

Para la justa de amor,
viejo, por tus negros males,
tienes las armas cabales,
mas eres mal justador.

Vas procurando un escudo
en cuyo campo de goles
unos rayos como soles
tiene un Cupido desnudo.

Y en él, vejete traidor,
pones tus armas tan mal.
que son metal con metal
y color sobre color.

No vienen todas al justo
pues, por tus negros pecados,
están los cuerpos cuitados
sin los perfiles del gusto.

Dicen que se han de pintar
las aves con fundamento
en el propio movimiento
de que mas suelen usar,

Y tú, por muy grande hazaña
esa tu triste aguilica
la pones muy pajarica
habiendo de estar grifaña.

Bien harás si te desarmas
y das en ser escudero,
que no eres buen caballero
pues tienes falsas las armas:

No cabalgues sin espuela,
y mira que dicen todos
que el secreto de los godos,
que descubrió centinela,

No te puede aprovechar,
ni su blasón te llamaba,
que mal servirá  a la cava

quien cava sin ahondar.
Canónigo Francisco Agustín Tárrega (Segorbe, 1554 - Segorbe, 1602).

Fuentes biografía: Wikipedia

Fue canónigo de la Catedral de Valencia desde 1584 y miembro asiduo de la Academia de los Nocturnos, famosa tertulia literaria, con el cargo de consiliario de la misma y el sobrenombre de "Miedo". Para más información sobre el autor puedes visitar mi entrada de Francisco Agustín Tárrega, de fecha 26 de mayo de 2014.


El bien común.

Cuando un barco se halla inmerso en una feroz tormenta en alta mar, son el timonel y el capitán, el más humilde y el mando supremo, los elementos indispensables, las piedras angulares, que permiten llevar a buen puerto la nave. El resto, intendencia, sanitarios, cocina, pasajeros y mercancías son lastre pesado cuya descoordinación pueden ocasionar serios trastornos a la navegación.

Los cantos de sirenas con sus falsas promesas siempre prometidas, siempre incumplidas, sus utópicos mundos, sus lejanas realidades, sus continuas mentiras, sus futuros populistas, sus mediocridades cotidianas, sus revoluciones con piel de cordero, pueden hacer perder el rumbo por las profundidades abisales de la tormenta.
Tener claro dónde queremos ir, cómo y cuándo, los medios que disponemos y lo que NO podemos sacrificar en nombre de ninguna bandera, recortadora o revolucionaria, permitirá que seamos todos quienes salgamos a flote.
Somos personas, no votos ni resultados económicos. Pensemos como personas libres e íntegras.
Con excepción de dos instituciones, entendiéndolas como tal y no como lo que representan, que han procedido de forma decidida y positiva, a su renovación y regeneración (no escondo mis simpatías por la Iglesia y la Monarquía), el resto de las fuerzas sociales, políticas, económicas, sindicales y demás, todavía se encuentran en paños menores. Bebes en pañales a quienes de forma lamentable les falta una gran dosis de aprendizaje ético y político.
En estas lastimeras horas de un año electoralista debemos saber los individuos, las personas al margen de sindicatos, partidos, organizaciones empresariales y demás falseadores de la sociedad, lo que es el bien común que todos nos pertenece por derecho propio y naturaleza divina. Quien lo manipule, como hacen tantos hoy en día, es una serpiente hipócrita ajena a los intereses de la sociedad.
En todas las organizaciones hay buenas personas, que luchan por el bien común, y otras, menos buenas, que pretenden apoderarse de él en beneficio propio. Seamos capaces de desenmascararlos, desnudarlos sin vergüenzas para mostrarles tal cual son. No pido castigos, tan solo que se les impida ejercer su nefasto poder en nombre de los demás.
El bien común se entiende como el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus individuos el logro más pleno y más fácil de la propia perfección.
No consiste en una simple suma de los bienes particulares de cada sujeto del cuerpo social, por tanto es indivisible y solo juntos es posible alcanzarlo, acrecentarlo y custodiarlo.
Si cada individuo se realiza dentro del cumplimento del bien común, el actuar social alcanzará su propia plenitud en la realización del bien común. Estamos, cada individuo inmerso en una sociedad, al servicio del otro.
Como el bien común otorga una dimensión social y comunitaria del bien moral, una sociedad que quiera estar al servicio del ser humano es aquella que se propone como meta prioritaria el bien común.
Ninguna persona puede encontrar su realización plena sólo en sí misma. Esto implica en ser “con” y “para” los demás, por tanto el bien común no se limitará a una convivencia en los diversos niveles de vida social, sino también exigirá una búsqueda incesante del bien, es decir, del sentido y de la verdad que se encuentran en las formas de vida social existentes.
El bien común nos exige un comportamiento ético encaminado a la honradez, el  compromiso por la paz, la correcta organización de los poderes del estado, un sólido ordenamiento jurídico que defienda una vida plena e íntegra, cuidar el medioambiente como parte de nuestra propia esencia y futuro, prestación de servicios esenciales a las personas, como trabajo, transporte, salud, cultura, estudios, alimentos, etc; una cooperación internacional encaminada a buscar el equilibrio honesto de las naciones,

Es un deber de todos los miembros de la sociedad, nadie puede ni debe quedar excluido de su exigencia y cumplimiento. Es necesario aplicar el principio de la búsqueda del bien de los demás como si fuese el bien propio.

La prueba de mi verdad.- Exposición de la BNE

La prueba de mi verdad

fuente: Biblioteca Nacional de España (BNE)

Este verso de Teresa de Jesús resume lo que pretende ser la exposición de la BNE sobre su vida y obra en la conmemoración del V centenario de su nacimiento.

El discurso de su vida marca el camino, y sus palabras ilustran ese transcurso vital que comienza un miércoles, 28 de marzo de 1515 y se apaga en octubre de 1582 para empezar a brillar desde entonces como ejemplo para todos: en 1588 el gran humanista fray Luis de León editará sus obras y hablará de la “elegancia desafeitada” de su escritura y del deleite que da leerla, y en 1622 la santificará Gregorio XV.
Teresa es una apasionada lectora desde su infancia, y esa condición indispensable para que pudiera ser tan excepcional escritora se mostrará con sus lecturas, con los libros que ella cita; el mismo marco de la exposición, la BNE, es un homenaje a esta gran creadora.
Fue persona frágil de salud, pero fortísima en voluntad y decisión; y así se pone de manifiesto en el camino de su elección personal, su toma de hábito como carmelita, y lo que le lleva a la búsqueda del auténtico sentido de esa vida monacal no solo para sí, sino para las monjas carmelitas que quieren vivir, como ella, en pobreza y oración. Sus fundaciones son el fruto de esta gran obra reformadora.
Teresa escribe una prosa enormemente visual gracias a las comparaciones que crea, y lo hace para que sus lectoras –monjas carmelitas– puedan entender fácilmente lo que quiere describir y contar. La escritora necesitaba imágenes para su vivencia espiritual, y al mismo tiempo supo recurrir a la realidad que le rodeaba para expresar las complejas experiencias que quería describir. Imitándola, la exposición quiere hacer visibles algunas de las alegorías que ella utiliza, y acompañarlas con las creaciones artísticas que ilustran su obra o que derivan de ella.

Los rasgos de su personal escritura podrán verse en manuscritos que se expondrán por primera vez en la Biblioteca Nacional, junto a bellas obras pictóricas como ilustraciones de lo que ella dice en esos textos.
Sus escritos siguen siendo una escuela de análisis del alma, y su obra ha dejado una hondísima huella en todo el mundo. Mostrarlo de manera visual y atractiva es el objetivo de “La prueba de mi verdad”, para así abrir las páginas de su obra a futuros lectores.


Información práctica

Del 12 marzo al 31 de mayo de 2015
Sala Recoletos de la Biblioteca Nacional de España

Más información en:



A la profesión de Isabel de los Ángeles
Santa Teresa de Ávila

Sea mi gozo en el llanto,
sobresalto mi reposo,
mi sosiego doloroso,
y mi bonanza el quebranto.

Entre borrascas mi amor,
y mi regalo en la herida,
esté en la muerte mi vida,
y en desprecios mi favor.

Mis tesoros en pobreza,
y mi triunfo en pelear,
mi descanso en trabajar,
y mi contento en tristeza.

En la oscuridad mi luz,
mi grandeza en puesto bajo.
De mi camino el atajo
y mi gloria sea la cruz.

Mi honra el abatimiento,
y mi palma padecer,
en las menguas mi crecer,
y en menoscabo mi aumento.

En el hambre mi hartura,
mi esperanza en el temor,
mis regalos en pavor,
mis gustos en amargura.

En olvido mi memoria,
mi alteza en humillación,
en bajeza mi opinión,
en afrenta mi victoria.

Mi lauro esté en el desprecio,
en las penas mi afición,
mi dignidad sea el rincón,
y la soledad mi aprecio.

En Cristo mi confianza,
y de El solo mi asimiento,
en sus cansancios mi aliento,
y en su imitación mi holganza.

Aquí estriba mi firmeza,
aquí mi seguridad,
la prueba de mi verdad,
la muestra de mi firmeza.





Soneto al Beato Fray Nicolás Factor por el doctor Jerónimo Virués.

El Doctor Jerónimo Virués formó parte de la Academia de los Nocturnos, de Valencia (1591–1594). Nació en Valencia en el seno de una familia culta. Era hijo del médico y humanista Alonso de Virués, a quien se ha relacionado con Luis Vives, y tuvo tres hermanos: Cristóbal, militar y poeta que participó, entre otras, en la batalla de Lepanto, Francisco, que fue teólogo y beneficiado de la Iglesia de Valencia, y Jerónima Agustina Benita que se distinguió por su conocimiento del idioma latino.


SONETO
AL Santo Fray Nicolás Factor

Entre manjares ver un hombre hambriento,
verle entre ropas roto y destrozado,
entre riquezas ser necesitado
y en medio el mundo verle d'él esento.

Verle entre los trabajos más contento
y entre regalos ir mortificado,
cosa es grande, martirio bien pensado,
y de corona digno vencimiento.

El Padre Nicolás Factor dichoso
es en quien tanta santidad se encierra,
cuyo valor ilustra el patrio suelo.

Y el deseo de ver al Rey glorioso
tan a menudo le elevó en la tierra
que al fin lo eleva para siempre al cielo.



Beato Nicolás Factor (1520-1583) por Vicente Castell Maíques.              

Pedro Nicolás Factor vio la luz en Valencia en la festividad del Príncipe de los Apóstoles del año 1520. Es, por consiguiente, un lustro más joven que la madre Teresa de Jesús y viene al mundo cabalmente un año antes que el gentilhombre Iñigo de Loyola colgara su espada y su daga ante la Virgen de Montserrat, dando otro cauce a sus ambiciones de gloria.
A los diecisiete años ingresa en la observancia franciscana, siendo ordenado de sacerdote en 1544, a poca distancia del concilio de Trento, que se inauguró al siguiente año. Fray Nicolás pertenece al movimiento de la restauración católica que, a raíz de aquel famoso concilio, cobra un impulso poderoso y de larga significación. La España de Cisneros, que ya conoció esta inquietud reformadora, vive ahora la era gloriosa de su mística. Como densa cordillera de altas cumbres, abundarán los santos de temple, de perfil acusadamente enérgico. Pero es indiscutible que en el horizonte de toda la Iglesia destacan como figuras señeras Ignacio y Teresa –fundador y reformadora–, que en medio de una actividad increíble practican y enseñan las doctrinas más elevadas de la vida espiritual al alcance de todos. Brilla también el austerísimo fray Pedro de Alcántara, que infunde renovado vigor en el viejo tronco franciscano, al par que dirige a Teresa de Jesús, a Luis de Granada, a Juan de Avila, a Francisco de Borja... En tanto, el maestro de Andalucía promueve la regeneración del clero y del pueblo, ayuda a la naciente Compañía y da por buenas las «locuras» del hermano Juan de Dios. Desde 1544 fray Tomás de Villanueva, asceta y teólogo, difunde entre su grey valentina aromas de subida caridad y predica el Evangelio en sermones de clásica factura.
En esta constelación gloriosa brilla con luz propia el extático Nicolás Factor. Tiene rasgos comunes con éstos y los demás santos contemporáneos. Mas su vida toda semejaba ya desde la infancia una réplica afortunada del Pobrecillo de Asís, sin menoscabo de su personalidad inconfundible. Como una estrella difiere de otra estrella.
El primer escenario de sus virtudes fue Valencia, su ciudad natal. Yendo de niño a la escuela, vio a la puerta de la parroquia de San Martín un pobre leproso. Arrebatado por superior impulso, se arrodilló y le besó pies y manos con mucha humildad. Repitió la escena con una enferma a las puertas del hospital de San Lázaro, y con parecidas muestras de caridad servía a los enfermos pobres. Ayunaba cada semana y con toda naturalidad agradeció a un falso delator su solicitud en corregirle, no obstante haber seguido a la acusación un azote del maestro.
Siendo religioso hubo de aceptar bien pronto prelacías, juzgando los superiores que el mejor estímulo para los religiosos sería proponerles el ideal seráfico en un modelo de carne y hueso. Así fue guardián de los conventos de Santo Espíritu, Chelva, Val de Jesús, Murviedro (Sagunto), de los recoletos de Bocairent y también maestro de novicios. Cada vez que esto ocurría, entraba en duro conflicto su voto de obediencia con su humildad. Cuando se le encomendó el monasterio de la Val de Jesús en 1568, antes de aceptar, como de costumbre, consultó en la oración la voluntad de Dios. Y con la violencia del amor divino quedó arrebatado en éxtasis, del que no podían despertarle los absortos religiosos, oyéndole repetir: «Mi corazón está aparejado, Dios mío, aparejado está mi corazón». Todos los días tomaba tres disciplinas de sangre, especialmente antes de celebrar la santa misa. Su ordinaria comida era a pan y agua, con pocas excepciones; le bastaba una sola túnica y caminaba a pie descalzo. El sueño, sobre ser brevísimo, lo tomaba en dura tabla y por cabecera acomodaba un leño o una piedra. Era el primero en acudir a los actos de comunidad, en servir al hermano. En la oración se le veía atentísimo y perseverante, de modo que ninguna ocupación le distraía de la presencia y trato con Dios.
Su caridad necesitaba más campo y desbordábase más allá del claustro. Anunciaba el reino de Dios, aconsejaba, fue confesor ordinario de las religiosas de la Trinidad de Valencia, de las clarisas de Gandía y, por mandato de Felipe II, de las Descalzas Reales de Madrid. Atendía a los apestados, y cuando el cielo negaba el agua a los campos, como aconteció en Chelva, interponía su oración y penitencias con las de la comunidad.
Este pueblo y su comarca gustaron los primeros ensayos de su predicación. Dicción sencilla y breve, palabras de fuego, la fuerza irresistible de su ejemplo y las mejores gracias con que la naturaleza puede favorecer a un orador. He aquí los elementos que conjugaban su celo ardiente y su ingenio agudo para conmover y convertir.
También sintió impulsos incontenibles de derramar su sangre en defensa de la fe, e instó para ir a tierra de infieles. Predicando en Segorbe a unos mahometanos obstinados, ofreció, como San Francisco al sultán, arrojarse entre las llamas, dejando a su voracidad la decisión sobre la verdad o falsedad de la religión.
Los pobres y los enfermos seguían siendo sus predilectos. En la olla de caridad dejaban los religiosos su limosna, que fray Nicolás recogía y aumentaba, gozando en distribuirla por sí mismo. Allegaba otros recursos más pingües, y, cuando menos podía, se desprendía de su capa y hasta de su túnica, como aconteció en Játiva. Ningún pobre marchó defraudado, incluso en tiempos de hambre y de peste. La fe del guardián superaba las urgencias de tantos infelices sin que la despensa menguara sus existencias.
La madre más tierna no trataría mejor a sus hijos que fray Nicolás a los enfermos del hospital, promoviendo con su ejemplo este género de caridad entre la misma nobleza. En los pobres llagados le parecía ver a Jesucristo llagado por nuestros pecados, y sin poderse contener les besaba pies, manos y llagas. Estas muestras de fuerte religiosidad penitencial no podían menos de herir la sensibilidad de aquellos hombres pulidos y cargados de perfumes. Eclesiástico hubo que le advirtió se guardase de aquellas demostraciones, calificándolas de virtud grosera. Pero qué razones no le diría el bendito fraile –que se creía por sus pecados y su ingratitud para con Dios digno de mayores humillaciones, siendo así que el Señor había sufrido tanto por él– que el prudente monitor quedó edificado y corregido. Un canónigo que le advertía lo mismo no pudo menos de conmoverse ante una de estas escenas a la puerta de la Seo, y dio su limosna al pobre. Animóle Nicolás a mejorar su disposición, y lo inaudito fue que el impresionable canónigo se arrodilló y besó al pobre por amor a Cristo. En cambio, a un religioso compañero le contuvo en otra ocasión, excusándole por lo delicado de su estómago. El hospital de San Lázaro contempló extremos mayores con los horrendos leprosos, seguidos de arrebatos extáticos.
Si San Ignacio hubiese juzgado el espíritu de fray Nicolás, hubiera dicho que estaba en el tercer grado de humildad –el más excelente–. En las moradas teresianas se hallaría sólo por lo que va dicho muy adentro de la sexta. Para San Francisco, este imitador fiel de Jesucristo había alcanzado la perfecta alegría. Realmente la locura de la cruz había hecho presa en él.
No obstante, este hombre extraño, que parecía encontrar sus delicias todas en la penitencia y en la humillación, poseía en alto grado el sentimiento de la bondad y de la belleza. La creación le extasiaba, gustaba infinito de la música, componía versos y manejaba con destreza los pinceles. Nada más agradable que gozar de su trato.
Su sensibilidad exquisita le inclinaba al cultivo de la amistad, buscando y comunicándose con los santos de su siglo. Viéndole sus frailes en cierta ocasión muy determinado a tomar viaje, le preguntaron a dónde iba: «Voy, dijo, a ver a aquel grande santo rector de la Alcora, que es de las almas que hoy más agradan a Dios». Así era el venerable Juan Bautista Bertrán. En la ciudad que, promediado el siglo XVI, semejó a Pérez de Ayala una Babilonia, y lo demás –su reino– tierra de infieles, no todo era corrupción de costumbres e hipocresía morisca. Florecían los franciscanos Beato Andrés Hibernón y San Pascual Bailón, el mínimo Beato Gaspar Bono, San Luis Beltrán, el patriarca y arzobispo Juan de Ribera y una pléyade de almas de vida integérrima. A muchos de éstos conoció y trató nuestro Beato, y los que de ellos le sobrevivieron fueron testigos excepcionales en su proceso de canonización.
Mas el amigo entrañable e íntimo fue el dominico San Luis Beltrán. De nuevo el abrazo del hábito blanco y negro con el sayal y la cuerda. La luz y el fuego fundiéndose en la misma llama. Ambos se conocían, mejor dicho, cada uno veía la santidad del otro sin reconocer la propia. En los dos, la misma ambición y los mismos temores. A no ser por fray Nicolás, el austero y melancólico dominico hubiese acabado sus días en una cartuja, al paso que éste hubo de sostener la esperanza del franciscano, que le preguntaba angustiado una y otra vez: «¿Qué os parece, Luis, me salvaré?» Ésta debió de ser su cruz mental, la noche oscura, el contrapeso de las gracias extraordinarias durante toda su vida, que se hizo sentir más pesadamente desde la muerte del amigo (octubre 1581). Seis meses después, Nicolás Factor, anhelando mayor perfección seráfica, pasaba al convento recoleto de Onda. Y al disolver Felipe II esta provincia tarraconense, el atormentado religioso emigró a los capuchinos, recién llegados a Barcelona, que por aquellos días renovaban la vida eremítica y las estrecheces de los primeros franciscanos. Mas en junio de 1583 decide el retorno a la observancia y a su primer convento de Santa María de Jesús. Este humano fracaso lo atribuía a su carácter voluble, mientras respondía con mansedumbre edificante a los impertinentes: «Vine de santos, fui a santos y he vuelto a santos».
Tenía el humilde franciscano éxtasis frecuentes. La hermosura de la creación, una conversación espiritual, las grandes solemnidades litúrgicas eran motivo para sus arrebatos místicos. Sabía esto el famoso arzobispo de Tarragona, Antonio Agustín. Habiendo logrado hospedarle en su palacio, cuando su regreso de Barcelona, quiso obsequiarle con un rato de música. Entonaron los cantores el salmo «Laudate Pueri Dominum», y no bien llegaron al segundo verso, «Sit nomen Domini benedictum», se elevó el siervo de Dios con su semblante encendido. Hizo el devoto prelado que le retratase un pintor y él mismo compuso unos versos latinos como pie del cuadro, que luego, puestos en música, se complacía en oír.
Fácil sería recoger en esta semblanza episodios reveladores de sus virtudes heroicas, del don de profecía y milagros, de sus luchas titánicas contra el enemigo de nuestra salvación, de su devoción profunda a los sagrados misterios de la Trinidad, Eucaristía, Pasión..., de su amor inefable a la Santísima Virgen, cuyas imágenes reprodujo tantas veces su devota inspiración. Estimaba en tanto su fe, que escribió una profesión de ella con su propia sangre, colgando esta cédula ante la imagen de Nuestra Señora de la Vela, en el monasterio de la Trinidad. Valga por todas las anécdotas el siguiente testimonio de San Luis Beltrán, nada amigo de lisonjas. Decía muchas veces que, «Nicolás, aun estando aquí en la tierra, había llegado a amar y gozar del Sumo Bien, casi como le aman y gozan los bienaventurados».
Las cartas y opúsculos que escribió fueron breves y no forman un cuerpo de doctrina. Sin embargo, bien hubiera podido hacerlo, porque era buen escritor, gran maestro de espíritu y sabía declarar la teología espiritual con símiles maravillosos. Un tratadito que ha quedado sobre Las tres vías refleja la capacidad de su magisterio.
Cuando el 13 de diciembre llegó a Valencia, enfermo y extenuado, la carrera del Beato Nicolás tocaba a su fin. El día 23, fortalecido con los sacramentos y puestos los ojos en el crucifijo, dio el último aliento, pronunciando estas palabras: «Jesús, creo», que resumen los ideales de su vida: el amor entrañable a la Santa Madre Iglesia y al Hijo de Dios humanado.
Había rogado que le enterrasen en un muladar, «porque no debía ser colocado entre sus hermanos un hombre tan ingrato a su Dios y Señor». En cambio, su cadáver exhalaba un perfume celestial los nueve días que permaneció insepulto, como lo atestiguan cuatro informaciones jurídicas. Aún duraba la suave fragancia cuando en 1586 Felipe II mandó abrir el féretro para venerar los sagrados despojos de su bienaventurado amigo.

Vicente Castell Maíques,
Beato Nicolás Factor, en Año Cristiano, Tomo I,
Madrid, Ed. Católica (BAC 182), 1959, pp. 499-504.

El ladrón devoto.

       Tres jinetes bajan por la encrucijada. El primero ballesta lleva, el segundo, arco a la espalda, y el tercero guarda una espada por si alguien resiste en la celada.
       Un árbol moribundo, de grueso tronco y pesadas ramas, mala sombra cobija a un abrevadero de una fuente cercana. Preside el cruce una pequeña ermita con la Virgen del Camino que guarda y cuida a los peregrinos.
       Los caballos descansan y mientras reponen fuerzas en la fuente uno de los caballistas desciende y se acerca a la imagen que sombría le recibe como presagiando los acontecimientos venideros.
       El hombre, de marcadas cicatrices en hombros y cara, se arrodilla ante ella y una vieja oración recita. Pide por los que atrás quedaron, por los zagales para que puedan comer, por la mujer que llorosa le despidió al partir al alba. Algo para comer era lo que prometió antes de salir a la emboscada. El hombre, ya postrado en el suelo, sus lágrimas derrama a los pies de la imagen santa.
       –¿Qué hace ese gañán? –preguntó el arquero.
       -Cuando salimos por los caminos –respondió el de la ballesta– para asaltar a cuantos hallamos en nuestras fechorías y encontramos una imagen de la Virgen, él se detiene bajando de la cabalgadura para recitar sus oraciones.
       -Mal obra un ladrón -dijo el arquero– que antes de robar pide perdón. Quien se arrepiente del pecado antes de pecar puede que el crimen le salga mal.
       El hombre continuó burlón con chanzas hasta que llegado a un punto se acercó hacia la imagen con intenciones aviesas.
       Raudo, el ladrón que oraba sacó del cinto la espada y hacia él se dirigió con tono amenazador.
       -Mientras corra sangre por mis venas nadie sacrilegio cometerá. Soy ladrón y quizás no lo fuese si no tuviese familia que mantener. Jamás he fallado en mis empresas así pues no te acerques o aquí terminó todo.
       El ballestero más preocupado del robo que de la pendencia, ordenó a los contendientes que guardaran sus bríos para otro momento. Había que reanudar el camino antes que la diligencia llegase al bosque. Allí, escondidos entre los matorrales, detendrían su paso y asaltarían a sus ocupantes. La orden fue cumplida continuando su camino rumbo a la espesura no sin antes lanzar el orante un último vistazo a la imagen sagrada.
       Los asuntos humanos se tuercen cuando menos lo esperamos. Sucedió que la fama de estos ladrones ya se había extendido por la comarca y un grupo de voluntarios se habían preparado para acabar con los salteadores.
       En ocasiones puede suceder que el cazador confiado se convierta en cazado. Cuando detuvieron el paso de la diligencia un grupo de hombres armados salió de su interior. La sorpresa fue mayor cuando los asaltantes descubrieron que estaban rodeados. La resistencia no se hizo de rogar pues cuando uno tiene orgullo, el otro tiene vanidad.
       El primero en caer fue el arquero que sobre él se abalanzaron tres jóvenes que en el momento lo mataron.
       Tres jinetes bajaban por la encrucijada, dos huían por la cañada. Perseguidos por una docena de hombres, acompañados por una jauría de mastines, uno a uno les daban caza.
       El ballestero fue el siguiente en rendir sus cuentas ante el Altísimo. Breve y feroz fue la contienda, mas poco pudo hacer cuando llegaron refuerzos de la aldea.
       Quien mal anda, mal acaba. Al último lograron prender en la encrucijada, a los pies de María mientras por su vida suplicaba. No hubo consejo, tampoco piedad. Allí mismo juzgaron y condenaron que en la horca fuesen a colgar.
       En el árbol la soga esperaba. Los ojos le cubrieron con un pañuelo bien atado. Le alzaron en la rama con fuerza y con brío. No había duda, bien colgado estaba el bandido. Por muerto lo dieron y al pueblo regresaron no sin antes nombrar alguien que vigilase para que no robasen el cuerpo.
       Mas si el destino se halla escrito en las piedras del camino, es la Providencia quien decide quién va y quien vino. La Madre Gloriosa, compadecida de aquel pobre bandido, acudió en auxilio de aquel que siempre arrepentido sus penas pagó. Ella, que a sus devotos en las penurias suele valer, a aquel condenado quiso agradecer tantas lagrimas que a su imagen regalaba.
       Puso sus manos preciosas a los pies de aquel que colgado estaba y, al verse de su sufrimiento aliviado, no sintió dolor alguno. Jamás hubo pecador que tan bien fuese pagado. Nadie se dio cuenta de lo que sucedía y el vigilante que muerto le creía poca atención le concedía.
       Como era la costumbre del lugar, al día tercero vinieron parientes, amigos y conocidos que pesarosos acudían al triste final que se vio sometido.
       Al llegar al lugar le encontraron con el alma alegre y sin daño en el cuerpo. Decía que a sus pies algo le sujetaba que mal alguno no sentiría aun si colgase durante todo un año.
       Al ver el centinela lo que allí sucedía, la voz de alarma dio a la aldea. Cuando los que le ahorcaron lo oyeron, creyeron que un falso nudo hicieron. Molestos estaban por no haberle decapitado cuando la oportunidad de ello tuvieron.
       El grupo se reunió en manada y consideraron que si no gozaron cuando lo ahorcaron, ahora gozarían lo que no terminaron. Se pusieron de acuerdo y, ya fuese con hoz o espada, allí lo degollarían para que la villa no fuera afrentada.
       Eligieron a los mancebos más osados para que fuesen de inmediato  a ejecutarlo, con buenos cuchillos y grandes navajas. Hasta la encrucijada fueron todos los aldeanos para contemplar la ejecución como manda la mala calaña.
       Atrapado lo tenían, la familia nada podía contra toda la villa que unida venía. El hombre tendido en el suelo permanecía creyendo que esta vez era la ocasión en que ya no saldría. Mas cuando el instante así lo marcaba se detuvo el viento y de las aves su lamento. El agua contuvo su recorrido y el viejo árbol guardó silencio. El mozo encargado de la ejecución pasó su arma a otro porque no tenía el alma para este momento. Nadie osaba alzar la mirada de aquel hombre que en el suelo yacía. Era Santa María, quien sus manos detuvo la fiereza de unos hombres que enojados se sentían. 
       Cuando comprendieron que solo la Virgen gloriosa era quien pretendía al delincuente encubrir, se formó grande pleito para así poder decidir. Admirados de lo que allí sucedía y gracias a un monje que allí también acudía, sentenciaron que lo mejor era partir y dejar al hombre vivir, que si Dios no lo permite no haga el hombre aquello que insiste. Le dejaron vivir hasta que el Señor decidiese cuándo debía morir.
       A partir de entonces aceptaron que viviese su vida, pues no querían ir contra la Virgen María. El ladrón devoto cambió de vida, partiéndose el alma cada día por aquellos que más sufrían. Su pobreza se volvió riqueza, sus cosechas abundantes y su fe creció pues quien a su lado a Dios vio, nada temió.
       Madre tan generosa, de tanta bondad, que a buenos y malos otorga su piedad, debemos bendecirla con toda nuestra voluntad, que al bendecirla ganaremos toda una eternidad. Las manos de la Virgen, con las de su Hijo nacido, son buenos asideros para quien le ha conocido. Él para buenos y malos descendió y los que a ella se lo pidieron, a todos socorrió.



LA PERSONA ES LO PRIMERO

Canción del CD Santa María de los Indignados.

La persona es lo primero. (4)


Si la persona no es lo primero
alguien ocupará su lugar,
los beneficios, la economía
sino tal vez será el capital.
Si la persona no es lo primero
el mundo marcha al revés
Si la persona no es lo primero
algo tendremos que hacer.

La persona es lo primero. (4)

Si hacemos propios el sufrimiento
del hermano de aquí y de allá

Los Sentidos (soneto alejandrino)


         Experimentando sonetos alejandrinos inspirados en un poema de Gonzalo de Berceo.




Los sentidos (Soneto alejandrino).

Para pecar bastan y sobran cinco sentidos
que nos robarán el bien y al mal nos llevarán
transitando por tristes caminos tan perdidos
como sueños que en noche oscura abandonarán.

Son la vista, olfato, gusto, tacto y el oído
quienes por lo superficial nos arrastrarán
y no siendo capaces de ver en lo escondido
de la vida su único sentido olvidarán.

¿Para qué sirve ver si no quiero contemplarte,
para que sirve oír si no me paro a escucharte,
para qué amar si yo de amarte soy incapaz?

El sentido de mi vida es tu vida y servirla,
dando sentido a mis sentidos, es por vivirla
para crecer mi fe con tu alegría y tu paz.


     Sonetos modernistas, alejandrinos: En esta clase de sonetos lo más frecuente es el orden clásico de los cuartetos, pero se usaron también, por influencia del parnasianismo francés, las combinaciones ABAB: ABAB y ABBA: CDDC. En esta época aparecen varias innovaciones métricas: se utilizan versos de otras medidas, desde trisílabos hasta hexadecasílabos, aunque los más utilizados son los alejandrinos (14 sílabas) divididos en dos hemistiquios, como el conocido soneto “Caupolicán”, en el libro Azul, de Rubén Darío; además, aparecen sonetos polimétricos, que emplean en el mismo poema versos de diferente medida (lo utilizó también Darío, en su soneto dedicado a Cervantes, mezcla de endecasílabos y heptasílabos; Manuel Machado lo utiliza en su soneto “Madrigal de madrigales”, compuesto de versos de 7,9,11 y 14 sílabas).


Juegos de Haiku.

Cae la tarde
sale la procesión,
y la antorcha arde.
(Miguel Navarro, “Cae la tarde”)

Amaneciendo
un hombre está muriendo,
un gallo canta.
(Miguel Navarro, “Amaneciendo”)


Invierno, llueve
arrastra barro y lodo,
un río vuelve.
(Miguel Navarro, “Llueve”)

Fuente principal: Wikipedia.

Haiku: Es un tipo de poesía japonesa que consiste en un poema breve, formado por tres versos de diecisiete sílabas distribuidas en cinco, siete y cinco.
La poética del haiku generalmente se basa en el asombro que produce en el poeta la contemplación de la naturaleza.
Su esencia se encuentra en "cortar" (kiru) mediante la yuxtaposición de dos ideas o imágenes separadas por un kireji que es el término "cortante" o separador.
En realidad es una forma poética surgida del denominado “hokku”, primera parte o estrofa introductoria de un poema más largo, el tanka, que se improvisaba entre varios poetas.
Tradicionalmente, un Haiku debe contener también una referencia directa o indirecta a la estación del año, frecuentemente mediante el uso de un kigo o palabra que evoca las estaciones. Los saijiki son listas extensas de palabras "kigo" en japonés, que el poeta puede utilizar.
Lo que caracteriza al haiku y lo distancia de otras formas poéticas es su contenido, pues trata de describir de forma muy breve una escena, vista o imaginada. Aspira a captar el momento, el aquí y ahora, de una forma tan radical que los límites entre el observador y lo observado, el sujeto y el objeto se disuelvan, para procurar, en sus mejores manifestaciones, una experiencia mística de no dualidad, de totalidad.
         Para Matsuo Bashō, 1644–1694, considerado como el padre del haiku, “Haiku es simplemente lo que está sucediendo en este lugar, en este momento”.

Un viejo estanque;
se zambulle una rana,
ruido de agua.
-Bashō-

Sopla el poniente,
y al oriente se apilan
las hojas secas.
-Buson-

Huérfano soy.
Parezco una luciérnaga
que no da luz.
-Issa-

Acá y allá
arrastrada del viento,
la mariposa.
-Shiki-

         El Haiku parte de tres puntos de observación donde no existe punto de referencia y donde se expresa la relación del poeta con la realidad dotándola de un sentido eterno.
         No transmite conceptos ni deducciones, empleando sólo el sustantivo que huye de abstracciones.
         Predominan los sintagmas nominales y los verbos, cuando aparecen, suelen estar desposeídos de flexiones temporales y personales.
         Insinúa comparaciones que las deja a la capacidad interpretativa del lector sin consumarlas. También rehúye de la metáfora que cristaliza las comparaciones y siendo por tanto un producto intelectual.
         Emplea los juegos de palabras (que reflejan la naturaleza paradójica de las cosas), las onomatopeyas, las aliteraciones, las sinestesias, que se adaptan a la impresión de la experiencia.
         Manifiesta un alejamiento de la fantasía, entendiendo ésta por la actividad mental que produce imágenes que tienen su origen en previas representaciones y que genera una dinámica anticipatoria de las sensaciones.
         Sigue “la naturalidad que procede del corazón”, según Bashō, lo cual podría identificarse más con un movimiento emocional.
         Si bien el haiku puede partir de una emoción, no se recrea en ella, sale hacia fuera, de modo que esta emoción compartida ya no es simple sentimiento, sino fogonazo de totalidad: entendimiento, compasión, vislumbre, que iluminan el universo y se funden en él.
         Aspira a abarcar la totalidad del momento, con lo cual queda excluido cualquier intento de reflexión, de intelectualismo, de recreación. Su brevedad es una exigencia de su esencia y viceversa. A causa de su corta extensión formal, la inspiración coincide con la creación.
         En el haiku habita una contradicción entre el elemento temporal y su fuga hacia la eternidad. No sería posible que la coexistencia de tal tensión fuera más allá del momento concreto de la iluminación y su expresión. Cuando uno se adentra en el momento presente hasta tal punto, el momento se eterniza. La imagen así sentida pasa a ser símbolo universal. Se puede también definir el efecto del haiku como un efecto de "presencialización", pues transmite la presencia de algo de la realidad que el lector puede evidenciar.
Los elementos básicos del haiku son: la presencia del kigo o palabra de estación; el tei-kei o forma fija (tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente); el uso del kireji o palabra de corte; el uso de la conexión Zen (conocido también como el “momento haiku”); el uso de temas del haiku; el sentido del humor; el empleo de otros valores de la estética japonesa como el ritmo, la musicalidad, la alusión, la plasticidad; el empleo de lo mejor de cada lengua manteniendo el espíritu haiku, es decir, la búsqueda de la simplicidad, la concreción, la imagen pura desprovista de comentario; el mantener como punto de referencia la cultura japonesa; y el evitar el abuso de ciertas técnicas como la yuxtaposición, el empleo del presente, etc.
De estos elementos, los tres primeros —el uso del kigo o palabra de estación, el tei-kei o forma fija (5-7-5) y el uso del kireji o palabra de corte— son los menos usados en español según lo señala Araceli Tinajero en su estudio sobre la obra del reconocido pionero del haiku en español, el poeta mexicano José Juan Tablada.
En España, se interesaron por el haiku, entre otros, Federico García Lorca, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda. Posteriormente han cultivado el haikai o haiku los poetas Llorenç Vidal, Eulogio Díaz del Corral o Felipe Benítez Reyes. De entre las publicaciones recientes, la crítica ha destacado los poemarios dedicados al haiku de Juan Antonio González Fuente, José M. Prieto y Susana Benet.

No necesito
salir, la primavera
entra en mi casa.
(Susana Benet, Reflejos IV)

¡De amarillo calabaza,
en el azul, cómo sube
la luna sobre la plaza!
(Antonio Machado)

Está el árbol en flor.
Y la noche le quita, cada día,
la mitad de las flores.
(Juan Ramón Jiménez)

La mano de la brisa
acariciando la cara del espacio.
Una y otra vez.
(Federico García Lorca)

Un lucero sin párpados
en el agua dormida
del estanque.

(Federico García Lorca)


Cielo plomizo

 Cielo cubierto y plomizo, calor que el pecho devora, poniente que se incorpora con un húmedo hechizo. La piel, sin hallar permiso, guard...

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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