Los miserables, Victor Hugo, capítulo 2

En realidad capítulos 1 y 2



PRIMERA PARTE
Fantina.


LIBRO PRIMERO.
Un justo.

I
Monseñor MYRIEL

            En 1815, era obispo de D. el ilustrísimo Carlos Francisco Bienvenido MYRIEL, un anciano de unos setenta y cinco años, que ocupaba esa sede desde 1806. Quizás no será inútil indicar aquí los rumores y las habladurías que habían circulado acerca de su persona cuando llegó por primera vez a su diócesis.
            Lo que de los hombres se dice, verdadero o falso, ocupa tanto lugar en su destino, y sobre todo en su vida, como lo que hacen. El señor MYRIEL era hijo de un consejero del Parlamento de AIX, nobleza de toga. Se decía que su padre, pensando que heredara su puesto, lo había casado muy joven. Se decía que Carlos MYRIEL, no obstante este matrimonio, había dado mucho que hablar.
            Era de buena presencia, aunque de estatura pequeña, elegante, inteligente; y se decía que toda la primera parte de su vida la habían ocupado el mundo y la galantería.
            Sobrevino la Revolución; se precipitaron los sucesos; las familias ligadas al antiguo régimen, perseguidas, acosadas, se dispersaron, y Carlos MYRIEL emigró a Italia. Su mujer murió allí de tisis.
            No habían tenido hijos. ¿Qué pasó después en los destinos del señor Myriel?
            El hundimiento de la antigua sociedad francesa, la caída de su propia familia, los trágicos espectáculos del 93, ¿hicieron germinar tal vez en su alma ideas de retiro y de soledad? Nadie hubiera podido decirlo; sólo se sabía que a su vuelta de Italia era sacerdote.
            En 1804 el señor Myriel se desempeñaba como cura de Brignolles. Era ya anciano y vivía en un profundo retiro.
            Hacia la época de la coronación de Napoleón, un asunto de su parroquia lo llevó a París; y entre otras personas poderosas cuyo amparo fue a solicitar en favor de sus feligreses, visitó al cardenal FESCH. Un día en que el Emperador fue también a visitarlo, el digno cura que esperaba en la antesala se halló al paso de Su Majestad Imperial. Napoleón, notando la curiosidad con que aquel anciano lo miraba, se volvió, y dijo bruscamente:
            ¿Quién es ese buen hombre que me mira?
            Majestad -dijo el señor Myriel-, vos miráis a un buen hombre y yo miro a un gran hombre. Cada uno de nosotros puede beneficiarse de lo que mira.
            Esa misma noche el Emperador pidió al cardenal el nombre de aquel cura y algún tiempo después el señor Myriel quedó sorprendido al saber que había sido nombrado obispo de D.
            Llegó a D. acompañado de su hermana, la señorita Baptistina, diez años menor que él. Por toda servidumbre tenían a la señora Maglóire, una criada de la misma edad de la hermana del obis­po.
            La señorita Baptistina era alta, pálida, delgada, de modales muy suaves. Nunca había sido bonita, pero al envejecer adquirió lo que se podría llamar la belleza de la bondad. Irradiaba una transparencia a través de la cual se veía, no a la mujer, sino al ángel.
            La señora Maglóire era una viejecilla blanca, gorda, siempre afanada y siempre sofocada, tanto a causa de su actividad como de su asma.
            A su llegada instalaron al señor Myriel en su palacio episcopal, con todos los honores dispuestos por los decretos imperiales, que clasificaban al obispo inmediatamente después del mariscal de campo.
            Terminada la instalación, la población aguardó a ver cómo se conducía su obispo.

PRIMERA PARTE
Fantina.

LIBRO PRIMERO.
Un justo.

II
El señor Myriel se convierte en monseñor Bienvenido.

El palacio episcopal de D. estaba contiguo al hospital, y era un vasto y hermoso edificio construido en piedra a principios del último siglo. Todo en él respiraba cierto aire de grandeza: las habitaciones del obispo, los salones, las habitaciones interiores, el patio de honor muy amplio con galerías de arcos según la antigua costumbre florentina, los jardines plantados de magníficos árbo­les.
            El hospital era una casa estrecha y baja, de dos pisos, con un pequeño jardín atrás. Tres días después de su llegada, el obispo visitó el hospital. Terminada la visita, le pidió al director que tuviera a bien acompañarlo a su palacio.
– Señor director –le dijo una vez llegados allí– ¿cuántos enfermos tenéis en este momento?
– Veintiséis, monseñor.
 – Son los que había contado –dijo el obispo.
– Las camas –replicó el director están muy próximas las unas a las otras.
– Lo había notado.
– Las salas, más que salas, son celdas, y el aire en ella se renueva difícilmente.
– Me había parecido lo mismo.
– Y luego, cuando un rayo de sol penetra en el edificio, el jardín es muy pequeño para los convalecientes.
– También me lo había figurado.
– En tiempo de epidemia, este año hemos tenido el tifus, se juntan tantos enfermos; más de ciento, que no sabemos qué hacer.
– Ya se me había ocurrido esa idea.
– ¡Qué queréis, monseñor!, –dijo el director–; es menester resignarse.
Esta conversación se mantenía en el comedor del piso bajo. El obispo calló un momento; luego, volviéndose súbitamente hacia el director del hospital, preguntó: 
– ¿Cuántas camas creéis que podrán caber en esta sala? 
– ¿En  el comedor de Su Ilustrísima? –exclamó el director estupefacto.
El obispo recorría la sala con la vista y parecía que sus ojos tomaban medidas y hacían cálculos.
– Bien veinte camas –dijo como hablando consigo mismo; después, alzando la voz añadió: Mirad, señor director, aquí evidentemente hay un error. En el hospital sois veintiséis personas repartidas en cinco o seis pequeños cuartos. Nosotros somos aquí tres y tenemos sitio para sesenta. Hay un error, os digo; vos tenéis mi casa y yo la vuestra. Devolvedme la mía, pues aquí estoy en vuestra casa.
Al día siguiente, los veintiséis enfermos estaban instalados en el palacio del obispo, y éste en hospital.
            Monseñor Myriel no tenía bienes. Su hermana cobraba una renta vitalicia de quinientos francos y monseñor Myriel recibía del Estado, como obispo, una asignación de quince mil francos. El día mismo en que se trasladó a vivir al hospital, el prelado determinó de una vez para siempre el empleo de esta suma, del modo que consta en la nota que transcribimos aquí, escrita de su puño y letra.
Lista de dos gastos de mi casa –
– Para el seminario 1500
– Congregación de la misión 100
– Para los lazaristas de Montdidier 100
– Seminario de las misiones extranjeras de París 200
– Congregación del Espíritu Santo 150
– Establecimientos religiosos de la Tierra Santa 100
– Sociedades para madres solteras 350
– Obra para mejora de las prisiones 400
– Obra para el alivio y rescate de los presos 500
– Para libertar a padres de familia presos por deudas 1000
– Suplemento a la asignación de los maestros de escuela de la diócesis 2000
– Cooperativa de los Altos Alpes 100
– Congregación de señoras para la enseñanza gratuita de niñas pobres 1500
– Para los pobres 6000
– Mi gasto personal 1000
Total 15000
            Durante todo el tiempo que ocupó el obispado de D, monseñor Myriel no cambió en nada este presupuesto, que fue aceptado con absoluta sumisión por la señorita Baptistina. Para aquella santa mujer, monseñor Myriel era a la vez su hermano y su obispo; lo amaba y lo veneraba con toda su sencillez.
            Al cabo de algún tiempo afluyeron las ofrendas de dinero. Los que tenían y los que no tenían llamaban a la puerta de monseñor Myriel, los unos yendo a buscar la limosna que los otros acababan de depositar. En menos de un año el obispo llegó a ser el tesorero de todos los beneficios, y el cajero de todas las estrecheces. Grandes sumas pasaban por sus manos pero nada hacía que cambiara o modificase su género de vida, ni que añadiera lo más ínfimo de lo superfluo a lo que era pura­mente necesario.
            Lejos de esto, como siempre hay abajo más miseria que fraternidad arriba, todo estaba, por decirlo así, dado antes de ser recibido.
            Es costumbre que los obispos encabecen con sus nombres de bautismo sus escritos y cartas pastorales. Los pobres de la comarca habían elegido, con una especie de instinto afectuoso, de todos los nombres del obispo aquel que les ofrecía una significación adecuada; y entre ellos sólo le designaban como monseñor Bienvenido. Haremos lo que ellos y lo llamaremos del mismo modo cuando sea ocasión. Por lo demás, al obispo le agradaba esta designación.
– Me gusta ese nombre –decía– Bienvenido suaviza un poco lo de monseñor.

España invertebrada. Capítulo 1. José Ortega y Gasset



PRIMERA PARTE
PARTICULARISMO Y ACCION DIRECTA


1 INCORPORACION Y DESINTEGRACION.

En la Historia Romana de Mommsen hay, sobre todos, un instante solemne. Es aquel en que, tras ciertos capítulos preparatorios, toma la pluma el autor para comenzar la narración de los destinos de Roma. Constituye el pueblo romano un caso único en el conjunto de los conocimientos históricos: es el único pueblo que desarrolla entero el ciclo de su vida delante de nuestra contemplación. Podemos asistir a su nacimiento ya su extinción. De los demás, el espectáculo es fragmentario: o no los hemos visto nacer, o no los hemos visto aún morir. Roma es, pues, la única trayectoria completa de organismo nacional que conocemos. Nuestra mirada puede acompañar a la ruda Roma quadrata en su expansión gloriosa por todo el mundo ecuménico, y luego verla contraerse en unas ruinas que no por ser ingentes dejan de ser míseras. Esto explica que hasta ahora sólo se haya podido construir una historia en todo el rigor científico del vocablo: la de Roma. Mommsen fue el gigantesco arquitecto de tal edificio.
Pues bien: hay un instante solemne en que Mommsen va a comenzar la relación de las vicisitudes de este pueblo ejemplar. La pluma en el aire, frente al blanco papel, Mommsen se reconcentra para elegir la primera frase, el compás inicial de su hercúlea sinfonía. En rauda procesión transcurre ante su mente la fila multicolor de los hechos romanos. Como en la agonía suele la ida entera del moribundo desfilar ante su conciencia, Mommsen, que había vivido mejor que ningún romano la existencia del Imperio latino, ve una vez más desarrollarse vertiginosa la dramática película. Todo aquel tesoro de intuiciones da el precipitado de un pensamiento sintético. La pluma suculenta desciende sobre el papel y escribe estas palabras: La historia de toda nación, y sobre todo de la nación latina, es un vasto sistema de incorporación.
            (En la edición alemana no se habla de «incorporación», sino de «synoikismo». La idea es la misma: synoiquismo es literalmente convivencia, ayuntamiento de moradas. Al revisar la traducción francesa, prefirió Mommsen una palabra menos técnica.)
Esta frase expresa un principio del mismo valor para la historia que en la física tiene este otro: la realidad física consiste últimamente en ecuaciones de movimiento. Calor, luz, resistencia, cuanto en la naturaleza no parece ser movimiento, lo es en realidad. Hemos entendido o explicado un fenómeno cuando hemos descubierto su expresión foronómica, su fórmula de movimiento.
Si el papel que hace en física el movimiento lo hacen en historia los procesos de incorporación, todo dependerá de que poseamos una noción clara de lo que es la incorporación.
Y al punto tropezamos con una propensión errónea, sumamente extendida, que lleva a representarse la formación de un pueblo como el crecimiento por dilatación de un núcleo inicial. Procede este error de otro más elemental que cree hallar el origen de la sociedad política, del Estado, en una expansión de la familia. La idea de que la familia es la célula social y el Estado algo así como una familia que ha engordado, es una rémora para el progreso de la ciencia histórica, de la sociología, de la política y de otras muchas cosas.
            (En mi estudio, aún no recogido en volumen, «El Estado, la juventud y el Carnaval», expongo la situación actual de las investigaciones etnográficas sobre el origen de la sociedad civil. Lejos de ser la familia germen del Estado, es, en varios sentidos, todo lo contrario: en primer lugar, representa una formación posterior al Estado, y en segundo lugar, tiene el carácter de una reacción contra el Estado. Publicado posteriormente, con el título «El origen deportivo del Estado», en el tomo VII de El Espectador, 1930.)
No; incorporación histórica no es dilatación de un núcleo inicial. Recuérdese a este propósito las etapas decisivas de la evolución romana. Roma es primero una comuna asentada en el monte Palatino y las siete alturas inmediatas: es la Roma Palatina, Septimontiun, o Roma de la montaña. Luego, esta Roma se une con otra comuna frontera asentada sobre la colina del Quirinal, y desde entonces hay dos Romas: la de la montaña y la de la colina. Ya esta primera escena de la incorporación romana excluye la imagen de dilatación. La Roma total no es una expansión de la Roma palatina, sino la articulación de dos colectividades distintas en una unidad superior.  
Esta Roma palatino-quirinal vive entre otras muchas poblaciones análogas, de su misma raza latina, con las cuales no poseía, sin embargo, conexión política alguna. La identidad de raza no trae consigo la incorporación en un organismo nacional, aunque a veces favorezca y facilite este proceso. Roma tuvo que someter a las comunas del Lacio, sus hermanas de raza, por los mismos procedimientos que siglos más tarde había de emplear para integrar en el Imperio a gentes tan distintas de ella étnicamente como celtíberos y galos, germanos y griegos, escitas y sirios. Es falso suponer que la unidad nacional se funda en la unidad de sangre, y viceversa. La diferencia racial, lejos de excluir la incorporación histórica, subraya lo que hay de específico en la génesis de todo gran Estado.  
Ello es que Roma obliga a sus hermanas del Lacio a constituir un cuerpo social, una articulación unitaria, que fue elfoedus latinun, la federación latina, segunda etapa de la progresiva incorporación.
El paso inmediato fue dominar a etruscos y samnitas, las dos colectividades de raza distinta limítrofes del territorio latino. Logrado esto, el mundo italiota es ya una unidad históricamente orgánica. Poco después, en rápido, prodigioso crescendo, todos los demás pueblos conocidos, desde el Cáucaso al Atlántico, se agregan al torso italiano, formando la estructura gigante del Imperio. Esta última etapa puede denominarse de colonización.
Los estadios del proceso incorporativo forman, pues, una admirable línea ascendente: Roma inicial, Roma doble, federación latina, unidad italiota, Imperio colonial. Este esquema es suficiente para mostramos que la incorporación histórica no es la dilatación de un núcleo inicial, sino más bien la organización de muchas unidades sociales preexistentes en una nueva estructura. El núcleo inicial, ni se traga los pueblos que va sometiendo, ni anula el carácter de unidades vitales propias que antes tenían. Roma somete las Galias; esto no quiere decir que los galos dejen de sentirse como una entidad social distinta de Roma y que se disuelvan en una gigantesca masa homogénea llamada Imperio romano. No; la cohesión gala perdura, pero queda articulada como una parte en un todo más amplio. Roma misma, núcleo inicial de la incorporación, no es sino otra parte del colosal organismo, que goza de un rango privilegiado por ser el agente de la totalización.  
Entorpece sobremanera la inteligencia de lo histórico suponer que cuando de los núcleos inferiores se ha formado la unidad superior nacional, dejan aquéllos de existir como elementos activamente diferenciados. Lleva esta errónea idea a presumir, por ejemplo, que cuando Castilla reduce a unidad española a Aragón, Cataluña y Vasconia, pierden estos pueblos su carácter de pueblos distintos entre sí y del todo que forman. Nada de esto: sometimiento, unificación, incorporación, no significan muerte de los grupos como tales grupos; la fuerza de independencia que hay en ellos perdura, bien que sometida; esto es, contenido su poder centrifugo por la energía central que los obliga a vivir como partes de un todo y no como todos aparte. Basta con que la fuerza central, escultora de la nación -Roma en el Imperio, Castilla en España, la Isla de Francia en Francia-, amengüe, para que se vea automáticamente reaparecer la energía secesionista de los grupos adheridos.  
Pero la frase de Mommsen es incompleta. La historia de una nación no es sólo la de su periodo formativo y ascendente: es también la historia de su decadencia. Y si aquélla consistía en reconstruir las líneas de una progresiva incorporación, ésta describirá el proceso inverso. La historia de la decadencia de una nación es la historia de una vasta desintegración.
Es preciso, pues, que nos acostumbremos a entender toda unidad nacional, no como una coexistencia interna, sino como un sistema dinámico. Tan esencial es para su mantenimiento la fuerza central como la fuerza de dispersión. El peso de la techumbre gravitando sobre las pilastras no es menos esencial al edificio que el empuje contrario ejercido por las pilastras para sostener la techumbre.
La fatiga de un órgano parece a primera vista un mal que éste sufre. Pensamos, acaso, que en un ideal de salud la fatiga no existiría. No obstante, la fisiología ha notado que sin un mínimum de fatiga el órgano se atrofia. Hace falta que su función sea excitada, que trabaje y se canse para que pueda nutrirse. Es preciso que el órgano reciba frecuentemente pequeñas heridas que lo mantengan alerta. Estas pequeñas heridas han sido llamadas «estímulos funcionales»; sin ellas, el organismo no funciona, no vive.  
Del mismo modo, la energía unificadora, central, de totalización -llámese como se quiera-, necesita, para no debilitarse, de la fuerza contraria, de la dispersión, del impulso centrífugo perviviente en los grupos. Sin este estimulante, la cohesión se atrofia, la unidad nacional se disuelve, las partes se despegan, flotan aisladas y tienen que volver a vivir cada una como un todo independiente.


José Ortega y Gasset
Fuente: Wikipedia.

José Ortega y Gasset (Madrid, 9 de mayo de 1883-ibíd., 18 de octubre de 1955) fue un filósofo y ensayista español, exponente principal de la teoría del perspectivismo y de la razón vital —raciovitalismo— e histórica, situado en el movimiento del novecentismo.
Nacido en una familia madrileña acomodada perteneciente al círculo de la alta burguesía de la capital, entre 1891 y 1897 estudiaría primero en el Instituto Gaona y, más tarde, en el Colegio San Estanislao de Kostka de la Compañía de Jesús, ambos en Málaga. Su abuelo materno gallego, Eduardo Gasset y Artime, había fundado el periódico El Imparcial, que después su padre, José Ortega Munilla, pasaría a dirigir. Así, cabe destacar que Ortega y Gasset creció en un ambiente culto, muy vinculado al mundo del periodismo y la política.
Su etapa universitaria comienza con su incorporación a los estudios de la Universidad de Deusto en Bilbao (1897-1898) y prosigue en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Madrid (1898-1904). 
Doctor en Filosofía de la Universidad de Madrid (1904) con su obra Los terrores del año mil. Crítica de una leyenda. Entre 1905 y 1907 realizó estudios en Alemania: Leipzig, Núremberg, Colonia, Berlín y, sobre todo, Marburgo. En esta última, se vio influido por el neokantismo de Hermann Cohen y Paul Natorp, entre otros.
De regreso a España es nombrado profesor numerario de psicología, lógica y ética de la Escuela Superior de Magisterio de Madrid (1909), y en octubre de 1910 gana por oposición la cátedra de metafísica de la Universidad Central, vacante tras el fallecimiento de Nicolás Salmerón.
En 1910 se casa con Rosa Spottorno. En 1911 nació su primer hijo, Miguel Ortega Spottorno, quien será médico. En el año 1914 nace en Madrid su hija, Soledad Ortega Spottorno, quien en 1978 creó la Fundación José Ortega y Gasset, de la que será su presidenta de honor. En 1918 nació su hijo José Ortega Spottorno, que fue ingeniero agrónomo y fundador del periódico El País.   
Colaborador del diario El Sol desde 1917, donde publica bajo la forma de folletines dos obras importantes: España invertebrada y La rebelión de las masas. En 1923 funda la Revista de Occidente, siendo su director hasta 1936. Desde esta publicación promoverá la traducción y comentario de las más importantes tendencias filosóficas y científicas en nombres tales como: Oswald Spengler, Johan Huizinga, Edmund Husserl, Georg Simmel, Jakob von Uexküll, Heinz Heimsoeth, Franz Brentano, Hans Driesch, Ernst Müller, Alexander Pfänder, Bertrand Russell y otros. 
Ortega y Gasset funda la Escuela de Madrid, a partir del 15 de noviembre de 1910 cuando consigue su cátedra universitaria en filosofía, y como comenta José Gaos, a través de la coordinación espiritual de varias personas vinculadas a Ortega, en centros editoriales que había fundado o a los que aconsejaba el mismo Ortega. Mantiene un caudaloso epistolario con María de Maeztu, Fernando Vela (secretario de la Revista de Occidente), José Martínez Ruiz "Azorín", Francisco Giner de los Ríos, Miguel de Unamuno, Pío Baroja y otros muchos.
Durante la II República es elegido diputado por la provincia de León con la Agrupación al Servicio de la República. En el debate de totalidad del proyecto de la Comisión de Constitución celebrado entre los días 27 de agosto y 9 de septiembre de 1931 intervino como portavoz del grupo parlamentario de la Agrupación para decir que «nuestro grupo siente una alta estimación por el proyecto que esa Comisión ha redactado» («hay en este proyecto auténtico pensamiento democrático, sentido de responsabilidad democrática», añadirá más adelante) pero advirtiendo a continuación que «esa tan certera Constitución ha sido mechada con unos cuantos cartuchos detonantes, introducidos arbitrariamente por el espíritu de propaganda o por la incontinencia del utopismo». Entre esos «cartuchos detonantes» destacó dos, la forma como se había resuelto la cuestión regional («Si la Constitución crea desde luego la organización de España en regiones, ya no será la España una, quien se encuentre frente a frente de dos o tres regiones indóciles, sino que serán las regiones entre sí quienes se enfrenten, pudiendo de esta suerte cernirse majestuoso sobre sus diferencias el Poder nacional, integral, estatal y único soberano. Contemplad la diferencia de una solución y de otra») y la cuestión religiosa («el artículo donde la Constitución legisla sobre la Iglesia» le parece «de gran improcedencia») propugnando en su lugar «que la Iglesia, en la Constitución, aparezca situada en una forma algo parecida a lo que los juristas llaman una Corporación de Derecho público que permita al Estado conservar jurisdicción sobre su temporalidad»).
Permaneció en el escaño durante un año, tras criticar públicamente el curso que la República tomaba en su célebre discurso conocido como «Rectificación de la República» de diciembre de 1931.
Cuando comenzó la Guerra Civil Española en julio de 1936, Ortega se hallaba enfermo en su domicilio; apenas tres días tras el comienzo de la contienda, se presentaron en su domicilio varios comunistas armados de pistolas que exigieron su firma al pie de un manifiesto contra el Golpe de Estado y en favor del Gobierno republicano. Ortega se negó a recibirlos y fue su hija la que en una conversación con ellos —conversación que, como ella misma relató más tarde, llegó a ser muy tensa—, consiguió convencerlos de redactar otro texto muy corto y menos politizado y que, efectivamente, acabó siendo firmado por Ortega, junto con Gregorio Marañón, Ramón Pérez de Ayala y otros intelectuales. En su artículo En cuanto al pacifismo, escrito ya en el exilio, se refiere Ortega a este episodio. En ese mismo mes de julio y a pesar de su grave enfermedad, huyó de España (lo que consiguió gracias a la protección de su hermano Eduardo, persona de valimiento cerca de diversos grupos políticos de izquierda) y se exilió; primero en París, luego en los Países Bajos y Argentina, hasta que en 1942 fijó su residencia en Lisboa. A partir de 1945 su presencia en España fue frecuente, pero habiéndosele impedido recuperar su cátedra (aunque al parecer consiguió cobrar sus sueldos atrasados), optó por fundar un «Instituto de Humanidades» donde impartía sus lecciones. Durante estos años, y hasta su muerte en 1955, fue fuera de España —sobre todo en Alemania—, donde recibió el crédito y las oportunidades de expresión que correspondían a su prestigio.
Ortega y Gasset ejerció una gran influencia en la filosofía española del siglo XX no sólo por la temática de su obra filosófica, sino también por su estilo literario ágil, descrito por algunos como próximo al Quijote, que le permitió llegar fácilmente al público general.
Falleció el 18 de octubre de 1955 en Madrid, reconciliado con la Iglesia, según se desprende de una carta de la catedrático y escritora Carmen Castro al padre Donostia.

Cojuelo corre, capítulo 7



Trazo VII
“Antes o después, a todos nos llega en esta vida un demonio propio que nos persigue y atormenta y al final de cuentas hemos de luchar contra él.” Daphne du Maurier

Atravesaban el inmenso azul de la meseta castellana cuando cruzaron en sus vuelos una nube tormentosa que desprendía rayos, centellas, piedras y mala uva, sobre campos, cultivos, casas y viñedos. Sin refugio ni consuelo huían coches, ganados y camioneros intentando ocultarse donde mejor podían. Se detuvo durante un instante pues Cojuelo reconoció en su interior a Mediogas, un demonio singular, encargado de la naturaleza trastocar y los campos arrasar.
El momento fue oportuno pues el mundo satánico estaba revuelto por su fuga y Cienllamas había seguido su rastro hasta Oriente Medio por la senda de poderes esotéricos, desprendidos en el camino como cagadas de pájaros con diarrea de lombrices. Se conocía que Chispa y Redina estaban investigando en Madrid mientras su jefe regresaba en estos momentos, cual avión a reacción que desprende mala leche por donde pasa. Todos los diablos se habían puesto a trabajar rindiendo al ciento cincuenta por ciento antes que viniera un Montoro y jorobase los permisos de verano en Ibiza o Miami.
       Cambio de impresiones y cambio de ruta. No es que Cienllamas preocupase demasiado, demonio vulgar, poca cosa para un genio como Cojuelo, pero al objeto de que Cris no sufriera posibles daños colaterales, razonó nuestro camarada demoniaco que mejor consideración era cambiar de rumbo y, si bien todos los caminos conducen a Roma, dar un pequeño rodeo evitaría algún choque imprevisto.
En la capital, el sofá de la Borí bostezaba al aroma de un café que circulaba rumbo a la mesita de la mano de su dueña. Emí, dolorido y quejumbroso, se desperezó de su nocturno y solitario descanso mientras no quitaba ojo de las piernas de Lucrecia. El estómago resolvió emitir ciertos crujidos acompasados al paso de la anfitriona. Debe ser cosa del mal dormir, pensó intentando acallarlos.
– Ya era hora que despertases –reprochó la muchacha mirándolo con cierto desdén–, mientras dormías he preparado los sensores, las maletas y los ordenadores para salir de cacería. Ven a desayunar que no hay tiempo que perder. ¿Todavía estás cansado de tus aventuras nocturnas?
Emérito, comprendiendo que su historia presentaba muchos aspectos oscuros, obedeció arrastrando los pies hasta la cocina donde humeante le esperaba el desayuno.
Ella dejó la cafetera y dijo: 
– Sírvete el que te dé la gana. No podrás calentar la leche porque el microondas está averiado.
Emérito la miró de reojo, como las cosas no estaban para bollos, consideró que lo mejor era callar y servirse el desayuno.
Ella sentándose al otro lado de la mesa, frente a frente, contrario a contrario, duelo de ojos acusadores sobre otros huidizos, culpables, lastimeros, dijo:  
– ¿Qué piensas hacer?
Apenas había terminado de formular la pregunta cuando las luces parpadearon de forma continuada durante varios segundos, discoteca improvisada en cocina averiada. Lucrecia miró el microondas, mas este permanecía apagado.
Incrédula hizo una mueca al repetirse el parpadeo con mayor intensidad. El desplome de las persianas inundó la habitación de tinieblas cual Mar Rojo cubriendo a los egipcios que lo atravesaban. Como si un millón de huevos podridos estallasen al unísono, un intenso olor desbordó la estancia oprimiendo el pecho de nuestra pareja. El zumbido pertinaz de una bandada de insectos revoloteó sin descanso en una vorágine de nauseabunda pestilencia hasta que se detuvo a escaso metros de la pareja.
Intentado adivinar lo que atravesaba la quietud de la oscuridad, Emi dijo:
– Dame la mano, la tengo sobre la mesa.
Lucrecia obedeció, atemorizada, hasta que algo, alargado, de garras afiladas, también se posó sobre las manos entrelazadas. Un chillido surgió de las entrañas de la muchacha desplomándose con la silla.
El tenue fulgor rojizo que emanó de un lugar indeterminado de la estancia mostró la presencia de dos entes, de aparente forma humana, que revoloteaban dando vueltas pausadas, lánguidas, miméticas, lentas, alrededor del petrificado Emi cuyos ojos giraban intentando escapar de sus órbitas.
La muchacha se arrastró hasta que tocó con su espalda en la pared de la cocina. Craso error. Uno de ellos despertó su curiosidad y, acercándose, empezó a olfatearla. Era como si absorbiera la esencia más profunda de Lucrecia que impávida sintió la sensación de ser devorada por unas enormes fauces cuya lengua la recorrían por todo su ser.
Aquella criatura de rostro orondo, similar al de un Sancho Panza cornudo y de enormes colmillos, como pudieran haber sido alguna vez los de un lúgubre vampiro, emitió, en un sonido gutural, algo parecido a:
– Parece más no es, sombra pudiera ser, esencia del revés. Esta criatura, vulgar es, fémina hambrienta de carne del carnero podría ser.
– Este –dijo el otro– más se parece, mas lo que parece no es y lo que es no lo parece. Tiene algo de él. Quizás culpable sea de pretender distraer. Al amo deberíamos arrastrar  para ver qué castigo aplicar.  
– ¿A quién… buscáis? –preguntó entrecortado Emi. 
El ente, alargado más que alto, de perfil buitreado, nariz hebrea y ojos de salmón asado, extendió el brazo y con uñas, cual garfios de corsario, acariciaron la barbilla del petrificado profesor Jiménez.  
– Desprendes el vaho putrefacto de ese malnacido, su misma esencia emana de tus tripas iniciando el lento camino de la metamorfosis y tu aura se está tiñendo de su oscuridad traidora. ¿Has contactado con alguno de nuestros hermanos?
Cual un motor de arranque manual con bujías sucias y trapajoso, en sus primeros momentos, hasta pillar la velocidad de una locomotora asmática, el profesor Jiménez del Osezno, desgranó uno tras otro, los acontecimientos que causaban sorna y escarnio en los malévolos ojuelos de sus oyentes.
– Encontraste a Cojuelo –comentó el endemoniado alargado– y al tocarle transfirió parte de su esencia a tu debilucha carne mortal.
El rechoncho diablo panzudo, emitiendo algo similar al cruce entre sonrisa y graznido de un cuervo en celo, sin quitar vista a Lucrecia preguntó:
– ¿Los llevamos?
Temía lo peor Emérito cuando escuchó:
– Todavía no es hora, Chispa. Abajo se mosquearan si los llevamos sin preparar la cazuela.
– ¿Qué va a suceder? –se atrevió a preguntar Emi.
Redina se sentó junto a Emi en la mesa de la cocina y, moviendo con sutileza los dedos índice y medio, o lo que se asemejaba a ellos, la luz adquirió de forma paulatina la normalidad.
Chispa, con pasos algo torpes, más bien patizambos, o deformes, se acercó dando pequeños saltitos a la mesa para sentarse al otro lado de nuestro locutor radiofónico. 
– Tan asustado estás que la verdad dijiste sin dudar –dijo Redina alargando las eses con un sonido similar al de las serpientes– eso te salva y te honra. Tres cosas pueden pasar: que te llevemos con nosotros al infierno para cenar; que Cienllamas os aplique un castigo ejemplar, o que la maldición de Cojuelo caiga sobre tu alma sin pensar. 
– ¿Maldición? –preguntó Lucrecia desde el suelo mientras la contemplaban como si viesen un  marciano en bicicleta. 
– ¿Está bien la azotea? –preguntó Chispa moviendo el dedo en forma de tornillo sobre su sien– Todos sentados y ella por el suelo. ¿La llevamos a Asmodeo?
Redina, mirándole con desaprobación contestó:
 – No, no es su hora. Más adelante ya veremos, si viene será un plato apetitoso. Ven –añadió dirigiéndose a Lucrecia– siéntate a nuestro lado.
La muchacha se acercó a la mesa mientras Redina siguió preguntando detalles sobre el fugaz encuentro con Cojuelo.
La muchacha al sentarse notó como si algo pasara junto a sus tobillos, y no paraba de moverse, hasta el extremo que Emi tuvo que pedirle que se quedara quieta que no era el momento de bailar, pues él también estaba nervioso y permanecía en su sitio.
– Dile a Chispa que deje quieto el rabo –contestó malhumorada.
Chispa, al oír su nombre, redondeo su cara deforme, entrecruzó los dedos y abriendo los ojos dos veces por encima de lo que pudiese abrirlos un humano, adoptó tan beatífica actitud que su compañero ordenó: 
– Déjala en paz, no es el momento de jugar y el jefe está al llegar.
La frase se vio interrumpida cuando las luces parpadearon, mas la intensidad fue tan alta que algunas de las bombillas saltaron por los aires o salieron despedidas para estrellarse en diferentes muebles. Las paredes enrojecieron emanando de su interior una sustancia viscosa, cual mucosidad que impregnaba cuantos muebles tocaba.
Atravesando la pared, otro ser, si bien diferente, gallardo y sonriente, alto y de buen ver, abrió los brazos para dejar caer sobre su espalda una capa de medio talle, mostrando un torso peludo, fornido y proporcionado que hizo abrir los ojos a la muchacha que contemplaba tanto desaguisado.
– Lo ha vuelto a hacer –dijo el recién llegado– por donde pasa estropicios deja. Ha unido a dos enamorados, a un pueblo sediento un oasis ha regalado y a otro pobre, pozos de petróleo les ha mostrado. ¡Deshonra de casta demoniaca! ¡Torpeza de Satán! ¡Excremento de Belcebú! ¿Qué habéis averiguado?
Los demonios menores a su amo informaron, con detalles, adornados por los esfuerzos realizados, para obtener la información de mortales desagradecidos que faltaban al respeto del temor merecido.
Analizando la situación, a Emérito ofrecieron la posibilidad de recuperar su antigua condición antes que la maldición se apoderara de su corazón. En caso contrario se convertiría en un hibrido que no podría gozar de la compañía de los humanos, ni tampoco de sus hermanos, los demonios endemoniados. Vagaría durante toda la eternidad sin consuelo ni felicidad, hambriento de carnes y sediento de maldades.
El brazalete de la portorriqueña resultaba interesante estudiar con detenimiento; se consultaría en el averno y, si diesen el visto bueno, también se buscaría, hasta el punto que tal vez llegasen a una propuesta, un pacto de beneficiase a ambos bandos, pues si volvía a circular ese instrumento del mal, muchas almas podrían atrapar. 
Estaban a punto de marchar, ante los atónitos ojos de Lucrecia, que sintiéndose menospreciada, exclamó: 
– ¡Y quién va arreglar este desastre!
Sonriendo, Cienllamás detuvo sus pasos y, con un chasquido de sus dedos, las cosas cobraron vida de tal forma que volando, se recompusieron a vertiginosa velocidad quedando el microondas emitiendo un ruido chirriante.
– Al menos –dijo ella– podía haber arreglado el microondas. 
– Como estaba –respondió el demonio– lo dejé. Suerte tienes que lo haga pero no pidas más o el destrozo dejaré y a ti te llevaré.
Sus secuaces se carcajearon mientras se desvanecían atravesando la pared.

Cielo plomizo

 Cielo cubierto y plomizo, calor que el pecho devora, poniente que se incorpora con un húmedo hechizo. La piel, sin hallar permiso, guard...

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

La Corona de Uganda

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