El tono en la literatura. Creación literaria.



 Antes de empezar a escribir un relato nos tenemos que preguntar: ¿qué emoción transmitirá mi historia? Un mismo relato se puede contar de diferentes maneras utilizando distintas entonaciones.
El tono, en la creación literaria, como parte de la composición lingüística, es aquella técnica que emplea el autor hacia el sujeto de la obra y hacia el lector de la misma.
Cada relato es la puerta a un mundo único, en el que unos personajes, inimitables, originales, viven una historia nueva y desconocida para el lector.  Ese relato tiene como base, una anécdota y unos personajes que la viven; pero también tiene un narrador, la voz que narra los acontecimientos, que nos hace llegar el relato como lectores: y nos lo hace llegar a través de su particular y única visión de los hechos.
Independientemente de que ese narrador puede ser un narrador externo a la historia o interno (uno de los personajes que nos la cuenta), lo cierto es que le proporciona algo imprescindible a esa anécdota: el tono.
El tono, del latín “TONUS”, que a su vez procede del griego antiguo “TÓNOS” ("tensión"), se emplea para transmitir la tensión, la emoción que se debe sentir al leer un texto.
Por tanto, el tono es la actitud emocional que el narrador mantiene en el tema y es clave para comprender la obra e incluso entenderla desde el punto de vista del autor o de los personajes.
La misma historia puede resultar completamente diferente para el lector si el narrador la redacta en tono de comedia –es decir, empleando giros, expresiones, ritmos, juegos de palabras para hacer reír– o en tono formal –utilizando todos esos recursos para, simplemente, informar al lector.
Sin tono, una pieza de la literatura se presentaría sin emociones y tendría el aspecto de un documento oficial.
Es muy poco probable que una novela tenga un solo tono a lo largo de toda la obra. De hecho, los autores generalmente cambian el tono en cada escena o fragmento para mantener al lector interesado y crear una sensación de ritmo en su obra.
En muchos casos, el tono literario puede presentar evoluciones dentro de la obra produciéndose una escala tonal. Se trata de aquellos tonos que pasan, por ejemplo, de lo depresivo a lo alegre. Incluye también los tonos irónicos. Estos ayudan a determinar los sentimientos y estados de ánimo del autor y de este hacia el sujeto.
Si bien, en cada tramo, capítulo o escena, puede variar el tono, resulta importante mantener un tono “general”. Podemos jugar con el lector, pero no despistarle en demasía o perderá su interés por nuestra historia.
Para la elección del tono adecuado hay que tener en cuenta el tema, el ambiente y el mensaje que la obra quiera transmitir.
Es posible que nos gusten las novelas de ciencia ficción, pero también es probable que nuestra reacción no sea la misma según el tono empleado en cada una de ellas. “El centinela” de Arthur C. Clarke, “La guerra de los mundos” de Herbert George Wells y “Solaris” de Stanisław Lem enfrentan a la humanidad con un hecho crucial como es la posibilidad de vida extraterrestre, sin embargo sus “anécdotas” y “tonos” son completamente diferentes aunque emplean a un narrador en primera persona.
Hay una gran diferencia en el tono al decir "De esta manera, seguimos avanzando con laboriosidad, barcos contra la corriente, en regresión sin pausa hacia el pasado" (“El gran Gatsby”) y "Nuestro pasado no dejaba de tirar de nosotros como barcos navegando contra la corriente". El tono solemne y nostálgico de la primera oración capta la atención del lector antes de cerrar el libro por última vez mientras que la falta de un tono específico en la segunda oración lo convierte en un final soso.
Hay que diferenciar entre tono y ambiente. El segundo podríamos decir que está fuertemente condicionado por el primero.
El tono, hemos dicho, transmite una emoción mientras que el ambiente manifiesta o impregna, al lector de esa emoción. Sin que el lector descubra lo que está pasando, debe ser devorado por la situación creada. El ambiente tiene más relación con la reacción del lector al uso de un determinado tono por parte del autor. Tanto el tono como el ambiente dependen de la capacidad del autor para evocar sentimientos por medio de un uso habilidoso de las palabras. Ambos conceptos se complementan. 
Por ejemplo, una escena que describa el primer encuentro entre dos viejos amigos después de muchos años probablemente use un tono de intimidad para transmitir el vínculo estrecho entre ellos. Es probable que el ambiente sea nostálgico para desencadenar la reacción emocional de los lectores y hacerlos sentir conectados con la experiencia de los personajes.
El escenario es uno de los recursos más comunes que los autores usan para crear el ambiente: una cabaña abandonada en el bosque, una noche demasiado oscura, un desierto a pleno sol y una calle abarrotada en una ciudad evocan diferentes sensaciones.
Para la construcción del escenario que nos permita transmitir el ambiente, y, por tanto, el tono de la obra necesitamos combinar una serie de elementos como la dicción, las imágenes, los detalles, el lenguaje y la estructura de las oraciones.
En literatura, la dicción se refiere a las palabras que el autor elige usar, si las palabras elegidas son abstractas o concretas, generales o específicas, y formales o informales. Las abstractas son las que no pueden percibirse con los sentidos, mientras que las concretas son aquellas que pueden percibirse y medirse. Por ejemplo, la palabra "mesa" es concreta pero la palabra "odio" es abstracta. Las palabras abstractas pueden "contar" una historia y se usan para desplazarse rápidamente a través de los eventos, mientras que las palabras concretas "muestran" y colocan al lector en una escena que se ralentiza junto con los personajes.
Las palabras generales son imprecisas, como "auto" o "gato". Estas son palabras concretas pero pueden aplicar a cualquier tipo de auto o gato específico, así que el lector puede imaginarse lo que quiera. En contraste, las palabras específicas como "siamés" y "Ferrari" restringen al lector a una imagen en particular.
Las palabras formales son largas, técnicas o inusuales y las usan los autores que quieren que el lector vea al autor o al personaje como alguien altamente educado o pretencioso. Las palabras informales son aquellas con las que casi todos los lectores estarán familiarizados, incluyendo las contracciones y la jerga, las cuales se asemejan más de cerca a la forma como habla la mayoría de las personas.
En cuanto a las imágenes, este es el lenguaje descriptivo que revela lo que el autor o el personaje piensan y sienten acerca de lo que sucede. Esto puede incluir comparaciones, símbolos o metáforas. Un autor que escribe sobre un personaje que nada en un estanque de agua caliente y lo describe como un baño caliente sugiere que el estanque es tentador, relajante y reconfortante. Un autor que describe la misma actividad como cocinarse a fuego lento en una olla puede querer sugerir incomodidad o una sensación de presagio.
Sobre los detalles, ningún autor puede incluir en la historia toda la información sobre un personaje, una escena o un evento. Los detalles que se incluyen y los que se omiten, o cuán profundamente el autor se enfoca en detalles específicos, son un indicador importante del tono. Un autor puede describir una casa diciendo que tiene flores alegres en el patio delantero, lo cual sugiere que la casa es un hogar feliz para unos inquilinos felices. Otro autor puede no mencionar las flores pero hablar sobre la pintura desconchada o las ventanas sucias, lo que sugiere que la casa es un lugar deprimente ocupado por personas deprimidas.
En el lenguaje empleado, el autor elegirá las palabras según su connotación (imágenes o sentimientos puedan evocar). Referirse a un perro como un "perrito" es afectuoso, mientras que, para transmitir odio o miedo a los perros, el autor puede usar la palabra "bicho". Otro ejemplo: Crepúsculo y anochecer. El anochecer tiene más relación con la oscuridad que con la luz y puede sugerir que la noche se acerca rápidamente, con todas las cosas aterradoras que suceden. En contraste, el crepúsculo puede sugerir que el alba se acerca, la cual representa un nuevo comienzo, o que el sol acaba de ponerse, indicando el final de un día difícil.
También se pueden elegir palabras estrictamente por su sonido. Las palabras con un sonido agradable sugieren que el autor escribe una historia sobre cosas agradables, mientras que las palabras con un sonido duro sugieren que el tema también es duro o desagradable. Por ejemplo, unas campanas chinas pueden ser ya sea melifluas (musicales) o cacofónicas (molestas).
A lo que se le refiere como "sintaxis", el autor puede variar la estructura de las oraciones para transmitir el tono y suscitar una reacción diferente en los lectores. Por lo general, el mayor énfasis debe estar en el final de la oración. "Juan trajo flores" enfatiza lo que trajo mientras que "Las flores fueron traídas por Juan" enfatiza quién trajo las flores. Al invertir el orden de las palabras, el autor hace que la persona que trajo las flores sea una sorpresa para el lector.
Las oraciones cortas son más intensas e inmediatas, mientras que las oraciones largas crean una distancia entre el lector y la historia. Sin embargo, las oraciones más largas que sean dichas por los personajes sugieren reflexión mientras que las oraciones cortas pueden verse como frívolas o irrespetuosas.
Muchos rompen las reglas de la sintaxis a propósito para lograr un efecto deseado. Por ejemplo, un escritor puede elegir colocar un adjetivo antes de sus sustantivos (anástrofe) para añadir peso a los adjetivos y hacer que la oración sea más dramática. "El oscuro y aburrido día" estimula al lector a prestar una atención adicional a la naturaleza inusual del día.
Hay una amplia variedad de tonos, algunos de los más corrientes pueden ser: formal, informal, íntimo, solemne, intrigante, sombrío, activo, sarcástico, serio, irónico, condescendiente, popular, amoroso y todo aquello que tiene que ver con las emociones humanas y con la actitud de la voz del narrador en la obra.

– Tono veraz: Son tonos narrativos con un matiz de veracidad y que pueden variar en su expresividad. Los podemos considerar como
Imperturbables: Se narra sin poner en duda ni justificar lo que se está contando aunque sea absurdo. Se usan en la literatura fantástica.
Confesionales: Se narra revelando determinadas circunstancias reforzando la veracidad de lo que se cuenta.
Proféticos: Se narra sin dudas, dando la mayor cantidad de detalles para demostrar que se conoce lo que se cuenta

– Tono lírico: Es aquel mediante el cual el autor trata de hacernos llegar la impresión de que lo que ocurre en su relato es casi poesía. Es un tono íntimo y cálido. Un ejemplo podría ser:
“Oaxaca... la palabra era como un corazón que se quebraba, un repentino repicar de campanas sofocadas en medio del vendaval, últimas sílabas de algún sediento que agoniza en el desierto. ¡Si se acordaba de Oaxaca! ¿Las rosas y el gran árbol? – ¿Era eso? –El polvo y los camiones a Etha y Nochistlán..." Malcolm Lowry.
Características: Tono íntimo y cálido. Frases complejas. Abundancia de recursos, giros verbales, perífrasis, adjetivaciones…

 – Tono frío: Prima el valor informativo de la narración. El narrador se mantiene distante hacia lo narrado, hay poca adjetivación, frases sencillas. Valga como ejemplo el comienzo de "Un día perfecto para el pez plátano" de J.D.Salinger: "En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. (...)"
                Características: Frío, impersonal, poca adjetivación, frases sencillas.

– Tono humorístico: Destaca la posición de superioridad desde la que el narrador –y también el lector– se acercan a la historia y a los personajes; la búsqueda de la comicidad, de la burla, de la sana comprensión hacia los defectos de los personajes y, en fin, de los seres humanos. Como ejemplo, un texto de Italo Calvino: “EL viento, viniendo de sabe dónde a la ciudad, le trae regalos inesperados, de los que tan sólo se aperciben algunas almas sensibles, como las sujetas a la fiebre del heno, a las cuales hace estornudar el polen de flores de otras tierras. Un día, a la tira de tierra de un paseo ciudadano llegó, a saber cómo, una ráfaga de esporas, y se formaron hongos. Nadie se dio cuenta salvo el peón Marcovaldo, que precisamente allí tomaba cada mañana el tranvía (...)."
                Características: Superioridad del narrador (e indirectamente del lector), giros, expresiones, ritmos, juegos de palabras para hacer reír, búsqueda de situaciones cómicas, exagerar los defectos de los personajes.

– Tono Formal: Es el tono que predomina en la correspondencia oficial. Mantiene las características de alejamiento de la historia que impone el tono frío, pero le da sensación de verosimilitud por su eliminación de la ambigüedad. Un ejemplo lo tenemos en "Instrucciones para llorar" de Julio Cortázar: “Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto debe acabarse en el momento en que uno se suena enérgicamente (...)"
                Características: Alejado de la historia pero en menos grado que el tono frío. Conserva los criterios de corrección, descripción y seriedad. Sensación de verosimilitud.

– Tono Casual: El narrador es un sujeto débil, dubitativo, que, más que afirmar, establece una consulta al lector, apela al destinatario del texto y entra en relación directa con él. Un ejemplo puede ser este otro texto de Cortázar, "Aplastamiento de las gotas": "Yo, no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí, contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen puf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. (...)"
                Características: Emplea un lenguaje natural plagado de dudas e indecisiones. Apela al lector entrando en relación directa con él. Es importante el uso del registro oral adecuado.

– Tono inquisidor: Indica que se está procediendo a la investigación de unos hechos y puede ser:
Avizor: Se narra estando al acecho de un secreto que se esconde y que se intentará revelar al lector en las próximas páginas. Se usa en historias policíacas.
Revelador: Se narra la investigación y, casi inmediatamente, el descubrimiento o la comprobación del hecho.
Hipotético: Se plantean hipótesis, conjeturas, con un sentido exploratorio. Se diferencia del tono avizor en que en este caso se simula un razonamiento, lo importante no es revelar un secreto.
Receloso: Se narra desplegando sospechas. Suele detener la investigación del relato.
Interrogativo: Se narra incluyendo preguntas y explicándolas.
Dubitativo: Se narra como si no se supiera bien lo que ocurre. Las dudas se introducen al relato y conducen a la investigación.

Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (1)



Los límites de la cordura.
Gilbert Keith Chesterton.

 I
ALGUNAS IDEAS GENERALES

1. El principio de la disputa

Se me ha pedido que vuelva a publicar estas notas, aparecidas en un semanario, como esquema general de ciertos aspectos de la institución de la propiedad privada, ahora tan completamente olvidada en medio de los alborozos periodísticos sobre la empresa privada. El hecho mismo de que los editores hablen tanto acerca de la última y tan poco acerca de la primera señala el tono moral de la época. Es evidente que el carterista es un defensor de la empresa privada. Pero quizá sería exagerado decir que el carterista es un defensor de la propiedad privada. Lo característico del capitalismo y del mercantilismo, según su desarrollo reciente, es que en realidad predicaron la extensión de los negocios más que la preservación de las posesiones. En el mejor de los casos han tratado de adornar al carterista con algunas de las virtudes del pirata. Lo característico del comunismo es que reforma al carterista prohibiendo los bolsillos.
En general, me parece que los bolsillos y los bienes no sólo tienen una justificación más normal, sino también más digna que el individualismo algo bajo que habla tanto sobre la empresa privada. Con la esperanza de que puedan ayudar a otros a comprenderlo, he decidido reproducir estos estudios tal cual están, aunque fueran unos escritos precipitados y a veces simples apuntes. Es, ciertamente, muy difícil reproducirlos en esta forma, porque fueron notas editoriales para una controversia en gran parte dirigida por otros; pero la idea general, por lo menos, está presente. De cualquier modo, la expresión «empresa privada» no es una forma muy noble de afirmar la verdad que encierra el décimo mandamiento. Aunque hubo un tiempo en que fue hasta cierto punto una forma verdadera. Los radicales de Manchester predicaron una competencia más bien cruda y cruel; pero por lo menos ponían en práctica lo que predicaban. Los diarios que elogian ahora la empresa privada predican lo más opuesto a todo lo que todos ellos sueñan con practicar. Toda industria y oficio tiende hoy, prácticamente, hacia las grandes combinaciones comerciales, a menudo más autoritarias, más impersonales, más internacionales que muchas de las naciones comunistas; fórmulas que son, como poco, colectivas, si no colectivistas.
Está muy bien repetir aturdidamente «¿adónde vamos con  todo este bolchevismo?». Es igualmente apropiado agregar «¿adónde vamos, incluso sin este bolchevismo?». La respuesta obvia es: al monopolio. Ciertamente, no vamos a la empresa privada. Sería más exacto llamar juicio privado a la Inquisición española que empresa privada al monopolio.
El monopolio no es privado ni emprendedor. Existe para impedir la empresa privada. Y ese sistema de trust o monopolio, esa destrucción completa de la propiedad, serían todavía la meta de todo nuestro progreso si no hubiera bolchevismo en el mundo.
Yo soy uno de los que creen que el remedio contra la centralización es la descentralización. Se ha dicho que es una paradoja. Aparentemente tiene algo de mágico y fantástico decir que cuando el capital ha llegado a estar en manos de pocos lo que corresponde es devolverlo a las manos de muchos. El socialista lo colocaría en manos de menos gente todavía; y estas personas serían los políticos, quienes, como sabemos, lo administran siempre en provecho de los muchos. Pero antes de ofrecer al lector lo que fue escrito durante lo más reñido de la controversia, creo que será necesario prologarlo con estos pocos párrafos, para explicar algunos de los términos y ampliar algunos de los supuestos.
Desde el semanario, yo discutía con gente que conocía la clave de este particular debate; pero para ser claramente comprendidos por más gente debemos empezar con unas pocas definiciones o, al menos, calificaciones. Aseguro al lector que doy a las palabras un sentido bien definido, aunque es posible que él las use dándoles un sentido diferente; de todos modos, una confusión de este tipo no llega ni siquiera al rango de diferencia de opinión.
Capitalismo, por ejemplo, es en realidad una palabra muy desagradable. Sin embargo, lo que pienso cuando la digo es bien definido y definible; sólo que el nombre es una palabra muy poco aplicable a él. Pero es evidente que hay que llamarlo de algún modo. Cuando digo
«capitalismo», por lo común quiero decir algo que puede formularse así: «Aquella organización económica dentro de la cual existe una clase de capitalistas, más o menos reconocible y relativamente poco numerosa, en poder de la cual se concentra el capital necesario para lograr que una gran mayoría de los ciudadanos sirva a esos capitalistas por un sueldo». Este especial estado de cosas puede existir, y existe; y debemos llamarlo de alguna manera y discutirlo de algún modo. Pero no hay duda de que es una palabra muy mala, porque la usa otra gente para designar cosas muy distintas. Algunos parecen querer indicar con ella simplemente la propiedad privada. Otros suponen que por capitalismo debe entenderse cualquier cosa que implique uso de capital, aunque esa acepción es muy literal, y también demasiado vaga, e incluso demasiado amplia. Si la utilización de capital es capitalismo, entonces todo es capitalismo. El bolchevismo es capitalismo y el comunismo anarquista es capitalismo; y todo sistema revolucionario, por descabellado que sea, sigue siendo capitalismo. Lenin y Trotsky creen, como Lloyd George y Thomas, que los manejos económicos de hoy deben dejar algo para los manejos económicos de mañana. Y eso es lo que significa capital en su sentido económico. En ese caso la palabra es inútil. El uso que yo hago de ella puede ser arbitrario, aunque no es inútil. Si capitalismo quiere decir propiedad privada, soy capitalista. Pero si capitalismo significa esta particular condición del capital, sólo entregado a la masa bajo forma de salarios, entonces debería significar algo más que propiedad privada.
La verdad es que lo que llamamos capitalismo debería llamarse proletarismo, pues lo que lo caracteriza no es el hecho de que algunas personas posean capital, sino que la mayoría sólo tengan salarios porque no tienen capital. En mis tiempos hice un esfuerzo heroico para andar por el mundo diciendo siempre proletarismo en vez de capitalismo.
Pero la mía fue una senda espinosa, sembrada de molestias y malentendidos. Cuando critico al duque de Northumberland por su proletarismo, no se me llega a comprender. Cuando digo que coincidiría a menudo con el Morning Post si éste no fuera tan deplorablemente proletario, parece haber algún extraño impedimento momentáneo para la comunión de espíritu con espíritu. Sin embargo, eso sería estrictamente cierto; porque de lo que me quejo es de que en la defensa corriente del capitalismo existente se justifique el hecho de mantener a la mayoría en una dependencia asalariada; esto es, de que se mantenga a la mayoría de los hombres sin un capital. No pertenezco al tipo de hombre riguroso que prefiere expresar correctamente lo que no quiere decir antes que expresar incorrectamente lo que quiere decir. Me es del todo indiferente el término comparado con la significación. No me importa si nombro una cosa u otra con esta simple palabra impresa que empieza con «c», en tanto que se aplique a una cosa y no a otra. No tengo inconveniente en usar un término tan arbitrariamente como se usa un signo matemático, con tal de que sea aceptado como signo matemático. No tengo inconveniente en llamar x a la propiedad y al capitalismo y, con tal de que nadie piense que es necesario decir x=y. Y no tengo inconveniente en decir «gato» en vez de capitalismo y «perro» en lugar de distributismo, con tal de que la gente comprenda que ambas cosas son lo bastante diferentes como para reñir como el perro y el gato. La propuesta de una mayor distribución del capital sigue siendo la misma, llamémosla como la llamemos, o en cualquier forma que llamemos la presente y notoria oposición a ella. Es lo mismo afirmarla diciendo que hay demasiado capitalismo en un sentido o demasiado poco capitalismo en otro. Y en realidad resulta bastante pedante decir que el uso del capital debe ser capitalista. Con igual justicia podríamos decir que todo lo social debe ser socialista, que el socialismo puede identificarse con una velada social o con un banquete. Lo cual, siento decirlo, no es verdad.
No obstante, existe tanta vaguedad verbal alrededor del socialismo, que hace falta una definición. El socialismo es un sistema que hace a la unidad colectiva de la sociedad responsable de todos sus procesos económicos, o de todos aquellos que afectan a la vida y la subsistencia esencial. Si se vende algo importante, lo ha vendido el Gobierno; si se ha donado algo importante, lo ha donado el Gobierno; cuando se tolera algo importante, el Gobierno es responsable por haberlo tolerado. Es el mismísimo reverso de la anarquía: es un entusiasmo extremado por la autoridad. Es digno, en muchos aspectos, de la jerarquía moral de la inteligencia; es la aceptación colectiva de una responsabilidad muy acabada. Pero es tonto que los socialistas se lamenten de que digamos que acarrea una pérdida de la libertad. Es casi igualmente tonto que los antisocialistas se lamenten de la brutalidad antinatural y desequilibrada del Gobierno bolchevique al aplastar toda oposición política. Porque allí es el Gobierno quien provee de todo; y es absurdo pedir al Gobierno que provea una oposición. No se puede acudir al sultán y reprocharle: «No ha arreglado las cosas para que su hermano lo destrone y se apodere del califato». No se puede pedir al rey medieval: «Tened la bondad de prestarme dos mil lanzas y mil arqueros, pues quiero rebelarme contra vos». Menos aún puede reprocharse a un Gobierno que pretende construirlo todo el que no haya construido nada para derribar lo construido. La oposición y la sublevación dependen de los bienes y de la libertad. Sólo puede ser tolerada allí donde se ha permitido que echen raíces otros derechos aparte del derecho central del gobernante. Esos derechos deben estar protegidos por una moralidad que hasta el gobernante vacilará en desafiar. El crítico del Estado sólo puede existir cuando un sentido religioso del derecho protege sus pretensiones de un arco y una lanza propios; o, por lo menos, de tener su propia pluma o su propia imprenta. Es absurdo suponer que podría tomar prestada la pluma real para abogar por el regicidio o utilizar las imprentas del Gobierno para revelar la corrupción de éste. Sin embargo, el socialismo afirma enfáticamente que, a menos que todas las imprentas sean imprentas del Estado, existe la posibilidad de que los impresores sean oprimidos. La justicia del Estado lo abarca todo, es como poner todos los huevos en el mismo cesto: muchos serán huevos podridos. Hará unos quince años que algunos de nosotros empezamos a predicar, desde los viejos New Age y New Witness, una política de pequeña propiedad distribuida (política que desde entonces ha tomado el nombre chabacano, pero exacto, de distributismo), contra los dos extremos del capitalismo y el comunismo, como hubiéramos dicho entonces. La primera crítica que recibimos nos llegó de los fabianos más talentosos, especialmente del señor Bernard Shaw. Y la forma que tomó esa primera crítica fue la de decirnos simplemente que nuestro ideal era de realización imposible. Que se trataba sólo de un caso de católica credulidad en los cuentos de hadas. La ley de arrendamiento y otras leyes económicas hacían inevitable que los pequeños arroyuelos de la propiedad desembocaran en el charco de la plutocracia. En verdad, fue la agudeza fabiana y no solamente el necio tory quien afrontó nuestra visión con aquel venerable arranque: «Si mañana todo estuviera repartido...».
Con todo, aun en aquellos días tuvimos una respuesta, y aunque desde entonces hemos encontrado muchas otras, se aclarará el asunto si repito esta cuestión de principio. Es verdad que creo en los cuentos de hadas, en el sentido de que me maravilla tanto lo que existe que soy el más dispuesto a admitir lo que podría existir. Comprendo al hombre que cree en la serpiente marina porque cree que hay más peces en el mar de los que alguna vez han salido de él. Pero lo comprendo todavía más porque el otro hombre, en su fervor para refutar la existencia de la serpiente marina, arguye que no sólo no hay serpientes en Islandia, sino que no las hay en todo el mundo. Supongamos que el señor Bernard Shaw, juzgando esta credulidad, me censurara por creer (por palabras de algún embustero sacerdote) que pueden arrojarse piedras al aire y quedar suspendidas como un arco iris. Supongamos que me dijera dulcemente que no debería creer en ese cuento papista de las piedras mágicas después de haber escuchado alguna vez la explicación sobre la ley de la gravedad. Y supongamos que, después de todo esto, yo descubriera que se refería sólo a la imposibilidad de construir un arco. Creo que la mayor parte de nosotros llegaríamos a dos conclusiones principales acerca de él y de su escuela. En primer lugar los consideraríamos muy mal informados sobre lo que realmente significa reconocer una ley de la naturaleza. Puede reconocerse una ley de la naturaleza resistiéndose a ella, o superándola, o aun usándola contra sí misma, como en el caso del arco. Y, en segundo lugar, pensaríamos (con mucha más firmeza) que estaban sorprendentemente mal informados acerca de lo que ya se ha hecho sobre la tierra.
De modo similar, el primer hecho de la discusión sobre si es posible que existan pequeñas propiedades es el hecho de que existen. Y es hecho casi igualmente inequívoco que no sólo existen, sino que perduran. El señor Shaw afirmaba, con una especie de furia abstracta, que «las pequeñas propiedades no permanecerán pequeñas». Ahora bien, resulta interesante señalar aquí que los que se oponen a cualquier cosa semejante al propietario múltiple le hacen a éste dos acusaciones del todo incompatibles. Nos dicen continuamente que la vida campesina en tierra latina o en cualquier otra tierra es monótona, que no progresa, que está plagada de supersticiones y que es una especie de reminiscencia de la Edad de Piedra. No obstante, aun cuando nos denigran con su reminiscencia, afirman que nunca podrá sobrevivir. Muestran al campesino como a un hombre permanentemente atascado en el fango, y rehúsan plantarlo en cualquier otra parte, en el terreno específico donde no se atascaría. Ahora bien, el primero de los dos tipos de acusación es bastante discutible. Los críticos, para acusar a los campesinos, deben admitir que existen campesinos a quienes acusar. Y si fuera verdad que siempre tendieron a desaparecer rápidamente, no sería cierto lo que se refiere a las costumbres primitivas y a las opiniones conservadoras, lo que hace que los campesinos se hayan convertido en el objeto de los reproches de los críticos. Por sentido común, no pueden acusar a algo a la vez de anticuado y de efímero. En verdad es un hecho simple, visible a pleno día, que las pequeñas propiedades labriegas no son efímeras. Pero, en cualquier caso, el señor Shaw y los de su escuela no deberían decir que es imposible construir arcos, para luego decir que desfiguran el paisaje. El Estado distributivo no es una hipótesis que deben demoler: es un fenómeno que deben explicar.
La verdad es que la idea de que la pequeña propiedad evoluciona hacia el capitalismo es un retrato exacto de lo que prácticamente no sucede nunca. Hasta los hechos materiales dan testimonio de la verdad, hechos que, me parece, han sido curiosamente pasados por alto. Nueve de cada diez veces su cede que una civilización industrial del moderno tipo capitalista no surge, surja donde surgiere, en lugares donde ha habido hasta entonces una civilización distributiva como lo es la de labriegos. El capitalismo es un monstruo que crece en los desiertos. La servidumbre industrial ha surgido, en casi todos los casos, en aquellos espacios vacíos donde la civilización anterior se hallaba debilitada o ausente. Por eso creció más fácilmente en el norte de Inglaterra que en el sur de este país; precisamente porque el norte había estado relativamente desocupado y había sido relativamente bárbaro durante todas las épocas en que el sur tuvo una civilización de corporaciones y labradores. Por eso se desarrolló más fácilmente en el continente americano que en el europeo: precisamente porque en América no suplantaba más que a unos pocos salvajes, en tanto que en Europa tuvo que remplazar a una cultura de numerosas explotaciones agrarias. En todas partes ha habido una transición de la choza de barro a la ciudad fabril. Allí donde la choza de barro se convirtió en realidad, la labranza libre no ha avanzado desde entonces una sola pulgada hacia la ciudad fabril. Allí donde había mero señor y simple siervo, casi instantáneamente podían convertirse en mero empleador y simple empleado. Allí donde ha habido hombre libre, aun cuando fuera relativamente menos rico y poderoso, su solo recuerdo ha hecho imposible un capitalismo industrial completo. Quien ha sembrado esta cizaña capitalista es un enemigo, pero un enemigo cobarde. Porque sólo ha podido sembrarla en lugares desolados, donde no hay trigo que brote y la sofoque.
Para retomar nuestra parábola, primero decimos que existen los arcos; y no solamente existen, sino que permanecen. Cien acueductos y anfiteatros romanos están ahí para mostrar que pueden permanecer tanto o más tiempo que cualquier otra cosa. Y si una persona progresista nos informa de que un arco se convierte siempre en una chimenea de fábrica, o aun que un arco acaba siempre por caer porque es más débil que una chimenea de fábrica, o incluso que, caiga donde cayere, la gente comprende que debe remplazarlo por una chimenea de fábrica, entonces seremos todavía lo bastante audaces como para poner en duda esas tres afirmaciones. Lo más que podríamos admitir es que el principio en que se basa la chimenea es más simple que el principio del arco; y por esa mismísima razón la chimenea de fábrica, como la torre feudal, se levanta más fácilmente en un desierto horrible y yermo.
Pero la imagen tiene además otra aplicación. Si en este momento los países latinos se toman como modelo en lo referente a la pequeña propiedad es sólo en el sentido en que hubieran sido, a través de determinados periodos de la historia, los únicos ejemplares de arco. Hubo un tiempo en que todos los arcos eran romanos; y en ese tiempo un hombre que viviera junto al Liffey o al Támesis sabría tan poco acerca de ellos como sabe el señor Shaw acerca de los propietarios campesinos. Pero eso no significa que luchemos por algo puramente extranjero, o que enarbolemos el arco como una especie de enseña italiana; como tampoco queremos poner al Támesis tan amarillo como el Tíber ni deseamos especialmente probar los macarrones o el paludismo. El principio del arco es humano, y aplicable a la humanidad y por la humanidad. También lo es el principio de la propiedad privada bien distribuida. El hecho de que unos pocos arcos romanos hayan quedado en ruinas en Inglaterra no es prueba de que no puedan construirse arcos; por el contrario, es prueba de que pueden construirse.
Y ahora, para completar la coincidencia o analogía, ¿cuál es el principio del arco? Si se quiere, puede decirse que es una afrenta a la gravitación, aunque sería más exacto decir que es una exhortación a la gravitación. El principio afirma que si combinamos piedras separadas de una forma particular, de un modo particular, podemos lograr que su propia tendencia a caer les impida caer. Y aunque mi imagen es simplemente un ejemplo, permanece inmutable cuando se aplica al éxito de propiedades más igualadas. Lo que sostiene el arco es la compensación de la presión de cada piedra separada sobre cada una de las otras. La compensación es a la vez ayuda mutua y mutuo obstáculo. No resulta difícil mostrar que dentro de una sociedad sana la presión espiritual de diferentes propiedades privadas actúa exactamente en la misma forma. Pero si la otra escuela halla insuficiente la clave o la comparación, debe buscar alguna otra. Es claro que las fuerzas naturales no pueden anular el hecho. Decir que una ley como la ley de arrendamiento se opone a él es verdad sólo en el mismo sentido en que muchas leyes naturales se oponen a toda moralidad y a la misma esencia de la naturaleza humana. En tal sentido, los argumentos científicos están tan fuera de lugar aplicados a nuestra causa en pro de la propiedad como decía el señor Shaw que lo estaban en su causa contra la vivisección.
Por último, no sólo es verdad que el arco de la propiedad permanece; es verdad que la construcción de tales arcos aumenta tanto en cantidad como en calidad. El campesino francés anterior a la Revolución, por ejemplo, ya era vagamente propietario; ha hecho su propiedad más privada y más absoluta, no menos. Ahora es menos probable que nunca que los franceses abandonen el sistema, cuando por segunda vez, si no por centésima, ha demostrado ser el tipo de prosperidad más estable en medio de la tensión de la guerra. En Irlanda, una revolución igualmente heroica, y aún más invencible, ya ha hecho caso omiso tanto del sueño socialista como de la realidad capitalista, con una energía arrolladora, cuyos límites nadie ha osado todavía prever. Así, cuando el amplio arco de romanos y normandos había quedado durante larguísimo tiempo como una especie de reliquia, el renacimiento de la cristiandad le encontró nueva aplicación y beneficio. En un instante creció hasta la altura titánica del gótico, donde el hombre parecía ser un dios que hubiera suspendido sus mundos de la nada. Entonces se reveló otra vez algo de aquel antiguo secreto que tan extrañamente había representado al sacerdote como constructor de puentes. Y cuando observo hoy algunos de los puentes construidos por encima del aire, comprendo que un hombre los llame aún imposibles como única alabanza posible.
¿Qué queremos decir con eso de la «igualdad de presión» de las piedras de un arco? Ya se hablará sobre esto con más detalle, pero, en general, queremos decir que la pasión moderna a favor de un incesante e impaciente comprar y vender va acompañada de una desigualdad extrema de hombres demasiado ricos y demasiado pobres. La explicación de la continuidad de las comunidades labriegas (que sus contrarios se ven simplemente forzados a dejar sin explicar) es que, donde existe esa independencia, se la valora como se valora cualquier otra dignidad cuando se la considera corriente en un hombre; como se valora que no ande desnudo ningún hombre, ni que a ningún hombre se le pague su jornal golpeándolo con un palo.
La tesis de que aquellos que empiezan razonablemente iguales no pueden permanecer razonablemente iguales es una falacia enteramente fundada en una sociedad dentro de la cual los hombres empiezan siendo extremadamente desiguales. Es absolutamente cierto que cuando el capitalismo ha sobrepasado cierto punto, las fracciones de la propiedad dividida son fácilmente devoradas. Dicho con otras palabras, es verdad cuando hay pequeña cantidad de propiedades pequeñas, pero es totalmente falso cuando hay gran cantidad de pequeñas propiedades. Es ilógico discutir desde el torrente de las grandes empresas y la derrota de las pequeñas empresas lo que siempre tiene que suceder cuando las partes sean más parejas. Es probar desde el Niágara que no existen los lagos. Inclinado el lago, toda el agua correrá en una dirección, como corre en una dirección toda la tendencia económica de la desigualdad capitalista. Que dejen el lago como lago, o el nivel como nivel, y nada impedirá que el lago permanezca hasta el juicio final, como parece probable que permanezcan hasta el juicio final muchos niveles de comunidades labriegas. La experiencia prueba este hecho, aunque no puede explicarse por la experiencia; pero, en realidad, es posible sugerir no sólo la experiencia, sino también la explicación. La verdad es que no hay tal tendencia económica a la desaparición de la pequeña propiedad hasta que esa propiedad se hace tan pequeña que deja de obrar como propiedad. Si un hombre posee cien acres y otro posee medio acre, es bastante probable que éste sea incapaz de vivir en medio acre. Y habrá una tendencia económica que le hará vender su terreno y convertirá al otro hombre en orgulloso propietario de cien acres y medio. Pero si un hombre posee treinta acres y otro cuarenta, no hay tendencia económica de ninguna especie que lleve al primero a vender al segundo. Es simplemente falso decir que el primer hombre no puede estar seguro de treinta acres y el segundo conforme con cuarenta. Es puro disparate; como decir que cualquier hombre que tenga un bull-terrier está destinado a vendérselo a alguno que tenga un mastín. Es como decir que no puedo ser dueño de un caballo porque tengo un vecino excéntrico dueño de un elefante.
Inútil es decirlo: aquellos que insisten en que no puede existir la propiedad aproximadamente compensada basan todo su argumento en la idea de que ha existido. A fin de probar lo que se proponen, tienen que suponer que la gente de Inglaterra, por ejemplo, empezó siendo igual y llegó rápidamente a la desigualdad. Y no hace más que completar lo caprichoso de toda su posición el hecho de que den por sentada la existencia de aquello que consideran una imposibilidad en el único caso en que en realidad no ocurrió. Hablan como si diez mineros hubieran disputado una carrera y uno de ellos se hubiera convertido en duque de Northumberland. Como si el primer Rothschild hubiera sido un campesino que fue plantando con paciencia mejores repollos que los demás campesinos. La verdad es que Inglaterra se convirtió en un país capitalista porque hacía tiempo que era un país oligárquico. Sería mucho más difícil señalar de qué modo un país como Dinamarca tuvo que hacerse oligárquico. Pero la causa se hace aún más sólida cuando al sentido económico agregamos el ético. Una vez establecida una propiedad ampliamente dispersa, hay una opinión pública más fuerte que cualquier ley; y en realidad muy a menudo (cosa todavía más notable en los tiempos modernos) hay una ley que es expresión de la opinión pública. Quizá sea muy difícil para la gente moderna imaginar un mundo en el cual los hombres no sean generalmente admirados por su codicia y por aplastar a sus prójimos; pero les aseguro que todavía quedan realmente sobre la tierra tan extraños pedazos de paraíso terrenal.
La verdad es que esta primera objeción de la imposibilidad en abstracto va contra todos los hechos de la experiencia y la naturaleza humana. No es cierto que un hábito moral no pueda mantener contentos a la mayoría de los hombres razonables. Es como si dijéramos que, como algunos hombres atraen a las mujeres más que otros, por eso era imposible que en tiempos de la reina Victoria los habitantes de Balham se adaptaran al molde monogámico de una mujer con cada hombre. Tarde o temprano, podría decirse, se encontraría a todas las mujeres apiñadas alrededor de los pocos que las fascinaban, y no quedaría más que el celibato para la mayoría de los no atractivos. Tarde o temprano el barrio tendría que consistir en cien ermitas y tres harenes. Pero no es éste el caso. Lo sería si la tradición moral del matrimonio se perdiera realmente en Balham. Mientras viva esa tradición moral, mientras se repruebe el robo de las mujeres de los otros y se admire la fidelidad a un esposo, habrá límites para la capacidad del libertino más desenfrenado de Balham en lo que se refiere a cualquier intento de perturbar el equilibrio de los sexos. Así también cualquier acaparador de tierras encontraría rápidamente que existen límites para comprar tierra en una aldea irlandesa, española o serbia. Cuando se considera verdaderamente odioso apoderarse de la viña de Naboth, o quitarle la mujer a Urías, resulta fácil encontrar un profeta del lugar que pronuncie el juicio del Señor. En una atmósfera de capitalismo se adula al hombre que amontona tierra sobre tierra; pero en una atmósfera de propiedad pronto se le hará burla, o posiblemente sea apedreado. La conclusión es que la aldea no se ha sumido en la plutocracia ni el suburbio en la poligamia. La propiedad es una cuestión de honor. La palabra verdaderamente opuesta a «propiedad» es «prostitución». Y no es cierto que el ser humano venda siempre aquello que es sagrado para ese sentido de propiedad propia, sea el cuerpo o el lindero. Unos pocos lo hacen en ambos casos, y al hacerlo se convierten siempre en parias. Pero no es verdad que una mayoría deba hacerlo, y quien quiera que diga que lo es no sólo ignora nuestros planes y propuestas, las visiones e ideales de alguien, el distributismo o la división del capital por tal o cual procedimiento, sino los hechos de la historia y la sustancia de la humanidad. Es un bárbaro que nunca ha visto un arco.
En las notas aquí apuntadas se hará evidente, claro está, que la restauración de este modelo, simple como es, es mucho más complicada en una sociedad complicada. Aquí sólo la he delineado en la forma más simple en que se hallaba, y todavía se halla, al comenzar nuestra discusión.
Hago caso omiso de la opinión que sostiene que tal «reacción» no es posible. Sostengo el antiguo dogma místico que dice que lo que el hombre ha hecho puede hacerlo el hombre. Mis críticos parecen sostener un dogma aún más místico: que es absolutamente imposible que el hombre haga una cosa porque la ha hecho. Eso parece ser lo que quiere significarse cuando se dice que la pequeña propiedad es «anticuada». Significa en realidad que toda propiedad está muerta. Nada puede alcanzarse por los métodos actuales excepto la creciente pérdida de propiedad por parte de todos como algo absorbido en un sistema igualmente impersonal e inhumano, lo llamemos comunismo o capitalismo. Si no podemos volver atrás, parece que apenas valiera la pena seguir adelante.

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