Cielo plomizo














 Cielo cubierto y plomizo,


calor que el pecho devora,


poniente que se incorpora

con un húmedo hechizo.


La piel, sin hallar permiso,

guarda el sudor con paciencia,

mientras calla la conciencia,


pues la tarde, en su porfía,

medita si llovería

o si será apariencia.


Miguel Navarro




















Espinela del destino.


 


Espinela del destino

Sólo el destino, callado,

sabrá mi secreta historia;

si hubo derrota o victoria,

quedará siempre guardado.

Mientras lloro lo dejado

y la ausencia me sostiene,

mi corazón se detiene

entre la sombra y la herida;

tal vez comprenda la vida

lo que el silencio contiene.


Del Evangelio de Mateo


 

Padre, Señor de la altura,


de la tierra y de los cielos,

ocultaste tus desvelos

a quien presume cordura.

Mas con divina ternura

los mostraste al corazón

del pequeño, en quien tu don

halló morada y abrigo;

pues sólo el humilde amigo

comprende tu revelación.


Venid los de alma rendida,

los cansados de luchar;

yo os enseñaré a llevar

la carga de vuestra vida.

Mi mansedumbre es la guía,

mi corazón, claridad;

hallaréis serenidad

si aprendéis mi caminar,

porque mi yugo al llevar

se convierte en libertad.





Al estío



Sol de estío que amenaza,

fuego en el aire encendido,

y el asfalto, dolorido,

bajo su rigor se abrasa.

Mas cuando el calor traspasa

y todo parece ardor,

una palabra de amor,

serena como una umbría,

trae sombra al mediodía

y brisa al corazón.


Tus hijos son tus hijos




 




Tus hijos son tus hijos, no lo olvides,
carne de tu carne y sangre de tu sangre;
son la vida que un día floreció en tu vida,
la espiga que creció junto a tu árbol,
el eco de tus pasos en el tiempo.

Acompáñalos siempre en la victoria,
cuando el éxito ilumine su camino
y el mundo les sonría complacido;
pero más aún cuando la noche llegue
y el desaliento llame a sus puertas.

Si tropiezan, no juzgues su caída;
tiéndeles la mano con paciencia.
Si se equivocan, muéstrales la senda,
porque nadie aprende sin heridas
ni alcanza la madurez sin extravíos.

Apóyalos cuando el miedo los visite,
cuando la duda nuble sus estrellas,
cuando el peso de la vida los incline
y parezca que el horizonte se oscurece.

No son hijos del ruido de su tiempo,
ni propiedad de leyes o consignas;
no pertenecen al Estado ni a la plaza,
ni a quienes pretenden modelar sus sueños
con moldes ajenos a su alma.

Nadie es dueño de aquello que respira,
nadie puede apropiarse de un destino;
porque cada hijo lleva en sus venas
la memoria de quienes lo engendraron
y el misterio irrepetible de sí mismo.

Son prolongación de tus desvelos,
de tus anhelos, de tus esperanzas;
vida de tus sueños más profundos,
sueño de la vida que te habita,
libertad nacida de tu libertad.

Y aunque un día se alejen de tu sombra
para buscar su propia primavera,
seguirán llevando en su equipaje
la luz que encendiste en sus primeros pasos
y el amor que sembraste en su conciencia.

Tus hijos son tus hijos.
No para retenerlos, sino para amarlos.
No para poseerlos, sino para guiarlos.
No para vivir por ellos, sino para enseñarles
a caminar por sí mismos bajo el cielo.

Y cuando emprendan solos el camino,
comprenderás al fin que tu tarea
no era darles tus alas, sino el vuelo;
no era trazar su ruta, sino enseñarles
a encontrar la verdad de su sendero.



Espinela del retorno







Entró por senda armoniosa

siguiendo un secreto ardor;

cruzó el templo interior

de la ciencia silenciosa.

Y en la región luminosa

donde el alma fue templada,

halló la piedra acabada;

volvió después al camino,

llevando un fuego divino

y una obra consumada.


Décima del Corpus.

 

Ya se engalanó la plaza,


ya huele a romero el sendero,


y pasa el sol verdadero


dejando luz a su traza.


La campana se desata,


canta el pueblo en unidad;


bajo la rica Custodia


camina la Majestad.


Y entre flores y alegría,


Dios visita la ciudad.


Senderos de ausencia

 

Voy por senderos de luna
buscando sombras perdidas,
las huellas que tú dejabas
sobre mis noches vacías.

Pero los viejos caminos
se han cubierto de desengaños,
y ya no encuentro tu sombra
ni el eco de aquellos pasos.

Ya no veo junto al borde
las flores que antes temblaban,
ni escucho cantar al alba
las alondras en las ramas.

Ni aquel perfume tan dulce
que el aire lento guardaba,
como un recuerdo encendido
sobre la hierba mojada.

Tus sombras cruzan ahora
otros senderos lejanos,
otras veredas secretas
donde mis ojos no alcanzan.

Y siento el hueco del tiempo,
la sed gris de la añoranza,
como un invierno de piedra
que dentro del pecho avanza.

Tan cerca cuando te nombro,
tan lejos cuando te callo;
tan lejos en mis silencios,
tan cerca dentro del llanto.

Vuelve por estas veredas,
vuelve otra vez a los campos;
devuelve luz a mis sombras,
oro de sol a mi ocaso.

Que aunque mi tarde declina
sobre desiertos amargos,
guardarė viva la llama
que aún tiembla entre mis manos.


El leproso

 


El curado no guardó el silencio pedido.
La palabra, recién nacida en su carne limpia,
ardía demasiado como para esconderla.

Y fue por los caminos diciendo su luz,
pregón de piel recobrada,
de nombre devuelto,
de dignidad que regresaba como un río.

¿Cómo callar
cuando la herida se vuelve canto?
¿Cómo ocultar la vida
cuando brota de nuevo en el cuerpo?

Su voz se hizo multitud.
Galilea comenzó a latir con rumores,
y las ciudades se llenaron de asombro:
—«¿No será este el hijo de David?»—

Venían de todas partes,
arrastrando dolencias y esperanzas,
buscando en Él no solo la cura,
sino un sentido.

Pero el clamor también pesa.
La alegría desbordada puede confundirse,
y el nombre pronunciado antes de tiempo
enciende fuegos que no comprenden.

Roma vigila.
El pueblo sueña.
Y entre ambos, la expectación se vuelve peligrosa.

Por eso Él se retira.

Se aleja de las puertas abiertas
y de las plazas que lo nombran,
y busca el silencio donde nadie proclama,
donde la voz no es multitud sino susurro.

En lugares desiertos
recompone el sentido,
entrega su cansancio
y vuelve a la fuente.

Allí, en lo escondido, ora.

Pero ni el desierto detiene los pasos:
la gente lo sigue, lo busca, lo llama.
Porque cuando la vida toca la vida,
ni el mandato de silencio
puede contener su eco.


Luz que permanece.

 


Que tu luz jamás se apague,
ahí descansa tu magia;
silenciosa, siempre intacta,
aunque el mundo no la llame.

Vive oculta en tus grietas,
en lo que un día dolió;
y aun herida se levanta
como flor que resistió.

Florece en cada intento
que nadie quiso aplaudir,
en la batalla secreta
de seguir y de seguir.

Eres incendio y sosiego,
misterio, llama y verdad;
un destello que persiste
donde reinó oscuridad.

Y aunque dudes en la noche,
y aunque te extravíes a veces,
tu luz conoce el sendero
que en silencio permanece.

Sólo espera que regreses,
que vuelvas a mirar dentro;
allí arde, fiel y encendida,
tu corazón más despierto.

Pascua de Resurrección

 



Domingo de Resurrección.


Luz en la piedra,


amanece entre lirios;


canta la vida.


Domingo de Resurrección.


Sepulcro abierto,


Jesús vence la noche;


Pascua de luz.






Crónica doméstica de un corazón vigilado.


Crónica doméstica de un corazón vigilado

Hoy me llamó Palop, Juan Antonio,
con voz de emisario diligente:
—“Oye, que han preguntado por ti,
que aún te buscan entre la gente”.

Y aquí ando yo, por estos pagos,
algo bajo de moral, confieso;
pero subiendo la cuesta despacio
como quien doma un tropiezo.

La adversidad —que es testaruda—
vino a visitarme un día,
sin llamar antes a la puerta
ni traer flores de cortesía.

¿Recuerdas? Hace ya algún tiempo
cruzamos correos tranquilos;
yo sigo fiel a la vieja escuela
de los mensajes con hilos.

Soy, qué quieres, de rancio abolengo:
me llevo mejor con la tinta
que con esos mails apresurados
o el WhatsApp que todo lo pinta.

Prefiero palabras que respiren
y frases que tomen asiento,
no esos mensajes que llegan
como mosquitos con prisa y sin cuento.

Los primeros días —no te exagero—
fueron dignos de novela:
acabé alojado en la UCI
con pulsera y sin maleta.

Cateterismo por aquí,
batas blancas por allá,
y yo pensando en silencio:
—“Esto no estaba en el plan”.

Luego vinieron días de encierro,
hospitalario presidio;
pero al final se abrió la puerta
y me otorgaron indulto.

Regresé, por fin, a la vida
civil, doméstica y lenta,
donde el mayor sobresalto
es que la sopa esté fría o muy caliente.

Como el ocio es gran compañero
cuando el médico lo ordena,
me pierdo entre libros viejos
y en la luz azul de la pantalla.

La televisión la trato poco,
no es amiga de mis horas;
prefiero paseos tranquilos
cuando el cuerpo colabora.

Eso sí, pasear me han dicho
—con tono serio y docto—
que es lo único permitido
para este corazón revoltoso.

Aunque no faltan sorpresas:
la semana pasada, sin aviso,
fui a recoger unos análisis
y acabé de nuevo en el hospital, de improviso.

La doctora, con gesto firme,
dijo: “Esto hay que mirarlo ya”;
y yo pensé para mis adentros:
—“Vaya excursión tan singular”.

Pero, bromas aparte, amigo,
la cosa marcha mejor;
aunque me ha quedado un recuerdo
que no se ve… pero está ahí, señor.

No es cicatriz ni vendaje,
ni señal que el ojo advierta;
es que a veces las palabras
se me quedan tras la puerta.

Si hablo largo rato seguido
debo buscarlas con calma,
como quien rebusca llaves
en los bolsillos del alma.

Pero en fin, no dramatizo:
la vida sigue su curso;
y el corazón, aunque prudente,
aún se permite algún discurso.

Espero que por ahí estéis
todos bien y sin sobresaltos;
por aquí sigo en reposo
según manda el alto mando.

Mi cardióloga insiste, seria,
como capitán de navío:
—“Nada de prisas ni batallas,
que el corazón no es un río”.

Así que sigo su consejo
con disciplina cristiana:
reposo, libros, paseo
y paciencia por la mañana.

Y mientras pasan los días
entre páginas y tés,
voy aprendiendo despacio
el arte sencillo de estar.

Cuaresma del corazón.

 


Quiero velar mientras sueño,
Señor de la luz callada;
en tu desierto pequeño
mi alma quiere ser nada.

Que el ayuno sea claridad
que limpie la noche oscura,
y suba mi pobre verdad
como incienso en tu altura.

Que la limosna escondida
caiga como suave río,
y sane la vieja herida
del corazón siempre frío.

Quiero el pecho abierto al cielo,
como tierra tras la helada,
donde desciende en consuelo
tu brisa recién llegada.

Cuaresma abre su sendero
de silencio y de despojo;
dejo el polvo del sendero
y la niebla de mi enojo.

Mi alma me dice: detente,
mira la fuente escondida;
deja el peso de la mente
y vuelve al agua de vida.

Si alguna sombra me ata
y me niega lo prometido,
tu gracia rompe la plata
de todo nudo perdido.

Y al final del largo ayuno
cuando amanezca tu amor,
seré grano, seré humo,
seré llama en tu fulgor.


Cielo plomizo

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– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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