"Nacimiento de Cristo" de Sor Juana Inés de la Cruz

De la más fragante rosa
Nació la abeja más bella,
A quien el limpio rocío
Dio purísima materia.


Nace, pues, y apenas nace,
Cuando en la misma moneda,
Lo que en perlas recibió
Empieza a pagar en perlas.

Que llora el alba, no es mucho
Que es costumbre en su belleza;
Mas ¿quién hay que no se admire
De que el sol lágrimas vierta?

Si es por secundar la rosa,
Es ociosa diligencia,
Pues no es menester rocío
Después de nacer la abeja.

Y más cuando en la clausura
De su virginal pureza
Ni antecedente haber pudo,
Ni puede haber quien suceda,

¿Pues a que fin es el llanto,
que dulcemente riega?
Quien no puede dar más fruto
¿qué importa que estéril sea?

Mas ay, que la abeja tiene
Tan íntima dependencia
Siempre con la rosa, que
Depende su vida de ella;

Pues dándole néctar puro,
Que sus fragancias engendran,
No sólo antes le concibe
Pero después le alimenta.

Hijo y madre, en tan divinas
Peregrinas competencias,
Ninguno queda deudor,
Y ambos obligados quedan.

La abeja paga el rocío
De que la rosa la engendra,
Y ella vuelve a retornarle con
Lo mismo que la engendra.

Ayudando el uno al otro
Con mutua correspondencia,
La abeja a la flor fecunda,
Y ella a la abeja sustenta.

Pues si por eso es el llanto,
Llore Jesús, norabuena,
Que lo que expende en rocío
Cobrará después en néctar.

Monarquía Hispánica precursora de Derechos Humanos.

Resumen del artículo publicado por el blog “España ilustrada”
Te recomiendo su lectura íntegra.
El blog "España Ilustrada" tiene publicados una serie de artículos muy interesantes y un tanto desconocidos de nuestra historia, escritos bajo un punto de vista imparcial.
En cuanto a este artículo observemos que no habla de nuestra "bondad" individual como reino, sino de la preocupación de nuestros gobernantes para que nuestros colonizadores no abusaran de sus dominios.

        
            España fue el primer país en cuestionarse la legalidad y legitimidad de unas tierras conquistadas. De la necesidad de establecer normas de convivencia con los indígenas del Nuevo Mundo, la Monarquía hispánica organizó durante el siglo XVI una serie de Juntas Consultivas de Indias formadas por juristas y teólogos. El resultado de aquellos debates fue la aprobación de las sucesivas Leyes Protectoras de Indias, precedentes de los actuales Derechos Humanos.
La Junta de Valladolid de 1550 y 1551, que planteó  a fondo la "cuestión de los naturales", fue el origen hispánico de la fundación definitiva de los Derechos Humanos y antecedente de las actuales resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas. Esta controversia tuvo como referente el pensamiento de Francisco de Vitoria, fundador del Derecho Internacional de Gentes, y como protagonistas a Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda.
Durante la Edad Media, los reinos cristianos nunca habían necesitado un Derecho Internacional ya que sus necesidades se habían limitado a las relaciones de vasallaje entre los estamentos sociales y el rey. Con la entrada de la Edad Moderna, los reinos de Europa formaron un grupo de personalidades internacionales que demandaban unos nuevos principios y derechos jurídicos para el arbitraje de sus relaciones políticas, comerciales y sociales.
El detonante que propició la ruptura de los rígidos principios medievales fue el descubrimiento de América, el 12 de octubre de 1492. Entonces, España se había convertido en la gran potencia de Europa, y en el centro intelectual durante el siglo XVI. Como consecuencia de la política exterior y expansión territorial, necesitaba un nuevo derecho que regulase las relaciones entre monarquías, la disciplina en los ejércitos, la distribución del botín y la autoridad sobre los vencidos.
Hasta el descubrimiento de América, la licitud de conquista se basaba en tres fuentes de derecho que nadie discutía: el romano, el medieval y pontificio.
El derecho romano establecía que el descubrimiento y ocupación de un territorio era título suficiente para ejercer un pleno dominio con total legitimidad.
            El medieval se basaba en que las personas no cristianas carecían de personalidad jurídica y, por tanto, no podían ser sujetos de derecho. Además, toda aquella tierra sin relación alguna de soberanía o vasallaje con algún príncipe cristiano se consideraba como “tierra de nadie”, Terra Nullis.
            El pontificio se asentaba en la suprema jurisdicción internacional del Papa, considerado como Dominus Orbis, y la Santa Sede podía otorgar el Derecho de Conquista a un rey, o a un “príncipe cristiano”.
Cuando la expedición de Colón descubrió el Nuevo Mundo, lo hizo con estos tres títulos, por lo que la conquista era estrictamente legal.
Pero los territorios del Nuevo Mundo estaban frecuentemente poblados por indígenas, ante esta cuestión los Reyes Católicos recurrieron al otorgamiento papal.
Mediante la Bula Inter Caetera, otorgada por el papa Alejandro VI en 1493, el Reino de Castilla tenía permiso al dominio de las tierras descubiertas y por descubrir en el Nuevo Mundo, pero como contrapartida estaban obligados a evangelizar y convertir a los pueblos nativos.  Los indios, una vez conversos, eran sujetos de derecho.
            La legalidad propia de la Edad Media legitimaba la conquista, pero al poco tiempo buena parte de la intelectualidad española comenzó a preguntarse sobre la licitud y legalidad de obligar a todo un continente a formar parte de un Imperio con el que no les unía ninguna relación previa, y con base en un derecho que ni conocían ni habían aceptado. Fue el nacimiento de una nueva mentalidad de la Edad Moderna, contraria a la opinión legal y cultural de la época en Europa, y sobre todo contraria al propio interés económico y político de su propio país. Aún no se habían conquistado México ni Perú y ya había un problema político, jurídico y moral de gran importancia.
El español fue el primer Imperio en cuestionarse la legalidad y legitimidad de unas tierras conquistadas, nunca otro había reparado en esta cuestión.
            Este fue el tema central de las Juntas Consultivas para las Indias realizadas a lo largo del siglo XVI, auspiciadas por los monarcas hispánicos y materia de debate por teólogos y juristas españoles. Estas Juntas trataban de establecer unas nuevas normas de convivencia entre los hombres, desechando la mentalidad europea de la época y basándose en unos valores comunes a todos los hombres.
La primera persona en preocuparse por la defensa de los derechos del indio fue Isabel la Católica. Desde los primeros momentos del descubrimiento, la reina de Castilla dictó leyes tanto a favor de la protección real de sus nuevos súbditos americanos, como también en la regulación de la posible ambición que pudiese tentar a los conquistadores. En este sentido estableció que seguirían siendo propiedad de los indios aquellas tierras que les pertenecían con anterioridad, mientras que el resto de territorios libres pasarían a titularidad de la Corona, para posteriormente ser repartidos entre los colonos.
Isabel dictó un decreto por el que se prohibía la esclavitud, y cuyas disposiciones suponían una auténtica revolución en cuanto a Derechos humanos para la mentalidad de la época. Estas leyes quedaban aún englobadas en el Derecho medieval, ya que estaban dictados por la libre disposición de un monarca que obra con una legitimidad emanada de una bula papal. No obstante, suponían el inicio de las Leyes de Indias.
            En la práctica se cometieron numerosos abusos, pasándose de la justificación jurídica al dominio. La teoría siguió siendo, sin embargo, que era lícito el dominio de las tierras obtenidas por extensión y difusión del evangelio, y no por afán de lucro.
La colonización se esperaba que discurriese pacífica, pero pronto se descubrió un belicismo indígena  como resistencia a los abusos de los primeros colonos.
            Con la llegada de los dominicos al Nuevo Mundo, aparecieron los primeros defensores de indios y las primeras denuncias a la Corte. El sermón de Antonio de Montesinos, pronunciado en diciembre de 1511 en la isla La Española (Santo Domingo), fue el hito iniciador de la lucha por la justicia. Su sermón tuvo como tema central el cuestionamiento de la licitud del dominio español en las Antillas, así como la censura frente a la explotación a la que los colonizadores, especialmente los encomenderos, sometían a la población nativa.
Montesinos defendió que si los indios son humanos, tenían plenitud de derechos, y como humanos tenían que ser tratados, y planteó tres graves preguntas a los colonos: condiciones para hacer una guerra justa contra los indígenas, título del rey de Castilla sobre el dominio americano, la predicación debía realizarse por la fuerza o solo por medios pacíficos.
El superior de la orden dominicana en La Española, Pedro de Córdoba, negó la absolución a cuantos colonos abusaran de los indígenas.
Ante estas denuncias, Fernando el Católico encargó un estudio jurídico y teológico a Juan López de Palacios y Matías de Paz. El primero se convirtió en uno de los principales defensores de la cuestión de los Justos Títulos del dominio de Castilla sobre las Indias. En su obra Libellus de insulis oceanis realizó un concienzudo razonamiento sobre la legitimidad de la soberanía castellana de los territorios americanos.
Matías de Paz, de la orden de los Dominicos, fue el promotor del hospital de los indios de Santiago de los Caballeros de Guatemala. Su obra “De dominio Regum Hispaniae super Indos”, defendió un trato digno basado en el derecho natural sobre sus tierras y súbditos.
La Corte convocó junta consultiva en diciembre de 1512, la Junta de Burgos, mediante la cual se legitimaron las encomiendas, reconociendo libertad a los indios, e imponiendo responsabilidades a los encomenderos. Concretamente respecto a los nativos, se aprobó:
1- los indios eran libres,
2- debían ser instruidos en la fe católica,
3- tenían obligación de trabajar en forma provechosa para ellos y la República,
4- el trabajo tenía que ser soportable e ir acompañado de los necesarios descansos,
5- debían recibir un salario justo por su trabajo
6- los indios debían tener casas y haciendas propias,
7- tenían que procurar una comunicación con los cristianos.
Progresivamente, una nueva generación de juristas, teólogos y filósofos fue ampliando y mejorando dichas leyes mediante una serie de compilaciones indianas e introduciendo un nuevo concepto de derecho en base a la filosofía iusnaturalista.
El Iusnaturalismo católico es una corriente de pensamiento que afirma la existencia de unas leyes naturales creadas por Dios y que rigen la vida del hombre y de las sociedades. Esta visión del hombre fue novedosa en el contexto socio-político del momento, pero más innovador fue el ambiente de libertad con el que los intelectuales fueron formulando estos principios que estaban cuestionando la presencia española en el Nuevo Mundo, incluso con el apoyo de los monarcas.
Una Real Orden de Carlos I dispuso que, a partir de 1526, cualquier expedición militar vaya acompañada de clérigos legitimados para evitar abusos o desautorizar la lucha cuando esta se considere innecesaria.
El primer arzobispo de México, Juan de Zumárraga, redactó uno de los primeros documentos clave en la historia de la defensa de los Derechos Humanos, llegando a cuestionar la licitud de la conversión de los indios y de la presencia española en América.
El más influyente intelectual de la época fue Francisco de Vitoria, firme seguidor del Iusnaturalismo católico, catedrático de teología de la Universidad de Salamanca y fundador de la Escuela económica Salamanca.
Además de promover una reflexión moral sobre la economía totalmente novedosa en su tiempo, fue defensor de la igualdad de todos los hombres y concibió el mundo como una comunidad de pueblos organizada de forma política y basada en el Derecho Natural de gentes. Su pensamiento se desarrolló en torno a la dignidad y problemas morales de la condición humana, convirtiéndose en el primer español en negar la validez política de las Bulas Alejandrinas sobre los territorios americanos.
Vitoria definió una serie de títulos justos a partir de los cuales la Corona castellana podría declararse como legítima poseedora del continente americano. Se refería a unos derechos que pretendían romper con argumentos teológico, que se fundamentaran en criterios de la razón natural, que pudieran ser aceptados por todos los hombres, por tanto aspiraban a tener reconocimiento universal: las bases del Derecho Público Internacional.
Sus ideas, reunida en sus Relecciones sobre los indios, se pueden concentrar en las siguientes tesis:
1- Derecho territorial: los indios son dueños de sus tierras, por tanto, sus Estados, aunque infieles, tendrían los mismos derechos que los cristianos. El descubrimiento no produce derecho a la conquista ni al dominio.
2- Derecho de tránsito y permanencia: todos los humanos tienen libertad de viajar y permanecer en el continente americano sin dañar a los naturales. Si estos impidieran ejercer el derecho de tránsito y permanencia, entonces podrían tomar la tierra sin su consentimiento.
3- Derecho a la negación del rey como poder divino: el emperador no puede valerse de una ley universal para reconocerse como dueño patrimonial del mundo y, del mismo modo, tampoco el papa puede hacer uso de su poder temporal divino para asignar territorios de infieles a otros príncipes.
4- Derecho de prédica del evangelio: los indígenas deben permitir la libre evangelización de los cristianos, pero en caso negativo, estos no se deben tomar este hecho como licencia para la agresión.
5- Derecho a la defensa interior: los príncipes indígenas no pueden forzar la vuelta a la idolatría de algún natural convertido al cristianismo.
6- Derecho de libre soberanía: los indios sometidos a príncipes tiranos puede elegir de forma cierta y voluntaria la protección de señores cristianos. Además, los colonizadores pueden usar la fuerza si es para derrocar a crueles soberanos indígenas y salvar a gente inocente de una muerte injusta, como por ejemplo los rituales del sacrificio humano.
Bartolomé de las Casas continuó la defensa de la dignidad del indígena. Justificó el dominio español en América sólo si se predicaba pacíficamente el evangelio. Condenó el uso de las guerras contra los indígenas americanos, aunque fueran guerras justas, pues para él, los soldados tienen la obligación de respetar a los inocentes, entre los que citaba a mujeres, niños, sacerdotes, agricultores, obreros y mercaderes.
Para Las Casas, los pueblos organizados como países independientes no constituyen algo separado de los demás, sino unido a estos por los vínculos de un común origen, de análogas necesidades y limitaciones. Para la superación de los males todos deben colaborar en una obra armónica; es en suma, una comunidad internacional lo que forma el conjunto de las sociedades políticas que deben vivir en situación de interdependencia.
Carlos I convocó una Junta Consultiva de Salamanca, en 1540. El debate trataría la denominada Polémica de los naturales entre teólogos y juristas.  
El informe concluyente aconsejaba que el rey, los gobernadores y los encomenderos deberían mantener un absoluto respeto a la libertad de conciencia de los indios, así como la prohibición expresada de cristianizarlos por la fuerza o en contra de su voluntad, tal como se estaba haciendo desde el inicio de la conquista.
Se determinó: “Los indios no deben ser bautizados antes de haber sido suficientemente instruidos no solo en los artículos de la fe, sino también en las costumbres cristianas y en todo aquello que es necesario para la salvación, hasta que ellos sepan lo que reciben, y profesen en el bautismo, y empiecen a dar pruebas de que es su voluntad venir y perseverar en la Fe y Religión Cristiana.”
Los consejos de estos juristas, junto a las indicaciones de clero indigenista, se fueron implantando con una extraordinaria agilidad legislativa en los diversos textos que fueron componiendo las Nuevas Leyes de Indias de 1542, aprobadas por el emperador Carlos I en Barcelona. Algunas de estas Nuevas leyes para el buen tratamiento y preservación de los Indios fueron un claro ejemplo del grado de innovación jurídica, adelantándose en varios siglos a la legislación moderna:
- Prohibición de injuriar o maltratar a los indios. (libro VI, título X, ley XXI)
- Obligación de pagarles salarios de “justa y razonable estimación”. (libro VI, título XII, ley II)
- Reconocimiento del derecho al descanso dominical. (libro VI, título XV, ley XX)
- Jornada laboral máxima de ocho horas en las fábricas. (libro III, título VI, ley VI)
- Normativa protectora de la salud de los indios, especialmente en lo referido a mujeres y niños.
Como las leyes de 1542 fueron difíciles de en su aplicación y las denuncias continuaron, Carlos I tomó la decisión de someter a debate definitivo el debate legitimista convocando una gran asamblea de sabios. Mientras tanto, el Consejo de Indias ordenó detener el proceso de conquista en 3 de julio de 1549 hasta que se tomara una nueva resolución.  
España se había convertido en el primer Imperio que no sólo se cuestionó la licitud de sus conquistas, sino que además, había parado la empresa colonizadora. Ningún otro Imperio en la Historia de la humanidad tuvo un precedente de estas consideraciones. Esta actitud proteccionista fue un rasgo característico de la expansión española en América, Asia y Oceanía durante la Edad Moderna, desconocida por otras potencias, sobre todo durante la segunda mitad del siglo XIX en la Edad Contemporánea, fase histórica de gran difusión de las prácticas colonialistas europeas como consecuencia de la industrialización.
El debate de indias que organizó la Junta Consultiva de Valladolid de 1550 y 1551, denominada Controversia de Valladolid, fue el origen hispánico de la fundación definitiva de los Derechos Humanos.
Todas las grandes potencias hacían esclavos los naturales de las tierras que iban tomando: los portugueses, los árabes; pronto los ingleses, los holandeses, los franceses. La prohibición de la esclavitud de los indígenas americanos tuvo un enorme impacto psicológico en la concepción de los colonizadores españoles desde el reinado de Isabel la Católica, en una época donde la esclavitud seguía siendo una institución social vigente en Occidente.
Felipe II repitió, más tarde, la misma orden: “que los descubridores no se embaracen en guerras ni bandos entre los indios, ni les hagan daño, ni tomen cosa alguna”. Esto fue muy difícil de llevase a cabo con total control, de hecho las crónicas indias están llenas de sucesos sobre abusos cometidos por encomenderos e incluso por funcionarios reales de alto nivel jerárquico, pero fueron investigados por la justicia, arrestados, llevados a España, juzgados por estas leyes, encarcelados e incluso ejecutados.
Para el monarca, la evangelización de América solo podía apoyarse en la predicación y en el ejemplo, lo que requería personas capaces de exhibir una conducta orientada por valores y virtudes. Las órdenes religiosas organizaron sucesivas expediciones misioneras y humanitarias avanzando por territorios vírgenes.
Las Juntas Consultivas que los monarcas españoles organizaron sobre la polémica de indis fueron un claro antecedente de las actuales resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas sobre la oportunidad y la necesidad de intervenciones militares, para salvaguardar los Derechos Humanos.
            Debido a esta forma de entender el Derecho y la ciudadanía, un tercio de los diputados presentes en las Cortes reunidas en Cádiz en 1812 procedía de lugares como Honduras, Guayaquil, Buenos Aires, Venezuela, Chile o incluso Filipinas. De entre aquellos hombres que firmaron las primera Constitución de España y la América hispánica destaca el diputado representante del Virreinato del Perú Dionisio Inca Yupanqui. Este diputado había recibido una esmerada educación en la armada española y en el Colegio de Nobles de Madrid. Se declaraba “nieto legítimo por línea directa del Inca Huayna Cápac duodécimo y último Emperador del Perú“, y aseguraba que su antepasado fue el “primer vasallo” del rey de España. En su discurso ante las Cortes de Cádiz criticó los abusos que existían en América, y defendió sin ambages la plena igualdad de ciudadanía, dentro de una concepción liberal. Su alegato en favor de negros, indios y mestizos le valió el fervoroso aplauso por parte del resto de diputados. Según aquella Constitución, “la nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios“.

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El clérigo ignorante.

       En un lejano lugar, de una remota tierra, perdida en la sierra, una aldea había. El lugar era un sitio inhóspito que vivía del arado nuestro de cada día y de sus escasos rebaños. Apenas interés tenía, sus callejuelas embarradas no podían alimentar el mantenimiento de la iglesia que se hundía por momentos bajo el peso de sus numerosas goteras y sus falsos cimientos. Carecía la parroquia de alguien que velase por sus necesidades espirituales y, como nada recibían, nada daban.

En ella encomendaron su labor espiritual a un clérigo de una orden mendicante, de recién cantada misa y que al pueblo serviría. En el Arzobispado preocupaba su situación, que en los caseríos y pequeños lugares, la fe menguaba. La gente desocupaba sus tareas espirituales y los diezmos se acortaban a pasos agigantados, sin poder mantener su devoción a Jesús Sacramentado.
La primera misa de este clérigo fue dedicada a Santa María; sin embargo, la segunda, la tercera y la cuarta allí se repetían. Transcurrían las fechas, con sus tiempos litúrgicos que marcaban la vida de los pueblos, más todos los días eran santos y buenos para alabar a la Virgen María. Pronto descubrieron los moradores de la aldea que aquel hombre era corto de entendederas. Por mucho que pidieron e insistieron, aquel hombre no sabía decir otra misa y la repetía cada día, más la sabía por uso que por sabiduría.
       Los hombres necesitaban conocer la época que vivían y sus cercanías, que anunciasen las siembras, sus recolectas, los festejos locales, sus santos devotos y sus tradiciones por siglos veneradas y alabadas. Las mujeres, duras y agrestes como aquellos lugares, exigían que se rezaran las correspondientes misas con sus santorales, bautizos y devociones. Pero todo le era indiferente para a aquel hombre, corto de sabidurías y más corto todavía en sus conocimientos.
       Los lugareños indagaron y preguntaron en la orden mendicante a la que pertenecía. El superior les recibió preocupado pues imaginaba lo que encima le venía. Cuando sus dudas y quejas plantearon, el fraile les contó que aquel hombre fue un expósito confiado al convento que le vio crecer. Jamás mal alguno realizó, y pasaba horas tan largas como días, delante de la Virgen María. Los votos el joven quiso abrazar, cosa que a ningún hombre se le puede negar. Pero si sus éxtasis marianos eran de un espíritu tan elevado a Dios, poco había aprendido en su formación. Por mucho que intentaron y formaron, por mucha voluntad que el devoto ponía, tan rápido como el conocimiento venía, éste se perdía en el laberinto de sus pensares. Solo repetía con profunda devoción la misa a Santa María.
       Más frailes disponibles no quedaban, los mejores habían partido para las ciudades importantes donde eran más necesarios que en los pequeños lugares. Las quejas que los labriegos formularon al abad fueron ignoradas por la orden. En el hombre no hallaron maldad, tan solo ignorancia y falta de formación, que si bien se la dieron él no la comprendió.
       Los labriegos, molestos por la ignorancia del clérigo y atrevidos en sus decisiones, al Arzobispo presentaron sus lamentaciones. No era justo que solo a la Virgen rezaran todo el tiempo. La fe se perdía en otros santos y devotos patronos; que si la fe se perdía, añadieron malintencionados, el pueblo de la misa huiría.
       Le obispo renegando por lo que el clérigo allí estaba desorganizando, mando de inmediato llamar al subordinado, que no era bueno perder la clientela y los menguados diezmos que aportaba.
       Respetando el voto de obediencia, montó en su borrico para ir a buscar la presencia del señor Arzobispo. Tenía tanto miedo, pues campanadas habían sonado, de lo que el Vicario divino le pudiera decir, que había perdido hasta el color. Vergüenza sentía que corría por sus venas cual río desbordado de continuos fracasos.
       Llegado a su santa presencia, el abad del convento también fue convocado. Sus rostros severos se dirigieron hacia el inculpado. 
– Dime la verdad –dijo el obispo– cuentan que tan corto eres que misa no sabes hacer, ni quieres. No respetas la Cuaresma, ni Pentecostés, ni Adviento y el tiempo ordinario lo vuelves tan vulgar que solo sabes una misa a la Virgen hacer. Homilías no haces y a tu rebaño olvidas hasta en los más pequeños detalles. Próximo a la herejía te encuentras hundiéndome en mil pesares.
El hombre, temeroso y asustado, sin querer faltar a la verdad, estando presente su tutor, a quien no podía engañar, respondió:
–Si falsease mi testimonio, faltaría a la caridad que le debo a su santidad. Querer quiero, mas no puedo, que a la Virgen le debo tanto respeto y amor, que otra cosa no puede salir de mí que su santa devoción.
– Observo que tus hermanos contigo han tenido gran paciencia y siendo ciertos los rumores que no tienes más ciencia que la de cantar una sola misa sin saber hacer otra cosa, declaro que mi sentencia sea que vivas conforme tu creencia. A partir de ahora quedas relevado del encargo de hacer misa diaria. Deberás dedicarte a las tareas de limpieza y mantenimiento del convento que te dio cobijo. Que así sea como lo he mandado y este hombre de hacer misa apartado.
El hombre apenado regresó a los cuatro muros que le habían criado. De sus compañeros burlas y escarnios recibió por no haber sabido cumplir con el mandato encomendado. Tanta vergüenza sintió que en la capilla se encerró y durante días a la Virgen en soledad pidió consejo, pues se sentía indigno y condenado hasta por el propio clero.
Ocurrió que en esas fechas una gran tormenta volcó sus desafueros en toda la comarca. El cielo cubrió las estrellas, y el día en noche se convirtió. Durante una semana no cesaba de llover a raudales hasta tal extremo que los ríos desbordaron sus caudales. Piedras del tamaño de manzanas rompieron cercas, techumbres y mataron sus ganados. La furia de sus truenos atormentó a los vecinos sin descanso, ocasionando tantos males que vieron peligrar un invierno furioso que hasta ellos llegaba sin avisar.
Desde un ventanal de la catedral, el Arzobispo contemplaba la lluvia que tantos destrozos ocasionaba. Peligraban las cosechas, y con ellas se ahogaban los donativos que a sus fueros les debían. Culpando al clérigo de tamaña desgracia, que era el hombre torpe y además gafe, se fue preocupado a la cama.
Los sirvientes, después de servirle algo caliente, le dejaron solo en sus oraciones y en su lecho. Intranquilo despertó cuando el portalón de la ventana cedió y el agua entraba inundando sus aposentos. Prestos los criados limpiaron los desperfectos, mas ya habían salido de la habitación cuando la ventana se volvió a abrir.
En ella apareció la Gloriosa Virgen María, acompañada de un coro de ángeles que daban fe de lo que decía. El religioso, espantado, rostro en tierra cayó pensando que el fin del mundo se estaba acercando. Tras ella truenos y relámpagos incendiaban el cielo abriendo las puertas del averno.
La Madre de Dios, con voz potente, se dirigió al obispo aterrado:
– ¿Por qué fuiste contra mí tan cruel y tan villano? Solo te preocupabas de tus rentas y no de tu hijo a quién más debías haber amado, que por necesitado más amor merecía recibir. Él jamás daño ocasionó, ni a personas ni a rebaños y sin embargo le has ridiculizado y condenado. Cuando cantaba misa cada día, por mí lo hacía. Consideraste que eso era herejía que si se saltaba los tiempos la devoción hacía mí mantenía. Por eso, quedas advertido, que si al clérigo no permites hacer la misa mía, en treinta días tu tiempo en la tierra habrá acabado. Si no cumples mi encargo, al purgatorio serás enviado y allí, además de tus otros pecados, más tiempo pasarás por la ofensa al condenado.
Una vez desaparecida la visión de la Virgen María, mando despertar a la guardia y a un mensajero ordenó que ensillara su caballo para enviar un mensaje al abad. En el mensaje ordenaba que al monje dejase de nuevo misa cantar, que siempre que por la Madre de Dios lo hiciese, dentro de la fe estaba y permanecía. Si algo le faltase al hombre, ya sea en el vestir o en el calzar, que se lo mandara decir, que el suyo mismo le iba a dar.
El pueblo, al enterarse de lo ocurrido, y habiendo cesado la tormenta, acudieron en romería al monasterio del buen clérigo de Santa María. Le rogaron que a la aldea regresara y que hiciera cuantas misas deseara en honor a la Virgen María, que a partir de ese momento el pueblo la recibía como patrona y señora.
Se dice que la cosecha se recuperó de la tormenta. Tanta fue la riqueza que la Providencia otorgó a la pequeña aldea que sus diezmos aumentaron de forma considerable levantando varias ermitas a la Madre de Nuestro Señor, no habiendo oración ni devoción más grande que la de la Santa María Madre de Dios.

       El clérigo ignorante.- Miguel Navarro.
Relato inspirado en el poema homónimo de Gonzalo de Berceo.


Milagros de Nuestra Señora - El clérigo ignorante de Gonzalo de Berceo

Milagro IX - El clérigo ignorante

Era un simple clerigo pobre de clereçia,
Diçie cutiano missa de la Sancta Maria,
Non sabia deçir otra, diçiela cada dia,
Mas la sabia por uso que por sabiduria.

Fo est missacantano al bispo acusado
Que era idiota, mal clerigo probado:
Salve Sancta Parens solo tenie usado,
Non sabie otra missa el torpe embargado.

Po dura-ment movido el obispo a sanna,
Diçie: nunqua de preste oí atal hazanna:
Disso: diçít al fijo de la mala putanna
Que venga ante mi, non lo pare por manna.

Vino ante el obispo el preste peccador,
Avie con él grant miedo perdida la color,
Non podie de verguenza catar contral sennor,
Nunqua fo el mesquino en tan mala sudor.

Dissoli el obispo: preste, dime la verdat,
Si es tal como diçen la tu neçiedat:
Dissoli el buen omne: sennor, por caridat
Si dissiese que non, dizria falsedat.

Dissoli el obispo: quando non as çiençia
De cantar otra missa, nin as sen, nin potençia,
Viedote que non cantes, metote en sentençia:
Viví commo mereçes por otra agudençia.

Fo el preste su vía triste e dessarrado,
A vie muy grant verguenza, el danno muy granado,
Tornó en la Gloriosa ploroso e quesado,
Que li diesse conseio, ca era aterrado.

La Madre preçiosa que nunqua falleçió
A qui de corazon a piedes li cadió,
El ruego del su clerigo luego gelo udió:
Non lo metió por plazo, luego li acorrió.

La Virgo Gloriosa madre sin diçion
Apareçiol al obispo luego en vision:
Dixoli fuertes dichos, un brabiello sermon,
Descubrioli en ello todo su corazon.

Dixoli braba-mientre: don obispo lozano,
Contra mi por qué fuste tan fuert e tan villano?
Io nunqua te tollí valia de un grano,
E tu asme tollido a mi un capellano.

El que a mi cantaba la missa cada dia,
Tu tovist que façia ierro de eresia:
Judguestilo por bestia e por cosa radia,
Tollisteli la orden de la capellania.

Si tu no li mandares deçir la missa mia
Commo solie deçirla, grant querella avria.
E tu serás finado hasta el trenteno dia:
Desend verás que vale la sanna de Maria!

Fo con estas menazas el bispo espantado,
Mandó enviar luego por el preste vedado:
Rogol quel perdonasse lo que avie errado,
Ca fo el en su pleito dura-ment engannado

Mandolo que cantasse commo solie cantar,
Fuesse de la Gloriosa siervo del su altar,
Si algo li menguasse en vestir ó en calzar,
El gelo mandarie del suyo mismo dar.

Tornó el omne bono en su capellania,
Sirvió a la Gloriosa Madre Sancta Maria,
Finó en su ofiçio de fin qual yo queria,
Fue la alma a la gloria, a la dulz cofradia.

Non podriemos nos tanto escribir nin rezar,
Aun porque podiessemos muchos annos durar,
Que los diezmos miraclos podiessemos contar,
Los que por la Gloriosa denna Dios demostrar.

Disculpas.

Pido disculpas a mis lectores habituales.

Causas ajenas a mi voluntad y que no vienen al caso, me han alejado durante demasiados días de las redes sociales. Se dice, se cuenta, que eso suele ser habitual en determinados escritores, léase Shakespeare que “desapareció” durante varios años, o Edgar Allan Poe que tuvo ciertos lapsus temporales en los que permanecía alejado del mundo de los vivos. Ni mucho menos ha sido mi caso, más humilde y sencillo como lo es este, vuestro amigo fraternal.


Es cierto que en determinadas ocasiones es necesario retirarse, refugiarse en la meditación, o en el silencio de un claustro para beber de nuestros orígenes y renovar bríos para el camino. El silencio de la Cuaresma, la espera del Adviento, los retiros espirituales, el descanso del peregrino, son alimento necesario para todo caminante en un mundo atormentado sin rumbo ni Norte.

Confieso que soy culpable de extrañaros, de necesitar vuestros comentarios privados, y algunos no tan privados. Derramar mis pensamientos, haceros participes de mis inquietudes, obtener vuestra respuesta y leer vuestros correos, me ha aliviado en gran medida (gracias quienes los habéis enviado)…

Regreso, no para incordiar sino para participar y compartir, buscando el bien, que, si no lo encuentro, al menos lo busco, amando el amor, jugando con las palabras y si sale algo redondo compartirlo con vosotros.

Gracias por leerme.


“Carta VII”, Platón versus Spain

         Una obra adquiere la consideración de clásica cuando sus valores, su mensaje, su esencia, trascienden el espacio tiempo convirtiéndose en un referente universal. Un dicho popular nos recuerda que no hay nada nuevo bajo el sol. Lo que sucede en la actual situación española, pese a lo lamentable de su situación, no es nuevo ni único. Con independencia de partidismos, colores, simpatías o antipatías, el caos en que nos hallamos metidos es un producto de la formación de nuestros gobernantes. Reconocer los males es el primer paso para avanzar y curar enfermedades. La ceguera, ingenua o interesada, de los grupos de poder, conduce a un callejón sin salida.

         Nadie queda libre de culpa y el mal radica en puntos fundamentales que se encuentran más allá de la ambición, la codicia o la manipulación. Como he mencionado antes, un clásico tal vez nos permita hallar respuestas a nuestro triste presente.
         Reproduzco a continuación un fragmento de la “Carta VII” de Platón que considero de gran interés. Cada cual que obtenga las reflexiones que inspire su conocimiento:

         “Siendo yo joven, pasé por la misma experiencia que otros muchos; pensé dedicarme a la política tan pronto como fuera dueño de mis propios actos; y he aquí las vicisitudes de los asuntos públicos de mi patria a que hube de asistir. Siendo objeto de general censura el régimen político a la sazón imperante se produjo una revolución; al frente de este movimiento revolucionario se instauraron como caudillos cincuenta y un hombres: diez en el Pireo y once en la capital, mientras que treinta se instauraron con plenos poderes al frente del gobierno en general. Se daba la circunstancia de que algunos de éstos eran allegados y conocidos míos y en consecuencia requirieron al punto mi colaboración, por entender que se trataba de actividades que me interesaban. La reacción mía no es de extrañar, dada mi juventud; yo pensé que ellos iban a gobernar la ciudad sacándola de un régimen de vida injusto y llevándola a un orden mejor, de suerte que les dediqué mi más apasionada atención a ver si lo conseguían. Y vi que en poco tiempo hicieron aparecer bueno, como una edad de oro, el anterior régimen. Entre otras tropelías que cometieron estuvo la de enviar a mi amigo, el anciano Sócrates, de quien yo no tendría reparo en afirmar que fue el más justo de los hombres de su tiempo, a que, en unión de otras personas, prendiera a un ciudadano para conducirlo por la fuerza a ser ejecutado; orden dada con el fin de que Sócrates quedara, de grado o por fuerza, complicado en sus crímenes; por cierto que él no obedeció, y se arriesgó a sufrir toda clase de castigos antes de hacerse cómplice de sus iniquidades. Viendo, digo, todas estas cosas y otras semejantes de la mayor gravedad, lleno de indignación me inhibí de las torpezas de aquel período.
         No mucho tiempo después, cayó la tiranía de los Treinta y todo el sistema político imperante. De nuevo, aunque ya menos impetuosamente me arrastró el deseo de ocuparme de los asuntos públicos de la ciudad. Ocurrían desde luego también bajo aquel gobierno, por tratarse de un período turbulento, muchas cosas que podrían ser objeto de desaprobación; y nada tiene de extraño que, en medio de una revolución, ciertas gentes tomaran venganzas excesivas de algunos adversarios. No obstante, los entonces repatriados observaron una considerable moderación. Pero dio también la casualidad de que algunos de los que estaban en el poder llevaron a los tribunales a mi amigo Sócrates, a quien acabo de referirme, bajo la acusación más inicua y que menos  le cuadraba. En efecto, unos acusaron de impiedad y otros condenaron y ejecutaron al hombre que un día no consintió en ser cómplice del ilícito arresto de un partidario de los entonces proscritos, en ocasión en que ellos padecían las adversidades del destierro. Al observar yo cosas como éstas y a los hombres que ejercían los poderes públicos, así como las leyes y las costumbres, cuanto con mayor atención lo examinaba, al mismo tiempo que mi edad iba adquiriendo madurez, tanto más difícil consideraba administrar los asuntos públicos con rectitud: no me parecía, en efecto, que fuera posible hacerlo sin contar con amigos y colaboradores dignos de confianza; encontrar quiénes lo fueran no era fácil, pues ya la ciudad no se regía por las costumbres y prácticas de nuestros antepasados, y adquirir otros nuevos con alguna facilidad era imposible; por otra parte, tanto la letra como el espíritu de las leyes se iba corrompiendo y el número de ellas crecía con extraordinaria rapidez. De esta suerte, yo, que al principio estaba lleno de entusiasmo por dedicarme a la política, al volver mi atención a la vida pública y verla arrastrada en todas direcciones por toda clase de corrientes, terminé por verme atacado de vértigo, y si bien no prescindí de reflexionar sobre la manera de poder introducir una mejora en ella, sí dejé, sin embargo, de esperar sucesivas oportunidades de intervenir activamente. Y terminé por adquirir el convencimiento con respecto a todos los Estados actuales de que están sin excepción, mal gobernados; en efecto, lo referente a su legislación no tiene remedio sin una extraordinaria reforma, acompañada además de suerte para implantarla. Y me vi obligado a reconocer, en alabanza de la verdadera filosofía, que de ella depende el obtener una visión perfecta y total de lo que es justo, tanto en el terreno político como en el privado, y que no cesará en sus males el género humano hasta que los que son recta y verdaderamente filósofos ocupen los cargos públicos, o bien los que ejercen el poder en los Estados lleguen, por especial favor divino, a ser filósofos en el auténtico sentido de la palabra.” (PLATON – “Carta VII”)

         Algunas frases que me han “tocado”, esto es personal y no dogma de fe, son:

“pensé que ellos iban a gobernar la ciudad sacándola de un régimen de vida injusto y llevándola a un orden mejor”

“en poco tiempo hicieron aparecer bueno, como una edad de oro, el anterior régimen.”

“se arriesgó (Sócrates) a sufrir toda clase de castigos antes de hacerse cómplice de sus iniquidades.”

“Viendo, digo, todas estas cosas y otras semejantes de la mayor gravedad, lleno de indignación me inhibí de las torpezas de aquel período.”

“cayó la tiranía” (…) “ciertas gentes tomaran venganzas excesivas de algunos adversarios.”

“los hombres que ejercían los poderes públicos, así como las leyes y las costumbres, cuanto con mayor atención lo examinaba, al mismo tiempo que mi edad iba adquiriendo madurez, tanto más difícil consideraba administrar los asuntos públicos con rectitud”

“la ciudad no se regía por las costumbres y prácticas de nuestros antepasados,”

“la letra como el espíritu de las leyes se iba corrompiendo y el número de ellas crecía con extraordinaria rapidez”

Mal grave es asistir a “la vida pública y verla arrastrada en todas direcciones por toda clase de corrientes”

“terminé por adquirir el convencimiento con respecto a todos los Estados actuales de que están sin excepción, mal gobernados;”







CUARTETOS A UNA SEÑORA QUE ENFERMÓ DE CALENTURA (D. Guillen Ramón Catalán)

CUARTETOS  A UNA SEÑORA QUE ENFERMÓ DE CALENTURA (D. Guillen Ramón Catalán)
D. Guillen Ramón Catalán fue miembro de la Academia de los Nocturnos, tertulia literaria de Valencia (1591-1594), con el sobrenombre de "Reposo".

Agora que corresponde
vuestro mal con mi dolor,
y es la ceniza el color
que vuestra brasa me esconde,


Quiero tratar vuestro brío
en tan azar coyuntura,
quizá vuestra calentura
os habrá templado el frío.

Llorando os doy mis despojos,
porque mi llanto os obligue,
y vuestra sed se mitigue
con el agua de mis ojos.

Si con dieta os sanáis
de ese dolor que os aprieta,
tened, señora, dieta
de los males que me dais;

Y si sangría es bastante,
sangre mi pecho derrama,
como quien sangra la ama
para que cure el infante.

Quedemos de este accidente,
vos con salud, yo con vida,
vos por mí convalecida,
yo por vos convaleciente.

Y dad de mano al calor
que es para entrambos cruel,
porque con vos y con él

quemáis las alas de amor.


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Cielo plomizo

 Cielo cubierto y plomizo, calor que el pecho devora, poniente que se incorpora con un húmedo hechizo. La piel, sin hallar permiso, guard...

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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