El clérigo ignorante.

       En un lejano lugar, de una remota tierra, perdida en la sierra, una aldea había. El lugar era un sitio inhóspito que vivía del arado nuestro de cada día y de sus escasos rebaños. Apenas interés tenía, sus callejuelas embarradas no podían alimentar el mantenimiento de la iglesia que se hundía por momentos bajo el peso de sus numerosas goteras y sus falsos cimientos. Carecía la parroquia de alguien que velase por sus necesidades espirituales y, como nada recibían, nada daban.

En ella encomendaron su labor espiritual a un clérigo de una orden mendicante, de recién cantada misa y que al pueblo serviría. En el Arzobispado preocupaba su situación, que en los caseríos y pequeños lugares, la fe menguaba. La gente desocupaba sus tareas espirituales y los diezmos se acortaban a pasos agigantados, sin poder mantener su devoción a Jesús Sacramentado.
La primera misa de este clérigo fue dedicada a Santa María; sin embargo, la segunda, la tercera y la cuarta allí se repetían. Transcurrían las fechas, con sus tiempos litúrgicos que marcaban la vida de los pueblos, más todos los días eran santos y buenos para alabar a la Virgen María. Pronto descubrieron los moradores de la aldea que aquel hombre era corto de entendederas. Por mucho que pidieron e insistieron, aquel hombre no sabía decir otra misa y la repetía cada día, más la sabía por uso que por sabiduría.
       Los hombres necesitaban conocer la época que vivían y sus cercanías, que anunciasen las siembras, sus recolectas, los festejos locales, sus santos devotos y sus tradiciones por siglos veneradas y alabadas. Las mujeres, duras y agrestes como aquellos lugares, exigían que se rezaran las correspondientes misas con sus santorales, bautizos y devociones. Pero todo le era indiferente para a aquel hombre, corto de sabidurías y más corto todavía en sus conocimientos.
       Los lugareños indagaron y preguntaron en la orden mendicante a la que pertenecía. El superior les recibió preocupado pues imaginaba lo que encima le venía. Cuando sus dudas y quejas plantearon, el fraile les contó que aquel hombre fue un expósito confiado al convento que le vio crecer. Jamás mal alguno realizó, y pasaba horas tan largas como días, delante de la Virgen María. Los votos el joven quiso abrazar, cosa que a ningún hombre se le puede negar. Pero si sus éxtasis marianos eran de un espíritu tan elevado a Dios, poco había aprendido en su formación. Por mucho que intentaron y formaron, por mucha voluntad que el devoto ponía, tan rápido como el conocimiento venía, éste se perdía en el laberinto de sus pensares. Solo repetía con profunda devoción la misa a Santa María.
       Más frailes disponibles no quedaban, los mejores habían partido para las ciudades importantes donde eran más necesarios que en los pequeños lugares. Las quejas que los labriegos formularon al abad fueron ignoradas por la orden. En el hombre no hallaron maldad, tan solo ignorancia y falta de formación, que si bien se la dieron él no la comprendió.
       Los labriegos, molestos por la ignorancia del clérigo y atrevidos en sus decisiones, al Arzobispo presentaron sus lamentaciones. No era justo que solo a la Virgen rezaran todo el tiempo. La fe se perdía en otros santos y devotos patronos; que si la fe se perdía, añadieron malintencionados, el pueblo de la misa huiría.
       Le obispo renegando por lo que el clérigo allí estaba desorganizando, mando de inmediato llamar al subordinado, que no era bueno perder la clientela y los menguados diezmos que aportaba.
       Respetando el voto de obediencia, montó en su borrico para ir a buscar la presencia del señor Arzobispo. Tenía tanto miedo, pues campanadas habían sonado, de lo que el Vicario divino le pudiera decir, que había perdido hasta el color. Vergüenza sentía que corría por sus venas cual río desbordado de continuos fracasos.
       Llegado a su santa presencia, el abad del convento también fue convocado. Sus rostros severos se dirigieron hacia el inculpado. 
– Dime la verdad –dijo el obispo– cuentan que tan corto eres que misa no sabes hacer, ni quieres. No respetas la Cuaresma, ni Pentecostés, ni Adviento y el tiempo ordinario lo vuelves tan vulgar que solo sabes una misa a la Virgen hacer. Homilías no haces y a tu rebaño olvidas hasta en los más pequeños detalles. Próximo a la herejía te encuentras hundiéndome en mil pesares.
El hombre, temeroso y asustado, sin querer faltar a la verdad, estando presente su tutor, a quien no podía engañar, respondió:
–Si falsease mi testimonio, faltaría a la caridad que le debo a su santidad. Querer quiero, mas no puedo, que a la Virgen le debo tanto respeto y amor, que otra cosa no puede salir de mí que su santa devoción.
– Observo que tus hermanos contigo han tenido gran paciencia y siendo ciertos los rumores que no tienes más ciencia que la de cantar una sola misa sin saber hacer otra cosa, declaro que mi sentencia sea que vivas conforme tu creencia. A partir de ahora quedas relevado del encargo de hacer misa diaria. Deberás dedicarte a las tareas de limpieza y mantenimiento del convento que te dio cobijo. Que así sea como lo he mandado y este hombre de hacer misa apartado.
El hombre apenado regresó a los cuatro muros que le habían criado. De sus compañeros burlas y escarnios recibió por no haber sabido cumplir con el mandato encomendado. Tanta vergüenza sintió que en la capilla se encerró y durante días a la Virgen en soledad pidió consejo, pues se sentía indigno y condenado hasta por el propio clero.
Ocurrió que en esas fechas una gran tormenta volcó sus desafueros en toda la comarca. El cielo cubrió las estrellas, y el día en noche se convirtió. Durante una semana no cesaba de llover a raudales hasta tal extremo que los ríos desbordaron sus caudales. Piedras del tamaño de manzanas rompieron cercas, techumbres y mataron sus ganados. La furia de sus truenos atormentó a los vecinos sin descanso, ocasionando tantos males que vieron peligrar un invierno furioso que hasta ellos llegaba sin avisar.
Desde un ventanal de la catedral, el Arzobispo contemplaba la lluvia que tantos destrozos ocasionaba. Peligraban las cosechas, y con ellas se ahogaban los donativos que a sus fueros les debían. Culpando al clérigo de tamaña desgracia, que era el hombre torpe y además gafe, se fue preocupado a la cama.
Los sirvientes, después de servirle algo caliente, le dejaron solo en sus oraciones y en su lecho. Intranquilo despertó cuando el portalón de la ventana cedió y el agua entraba inundando sus aposentos. Prestos los criados limpiaron los desperfectos, mas ya habían salido de la habitación cuando la ventana se volvió a abrir.
En ella apareció la Gloriosa Virgen María, acompañada de un coro de ángeles que daban fe de lo que decía. El religioso, espantado, rostro en tierra cayó pensando que el fin del mundo se estaba acercando. Tras ella truenos y relámpagos incendiaban el cielo abriendo las puertas del averno.
La Madre de Dios, con voz potente, se dirigió al obispo aterrado:
– ¿Por qué fuiste contra mí tan cruel y tan villano? Solo te preocupabas de tus rentas y no de tu hijo a quién más debías haber amado, que por necesitado más amor merecía recibir. Él jamás daño ocasionó, ni a personas ni a rebaños y sin embargo le has ridiculizado y condenado. Cuando cantaba misa cada día, por mí lo hacía. Consideraste que eso era herejía que si se saltaba los tiempos la devoción hacía mí mantenía. Por eso, quedas advertido, que si al clérigo no permites hacer la misa mía, en treinta días tu tiempo en la tierra habrá acabado. Si no cumples mi encargo, al purgatorio serás enviado y allí, además de tus otros pecados, más tiempo pasarás por la ofensa al condenado.
Una vez desaparecida la visión de la Virgen María, mando despertar a la guardia y a un mensajero ordenó que ensillara su caballo para enviar un mensaje al abad. En el mensaje ordenaba que al monje dejase de nuevo misa cantar, que siempre que por la Madre de Dios lo hiciese, dentro de la fe estaba y permanecía. Si algo le faltase al hombre, ya sea en el vestir o en el calzar, que se lo mandara decir, que el suyo mismo le iba a dar.
El pueblo, al enterarse de lo ocurrido, y habiendo cesado la tormenta, acudieron en romería al monasterio del buen clérigo de Santa María. Le rogaron que a la aldea regresara y que hiciera cuantas misas deseara en honor a la Virgen María, que a partir de ese momento el pueblo la recibía como patrona y señora.
Se dice que la cosecha se recuperó de la tormenta. Tanta fue la riqueza que la Providencia otorgó a la pequeña aldea que sus diezmos aumentaron de forma considerable levantando varias ermitas a la Madre de Nuestro Señor, no habiendo oración ni devoción más grande que la de la Santa María Madre de Dios.

       El clérigo ignorante.- Miguel Navarro.
Relato inspirado en el poema homónimo de Gonzalo de Berceo.


Milagros de Nuestra Señora - El clérigo ignorante de Gonzalo de Berceo

Milagro IX - El clérigo ignorante

Era un simple clerigo pobre de clereçia,
Diçie cutiano missa de la Sancta Maria,
Non sabia deçir otra, diçiela cada dia,
Mas la sabia por uso que por sabiduria.

Fo est missacantano al bispo acusado
Que era idiota, mal clerigo probado:
Salve Sancta Parens solo tenie usado,
Non sabie otra missa el torpe embargado.

Po dura-ment movido el obispo a sanna,
Diçie: nunqua de preste oí atal hazanna:
Disso: diçít al fijo de la mala putanna
Que venga ante mi, non lo pare por manna.

Vino ante el obispo el preste peccador,
Avie con él grant miedo perdida la color,
Non podie de verguenza catar contral sennor,
Nunqua fo el mesquino en tan mala sudor.

Dissoli el obispo: preste, dime la verdat,
Si es tal como diçen la tu neçiedat:
Dissoli el buen omne: sennor, por caridat
Si dissiese que non, dizria falsedat.

Dissoli el obispo: quando non as çiençia
De cantar otra missa, nin as sen, nin potençia,
Viedote que non cantes, metote en sentençia:
Viví commo mereçes por otra agudençia.

Fo el preste su vía triste e dessarrado,
A vie muy grant verguenza, el danno muy granado,
Tornó en la Gloriosa ploroso e quesado,
Que li diesse conseio, ca era aterrado.

La Madre preçiosa que nunqua falleçió
A qui de corazon a piedes li cadió,
El ruego del su clerigo luego gelo udió:
Non lo metió por plazo, luego li acorrió.

La Virgo Gloriosa madre sin diçion
Apareçiol al obispo luego en vision:
Dixoli fuertes dichos, un brabiello sermon,
Descubrioli en ello todo su corazon.

Dixoli braba-mientre: don obispo lozano,
Contra mi por qué fuste tan fuert e tan villano?
Io nunqua te tollí valia de un grano,
E tu asme tollido a mi un capellano.

El que a mi cantaba la missa cada dia,
Tu tovist que façia ierro de eresia:
Judguestilo por bestia e por cosa radia,
Tollisteli la orden de la capellania.

Si tu no li mandares deçir la missa mia
Commo solie deçirla, grant querella avria.
E tu serás finado hasta el trenteno dia:
Desend verás que vale la sanna de Maria!

Fo con estas menazas el bispo espantado,
Mandó enviar luego por el preste vedado:
Rogol quel perdonasse lo que avie errado,
Ca fo el en su pleito dura-ment engannado

Mandolo que cantasse commo solie cantar,
Fuesse de la Gloriosa siervo del su altar,
Si algo li menguasse en vestir ó en calzar,
El gelo mandarie del suyo mismo dar.

Tornó el omne bono en su capellania,
Sirvió a la Gloriosa Madre Sancta Maria,
Finó en su ofiçio de fin qual yo queria,
Fue la alma a la gloria, a la dulz cofradia.

Non podriemos nos tanto escribir nin rezar,
Aun porque podiessemos muchos annos durar,
Que los diezmos miraclos podiessemos contar,
Los que por la Gloriosa denna Dios demostrar.

Disculpas.

Pido disculpas a mis lectores habituales.

Causas ajenas a mi voluntad y que no vienen al caso, me han alejado durante demasiados días de las redes sociales. Se dice, se cuenta, que eso suele ser habitual en determinados escritores, léase Shakespeare que “desapareció” durante varios años, o Edgar Allan Poe que tuvo ciertos lapsus temporales en los que permanecía alejado del mundo de los vivos. Ni mucho menos ha sido mi caso, más humilde y sencillo como lo es este, vuestro amigo fraternal.


Es cierto que en determinadas ocasiones es necesario retirarse, refugiarse en la meditación, o en el silencio de un claustro para beber de nuestros orígenes y renovar bríos para el camino. El silencio de la Cuaresma, la espera del Adviento, los retiros espirituales, el descanso del peregrino, son alimento necesario para todo caminante en un mundo atormentado sin rumbo ni Norte.

Confieso que soy culpable de extrañaros, de necesitar vuestros comentarios privados, y algunos no tan privados. Derramar mis pensamientos, haceros participes de mis inquietudes, obtener vuestra respuesta y leer vuestros correos, me ha aliviado en gran medida (gracias quienes los habéis enviado)…

Regreso, no para incordiar sino para participar y compartir, buscando el bien, que, si no lo encuentro, al menos lo busco, amando el amor, jugando con las palabras y si sale algo redondo compartirlo con vosotros.

Gracias por leerme.


“Carta VII”, Platón versus Spain

         Una obra adquiere la consideración de clásica cuando sus valores, su mensaje, su esencia, trascienden el espacio tiempo convirtiéndose en un referente universal. Un dicho popular nos recuerda que no hay nada nuevo bajo el sol. Lo que sucede en la actual situación española, pese a lo lamentable de su situación, no es nuevo ni único. Con independencia de partidismos, colores, simpatías o antipatías, el caos en que nos hallamos metidos es un producto de la formación de nuestros gobernantes. Reconocer los males es el primer paso para avanzar y curar enfermedades. La ceguera, ingenua o interesada, de los grupos de poder, conduce a un callejón sin salida.

         Nadie queda libre de culpa y el mal radica en puntos fundamentales que se encuentran más allá de la ambición, la codicia o la manipulación. Como he mencionado antes, un clásico tal vez nos permita hallar respuestas a nuestro triste presente.
         Reproduzco a continuación un fragmento de la “Carta VII” de Platón que considero de gran interés. Cada cual que obtenga las reflexiones que inspire su conocimiento:

         “Siendo yo joven, pasé por la misma experiencia que otros muchos; pensé dedicarme a la política tan pronto como fuera dueño de mis propios actos; y he aquí las vicisitudes de los asuntos públicos de mi patria a que hube de asistir. Siendo objeto de general censura el régimen político a la sazón imperante se produjo una revolución; al frente de este movimiento revolucionario se instauraron como caudillos cincuenta y un hombres: diez en el Pireo y once en la capital, mientras que treinta se instauraron con plenos poderes al frente del gobierno en general. Se daba la circunstancia de que algunos de éstos eran allegados y conocidos míos y en consecuencia requirieron al punto mi colaboración, por entender que se trataba de actividades que me interesaban. La reacción mía no es de extrañar, dada mi juventud; yo pensé que ellos iban a gobernar la ciudad sacándola de un régimen de vida injusto y llevándola a un orden mejor, de suerte que les dediqué mi más apasionada atención a ver si lo conseguían. Y vi que en poco tiempo hicieron aparecer bueno, como una edad de oro, el anterior régimen. Entre otras tropelías que cometieron estuvo la de enviar a mi amigo, el anciano Sócrates, de quien yo no tendría reparo en afirmar que fue el más justo de los hombres de su tiempo, a que, en unión de otras personas, prendiera a un ciudadano para conducirlo por la fuerza a ser ejecutado; orden dada con el fin de que Sócrates quedara, de grado o por fuerza, complicado en sus crímenes; por cierto que él no obedeció, y se arriesgó a sufrir toda clase de castigos antes de hacerse cómplice de sus iniquidades. Viendo, digo, todas estas cosas y otras semejantes de la mayor gravedad, lleno de indignación me inhibí de las torpezas de aquel período.
         No mucho tiempo después, cayó la tiranía de los Treinta y todo el sistema político imperante. De nuevo, aunque ya menos impetuosamente me arrastró el deseo de ocuparme de los asuntos públicos de la ciudad. Ocurrían desde luego también bajo aquel gobierno, por tratarse de un período turbulento, muchas cosas que podrían ser objeto de desaprobación; y nada tiene de extraño que, en medio de una revolución, ciertas gentes tomaran venganzas excesivas de algunos adversarios. No obstante, los entonces repatriados observaron una considerable moderación. Pero dio también la casualidad de que algunos de los que estaban en el poder llevaron a los tribunales a mi amigo Sócrates, a quien acabo de referirme, bajo la acusación más inicua y que menos  le cuadraba. En efecto, unos acusaron de impiedad y otros condenaron y ejecutaron al hombre que un día no consintió en ser cómplice del ilícito arresto de un partidario de los entonces proscritos, en ocasión en que ellos padecían las adversidades del destierro. Al observar yo cosas como éstas y a los hombres que ejercían los poderes públicos, así como las leyes y las costumbres, cuanto con mayor atención lo examinaba, al mismo tiempo que mi edad iba adquiriendo madurez, tanto más difícil consideraba administrar los asuntos públicos con rectitud: no me parecía, en efecto, que fuera posible hacerlo sin contar con amigos y colaboradores dignos de confianza; encontrar quiénes lo fueran no era fácil, pues ya la ciudad no se regía por las costumbres y prácticas de nuestros antepasados, y adquirir otros nuevos con alguna facilidad era imposible; por otra parte, tanto la letra como el espíritu de las leyes se iba corrompiendo y el número de ellas crecía con extraordinaria rapidez. De esta suerte, yo, que al principio estaba lleno de entusiasmo por dedicarme a la política, al volver mi atención a la vida pública y verla arrastrada en todas direcciones por toda clase de corrientes, terminé por verme atacado de vértigo, y si bien no prescindí de reflexionar sobre la manera de poder introducir una mejora en ella, sí dejé, sin embargo, de esperar sucesivas oportunidades de intervenir activamente. Y terminé por adquirir el convencimiento con respecto a todos los Estados actuales de que están sin excepción, mal gobernados; en efecto, lo referente a su legislación no tiene remedio sin una extraordinaria reforma, acompañada además de suerte para implantarla. Y me vi obligado a reconocer, en alabanza de la verdadera filosofía, que de ella depende el obtener una visión perfecta y total de lo que es justo, tanto en el terreno político como en el privado, y que no cesará en sus males el género humano hasta que los que son recta y verdaderamente filósofos ocupen los cargos públicos, o bien los que ejercen el poder en los Estados lleguen, por especial favor divino, a ser filósofos en el auténtico sentido de la palabra.” (PLATON – “Carta VII”)

         Algunas frases que me han “tocado”, esto es personal y no dogma de fe, son:

“pensé que ellos iban a gobernar la ciudad sacándola de un régimen de vida injusto y llevándola a un orden mejor”

“en poco tiempo hicieron aparecer bueno, como una edad de oro, el anterior régimen.”

“se arriesgó (Sócrates) a sufrir toda clase de castigos antes de hacerse cómplice de sus iniquidades.”

“Viendo, digo, todas estas cosas y otras semejantes de la mayor gravedad, lleno de indignación me inhibí de las torpezas de aquel período.”

“cayó la tiranía” (…) “ciertas gentes tomaran venganzas excesivas de algunos adversarios.”

“los hombres que ejercían los poderes públicos, así como las leyes y las costumbres, cuanto con mayor atención lo examinaba, al mismo tiempo que mi edad iba adquiriendo madurez, tanto más difícil consideraba administrar los asuntos públicos con rectitud”

“la ciudad no se regía por las costumbres y prácticas de nuestros antepasados,”

“la letra como el espíritu de las leyes se iba corrompiendo y el número de ellas crecía con extraordinaria rapidez”

Mal grave es asistir a “la vida pública y verla arrastrada en todas direcciones por toda clase de corrientes”

“terminé por adquirir el convencimiento con respecto a todos los Estados actuales de que están sin excepción, mal gobernados;”







CUARTETOS A UNA SEÑORA QUE ENFERMÓ DE CALENTURA (D. Guillen Ramón Catalán)

CUARTETOS  A UNA SEÑORA QUE ENFERMÓ DE CALENTURA (D. Guillen Ramón Catalán)
D. Guillen Ramón Catalán fue miembro de la Academia de los Nocturnos, tertulia literaria de Valencia (1591-1594), con el sobrenombre de "Reposo".

Agora que corresponde
vuestro mal con mi dolor,
y es la ceniza el color
que vuestra brasa me esconde,


Quiero tratar vuestro brío
en tan azar coyuntura,
quizá vuestra calentura
os habrá templado el frío.

Llorando os doy mis despojos,
porque mi llanto os obligue,
y vuestra sed se mitigue
con el agua de mis ojos.

Si con dieta os sanáis
de ese dolor que os aprieta,
tened, señora, dieta
de los males que me dais;

Y si sangría es bastante,
sangre mi pecho derrama,
como quien sangra la ama
para que cure el infante.

Quedemos de este accidente,
vos con salud, yo con vida,
vos por mí convalecida,
yo por vos convaleciente.

Y dad de mano al calor
que es para entrambos cruel,
porque con vos y con él

quemáis las alas de amor.


Puedes conseguir mi novela "Cojuelo corre" en:


"Caramelos y camelos" de Miguel Ángel Salgueiro.

            Quiero dar la alternativa a un amigo y novel escritor que ha volcado su primera obra con profundidad y conocimiento de causa. Podré discrepar en algunos puntos, pero lo cierto es que la mayoría de los que trabajamos para cualquiera de las administraciones españolas, y mantenemos todavía un criterio independiente, coincidiremos con el autor en un ochenta y largo por ciento.

            Esta obra primeriza, como todo retoño, surge del corazón, de la necesidad íntima de volcar la consternación del autor por algo tan evidente como es la falsedad del mundo que nos han contado. Actores de todo tipo, desde empresarios a políticos, que han desvirtuado el cometido de sus funciones en las instituciones que dicen representar. La consecuencia de sus actos es la lenta agonía de un pueblo que busca vivir en paz y libertad. Poco importan los colores, en eso coincido, cuando los males son tan lamentables.
            Le deseo lo mejor, y salvando las distancias, que tenga el éxito que se merece animándole a continuar con esta tarea. Sin embargo, debo recordarte amigo lector que sin tu apoyo, ni él, ni ningún otro autor, puede salir adelante.
            Ánimo Miguel Ángel y aunque en algunas cosas no coincidamos, puedes estar convencido que defendiendo la verdad se construye un mundo mejor.
            Puedes conseguir la obra en:

http://www.amazon.es/Caramelos-camelos-Miguel-%C3%81ngel-Salgueiro-ebook/dp/B00PEVKWN0


Virgen y madre de toda esperanza (soneto)

Oh Virgen, madre de toda esperanza
acude pronto y ven. Ven a ayudarme
y pide a quien mi bien quiso crearme
pues solo en ti se confía mi fianza.



No sé si bien dirigir mi alabanza
mas sé yo bien que en ti puedo confiarme
y que jamás tu querrás alejarme
de quien perdona tan torpe templanza.

Yo sé que perderme puedo en la muerte
y que es Supremo el poder que te envía
que quiere no me extravíe la suerte.

Te ruego que no me olvides el día
que sobre mí la oscuridad se vierte
pues tú eres luz que ilumina y me guía.
Miguel Navarro





Recuerda que mi novela narrando las travesuras del diablo Cojuelo en la España del siglo XXI la puedes encontrar en 




"En qué lugar del alma está el Amor" sextina provenzal de Miguel Navarro

“En qué lugar del alma está el Amor” sextina provenzal de Miguel Navarro (tras el poema encontrarás información sobre lo que es una sextina provenzal)


En qué lugar del alma está el Amor,
dónde fueron a parar nuestros sueños
de luchar por la vida como hermanos,
libres de farsantes y de tiranos,
de mangantes que hunden la libertad
por  miedo y temor a la eternidad.


Recibimos de Dios la eternidad
para vivir en ella puro Amor.
Si sentimos que Amor es libertad,
dejemos de soñar los vanos sueños
de grandezas que tienen los tiranos.

Y no hay mayor grandeza que el hermano
disfrutando libre la eternidad
advirtiendo que también son tiranos
los que desprecian, del pueblo su amor
por todos los ideales y sueños
que desean vivir en libertad.

Es de humanos buscar la libertad
mas no hay libertad si no ves hermanos
con quienes compartir vidas y sueños,
esperanzas para la eternidad,
regalando y recibiendo el Amor
que manipularon muchos tiranos.

Mas también son débiles los tiranos
que sufren por la vida en libertad,
porque alguna vez les faltó el Amor
que no les supimos dar como hermanos
en el camino hacia la eternidad
y la felicidad de nuestros sueños.

Sueños que soñamos en nuestros sueños
de vivir siempre libres de tiranos,
no comprendiendo que en la eternidad
solo basta gozar la libertad
disfrutando como buenos hermanos
la dulzura del verdadero Amor.

Quiero que el amor reine en nuestros sueños
Que somos hermanos y no tiranos
Que la libertad se haga eternidad.
 Miguel Navarro.

Por cierto, te recuerdo que mi novela "Cojuelo corre" está a tu disposición en



LA SEXTINA PROVENZAL
Fuentes “Vademecum poético” y Wikipedia

La sextina provenzal es una compleja combinación de treinta y nueve endecasílabos estructurados en seis estrofas de seis versos cada una y una contera final de tres versos inventada por el trovador provenzal Arnaut Daniel a fines del siglo XII.
No tiene rima, sino una serie de seis palabras finales que se van repitiendo en distinto verso, pero siempre al final de cada uno, en cada estrofa, de forma que las seis palabras finales de los seis versos de las seis estrofas sean las mismas, sólo que en diferente posición.
Si bien la sextina es isométrica en su desarrollo, ya la de Arnaut Daniel cuenta con versos de distinta medida (7, 10, 10, 10, 10, 7).
El trovador Ponce Fabre d’Uzès escribe una en octosílabos, y Crespí de Valdaura emplea el dodecasílabo dactílico y no el endecasílabo.

El esquema de las palabras finales de los versos es la siguiente:
1ª Estrofa: A–B–C–D–E–F
2ª Estrofa F–A–E–B–D–C
3ª Estrofa C–F–D–A–B–E
4ª Estrofa E–C–B–F–A–D
5ª Estrofa D–E–A–C–F–B
6ª Estrofa B–D–F–E–C–A

El remate o contera se constituye con tres versos donde se incluyen dos de estas palabras finales en cada uno de los tres versos, una al principio y otra al final, con una estructura que suele ser:

1° verso: A–B
2° verso: C–D
3° verso: E–F

La disposición de las últimas palabras de cada verso sigue la norma de que la última palabra del último verso de una estrofa sea la última palabra del primer verso de la siguiente, la última palabra de segundo verso sea la última del primer verso de la anterior estrofa y la última del tercer verso sea la última del penúltimo verso de la estrofa precedente.

         En cuanto al inventor de la sextina, cabe señalar que Arnaut Daniel fue un trovador provenzal que vivió entre la segunda mitad del siglo XII y comienzos del siglo XIII, ejerciendo su actividad poética entre 1180 y 1210.
Nació en Ribérac (Dordoña) en una fecha desconocida, pero que puede situarse en torno al 1150 o 1160. En uno de sus poemas menciona que asistió a la coronación del rey Felipe II Augusto (1180), y era ya un trovador conocido en torno al año 1195.
Es el más insigne representante del estilo llamado trobar ric. Se conservan 18 composiciones suyas (dos de ellas con música). Todas ellas, excepto una, son de tema amoroso. Pasa por ser el creador de la sextina, y se considera la primera su obra "Lo ferm voler qu'el cor m'intra" ("El firme deseo que se aloja en mi corazón").

Dante lo tuvo en gran estima; en la "Divina Comedia" lo encuentra en el Purgatorio (Canto XXVI), donde, por boca de Guido Guinizzelli, lo llama "il miglior fabro del parlar materno" ("el mejor forjador de hablar materno"). También Petrarca, en sus "Triunfos", le consideraba un "gran maestro d'amore" y "fra tutti il primo" ("el mejor entre todos").



Érase una vez... Eva Devís

Hoy añado un blog  nuevo.
Es el de una criatura
Alegre y divertida
Buena amiga y compañera.
Mis mejores deseos
Y aunque no es de literatura
Le auguro un gran futuro

Y una larga andadura.



Puedes visitarlo en....


ESTANZAS ALABANDO LA NOCHE - Fabián de Cucalón (¿?-1617)

Sagrada noche llena de contento,
archivo de placeres y alegría,
recreo para el dulce pensamiento
que está sin aliviarse todo el día.


Esperando que pase el descontento
y el sobrado ruido y armonía,
para gozar quieto y con bonanza
el deseado fin de su esperanza.

Causáis al hombre singular consuelo
con esa quietud tan sosegada,
abriéndole el camino de su cielo
donde descansa el alma enamorada.

Concedéis mil contentos en el suelo
al alma del amor apasionada,
causándole regalo vuestro luto

prestando la ocasión dulce tributo.


Te recuerdo que mi novela (Cojuelo corre) está disponible en:



Cielo plomizo

 Cielo cubierto y plomizo, calor que el pecho devora, poniente que se incorpora con un húmedo hechizo. La piel, sin hallar permiso, guard...

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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